Quinientos años de Reforma Protestante.

Hace cinco siglos un monje llamado Martín Lutero clavó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg 95 tesis que iban a causar un auténtico terremoto teológico. En esencia se rechazaba la venta de indulgencias; se entendía que la cristiandad no necesitaba de una institución; que los bienes de la Iglesia deben repartirse entre los fieles; que la salvación es por fe y no por obras; se aceptaban tres sacramentos: bautismo, comunión y penitencia; los hombres de fe podían leer e interpretar los Evangelios sin intermediarios humanos y la verdadera autoridad en la fe estaba en las Sagradas Escrituras. Las cinco solas (sola scriptura; sola fide; sola gratia; solus Christus y Soli Deo gloria) resumen las creencias fundamentales de los reformadores frente a la doctrina católica.

La Reforma Protestante supuso volver al cristianismo primitivo de la Iglesia original, al que practicaban Jesucristo y los apóstoles. Volver a guiarse por lo que dice la Palabra de Dios, que es la Santa Biblia, y no por dudosas tradiciones humanas; a adorar en espíritu y en verdad en lugar de rendir culto a las estatuas; a bautizar a los creyentes adultos -siguiendo el ejemplo de Jesús- y no a bebés sin ningún uso de razón; a traducir las Escrituras en lugar de quemarlas en las hogueras; a hacer el culto en la lengua del pueblo llano en lugar de oficiar la misa en latín; a promover principios y valores en vez de ceremonias y rituales; a tener a Cristo como cabeza visible de la Iglesia y no al Papa; a entender por fin que la única Iglesia verdadera es la que realmente obedece a Nuestro Señor.

El legado de la Reforma va más allá de lo religioso. El énfasis en que la población pudiera leer la Biblia favoreció su alfabetización; el interés por la investigación y por la ciencia surgió a partir de leer los textos sacros; el considerar el robo y la mentira como pecados muy graves y no como meros pecados veniales atajó la corrupción; se fomentó la ética en el trabajo y el derecho de la propiedad privada, la democracia liberal, el capitalismo, la separación de iglesia y estado, la libertad religiosa y el imperio de la ley por el que todos somos considerados iguales. La Revolución Americana -que dio inicio al mundo moderno- estuvo claramente inspirada por los valores puritanos y las naciones protestantes se convirtieron en ejemplo admirable de progreso, prosperidad y libertad.

La Reforma iba a causar un cisma que dividiría el Occidente en protestantes y católicos aunque la verdadera intención de Lutero nunca fue la de crear una nueva iglesia sino la de reformar la que ya existía. Pero la rotunda negativa de los papas lo hizo imposible. Y mientras que la Reforma triunfó en América y Europa del Norte, la Contrarreforma abanderada por el emperador Felipe II y la Inquisición española apagó prematuramente la luz del Evangelio e hizo que nos quedáramos en esa mitad del mundo condenada a la dictadura, la pobreza y el atraso. Hoy vivimos la mayor Reforma religiosa de los últimos siglos: la del ateísmo. Ante una juventud que vive sin Dios, debemos volver a nuestras raíces y predicar la sanadoctrina. Reevangelizar Europa resulta hoy más urgente que nunca.

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¿Sabías que un misionero valenciano tradujo la Biblia a una lengua africana?

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Agradecimientos a la Archidiócesis de Valencia.

Dice la Santa Biblia que Dios es Dios de todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). Esto lo tuvo muy claro Alexandre Alapont, que nació en Polinyà del Xúquer en 1932, pero a los tres años de edad se trasladó junto con su familia a L’Alcúdia. En 1957, cuando sólo tenía 24 años, este sacerdote católico decidió darle un giro radical a su vida y marcharse a Zimbabue en calidad de misionero. Fue a evangelizar a la etnia nambya, una de las tribus más pobres del país.

Alapont convivió con ellos toda la vida y aprendió su lengua para predicarles la Palabra de Dios. No contento con esto, decidió escribir una gramática para la lengua nambya, y así codificar una lengua ágrafa que hasta entonces había pasado de padres a hijos de forma eminentemente oral. Esta lengua bantú es hablada por 120.000 personas, de las cuales el 20% profesa la fe católica. Precisamente pensando en ellos, Alapont también tradujo el misal al idioma nambya.

