¿Sabías que Blasco Ibáñez profetizó la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial?

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A finales del siglo XIX y hasta mediados de siglo XX hubo una creencia muy extendida en Occidente: que había una raza llamada aria que era superior a las demás y que su máximo exponente, Alemania, se acabaría adueñando de toda Europa tarde o temprano. No pocos literatos -de dentro y fuera de Alemania- temían a ese país, al que creían un pueblo superior.

Y no era para menos. Desde su nacimiento a finales de XIX, Alemania se convirtió rápidamente en la nación más poderosa de Europa. Su riqueza y prosperidad, su industria pesada y alta tecnología, sus inventores y músicos y sobre todo sus audaces gobernantes y su temible ejército asombraron a todo el mundo y extendieron la creencia de que era una nación invencible.

Cuando empezó la Primera Guerra Mundial en 1914 todos daban por vencedora a Alemania. El rápido e imparable avance de sus tropas hizo pensar al mundo que era sólo cuestión de tiempo que acabaran conquistando todo el continente. La otrora poderosa Francia estaba siendo absolutamente humillada por el ejército germano y nadie apostaba un céntimo por su victoria.

En medio de este conflicto, el escritor valenciano Vicent Blasco Ibáñez publicó Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916). Esta obra, ambientada en la Primera Guerra Mundial, finalizaba con la victoria gala. Tal apuesta, en pleno 1916, era una temeridad propia de un loco. Contra todo pronóstico, Francia vencía dos años más tarde. Alemania se rendía y la Gran Guerra llegaba a su fin.

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Namibia: la paz del desierto.

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Namibia es uno de los estados más jóvenes de África. Se independizó de Sudáfrica en 1990, tras sufrir en sus carnes una ocupación ilegal y el régimen racista del Apartheid. Antes de eso, fue un protectorado de Naciones Unidas y antes de ello una colonia alemana llamada África del Suroeste. Ahora por fin sabe lo que es ser libre.

El país es más grande que Pakistán pero tiene sólo dos millones de habitantes. Entre el desierto de Namib y el del Kalahari, un bello paisaje de dunas de arena recorre el territorio de punta a punta. La gente vive en la costa y en la zona norte, donde casi no llueve. Hay también hermosas montañas, parques naturales y sabana.

La población se compone de al menos una docena de etnias, entre las que destacan los owambo (la más numerosa), los herero, los kavango, los himba, los nama, los damara, los basters y los san o bosquimanos. Hay una gran influencia cultural de alemanes y afrikaners. El 90% de los habitantes de declara de fe cristiana.

El único idioma oficial es el inglés. El estado es oficialmente monolingüe, en teoría para evitar una fragmentación etnolingüística. Pero la mitad de los namibios tienen el oshiwambo como primera lengua, los blancos hablan alemán y afrikaner y algunas lenguas locales se enseñan en la escuela pese a no tener reconocimiento oficial.

Los ingresos salen de la minería. Namibia es uno de los mayores exportadores del mundo de uranio, diamantes, plomo, zinc, cobre, estaño, plata y wolframio. Dispone también de grandes recursos pesqueros y un turismo creciente. Pero el pueblo llano sufre una muy alta tasa de desigualdad de ingresos, desempleo y Sida.

Pese a todo, Namibia vive feliz y en paz consigo misma. Lejos quedan los tiempos de la ocupación y el colonialismo. Ahora la gente disfruta de su rica artesanía, música y gastronomía fruto del mestizaje de mil culturas mientras come su pan bajo un sol de justicia y con toda la calma, silencio y sosiego que dan las dunas del desierto.

Togo: el espejismo de la libertad.

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La colonización de Togo comienza con los acuerdos de los jefes locales con Alemania en 1884. Tras la derrota germana en la Primera Guerra Mundial, el país fue repartido entre Francia y Reino Unido. La parte británica se incorporó a Ghana en 1956. En la parte francesa se creó la República Autónoma de Togo en 1957.

Pero en 1960 el país conocido como “La costa de los esclavos” se declaraba independiente. Parecía que la libertad estaba al alcance de la mano pero fue sólo un espejismo. Tras siete años de gobierno civil de Sylvanus Olympio, el coronel Etienne Eyadema derrocaba el gobierno con un golpe y se hacía con todo el poder.

Eyadema instauró un régimen de partido único, asesinó a sus adversarios políticos y controló sucesivos intentos de golpe de estado. Su autocracia comenzó en 1967 y acabó con su muerte en 2005 y fue la más larga de África hasta hoy: 38 años. Los togoleses seguían siendo esclavos. El negrero, ahora, era de dentro, de casa.

