Frente a la competitividad, solidaridad.

El otro día estaba instruyendo a mis alumnos acerca del consumo responsable. Les expliqué que algunas multinacionales se instalan en el Tercer  Mundo y allí contratan en régimen de semiesclavitud a niños pequeños que en lugar de ir a la escuela se pasan maratonianas jornadas laborales en una lóbrega fábrica cosiendo zapatillas o balones por un sueldo miserable. Y les puse como ejemplo a la tantas veces denunciada en la prensa factoría Nike.

Cuando les pregunté si ellos están dispuestos a comprar productos que saben que están fabricados por esclavos, su respuesta me heló la sangre. Me dijeron que sí, que sin ningún problema. «¿Incluso a pesar de que así estáis contribuyendo a fomentar la esclavitud en el mundo?» -repliqué-. Y nuevamente me respondieron que sí, que mientras a ellos les guste una cosa se la comprarán sin problemas pues no les importa cómo la hayan hecho.

Me quedé de piedra al ver que ni uno solo de mis estudiantes sintió un mínimo de solidaridad con aquellos niños explotados de India y China. Más sobrecogedor todavía fue ver  que aquella era la mejor clase en cuanto a resultados académicos, la de los más inteligentes. Pensé aterrorizado: «Si esto es representativo de los futuros líderes que vamos a tener en la nación, menuda pandilla de monstruos carentes de escrúpulos va a dirigir nuestros destinos».

Lo más paradójico es que en unos pocos años estos chicos saldrán al mercado laboral y comprobarán como, tras estudiar una dura carrera de cuatro años en la Universidad, lo único que les aguardará será un empleo basura con un sueldo inferior al de un barrendero. Y todo porque los empresarios dicen que toca abaratar costes para poder competir contra esos mismos niños indios y chinos por los que mis alumnos no sienten ninguna compasión.

Suiza: la única verdadera democracia en todo el mundo.

La Confederación Helvética es una patria singular. Con cuatro lenguas oficiales (romanche, italiano, francés y suizo-alemán) y pocas cosas en común, los suizos apelan a la «nación-voluntad» como razón de existir; un país formado por la propia voluntad de sus habitantes, o sea, desde abajo, y no un estado impuesto desde arriba.

Los suizos son muy cerrados. El aislamiento geográfico les hace desconfiar de un mundo exterior en permanente conflicto. Su política de neutralidad les ha permitido ser un oasis de paz incluso en medio de Guerras Mundiales y preservar su libertad y soberanía sin necesidad de tener un ejército profesional o de pegar un solo tiro.

Los helvéticos son una nación feliz que disfruta una vida apacible en medio de sus nevados valles. Como paraíso fiscal que es, Suiza presume de una economía extraordinariamente próspera. Cuenta con la banca y las compañías de seguros más poderosas del mundo, un excelente sistema educativo y un altísimo nivel de vida.

Pese a limitarse a un tamaño reducido como el de Extremadura, Suiza es una potencia cultural. Puede presumir de tener más de 20 Nobel y personajes ilustres como Jean-Jacques Rousseau, Leonhard Euler, Louis Aggasiz, Auguste Piccard, Jacques Piccard, Hermann Hesse o Roger Federer, entre muchos otros.

Suiza es una democracia directa. Allí, el pueblo tiene la última palabra y acepta o tumba leyes vía referéndum. Y el gobierno es un consejo de siete representantes de distintos partidos con una presidencia que rota anualmente, lo que impide a un político aferrarse al poder y explica el ínfimo nivel de corrupción en el país.

Para muchos, Suiza sólo responde a esa visión folclórica de quesos de gruyere, chocolate y relojes de cuco. Lo cierto es que es la única democracia auténtica en el globo. Allí es el gobierno el que obedece al pueblo soberano y no al revés como ocurre en el resto de Occidente. Suiza es, posiblemente, el mejor país del mundo.

Jesucristo: el mejor escudo contra la crisis.

Hace muchísimo tiempo los seres humanos decidieron construir una enorme torre, la de Babel, que les iba a proteger de cualquier inundación que el Señor les pudiera enviar. Fracasaron. Hace no tanto tiempo unos ingenieros diseñaron un trasatlántico llamado Titanic. Decían que era el mejor barco del mundo y que ni siquiera Dios era capaz de hundirlo.  Naufragó. Si hace apenas un año me hubiesen dicho que estados de la solvencia de Grecia, Islandia o California iban a quebrar en unos meses hubiese pensado que mi interlocutor estaba borracho o me tomaba el pelo.

