¿Qué piensa Dios de los nacionalismos?

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Vivimos tiempos convulsos. Tiempos de referéndums, estatutos de autonomía y banderas. Escocia, Cataluña, Euskadi, Sáhara, Tíbet, Quebec… En no pocos lugares del mundo existen pueblos que reivindican la independencia, un estado propio. Algunos dicen que la secesión no es legal si la prohíbe la Constitución del estado de turno, otros que que sí lo es, porque la ONU avala el derecho de autodeterminación para todos los pueblos (no sólo para los coloniales). Unos juzgan absurdo segregarse en un mundo que tiende a unirse por la globalización y los otros les replican que han nacido docenas de nuevos estados en los últimos años.

Nacionalista era Adolf Hitler pero también Mahatma Gandhi. Según se utilice, el nacionalismo puede ser un instrumento de opresión o de liberación. Así, con la Biblia en la mano no hallo ningún versículo con el que poder afirmar seriamente que la unidad de España es un bien moral superior a la independencia de Cataluña. O viceversa. Cosa distinta es cuando los catalanistas reclaman la anexión de pueblos vecinos, como Aragón, Valencia o Baleares, en contra de su voluntad y haciendo caso omiso de ese mismo derecho a decidir que tanto exigen para sí mismos. Negarle a otros lo que reclamas para ti es hipócrita, y por ende pecado.

¿Pero qué piensa Dios de todo esto? La palabra nacionalismo no aparece en la Biblia ni una sola vez pero sí hay muchas referencias a los pueblos y naciones. Así que ¿qué piensa Dios de las naciones? Para el Señor, Israel es la niña de sus ojos (Zacarías  2:8) pero Él también es Dios de todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). Sabemos que es bueno amar la patria: Jesús amaba la suya y David deseaba la paz para Jerusalén (Salmos 122:6). Pero eso bajo ningún concepto debe hacernos creer mejores que otros, nadie es mejor que nadie por nacer aquí o por nacer allá pues Dios no hace acepción de personas (Romanos 2:11).

Finalmente, aquí viene lo más fuerte: ¿Qué son todas las naciones a ojos de Dios? Todas las naciones a ojos de Dios son como una gota de agua en un cubo, como una mota de polvo en una balanza, como nada, como menos que nada e insignificantes (Isaías 40:15-17). Y es verdad, porque a Dios no le importan los territorios sino las almas de las gentes que viven en ellos. Buena cosa es defender tu tierra, promover tu lengua y cultura o amar los símbolos patrios. Pero no olvidemos que los cristianos somos extranjeros de paso por este planeta (Hebreos 11:13). No en vano, Jesús le respondió a Poncio Pilato: “Mi Reino no es de este mundo”.

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¿Sabías que Josep Maria Bayarri propuso un Estado Valenciano en 1922?

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El escritor y escultor Josep Maria Bayarri (Valencia 1886-1970) a menudo es considerado el padre del independentismo valenciano moderno. En 1922 escribió un libro titulado Catecisme ètnic de la pàtria valenciana (Catecismo étnico de la patria valenciana, en castellano), que permanece inédito a día de hoy. En él declaró que la independencia de una nación es el ejercicio por derecho natural que tienen las naciones a regirse y gobernarse, que la independencia de una nación se hace efectiva por la posesión de un estado propio y que la Nación Valenciana no tiene su estado nacional reconocido ya que está sujeta al Estado Español.

Bayarri defendió que la Nación Valenciana tuvo su estado nacional, reconocido por las naciones, y por eso aquellos tiempos fueron los de mayor progreso de la civilización humana. Bayarri entendía que para Valencia era un perjuicio estar sujeta al Estado Español, que nos impone un centralismo que ahoga nuestra personalidad. Afirmó que el afán de los valencianos debía ser obtener un estado propio por todos los medios posibles, que la nación de los valencianos es Valencia, y que Valencia tiene todas las características de nación al tener territorio, idioma, religión, arte, derecho, costumbres, psicología, historia y tradición peculiares y distintivas.

Bayarri planteó la teoría del supremismo, que filosóficamente consistía en ser católico y nacionalista. En resumen, Dios y patria. Era su particular visión del nacionalismo valenciano. Bayarri creía posible un estado propio porque es de derecho natural y otros pueblos lo están obteniendo. Aunque su libro permanece inédito conocemos algunos fragmentos gracias a la tesis doctoral de Carles Recio Josep Maria Bayarri. El nacionalismo valenciano (2006). No obstante, el primer libro publicado dedicado a la independencia de Valencia es L’Estat Valencià (El Estado Valenciano, en español) de Josué Ferrer, de 2009.

Austria: una nación feliz.

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Érase una vez un país muy pequeño y muy feliz. Austria. Antaño fue un gran imperio en la Europa Central pero actualmente es una república federal sin salida al mar fronteriza con ocho estados. Enclavada en los Alpes, bañada por el río Danubio, se trata de una nación muy próspera que disfruta de la vida y practica el esquí.