El caudillo antes de morir dejó el país en manos de su hijo Faure Gnassingbe, que tomó el mando con el apoyo de los militares y las fronteras y aeropuertos fueron cerrados. La comunidad internacional rechazó el cambio, así que Faure anunció elecciones. Ahora Faure sigue gobernando legitimado por comicios farsa.

Las cifras en Togo son dramáticas: el 39% de las niñas en edad escolar no está matriculado o ha abandonado la escuela. El 38,7% de la población vive bajo la línea internacional de la pobreza de 1,25 dólares por día y el 69,3% bajo la línea de 2 dólares por día. Pobreza, analfabetismo, sufrimiento y falta de identidad nacional.

El idioma oficial es el francés, aunque se hablan otros como kotocoli, kabiye o gbe. Practica el islam, el animismo y el vudú. Tiene una agricultura de subsistencia.  Togo no es independiente realmente. Incluso para organizar las elecciones necesita ayuda de la exmetrópolis. La costa de los esclavos sigue soñando con ser libre.

Baviera: la autonegación.

Enclavado en el corazón mismo de Europa, existe un pueblo con una cultura diferencial: el Estado Libre de Baviera. Es el lander más grande, rico y poblado de la República Federal Alemana. Por siglos fue nación soberana pero el viejo Reino de Baviera, Prusia y otros muchos estados se unieron para crear Alemania en 1871.

Mientras que en el mundo ha habido  una explosión de nacionalismos en los últimos 200 años, Baviera ha sufrido el proceso inverso. En la primera mitad de siglo XX experimentó fuertes sentimientos independentistas, en la segunda mitad regionalistas y ahora ni eso queda. Esa llama nacionalista se ha apagado con el tiempo.

Tiene una lengua propia, el bávaro, que por motivos políticos en la actualidad es oficialmente un dialecto del alemán. Pero en realidad es un idioma distinto. De hecho, cuando un bávaro sale hablando  en los noticieros de la televisión, ponen subtítulos en alemán porque de lo contrario nadie es capaz de entender lo que dice.

La católica Baviera tiene más en común con Austria que con la protestante Alemania. Pero su folklore es la imagen oficial germana: sus fiestas de la cerveza, sus mujeres de trenzas rubias, escotes generosos y faldas largas, sus hombres con sombrero y pantalón corto y su Bayern de Munich son conocidos en el mundo entero.

Esta tierra es la sede central de numerosas sociedades y empresas de renombre mundial. Tiene una poderosa actividad industrial, automovilística y financiera. Su tasa de desempleo es la mitad que la alemana. Es el primer destino turístico del país. Es el estado más rico de Alemania y su musculatura económica, digna de un titán.

Baviera ha pasado de ser una región separatista a convertirse en la columna vertebral de Alemania. Y ha sido  a base de renunciar a su identidad propia en un lamentable proceso de autonegación y pérdida de la conciencia colectiva, a base de diluirse hasta finalmente desaparecer, asimilada, dentro de la poderosa nación alemana.

Baleares: la bella violada.


El Reino de Mallorca -hoy conocido como Islas Baleares- fue fundado por Carlo Magno en 799. Mallorca, bajo el reinado de Mohamed ben Ganya Ibn Ishaq conquistó el norte de África y dominó desde Orán hasta Tuzer, en Túnez, y se fundaron grandes escuelas de juristas. El rey Jaime I de Aragón la libertó en 1229.

Durante la época cristiana Mallorca vivió una época de esplendor: en 1300 el rey Jaime II hizo el primer plan de concentración poblacional de Europa; el rey Sancho I creó, para los hombres de la mar, el primer sistema de seguridad social del mundo, y en 1374 Mallorca se presentó ante las murallas de Barcelona para asaltarla.

Fue un país de comerciantes y poetas, donde florecía la cultura. El escritor Ramon Llull maravilló al mundo y la comunidad judía impulsó la Escuela Mallorquina de Cartografía, que fue la más famosa hasta su disolución en la Edad Moderna y que dio al mundo grandes cartógrafos, cosmógrafos y hombres de ciencia.

Tras la Guerra de Sucesión (1701-1715), Mallorca perdió su independencia para convertirse en una triste región española. Hoy son los criados de los catalanes y alemanes. El idioma balear se encuentra prohibido y es sustituido por el catalán. El español, el catalán, el inglés y hasta el alemán gozan de un mejor trato que el balear.

Es una potencia turística de primer orden, pese a lo cual sus suculentas riquezas se marchan a Madrid. Es la autonomía española más exprimida fiscalmente pero en cambio recibe tan pocas inversiones del Estado que sus habitantes a menudo deben desplazarse a la Península en busca de servicios de los que carecen en las islas.

