Si en América el liderazgo indiscutible corresponde a los Estados Unidos, Europa es un corral lleno de gallos que compiten entre sí. Y si en el Viejo Continente Alemania es la locomotora económica y Holanda la fábrica de ideas, en lo político y en lo cultural ese papel de liderazgo corresponde sin lugar a dudas a la gran Francia.
Francia es el pueblo más valiente y libertario del mundo, siempre dispuesto a defender sus derechos y a luchar contra la tiranía. Es el país de la Revolución Francesa y del Mayo del 68, la nación que por dos veces venció a Alemania en las Guerras Mundiales y que actualmente lidera, junto con Berlín, la Unión Europea (UE).
Pero Francia es también una cárcel de naciones, un estado centralista y homogeneizador que empuja a decenas de lenguas y culturas casi a su extinción. Allí sólo impera la cultura oficial francesa y ninguna otra tiene cabida. También lleva a la práctica un laicismo extremo que condena a la religión a la esfera de lo íntimo.
Francia llegó a conquistar casi toda Europa en tiempos del emperador Napoleón Bonaparte. Y en el siglo XIX levantó un gran imperio en Asia y África (aún hoy tutela a sus ex-colonias). Es un pueblo chovinista que añora la grandeza del pasado y que en su subconsciente piensa de sí mismo que es mejor que Estados Unidos.
Es tierra de literatos (Voltaire, Montesquieu, Víctor Hugo, Gustave Flaubert, Marcel Proust…), científicos (René Laënnec, Louis Pasteur…), artistas (Georges de La Tour, Eugene Delacroix, Eduard Manet, Claude Monet, Auguste Rodin…), cineastas (hermanos Lumiere, George Meliès…), etc.
Junto con el judeocristianismo de Israel y la cultura grecolatina de Atenas y Roma, los principios y valores democráticos que emanan de la Revolución Francesa configuran las bases de la moderna sociedad occidental. La aportación gala a la cultura universal es capital. Occidente no sería lo que es de no ser por Francia.
¿Qué pasa cuando los cristianos votan por un partido genuinamente cristiano? Pues que se promulgan leyes cristianas. Llegan de Hungría noticias alentadoras de cómo una nación puede rebelarse en medio de una Europa atea, inmoral y relativista. Recientemente se ha modificado la Constitución Húngara gracias a los votos del partido conservador Fidesz del primer ministro Viktor Orban, que gobierna el país con una mayoría de casi tres cuartas partes del Parlamento nacional.
El nuevo texto reconoce la importancia histórica y cultural del cristianismo en Hungría, dice que el matrimonio es «la unión de un hombre con una mujer», no penaliza expresamente la discriminación por motivos de orientación o sexual y llama a proteger al ser humano desde el momento de la fecundación. O sea, que el aborto, la investigación con células madre embrionarias, el gaymonio y el lesbimonio se van al carajo. El país pasará de llamarse «República Húngara» a «Hungría».
«Que Dios bendiga a los húngaros». Con este simbólico saludo comienza la Constitución magiar, que entrará en vigor en 2012. Por supuesto, esto no ha sentado nada bien en esa camarilla de masones y anticristianos que es la Unión Europea (UE), que se rasga las vestiduras por la nueva Carta Magna aunque por otro lado, jamás llamó la atención a Hungría por ser la Meca del cine porno. Confío en que el pueblo húngaro no se arrodille ante las presiones fascistas de la UE.
El primer ministro Orban es un gran hombre, muy valiente (pues se enfrenta nada menos que a Alemania) y estará en mis oraciones por lo que ha hecho en su país. Ojalá tuviésemos en toda Europa más políticos íntegros como él. Por desgracia, aquí los cristianos votan por partidos políticos que fomentan el aborto, la telebasura y el homosexualismo. Es por ello que un gigantesco maremoto de inmundicie se abre paso a través de nuestras ciudades y barrios para inundarlo todo.