Hay algo que me gusta de las crisis: hacen que nos demos cuenta de que no somos nadie porque sistemas políticos, ideológicos o financieros que pensábamos indestructibles se derrumban en una sola noche. No hay nada seguro. Hace unos meses, en España  la gente estudiaba oposiciones pensando que ser funcionario les iba a garantizar un empleo seguro para toda la vida. Pero el Gobierno Central y los autonómicos ya han anunciado recortes de sueldo en los funcionarios y una oleada de despidos de interinos. Esta crisis es una cura de humildad que nos pone de nuevo los pies sobre la tierra.

Como siempre, en España la crisis la pagarán los mismos: trabajadores, empresarios, funcionarios, madres y pensionistas.  Los sinvergüenzas que nos gobiernan no se plantean suprimir ministerios o diputaciones, recortar sueldos de diputados, senadores, alcaldes y concejales, replantear las subvenciones a sindicatos, ONG o confesiones religiosas, o investigar los paraísos fiscales. No. Los palos, para los de siempre. Yo no soy inmune a todo esto. La guillotina pende sobre mi cuello y podría verme en la calle pronto. Sin embargo, estoy tranquilo y no me preocupa nada.

En la Biblia, Jesús dice que no debemos preocuparnos por el día de mañana, por lo que comeremos, beberemos o vestiremos. Dios está al cargo de sus hijos y si cuida de las aves del cielo, de los lirios del campo y hasta de la hierba ¿cuánto más no protegerá a sus hijos y cubrirá sus necesidades? (Mateo 6:25-34). En estos tiempos de crisis hay gente que desespera y hasta se plantea prostituirse para salir adelante. Yo, en cambio, duermo a pierna suelta pues sé que si oro con fe, el Señor me protegerá de todo mal. Nada tengo de qué preocuparme: Dios tiene todo bajo control.

Liechtenstein: de nación y linaje real.

De entre todas las naciones europeas, el Principado de Liechtenstein es quizás una de las más singulares. Su nacimiento viene vinculado directísimamente al linaje de una familia real, hasta el punto que es uno de los dos únicos países del mundo que llevan por nombre el apellido de su monarca. El otro es Arabia Saudí.

El país nació el 23 de enero de 1719, cuando el emperador Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico convirtió los señoríos de Vaduz y Schellenberg en «Principado del Imperio» para su servidor Anton Florian de Liechtenstein. Irónicamente, la mayor parte de esta dinastía de príncipes vivió fuera del diminuto estado.

En 1938, ascendió al trono Francisco José II, que se convirtió en el primer monarca en vivir permanentemente en el país. La soberanía nacional está compartida por el pueblo y el príncipe, que puede vetar leyes o destituir gobernantes. En 2003 un referéndum otorgó más poder político al príncipe Hans-Adam II.

Es un pueblo de mentalidad muy conservadora y tradicionalista. Las mujeres no adquirieron el derecho al voto hasta 1984. En 2005 se realizó un referéndum sobre la legalización del aborto y la eutanasia… y el no a la legalización ganó con el 81,3% de los votos. Además, la ciudadanía desea amplios poderes para la Casa Real.

El principado es un paraíso fiscal que atrae grandes fortunas que lo convierten en un país riquísimo. Desde Berlín lo acusan de ser el mayor centro de lavado de dinero negro de Europa y Vaduz argumenta que la propia supervivencia económica de la patria depende de una fuerte política de secreto bancario e impuestos bajos.

Muchos emperadores, como Napoleón Bonaparte o Adolf Hitler, ambicionaron anexionarse la nación pero la astucia de la familia real le ha permitido reírse de todos ellos. Allí la gente es millonaria y feliz. No por casualidad apoya tanto la Corona… el destino del país depende de la monarquía y en Liechtenstein lo saben.

¿Debemos pagar el diezmo los cristianos?

¿Qué es el diezmo? Es el 10% del total de nuestros ingresos que libremente decidimos entregar a la iglesia para financiar la obra de Dios. Es una forma de devolverle al Señor una pequeña parte de lo muchísimo que Él nos da todos los días (empleo, dinero, salud, amor, protección…). El diezmo se emplea para pagar el sueldo de los pastores, pagar los gastos corrientes de un templo (alquiler, luz, agua…), enviar misioneros a las naciones, comprar materiales para enseñar su Palabra (Biblias, libros, pupitres…), financiar todo tipo de obras de caridad (dar comida a la gente pobre, construir comedores sociales, residencias, guarderías…), etc.