Formó parte del Sacro Imperio Romano Germánico, del Imperio Carolingio, del Imperio Austríaco y finalmente del Imperio Austro-Húngaro, de cuyas cenizas nació la actual Austria en 1918. En 1938 durante el Anschluss fue ocupada por la Alemania nazi y tras la Segunda Guerra Mundial se independizó de los aliados en 1955.

Es un estado rico, sencillo, serio, estable, ordenado, sin historia, donde no ocurre nada interesante. Es un pueblo muy conservador que goza de un alto nivel de vida y que no quiere que nada cambie. Los austríacos tienen una existencia tranquila y apacible, provinciana. Están muy satisfechos con su nación y desean que todo siga igual.

Sus regiones son unidades étnicas, económicas y culturales muy diferenciadas entre sí. Destaca el Tirol, un pueblo con lengua propia y una identidad muy acusada. Los derechos de las minorías -croatas, húngaros, checos, eslovenos, roma y sinti (estos dos últimos gitanos)- se encuentran garantizados por la Carta Magna.

Aunque el austríaco es oficialmente un dialecto del alemán, difiere mucho del alemán estándar y se parece al suizo y al bávaro. Tanto es así que algunos sectores defienden un idioma austríaco o austrobávaro distinto del alemán. Además de la lengua, la católica Austria tiene mucho en común con Baviera y siente alergia por Berlín.

Es la cuna de la música: Wolfgang Amadeus MozartFranz Haydn, Franz Schubert, Ludwig van Beethoven, Johann Strauss… Viena fue un centro de innovación musical que atrajo los mejores compositores en el siglo XVIII y XIX y hoy su Filarmónica deleita al mundo en el Concierto de Año Nuevo cada 1 de enero.

Hopi: una nación de pacifistas.

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Los hopi, también llamados moqui, son descendientes de los nativos emigrantes del sudoeste americano. Vivían en un grupo pequeño de aldeas autónomas y aún se caracterizan por su espíritu pacifista. Hopi de hecho viene de “hopitu” o “pueblo pacífico”. Hoy quedan 12.000 repartidos entre Arizona, Utah y Nuevo México.

Se dedicaban a la agricultura, el textil y la alfarería y las casas, construidas por las mujeres, eran de adobe y arcilla. La nación se dividía en clanes y era obligatorio casarse con personas de otro clan. Eran monógamos, las líneas de descendencia matriarcales y las jóvenes vírgenes lucían un peinado que imitaba una flor de calabaza.

Hoy los hopi hablan inglés y son cristianos pero muchos aún conservan su religión tradicional, donde creen que los espíritus kachina guiaron a los hombres desde el mundo subterráneo a través de una caña introducida profundamente en un agujero excavado por un tejón en la tierra, y desde allí llegaron a la superficie, a la luz.

Los kachina no permiten la violencia ya que el solo gesto de levantarle la mano a alguien golpea el orden natural de su mundo. Para evitar las luchas, los espíritus dividieron a los hopi en dos grupos (calabaza y turquesa), gobernando medio año cada uno de ellos aunque todas las decisiones se toman siempre de una forma conjunta.

Actualmente la tribu hopi es una nación soberana localizada en el noroeste de Arizona. La reserva ocupa parte de los condados Cononino y Navajo y comprende más de 1,5 millones de acres. Conviven con los navajo, pero su relación con ellos es tensa ya que estos últimos les invadieron en varias ocasiones a lo largo de la historia.

Unos 5000 de estos nativos hablan el hopi, una lengua uro-azteca. Son uno de los pocos grupos aborígenes que mantiene su cultura hasta la actualidad: sus poblados son antiguos, algunos con una historia de mil años. Se trata de un pueblo que sólo pide respeto para su estilo de vida y que desea vivir en armonía y paz.

Cheyenne: los hombres perro de las llanuras.

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Los cheyenne son una nación amerindia radicada en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. Está compuesta actualmente por dos tribus, los sotaeo’o y los tsitsistas. Cheyenne significa “pueblo de una lengua extranjera” o “pequeño Cree” según otra versión. Se trata de un pueblo pacífico al que le obligaron a hacer la guerra.

En los siglos XVII y XVIII fueron de los Grandes Lagos a lo que hoy es Minessota y Dakota del Norte. Los lakota y ojibwa los  forzaron a emigrar hacia el oeste. A mediados del siglo XIX habían pasado de sedentarios a nómadas y de pescar y sembrar a recolectar y cazar. También fueron a Wyoming, Colorado y Dakota del Sur.

Buscaban experiencias religiosas con alucinógenos y practicaban “la danza del sol”. En sus visiones los animales poseían el pensamiento humano, que les confería habilidades especiales. Estos aborígenes eran famosos por sus “flechas de medicina” y considerados como temibles “hombres perro” a partir de uno de sus mitos.