Católicos y evangélicos deben unirse en defensa de los valores cristianos que le son comunes (obviamente, en el resto de cosas no) porque existe, de hecho, una alianza (antinatura, pero alianza) de ateos y musulmanes para descristianizar Europa. Es muy triste que el voto católico o el evangélico no se diferencie en nada del voto ateo, homosexual o islamista. Si no empezamos a votar en conciencia, muy pronto los cristianos seremos perseguidos y hasta encarcelados por nuestra fe.
Una de las mayores islas del planeta, poblada por apenas 60.000 almas, está llamada a ser estado soberano en los próximos años. En 2008 el 75% del pueblo groenlandés votó a favor de un estatuto de autogobierno que incluye el derecho de autodeterminación. Dinamarca reconoce así el derecho a la secesión de su colonia.
No es el único referéndum celebrado por los groenlandeses. Así, en 1982 votaron abandonar la Comunidad Europea, en la que se integraron en 1972 debido a su vinculación con Dinamarca. Tras un periodo de transición, abandonaron la Comunidad Económica Europea en 1985 aunque siguen siendo miembros de la OTAN.
Groenlandia poco tiene que ver con Dinamarca. Se trata de una isla situada en América y su población de origen inuit tiene más en común con otros pueblos inuit de Canadá, Alaska y Siberia. El 95% de nativos habla el kalaallisut pero la lengua administrativa es el danés. Los groenlandeses son famosos por la caza de focas.
La economía ha sido hasta la fecha el gran impedimento para la independencia. La mitad del presupuesto de Groenlandia depende de los subsidios daneses, lo cual ha traído un elevado nivel de bienestar pero también dependencia de la metrópoli. Por otra parte, existen altas tasas de alcoholismo, violencia doméstica y suicidios.
El cambio climático puede convertir a Groenlandia en una potencia en recursos minerales, ya que el debilitamiento de la capa de hielo en algunas zonas de la isla ha permitido que yacimientos de petróleo y cinc sean rentables. Los recursos, gestionados por el Gobierno de Nuuk, darán alas al nacionalismo inuit en el futuro.
Pocos dudan de que la independencia de Groenlandia es sólo cuestión de tiempo. Además, por primera vez en la historia un estado miembro de la Unión Europea, Dinamarca, reconoce el derecho de autodeterminación para una de sus regiones. El precedente jurídico puede actuar como efecto dominó para otras naciones sin estado.
Inglaterra es la nación más poderosa de Europa. La historia de este continente es la de una sucesión infinita de guerras de las que Inglaterra siempre se alza victoriosa. Portugal, España, Francia, Holanda, Alemania, Italia, Escocia, Unión Soviética… todos los imperios han acabado mordiendo el polvo ante la pérfida Albión.
No tiene aliados ni enemigos permanentes. Sólo sus intereses son permanentes. Los ingleses son unos artistas del «divide y vencerás» y del «esperar y ver». Es una nación capaz de reinventarse a sí misma tantas veces como haga falta, un ejemplo de pragmatismo. No piensa en el interés general sino en el propio, por eso le va bien.
El bravo y nacionalista pueblo inglés es muy celoso de su identidad. Y un rabioso defensor de la soberanía nacional y la libra esterlina frente al proyecto globalizador de la Unión Europea (UE). El idioma inglés, la Iglesia Anglicana, el derecho inglés o su sistema parlamentario están fuertemente implantados en otros estados.
Los ingleses -conservadores, tradicionalistas y liberales- siempre buscaron alianzas estratégicas con otros países angloparlantes: primero con la Gran Bretaña, después con la Mancomunidad de Naciones y finalmente con la angloesfera. La reina de Inglaterra, Isabel II, lo es de dieciséis estados soberanos en todo el mundo.
Inglaterra es la cuna de deportes como el fútbol, críquet, rugby, tenis, badminton, hockey, boxeo, entre otros. Su literatura es riquísima con autores como William Shakespeare, Charles Dickens, Shelley, Keats o Lord Byron. The Beatles, The Rolling Stones o Queen son algunos destacados ejemplos de su célebre música pop.