La Iglesia Católica no pide diezmo ya que tiene un acuerdo con el Estado para que le financie. Sin embargo, las Iglesias Evangélicas rechazan todo tipo de subvención, apuestan por la radical separación iglesia-estado y quieren sustentarse únicamente con las aportaciones de sus fieles, lo cual garantiza una mayor independencia con respecto al poder político. Por eso resulta tan de suma importancia poder colaborar económicamente en el sustento de la iglesia, con nuestros diezmos y ofrendas, ya que si no fuera de este modo la iglesia no podría disponer de recursos económicos para tratar de expandir el Reino de Dios aquí en la Tierra.

Dios mismo acusa de fraude, de robo, a aquellos creyentes que no sustentan a la iglesia: «¿Acaso es justo que una persona defraude al Señor como vosotros me estáis defraudando? De nuevo replicáis: «¿En qué te hemos defraudado?». ¡En los diezmos y en las ofrendas! Por eso estáis amenazados de maldición, porque todos vosotros, la nación entera, no cesáis de defraudarme. Traed los diezmos íntegros a los almacenes del Templo para que no falten víveres en él; ponedme a prueba procediendo así -dice el Señor del universo- y veréis cómo abro las ventanas del cielo para derramar sobre vosotros bendiciones a raudales» (Malaquías 3:8-10).

Este versículo es impresionante. A lo largo de toda la Biblia se repite hasta la saciedad una misma idea: no tentar a Dios, no desafiarle, no ponerle a prueba… El Señor tiene una gran paciencia pero cuando se le acaba, su ira es temible. Y su paciencia suele agotarse cuando ve que el pueblo le desobedece sistemáticamente o le desafía. Sin embargo, a pesar de que tenemos el mandato expreso de no tentar al Señor, existe una sola excepción, una sola en toda la Biblia, y hace referencia a los diezmos. Dios promete  derramar bendiciones a raudales sobre los que diezmen. Y nos lanza un desafío: «Ponedme a prueba» -dice-.

Dios cumple su Palabra y, paradójicamente, enriquece a las personas que diezman. Alguien puede pensar: «Si ya cuesta bastante llegar a final de mes con el 100% del sueldo ¿cómo lo voy a lograr con el 90%?». Muy sencillo, porque si diezmas, al cabo de un tiempo Dios te ofrece un mejor empleo que no te esperabas, una nueva fuente  de ingresos con la que no habías contado, etc. Jehová desafía las matemáticas… He conocido en mi vida varias personas muy  pobres que diezmaban lo poco que  tenían  y  que han pasado con los años de la mendicidad a ser de clase alta, con sus negocios propios. Es la justa recompensa a su fe.

¿Pero acaso un ser omnipotente necesita de nuestro bolsillo? En absoluto. Simplemente es como una prueba de fe a la que nos somete, para ver si confiamos más en Él o en nuestros cálculos y lógica humanos. Pero el diezmo no sirve absolutamente de nada si nuestro corazón está sucio y actuamos mal. Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, maestros de la fe y  fariseos hipócritas, que ofrecéis a Dios el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero no os preocupáis de lo más importante de la ley, que es la justicia, la misericordia y la fe! Esto último es lo que deberíais hacer, aunque sin dejar de cumplir también lo otro» (Mateo 23:23 y Lucas 11:42).

Pero ¿es necesario seguir diezmando hoy en día? El diezmo era una costumbre arraigada en el Antiguo Testamento. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no hay un mandato claro de que se deba diezmar sino que se hace un llamamiento a que cada uno dé dinero en función de sus posibilidades monetarias: «Dé cada uno según le dicte su conciencia, pero no a regañadientes o por compromiso, pues Dios ama a quien da con alegría. Dios por su parte, tiene poder para colmaros  de bendiciones de modo que, siempre y en cualquier circunstancia, tengáis lo necesario y hasta os sobre para que podáis hacer toda clase de buenas obras» (2 Corintios 7-8).

¿Entonces debemos diezmar o no? Desde que estamos en el Nuevo Testamento, no existe el imperativo de diezmar. No es obligatorio. Sin embargo, yo lo considero aconsejable por tres razones. La primera, porque con nuestro dinero ayudamos a extender la obra de la iglesia. La segunda, porque, si diezmas con alegría, el Señor te recompensa y aumenta tus riquezas. Y la tercera, porque hemos de aprender a depositar toda nuestra fe en el Creador y no en nada ni nadie más (y eso significa otorgarle el control de todas las áreas de nuestra vida, finanzas incluidas).  En mi opinión, diezmar es bueno, positivo y agradable a los ojos de Dios.