En 1830 los cheyenne se dividieron en dos grupos: los del sur, situados a lo largo del margen superior del río Arkansas y que se unirían después con los arapahoe y los del norte, en el río Plata. Hasta que llegaron los buscadores de oro a su territorio (año 1850) mantenían una relación pacífica y cordial con el hombre blanco.

Muchos hombres, mujeres y niños inocentes fueron masacrados por el ejército americano, lo cual desató una cruenta guerra entre estos pacíficos nativos y los colonos atacantes. Al final, los cheyenne se rindieron en 1877 y fueron reasentados en el Territorio Indio (Oklahoma) donde sufrieron varias epidemias, hambre y frío.

Hoy los cheyenne del norte viven en una reserva en Montana y los del sur, junto a los arapahoe del sur, en el centro de Oklahoma. Su población total combinada alcanza las 20.000 almas. La lengua cheyenne es hablada por menos del 10% de su gente. Siempre agredido desde el exterior, por fin este pueblo puede vivir en paz.

Comanches: los señores de las llanuras del sur.

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Los comanches son una nación amerindia nativa de la región de la Comanchería, en el suroeste de Estados Unidos.  Su población máxima llegó a los 45.000 miembros en el siglo XVIII. Hoy son unos 15.000, la mitad de los cuales reside en Oklahoma y el resto anda disperso en los estados de Texas, California y Nuevo México.

Comanche viene del español “camino ancho” aunque ellos prefieren llamarse “numunuu”, que significa “la gente”. Tienen una lengua propia -el comanche- de la familia uro-azteca, hablada ya sólo por unos pocos cientos de usuarios. Su religión tradicional también ha declinado. Hoy la mayoría es cristiana y habla inglés.

Alrededor del siglo XV esta tribu emigró de las Montañas Rocosas hasta el sur de las Grandes Praderas de Norteamérica. Allí ahuyentaron a los apaches -sus enemigos tradicionales- y controlaron un área muy extensa hacia el siglo XVIII y XIX. Construyeron un imperio en las Grandes Llanuras gracias a su talento como jinetes.

Sus primeros caballos los robaron a los españoles y luego se dedicaron a criarlos. Eran cazadores-recolectores que se adaptaron al caballo como ningún otro pueblo nativo. Eran tan habilidosos como jinetes que veías acercarse un caballo sin nadie que lo montara, mientras te atacaban ocultos enganchados a un lado de este animal.

Extendieron sus ataques hasta México y lograron que los colonos blancos permanecieran fuera de sus fronteras durante más de un siglo. Su estética era muy curiosa: usaban sombreros en invierno, así como grandes tocados de guerra, con una cabeza de bisonte que incluía sus cuernos. Solían tatuarse y pintarse de rojo.

A finales del siglo XIX Estados Unidos se anexionó sus tierras. Actualmente la Nación Comanche tiene su sede en Lawton, Oklahoma y su jurisdicción se extiende a varios condados. Disponen de autogobierno, iglesia y leyes propios. Una vez al año se reúnen todos los comanches del país para festejar su herencia y cultura.

Luxemburgo: el país más rico del mundo.

A menudo los centralistas enemigos de la autodeterminación de los pueblos esgrimen las bondades de pertenecer a un país grande con un idioma compartido por muchos millones de hablantes y desprecian a los países pequeños, a los que tildan de insignificantes a causa de su tamaño. Mienten, y Luxemburgo es la prueba.

La grandeza de un país no se mide por su número de km2. La dilatada historia luxemburguesa arranca en 963 de la mano del conde Sigfredo.  En todo este tiempo son muchos los imperios que quisieron hacerla desaparecer (Alemania, Francia, Castilla, Holanda, Bélgica…) pero todos fracasaron miserablemente en el intento.

Con 2.500 km2 y medio millón de almas, Luxemburgo presume de tener la renta per cápita más alta del planeta y de que su capital sea la primera -y hasta la fecha única- localidad dos veces capital cultural de Europa. Socio fundador de la Unión Europea (UE) y miembro de la OTAN, es uno de los estados más desarrollados del globo.

Económicamente, la católica Luxemburgo es un paraíso fiscal con una intensa actividad bancaria y financiera. El pleno empleo y el alto nivel de vida atraen todos los años a numerosos trabajadores extranjeros, que constituyen el 60% de la población. Junto a Países Bajos y Bélgica, conforma el área comercial llamada Benelux.

En Luxemburgo se habla francés, alemán y luxemburgués. Este último -utilizado por sólo 300.000 personas- se consideró durante años un dialecto del alemán pero desde 1984 es idioma oficial en el menudo estado. Es sin duda otro de los muchos beneficios de la independencia política, que asegura la lingüística y cultural.

Con una monarquía que es un auténtico valor añadido -la única del mundo que ostenta el título de ducado-, los luxemburgueses gozan una vida de paz y prosperidad. Así como las grandes esencias se guardan en frascos pequeños, las grandes naciones suelen vivir en territorios menudos. Y Luxemburgo es una de ellas.

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