Inglaterra es la cuna de una de las culturas más importantes de toda la historia de la humanidad. Su economía industrial y su poderío naval han hecho de ella una gran potencia militar. Su mentalidad victoriosa y su devastador poder le han permitido encadenar triunfo tras triunfo. El inglés es un pueblo de ganadores natos.
Los eslovenos eran el 8% de la población de Yugoslavia pero aportaban el 25% del Producto Interior Bruto (PIB) del estado y la tercera parte de las exportaciones. Sus recursos fueron puestos al servicio de los intereses centralistas de Belgrado y los impuestos que pagaban servían para construir infraestructuras en Serbia y Macedonia.
Los eslovenos eran los más prooccidentales de todos los eslavos del sur y continuamente reclamaron una apertura económica y democrática pero, en respuesta, sólo padecieron una concatenación de dictaduras: monarquía absolutista, fascismo y comunismo. El centralismo de Belgrado se tornó déspota y feroz.
Pese a ello, este pueblo siempre fue fiel al Estado Yugoslavo pero cuando criticó la suspensión de la autonomía de Kosovo en 1989, los serbios promovieron un boicot contra las empresas y productos eslovenos. Esto desató las iras independentistas de un pueblo hasta entonces leal pero que finalmente se había hartado de pagar y callar.
Cuando estalló la Guerra Civil Yugoslava en 1991, Eslovenia fue la primera en independizarse. Tuvo mucha suerte ya que, tras sólo diez días de conflicto bélico, logró su objetivo. Inmediatamente, la república fue reconocida por Alemania y otras potencias que le dieron una cordial bienvenida para festejar su ingreso en Occidente.
Eslovenia es otro claro ejemplo de que la independencia sienta bien a un pueblo: hoy es líder mundial en fabricación de elementos para deportes de invierno, tiene una floreciente industria farmacéutica, automovilística y vitivinícola, supera en renta per cápita a Portugal y Grecia y tiene menos desempleo que Alemania o Francia.
Liubliana se adhirió a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y a la Unión Europea (UE) en 2004 y al euro en 2007. Hoy Eslovenia forma parte de pleno derecho del conjunto de naciones desarrolladas occidentales. La gente tiene motivos de peso para volver a estar feliz y mirar con optimismo hacia el futuro.
No hay bandera nacional que represente mejor a su pueblo que la ucraniana. Así como esta flámula se encuentra dividida en dos mitades (azul y amarilla) también su sociedad está fracturada en dos facciones irreconciliables: la que habla ucraniano (prooccidental y proeuropea) y la que habla ruso (simpatizante de Moscú).
Antaño los rusófonos tenían todo el poder y despreciaban a los ucranioparlantes pero desde la independencia del país en 1991 la única lengua oficial es el ucraniano y los rusoparlantes un remanente colonial que desaparecerá por relevo generacional. La minoría tártara, con su lengua propia, es la tercera en discordia allí.
El país es de vital importancia estratégica para todo el mundo: heredó buena parte del arsenal atómico de la desaparecida Unión Soviética, por su territorio pasa uno de los gasoductos más importantes de Europa y además tiene frontera directa con Rusia, lo cual es una maldición que sólo le ha traído una pesadilla tras otra.
El imperialismo ruso causó estragos: en 1932 el estalinismo fabricó una hambruna que mató 10 millones de almas, luego la gente pasó hambre por décadas bajo el comunismo y encima sufrió el accidente de Chernobil de 1986. Incluso hoy es uno de los países más pobres de Europa, con un capitalismo salvaje que lo privatiza todo.
Es el segundo estado más grande de Europa -por detrás de Rusia-, un país rural con una tierra negra donde se cosechan los mejores cereales del planeta, también una sociedad sin alma donde prolifera desbocado el ateísmo y una patria en cuyas ciudades pasean espectaculares mujeres rubias célebres por su belleza en todo el orbe.