     

     

A favor d’enderrocar El Cabanyal i d’ampliar l’Avinguda Blasco Ibáñez.

Els primers enderrocs del barri d’El Cabanyal de Valéncia que s’han produït estos dies han acabat en una virulenta batalla campal entre policia i manifestants. Vaja per davant que soc partidari del dret d’autodeterminació, fins al punt de creure que les coses d’un barri deuen ser decidides fonamentalment  per les persones que viuen en ell. Yo no soc veí ni persona directament afectada, per lo qual la meua opinió deu llegir-se en distància i cautela.

Ara be, vist l’assunt des de fòra, yo personalment estic a favor dels enderrocs d’El Cabanyal i de l’ampliació de l’Avinguda Blasco Ibáñez fins a la mar. El progrés deu obrir-se pas i és preferible una bona avinguda d’edificis moderns i avantguardistes que un barri destartalat i fet pols. És una bona oportunitat empresarial i econòmica i no només això: aporta un benefici colectiu superior al que supondria restaurar un barri moribunt com ho és El Cabanyal.

L’esquerra fa molta demagògia. Quan governaven els socialistes volien ampliar Blasco Ibáñez, ara que estan en l’oposició estan en contra. Tot es una qüestió de vots. Fart estic de vore cóm plataformes de veïns de l’estil de Salvem s’organisen per a protestar per l’instalació de per eixemple un camp  de golf en un poble a on governa un alcalde popular mentres que si l’alcalde és socialiste, en eixe cas cap plataforma clama contra el camp de golf.

No és dir cap mentira que des de que el món és món una vivenda sempre s’ha construït sobre  les ruïnes d’una atra vivenda o sobre un territori verge. Si cada volta que volem fer un barri, haguérem d’atendre al supost interés històric d’un barri més antic o al supost interés ecològic d’una planície plena de matolls, encara viuriem en l’Edat de Pedra. Això ho entenen be els cabanyalers com demostra que la majoria de manifestants siguen de fòra del barri.

Yo he passat per una situació pareguda. Quan era menut, recorde que mon pare tenia un garaig impressionant. El més gran que ha tingut mai. Tant que es fea servir també com a Casal Faller. L’Ajuntament d’Alzira determinà que per allí s’havia de construir una carretera i que calia enderrocar el garaig, perque un cantó del mateix -només un chicotet cantó-  afectava al traçat. Mon pare no s’ho prengué malament  puix sabia que allò era per al be comú del poble.

El Cabanyal no és Florència ni Venècia ni Roma. Crec que alguns s’escuden de l’excusa de la cultura per la senzilla raó de que no volen perdre la seua vivenda. Estan en el seu dret. Ara be, els seus arguments no em convencen i opine que ampliar Blasco Ibáñez beneficia a la majoria de valencians. Pero a mi no m’afecta directament el tema.  Soc un simple espectador crític. Qui realment deuen decidir són els veïns del barri, que són els que viuen allí.

Neoliberalismo económico: una doctrina satánica.

«¿Qué es el neoliberalismo? El neoliberalismo es cuando un lobo hambriento se acerca a un rebaño de ovejas y le pide al pastor que se ponga a un lado, que no intervenga, porque así se resuelven las cosas de manera mucho más eficiente» (Josué Ferrer).

Cada día estoy más convencido de que el llamado neoliberalismo es una doctrina de corte satánico. Y cuando hablo de liberalismo no me refiero a una política que favorece la iniciativa privada, la libertad económica o el comercio. Todas esas cosas son muy buenas y deseables ya que generan riqueza en una sociedad. Yo a lo que me refiero es a esa ideología que predomina en nuestros días y que exige a los estados que no intervengan o que miren a otro lado mientras los poderosos hacen y deshacen a su antojo en nombre del mercado y sin que les pueda controlar absolutamente nadie.

Todos sabemos que en una sociedad hay fuertes y hay débiles, hay ricos y hay pobres, hay empresarios y hay trabajadores. Siempre ha sido así y siempre lo será. Que se le exija al Estado que no intervenga, que no proteja a la parte débil de los abusos de la fuerte, todo en pro de un supuesta libertad mercantil, es tanto como si el lobo que ronda hambriento a una oveja le pide al pastor que no intervenga cuando se acerque a ella. Todos sabemos de sobra qué ocurrirá si el pastor incurre en una dejación de funciones. Hasta hoy, nunca una oveja se comió un lobo.