En 1976 inició la traducción de la Biblia a la lengua nambya y su trabajo duró 29 años. Para ello se sirvió de siete Biblias en cinco idiomas distintos (latín, griego, hebreo, inglés y francés) y recurrió a la lengua de los ancianos, ya que la de los jóvenes estaba infestada de anglicismos. Lo más difícil fue traducir algunas ideas abstractas que simplemente no existían en esa lengua, por lo que tuvo que acuñar neologismos. También hubo de adaptar la compleja fonética nambya al alfabeto latino.

En el año 2010 se presentó la primera edición de la Biblia en nambya, con una tirada inicial de 5000 ejemplares. Como los nambya son muy pobres, pueden comprar un ejemplar por el precio en metálico equivalente a una gallina. El Ayuntamiento de L’Alcúdia le nombró por unanimidad hijo predilecto de la ciudad, donde este ilustre misionero valenciano también tiene dedicada una calle en su honor. ¡Con toda seguridad, grande será su recompensa en el Reino de los Cielos!

Lo absurdo del racismo.

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La reciente masacre de Charleston (en Carolina del Sur, Estados Unidos) me mueve a reflexionar sobre lo inexplicable y misterioso de la condición humana. Recordemos que Dylann Roof, un joven racista blanco de 21 años de edad asesinó a tiros a nueve personas negras que leían la Biblia en una iglesia metodista de esta ciudad. No le habían hecho nada malo. De hecho, el autor confeso del crimen manifestó que lo habían tratado tan bien que a punto estuvo de no matarlos.  Lo más sobrecogedor es que los familiares de los fallecidos han perdonado a Roof. ¿Por qué este odio irracional? Es para mí incomprensible la idea de matar a alguien sólo por su color de piel. Como incomprensible me resulta que aún haya tantos americanos que luzcan orgullosos la bandera confederada, un símbolo del odio semejante a la esvástica nazi o a la bandera de la hoz y el martillo.

Creo que en alguna oportunidad he comentado que mi mujer es negra. Recuerdo que en cierta ocasión ella me pregunto: “¿Por qué me quieres si soy negra?”. Y yo le respondí: “¿Y qué más da? Si esta noche sufrieras una metamorfosis y mañana despertaras siendo verde o azul, yo te querría igual”. Ciertamente, nadie preguntaría a su pareja: “¿Por qué me quieres si mis ojos son marrones?”. Para mí el color de la piel es como el color de los ojos o el color del pelo: una anécdota sin importancia. Admito abiertamente que hay gente con la que prefiero no tener trato. Pero es por sus ideas, por su cosmovisión, por su estilo de vida, que chocan directamente con los míos. Ahora bien, rechazar a una persona por su color de piel, por su etnia o por su lugar de nacimiento me parece simplemente un absurdo, un atentado contra la lógica, un despropósito, un disparate sin pies ni cabeza.

Dice la Palabra de Dios: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Dios no hace distinciones. Hombre o mujer, blanco o negro, gitano o payo, nacional o extranjero, analfabeto o sabio, rico o pobre, emperador o esclavo. Todos somos iguales ante los ojos de Dios, por lo tanto todos seremos juzgados con el mismo rasero. Porque para Dios no hay acepción de personas (Romanos 2:11). Si el Todopoderoso, si el Omnipotente, si Aquel que es capaz de crear lo más grande -como las galaxias- y lo más diminuto -como el ADN-, no discrimina a un ser humano de otro ¿podremos nosotros contemplar por encima del hombro a otra persona? ¿Nos convierte en mejores el color de nuestro pelo? ¿Nos convierte en mejores el color de nuestra piel? Creo que nunca entenderé el absurdo del racismo.

¿Si un cristiano no habla en lenguas es porque no tiene al Espíritu Santo?