Ateos o cristianos. Liberales o comunistas. Lengua ucraniana o rusa. Bruselas o Moscú. OTAN o Rusia. Todo en Ucrania es bipolar. Ojalá algún día esta ignominiosa página de su historia sea sólo un mal sueño y Ucrania sea una patria unida asentada sobre sus señas de identidad, el amor propio y el orgullo de ser nación.
El multimillonari empresari holandés Freddy Heineken no només fon el president de l’empresa cervesera més famosa del món-a la qual el seu llinage dona nom-, sino que ademés fon també un declarat europeiste i un apassionat de les cultures. En 1992 publicà un panflet titulat Els Estats Units d’Europa ¿una eurotopia? en la que proponia una Europa federal -els Estats Units d’Europa- composta per dozenes de chicotets estats europeus (la majoria d’entre uns 5 i 10 millons d’habitants), en una història comuna, una cultura pròpia i una homogeneïtat ètnica.
A principi dels 90 hi hagué una forta eclosió de nacionalismes en Europa que va donar pas a una vintena de nous estats després de la desintegració de l’Unió Soviètica, Yugoslàvia i Checoslovàquia. També en 1992 se firmà el Tractat de Maastrich que significava el pas d’un mercat comú exlusivament econòmic com la Comunitat Econòmica Europea (CEE) a un ambiciós proyecte polític com l’actual Unió Europea (UE). Heineken pensà que eixa explosió de noves nacions-estat d’Europa Oriental podia traslladar-se a tot el continent i ajudar al mateix temps a forjar una gran aliança de pobles.
L’idea era que seria més fàcil construir una gran nació europea si es componia d’estats menuts que no perderen el temps competint entre ells per l’hegemonia de la UE com fan els grans. Els actuals estats europeus són massa menuts per als assunts internacionals i massa grans per a la vida del dia a dia. Per tant, calia construir una superpotència europea que a nivell exterior abordara els reptes internacionals i a nivell interior estiguera composta per estats menuts que acostaren l’administració al ciutadà i formaren una unió molt més equilibrada al tindre tots un tamany molt paregut.
Heineken, inspirat potser per pensadors com Leopold Kohr o Friedrich Meinecke, dividí el mapa europeu en 75 estats de chicotetes dimensions. Per supost no era més que una proposta i la reordenació territorial resultava, en alguns casos, prou discutible. Pero la qüestió és que dins d’eixe mapa figurava un Estat Valencià sobirà, independent i diferenciat d’Espanya i de Catalunya. Heineken sabia be que el nostre poble té identitat pròpia. Més allà d’esta eurotopia, l’idea d’una Europa dels pobles en la que els valencians tingam veu i vot continua viva a dia de hui.
De las cenizas del Sacro Imperio Romano Germánico y a instancias de Prusia, numerosos estados germánicos se unificaron en 1871 para dar nacimiento a una poderosa nación que habría de hacer temblar al mundo: Alemania. Su célere crecimiento hizo creer que se trataba de una raza superior que había de dominar el orbe.
Sin embargo, los alemanes mordieron el polvo en las dos Guerras Mundiales. El nazismo trajo cincuenta millones de muertos y una erra de terror nunca vista. Hoy los germanos viven conmocionados por su monstruoso pasado pero pese a ello, el nacionalismo expansionista alemán no quedó enterrado con el dictador Adolf Hitler.
Aún hoy, Berlín ambiciona conquistar Europa si no ya militarmente sí política y comercialmente usando como plataforma a la Unión Europea (UE). Alemania impone las políticas que a ella le interesan a sus socios de la unión cuenta con un nutrido grupo de países satélite que le apoya y debilita a los estados que le plantan cara.
Alemania es la tercera potencia del mundo y primera de Europa. Su actividad industrial, automovilística, química y financiera son sobresalientes; el país es un exportador nato que inunda al mundo con sus productos pese a los dramáticos costes sociales que supuso anexionarse la depauperada Alemania comunista en 1990.
Es tierra de talentos: RichardWagner, Johannes Brahms, Thomas Mann, Gunter Grass, Friedrich Nietzsche, Max Planck, Werner Heisenberg, Wilhelm Röntgen, Otto Von Bismarck, Helmut Kohl, Gerd Müller, Michael Schumacher, etcétera. Es una patria unida, fuerte, culta, orgullosa y rica.