A los gurús del liberalismo no les basta con ser archimillonarios. A ellos lo que les da morbo, lo que se la pone dura, es la idea de oprimir al pobre. No les basta con tener un yate, una mansión o un helicóptero privado. No. Ellos no van a parar hasta poder robarle al mendigo el mendrugo de pan que tiene en la boca. ¿Cómo si no se explica que multinacionales que podrían pagar buenos sueldos contraten a esclavos en el Tercer Mundo? ¿O que haya supuestos cristianos que aboguen por la privatización de la sanidad y la educación y el recorte de los derechos sociales de la gente?

Las sectas luciferinas, ésas que hacen orgías a la luz de la luna, son todas de la alta sociedad. No es de extrañar que sea este tipo de gente la que haya empujado al mundo a una crisis económica sin precedentes. La crisis ha sido motivada por valores satánicos como la avaricia, la codicia, el egoísmo o la injusticia. Es la gente que habla de «el mercado» con la misma veneración con la que los idólatras en tiempo de Moisés adoraban al becerro de oro. Hasta las iglesias se han visto contaminadas con la teología de la prosperidad. Necios; no os podréis llevar un solo euro al otro mundo.

Singapur: el mejor puerto del mundo.

El de Singapur quizás sea uno de los casos más sobresalientes de cómo el independentismo puede traer la prosperidad a una nación. El minúsculo país se independizó de Gran Bretaña en 1963 y de Malasia en 1965. Hoy supera ampliamente a sus dos ex-metrópolis en renta per cápita y en indicadores de calidad de vida.

La isla ha llevado a cabo en los últimos años una agresiva política fiscal que ha atraído capitales. Además ha prosperado gracias a la inversión extranjera y a su apuesta por la tecnología, lo que le ha convertido en uno de los cuatro tigres asiáticos, junto con Taiwan, Corea del Sur y Hong Kong, verdaderos nuevos ricos de Asia.

No obstante, la principal fortaleza de Singapur radica en el comercio. Cuenta con el mayor puerto comercial del mundo, líder indiscutible en número de contenedores, por encima del de Rotterdam. Su actividad portuaria es tan prolífica y competitiva que prácticamente monopoliza el comercio de buena parte de Asia.

Singapur tiene, no obstante, un problema muy grave: el espacio vital. Es una ciudad-estado muy pequeña y está superpoblada. En las últimas décadas ha ganado terreno al mar sin cesar y hasta el aeropuerto de Changi, uno de los mejores del orbe, se halla sostenido parcialmente sobre tierra artificial asentada sobre el agua.

Esta colosal obra de ingeniería se ha logrado gracias a la compra de millones de metros cúbicos de arena a la vecina Indonesia. Esto produjo el hundimiento bajo las aguas de no pocos islotes de este depauperado país, que ha decidido que no venderá ni un palmo más de tierra. Birmania suministra ahora la materia prima.

El bravo pueblo singapurense, con esfuerzo y tesón, somete a la naturaleza y hace de su patria una isla creciente en lo económico y lo físico. Singapur representa el orgullo nacionalista, la casta, la agresividad de un país diminuto que domina a otros gigantes. Es un pueblo fiero. No en vano su nombre quiere decir ciudad de los leones.

Cubazuela.

Hace unos pocos años tuve la fortuna de visitar la ciudad de Valencia, en el venezolano Estado Carabobo. La impresión que me llevé fue la que de la miseria se expandía por doquier. Había unas tasas altísimas de paro y, como la gente debía sobrevivir, trabajaba en la economía sumergida. Allí lo llaman «economía informal» y está tolerada por la ley. Es decir, ya que el Gobierno de Venezuela es incapaz de ofrecer empleo a sus ciudadanos al menos no se persigue que éstos se ganen la vida como puedan, aunque sea trabajando en negro. En todas las calles había una cantidad enorme de puestos, de tenderetes improvisados, similares a los mercados ambulantes de aquí. Con la diferencia de que allí no se está asegurado, ni se es autónomo ni se paga impuestos. Se trabaja para intentar sobrevivir otro día más y punto.

En muchos puestos ambulantes, la gente vendía ropa barata, discos de música pirateados (incluso existen videoclubs donde se venden películas pirateadas y es legal), o fruta en unas condiciones higiénicas más que dudosas. Me entraba una profunda tristeza cada vez que subía a un microbús (allí lo llaman buseta o camioneta) y veía que subían personas jóvenes, a veces incluso adolescentes, para vender cualquier baratija. «Un paquete de chicles 500 bolívares, dos paquetes 800. Tenemos de menta y de fresa», voceaban. En otras ocasiones era gel, golosinas o tostones (plátano frito). Yo solía comprar  porque entiendo que si esta gente no puede vivir de esto, el siguiente paso que dará será conseguir una pistola y entrar a tiros en una tienda. En verdad me sentía profundamente apesadumbrado al contemplar todo aquello.