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En los últimos tiempos se pregonan en muchas iglesias pentecostales tradiciones humanas que son enseñadas como si fueran Palabra de Dios. Tales tradiciones carecen por completo de un respaldo bíblico pero son aceptadas por millones de personas. Quiero centrarme en el día de hoy en el don de lenguas. Concretamente, el don de lenguas llamadas extrañas, desconocidas o angélicas. Éste es uno de los dones del Espíritu Santo. Se trata de lenguas no humanas, totalmente incomprensibles para el intelecto humano a menos que haya alguien que las interprete.

En torno a este don, que es del Espíritu Santo, que sin duda existe y que aparece documentado en la Biblia (1 Corintios capítulos 12, 13 y 14) se han forjado multitud de doctrinas heréticas que tuercen las Escrituras. Se dice que el bautismo por el Espíritu Santo y hablar en lenguas es lo mismo. O que hablar en lenguas es una prueba evidente de tener al Espíritu. O que todos los cristianos deben hablar en lenguas. O que si no hablas en lenguas eres un creyente de menor categoría, tal y como erróneamente se creía en el siglo I de los no circuncidados. Todo esto es falso.

1) ¿Todos los cristianos deben hablar en lenguas? ¿Si no hablo en lenguas significa necesariamente que no he sido bautizado por el Espíritu Santo?

No. La Biblia dice que hay diversidad de dones, de ministerios y de actividades pero que todos proceden de un mismo Dios (1 Corintios 12:4-6) y que a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu (en este caso, de los dones) para el bien de todos (1 Corintios 12:7). Por ejemplo en cuanto a la diversidad de ministerios, Efesios 4:11 menciona apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. El apóstol Pablo en 1 Corintios 12:28 menciona apóstoles, profetas, maestros, los que hacen milagros, los que sanan, los que administran y los que tienen don de lenguas.

Igual que hay diversidad de ministerios, también hay diversidad de dones espirituales. Pablo menciona nueve: sabiduría, conocimiento, fe, sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas e interpretación de lenguas, y añade que que todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu Santo, repartiendo a cada uno en particular como él quiere (1 Corintios 12:8-11). Pretender que todos los cristianos hablen en lenguas resulta tan ridículo y tan absurdo como pretender que todos los cristianos sean pastores o todos sean maestros.

2) ¿Hablar en lenguas es una prueba evidente de que tienes contigo al Espíritu Santo?

No necesariamente. Los brujos que practican vudú en África hablan en lenguas (y mejor que la mayoría de cristianos). También algunos monjes budistas en Asia. ¿Acaso tienen ellos el Espíritu Santo? ¡De ningún modo! Ni siquiera en las iglesias cristianas que una persona hable en lenguas es una garantía de nada. Conozco el caso de una proxeneta que se congregaba en una iglesia en Barcelona y traía chicas desde África para venderlas a los puticlubs de la ciudad. También ella hablaba en lenguas. ¿Acaso puede esta mujer tener al Espíritu Santo? ¡De ningún modo!

Hablar en lenguas puede ser una evidencia de tener contigo al Espíritu Santo, cierto. Mas también puede serlo de que tengas contigo un espíritu demoniaco o de que simplemente inventes palabras y las digas en voz alta para fingir una supuesta espiritualidad delante de los demás (cosa cada vez más frecuente en las iglesias). Ser bautizado por el Espíritu Santo no es sinónimo de hablar en lenguas… Ni todos los que han sido bautizados por el Espíritu Santo hablan en lenguas ni todos los que hablan en lenguas han sido bautizados por el Espíritu Santo.

3) ¿Te falta algo si no hablas en lenguas? ¿Eres menos creyente por ello?

No. Esto es algo tan absurdo como decir que te falta algo si no tienes el don de hacer milagros. Juan el Bautista afirmó que él bautizaba con agua pero que Cristo bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego (Mateo 3:11). Si eres un cristiano nacido de nuevo, ya has nacido del Espíritu Santo (Juan 3:1-8), y el Espíritu Santo te ha sellado (Efesios 1:13-14), lo has recibido (1 Corintios 2:12), mora dentro de ti (1 Corintios 3:16), te ha ungido (1 Juan 2:27), te ha bautizado (1 Corintios 12:13) y ya te ha otorgado uno o varios dones (no necesariamente el de lenguas).