Alemania es una gran y gloriosa nación con un pueblo patriota, unos gobernantes audaces y unos genios fecundos. Su musculatura económica es formidable y su fortaleza política colosal. El pueblo germano encarna como nadie el orgullo de ser nación y su viejo sueño de una Alemania imperial aún sigue muy vivo.
«Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras» (Mateo 24:6).
A finales de los años 30 del pasado siglo XX, el dictador alemán Adolf Hitler se había convertido en una amenaza para la paz y la estabilidad en el mundo. Entonces hubo muchas voces en la Gran Bretaña que advirtieron de que se le debía parar los pies a Hitler antes de que fuese demasiado lejos. Sin embargo, el primer ministro británico Neville Chamberlain apostó por una política de diálogo y apaciguamiento con el dictador, con la esperanza de evitar la Segunda Guerra Mundial. La historia nos dice que sólo sirvió para dar a Hitler el tiempo que necesitaba para terminar de fortalecer la gran maquinaria de guerra de su país.
En estos días hemos sido testigos de cómo el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad ha desafiado al mundo al anunciar a bombo y platillo que Irán está enriqueciendo uranio, es decir, el paso previo a disponer de la bomba atómica. Ahmadineyad niega el holocausto judío, amenaza con borrar a Israel del mapa y está financiado el terrorismo islamista. El peligro de Irán es grave y es muy real. Que un mandatario racista y antisemita, que un genocida en potencia, pueda disponer de armamento atómico dentro de unos años mientras el mundo, por cobardía, decide mirar a otro lado, me provoca un escalofrío que me recorre el cuerpo.
Hay quien dice que no importa que Irán tenga armas nucleares porque Israel también las tiene. Sólo un inconsciente o un loco puede atreverse a hacer una comparación tan temeraria. Para empezar, Israel necesita armamento nuclear para poder garantizar su supervivencia como nación (mientras que nadie cuestiona el derecho a existir de Irán). Pero lo más importante: Israel es una democracia donde su primer ministro tiene unos poderes limitados (hay una oposición, una opinión pública, una prensa libre, etc.), lo cual garantiza que Israel jamás usará la bomba salvo que sea en un caso de extrema necesidad, de vida o muerte.
Pero Irán es distinto. Es una teocracia donde el ayatolá de turno puede tener un sueño hoy por la noche y ponerlo en práctica mañana mismo sin necesidad de dar explicaciones a nadie. Todos sabemos que Israel no va a usar la bomba atómica porque si no lo ha hecho en medio siglo de guerras contra los árabes no tiene mucho sentido pensar que lo vaya a hacer en los próximos años. Pero ¿podemos decir lo mismo de Irán? Sabemos que colabora con el terrorismo internacional… ¿Qué pasaría si una cabeza nuclear cae en las manos de un comando terrorista? Nunca más podremos volver a dormir tranquilos ni en Tel Aviv ni en ningún sitio.
Sé bien que una guerra es siempre el último recurso, que es una salvajada, el fracaso de la civilización humana y que por desgracia en todas las guerras son civiles inocentes los que más sufren. Pero también sé que hay situaciones límite en la vida en las que para defender la democracia y la libertad no queda más remedio que tomar las armas. El físico Albert Einstein lo sabía muy bien. Aunque declarado pacifista, era también realista… por eso le pidió al presidente estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, obtener la bomba atómica antes que Alemania. Los nazis también la habrían logrado de haber tenido dos años más de tiempo.
Todos sabemos cómo acabará esto. Ni la presión diplomática ha logrado nada ni tampoco lo harán las sanciones económicas. Ojalá me equivoque. Le pido al Señor que así sea y que se evite la nefanda calamidad que siempre es una guerra. Pero si no es así, Occidente debe tomar cartas en el asunto. Y si eso implica la guerra, adelante. Lo cierto es que el tiempo va pasando y cada vez los persas están más cerca de disponer de un armamento nuclear letal. Entonces será demasiado tarde. Por eso, le pido al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que encabece una gran coalición militar contra ese nido de terroristas que es Irán.