«¿Sabes? Esto antes no era así» -me decían-. Me contaron que  Valencia fue históricamente la ciudad industrial del país. Por supuesto la situación de la población nunca llegó a ser de opulencia, pero la gente tenía empleo. Empleo legal. Con contrato, con impuestos, con todo en regla. Allí había numerosas multinacionales como Colgate o Ford que daban de comer a numerosas familias obreras. Hasta que el neocomunista Hugo Chávez se hizo con la presidencia de Venezuela y comenzó a hostigar a todas horas a los empresarios. Subidas de impuestos, amenazas de expropiación de negocios, empresas y viviendas, inseguridad jurídica… Al final las empresas vieron el gris panorama y se marcharon de allí, fundamentalmente a Colombia, dejando a su paso un aumento masivo de paro, delincuencia y hambre.

Los empresarios se marchan de allí pero lo que es más grave… no llegan inversiones del extranjero. Al fin y al cabo… ¿quién en su sano juicio aterrizaría en un país en el que a los inversores se les acusa de «colonialismo»? Vas a montar un negocio, a dar trabajo a la gente, a pagar impuestos, a crear riqueza… Pero aún así la población local te mira mal, te odia… Y el gobierno amenaza con expropiarte, o con ser él el que te marque las pautas concretas sobre cómo debes dirigir tu negocio o incluso te dice que el contrato que has firmado hace seis meses con el Estado ya no vale, que es papel mojado, que hay que volver a renegociar todas las condiciones de la inversión de nuevo. Sinceramente, sólo un loco o un suicida se atrevería a arriesgar su dinero en una nación cuyo presidente es un paranoico que debería llevar camisa de fuerza.

No hay derecho a lo que Chávez les está haciendo a los venezolanos. Ha bloqueado sus depósitos bancarios de tal modo que la ciudadanía sólo puede disponer de una pequeña parte de sus ahorros para usarlos en el extranjero (por ejemplo para ir de vacaciones). Ha espantado a los empresarios y dejado en el paro a los trabajadores. Consiente los ataques a la propiedad privada (por ejemplo, legalizando que unos desconocidos se instalen en un terreno que es tuyo y se lo queden). Ha devaluado en exceso la moneda y multiplicado el precio de los productos de primera necesidad. Quiere una economía socialista planificada por el Estado. Cierra medios de comunicación, encarcela periodistas, ataca la libertad de expresión. Lo que él denomina «socialismo del siglo XXI» me recuerda demasiado al comunismo del siglo XX.

S.O.S.: Apadrina a un constructor.

En los medios de comunicación españoles se habla a todas horas de lo mal que le va al sector de la construcción. De que todo está muy parado, de que no se venden pisos, de la pérdida económica, de que, pobrecitos empresarios, hay que ayudarles… ¡Es increíble! Y lo hacen como tratando de dar lástima a la gente. A mí no me dan ninguna lástima ni los promotores ni los constructores. ¿Ya nadie se acuerda de que durante un lustro el precio de la vivienda crecía un 20% anual y los sueldos el 2%? ¿O de cuando España -con 40 millones de habitantes- levantaba cada año tantas viviendas como Francia y Alemania juntas -con 140 millones de almas-? ¿Dónde está toda la pasta que han ganado en estos últimos años de vacas gordas? No creo que el dinero se haya esfumado como si nada.

A mí quien me da lástima realmente es todas esas parejas que han comprado por 240.000 euros un piso que realmente no vale más de 90.000. Todos esos matrimonios que han hipotecado sus vidas para los próximos 30 ó 50 años. Pero ¿sentir pena por los promotores y constructores? ¡Pero si son unos ladrones que solamente saben especular con el valor de la vivienda y vender mierda a precio de oro! Cuando el valor de los pisos subía un 20% anual y muchos nos quejábamos de que aquello era un abuso, ellos apelaban a la ley de la oferta y la demanda y aducían que era normal por la gran demanda. Ahora que nadie compra pisos, ningún promotor invoca dicha ley para bajar los precios y reactivar el consumo. No entra en sus planes vender a un precio razonable. Son unos buitres de rapiña.

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