La escritora Hella Schlumberger comparó a Baleares con una mujer violada. El etnocidio que sufre en silencio el pueblo balear clama al cielo. Pero los baleares tienen un carácter sumiso, manso, aborregado y no reaccionan frente a los ultrajes. El antaño glorioso reino es hoy una triple colonia de Madrid, Barcelona y Berlín.

Moresnet Neutral: tierra de nadie.

La historia de Moresnet es posiblemente la aventura nacional más rara y curiosa de la era contemporánea europea. Fue un país que existió entre 1815 y 1919; un territorio de forma triangular de sólo 3’5 km2 donde llegaron a confluir las fronteras de cuatro naciones europeas: Moresnet, Alemania, Bélgica y Países Bajos.

Su nacimiento fue singular. Tras las Guerras Napoleónicas, tuvo lugar el Congreso de Viena de 1815 que reordenó el mapa político europeo. Al trazar las nuevas fronteras entre Prusia y Países Bajos, una pequeña región fronteriza en el valle de Moresnet, que tenía una importante mina de zinc, casi llevó a la guerra a los dos reinos.

Finalmente se dividió la región de Moresnet en tres pedazos, uno para Holanda, otro para Prusia y un tercero -donde la mina-, neutral y desmilitarizado. En teoría un condominio gobernado por ambas potencias, en la práctica un estado de facto. Con posterioridad, Bélgica se separó de Países Bajos y pasó a controlar parte de la zona.

Moresnet Neutral tenía gobierno propio. Alcanzó las 2500 almas, la mayoría holandeses, belgas y alemanes. Sólo los habitantes originales y sus descendientes -unos 400- eran neutrales. A ellos se les consideraba apátridas y no debían hacer el servicio militar pero tampoco tenían pasaporte para viajar fuera del minúsculo país.

En 1855 la mina agotó sus reservas y las autoridades crearon un paraíso fiscal lleno de casinos, burdeles, destilerías de alcohol barato y un servicio postal que favorecía el contrabando. La moneda de curso legal era el franco francés, el esperanto el idioma oficial y el miniestado disponía de bandera, himno y sellos propios.

Prusia, que desde 1871 formaba parte de Alemania, consideraba suyo el territorio. Berlín inició una política agresiva hacia Moresnet y sus gentes pidieron la anexión a Bélgica. En 1914 Alemania invadió la micronación pero acabada la guerra, el Tratado de Versalles de 1919 estableció la anexión formal de Moresnet a manos belgas.

Mónaco: el paraíso fiscal.

Existen muchos en el mundo, pero el paraíso fiscal por excelencia es el Principado de Mónaco. Es uno de los estados más pequeños del planeta (1,95 km2) y el más densamente poblado, con sus 30.500 habitantes. Es un enclave de elegancia, lujo y glamour pero también un oscuro centro de lavado de dinero negro y evasión fiscal.

El francés es la única lengua oficial de Mónaco. Pero el país dispone también de una lengua propia, el monegasco, que la década de 1970 estuvo a punto de desaparecer pero que ahora tiene 5000 usuarios y se enseña en las escuelas. El occitano se habla desde tiempos históricos y el turismo trajo consigo el italiano y el inglés.

Durante la Edad Media, Mónaco fue un enclave ligur en tierras occitanas. Hasta que en 1297 nació como país independiente, cuando el padre de la patria, François Grimaldi, derrotó a los colonos genoveses. Grimaldi entró disfrazado de monje a la fortaleza monegasca y ya desde dentro abrió las puertas a sus tropas.

La monarquía es sin duda el mejor activo monegasco. Los Grimaldi son expertos en negociar  y superar las adversidades. A lo largo de los siglos el micropaís fue invadido por Génova, se convirtió en protectorado de España, Francia y Cerdeña, y hasta fue ocupado por la Alemania nazi. Y ahí sigue: en pie, independiente y libre.

El Mónaco moderno que conocemos lo forjó el príncipe Carlos III a finales de siglo XIX. Él trajo el Casino de Montecarlo, el ferrocarril, la Oficina de Correos que pronto emitió sus propios sellos, obtuvo de la Santa Sede un obispado, eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios y creó Montecarlo en su propio honor.

Hoy el país es un refugio de multimillonarios que se radican allí para no pagar impuestos. Y un centro turístico de primer orden, con infraestructura hotelera, de ocio y náutica de auténtico lujo. El Rally  de Montecarlo y el Gran Premio de Fórmula 1 de Mónaco -pruebas en circuito urbano- son famosas en el mundo entero.

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