Le recuerdo también al entonces senador de Illinois, Barack Obama, su promesa de 2007 ante el Comité Americano de Asuntos Públicos de Israel de «hacer todo lo que esté en su poder para evitar que Irán disponga de armas nucleares», así como que Israel es el pueblo escogido por Dios. También que si en gran medida los Estados Unidos de América son una nación bendecida es por su gran apoyo al pueblo israelí. Recordemos la promesa bíblica que Jehová hizo a Abram y sus descendientes: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré y serán benditas en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3). Amén.
Gracias al Mossad se han evitado muchos atentados terroristas en el Reino de Valencia, en España y en Europa. En Occidente no necesitamos pseudoprogres llenos de mugre y piojos con sus bunfandas palestinas y su antisemitismo (si por los palestinos fuera, resucitaban Al-Andalus). Lo que necesitamos es forjar una gran unión con Israel, que es un aliado leal y firme y si necesita contar con nuestro apoyo político, diplomático y militar, debe tenerlo. No vamos a consentir un segundo Holocausto. Sería una infamia abandonar a su suerte a Israel a manos de un puñado de teocracias dirigidas por místicos, locos y asesinos sedientos de sangre.
A diferencia de Estados Unidos y de los países anglosajones en general, Europa siempre ha vivido al filo de la dictadura, siempre a un paso del abismo. Si examinamos con detalle la extensa historia del Viejo Mundo veremos que hemos vivido perpetuamente bajo dictadura interrumpida únicamente durante cortos períodos de libertad. Teocracia, monarquía absolutista, fascismo, nazismo, comunismo… ¡Cuantísimo esfuerzo cuesta conquistar la libertad en Europa y cuan poco tiempo nos dura!
Digo todo esto porque el rumbo que está tomando la Unión Europea (UE) es el de una dictadura. Disfrazada de democracia y con un rostro amable, pero una autocracia en cualquier caso. Una elite de políticos hace y deshace a su antojo en Bruselas y los votos del pueblo tan sólo sirven para dar un aire de legitimidad a este teatro, a esta farsa de democracia en que se ha convertido la UE. Asisto con honda preocupación al monstruo liberticida que están construyendo los políticos de espaldas al pueblo.
Hace unos años sometieron a referéndum la Constitución Europea. Tras la victoria del no en Francia y Holanda el proyecto quedó descartado. Así que le dieron una lavada de cara, lo rebautizaron con el nombre de Tratado de Lisboa y decidieron que lo iban a aprobar sin consultar a la gente. Tan sólo Irlanda hizo un referéndum y otra vez ganó el no. No contentos con esto, promovieron un segundo referéndum en Irlanda y esta vez gano el sí. Al resto de pueblos de Europa no nos ha consultado nadie.
Total, que nos han colado el Tratado de Lisboa sin ni siquiera preguntarnos. Y esto no es una excepción sino una peligrosa tendencia, una forma de hacer. No me opongo a la Unión Europea, ni a que haya una Constitución común, ni tan siquiera a unos Estados Unidos de Europa (aunque me seduce más la Europa de los pueblos). Ahora bien, no estoy dispuesto a aceptar nada de esto si es a costa de perder mi libertad. Prefiero ser un ciudadano libre en un país de Liliput a ser esclavo en un imperio.
Abogo por salirnos de la UE antes de que sea demasiado tarde. Nos han ido quitando poco a poco la soberanía nacional. Nos han hundido en la miseria con una moneda que lo ha encarecido todo. Y si nos quedamos, nos arrebatarán la poca democracia y libertad que todavía tenemos. No necesitamos a la UE para ser ricos. Con firmar un tratado de libre comercio para comprar y vender productos en todo el continente sin pagar aranceles resultaría más que suficiente. ¡¡No a la Europa de los esclavos!!
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