Muchos cristianos, especialmente los recién convertidos, afirman que no saben cuál es su don. Esto es normal al principio. Veámoslo con un ejemplo en el deporte: Michael Jordan nació con un don innato para jugar al baloncesto pero ¿sabía esto Michael Jordan cuando él era un bebé? No. Tuvo que crecer y desarrollarse para descubrir que esto del baloncesto se le daba bien. Igualmente cuando somos bebés espirituales no conocemos el don que nos ha sido entregado, sólo lo descubriremos si crecemos espiritualmente. Muchos, sin embargo, nunca crecen.

4) ¿Qué dice Pablo respecto al don de lenguas?

Pablo destaca que el amor es más importante que cualquier don espiritual (1 Corintios 13), y que el don de profecía es mucho mejor que el de lenguas (1 Corintios 14:1-5), que debemos procurar los dones que edifican a la iglesia (1 Corintios 12:14) y el don de lenguas no edifica porque no es comprensible (1 Corintios 14:6-11), que quien tenga ese don que pida en oración poder interpretar las lenguas (1 Corintios 14:13), y que es preferible hablar en la iglesia cinco palabras con entendimiento que diez mil en lengua desconocida (1 Corintios 14:19).

Según el apóstol Pablo, el don de lenguas es una señal para incrédulos, no para creyentes (1 Corintios 14:22), y si todos los miembros de la iglesia se ponen a hablar en lenguas y entra un indocto o un incrédulo les tomará por locos (1 Corintios 14:23). Si alguien habla en lengua extraña, que sean dos o a lo más tres y por turno; y que uno interprete. Si no hay intérprete que calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios (1 Corintios 14:28-29).  No hay que impedir hablar en lenguas pero debe hacerse decentemente y en orden (1 Corintios 14:39-40).

Conclusiones:

Causa tristeza ver la proliferación de falsas doctrinas y de herejías en medio de muchas iglesias pentecostales. Pablo regañó a la Iglesia de Corinto, una de las iglesias más carnales e inmaduras de su tiempo, por el abuso que sus miembros hacían del don de lenguas extrañas. Dos mil años después vemos a los cristianos compitiendo entre ellos por ver quién de todos habla mejor en lenguas, curiosamente el menos útil de los nueve dones espirituales, el único que no sirve para edificar a los hermanos de la iglesia y tan sólo es de provecho para uno mismo.

Muchos protestantes acusan a la Iglesia Católica de enseñar tradiciones humanas como si fueran Palabra de Dios pero luego ellos hacen exactamente lo mismo. Por no mencionar que la expresión de ese don de lenguas extrañas que vemos hoy en muchas iglesias pentecostales recuerda demasiado a lo que Pablo reprochaba a los corintios: hablando todos al mismo tiempo, sin intérprete y en una completa confusión  que haría que cualquiera que entre por la puerta piense que ha entrado en un manicomio. Dios no es Dios de confusión sino de paz (1 Corintios 14:33).

¿Qué es el bautismo del Espíritu Santo y cómo se recibe?

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La palabra “bautizo” viene de la palabra griega “baptizo” que significa inmersión. Así, el “bautizo en Espiritu Santo” es la sumersión o inmersión bajo el poder del Espiritu Santo. Éste es uno de los temas que más controversia suscita en la Iglesia. Existen básicamente dos posiciones. La primera es que somos bautizados por el Espíritu Santo al convertirnos a Cristo (generalmente en ese preciso instante aunque pudiera ser en algún momento posterior), que todos los cristianos hemos sido bautizados por el Espíritu  Santo y que a lo largo de nuestras vidas, en ocasiones, podemos llegar a llenarnos del Espíritu, que nos confiere un especial poder.

La segunda la defienden muchos pentecostales y carismáticos, que entienden que el “bautismo del Espíritu Santo” es una experiencia distinta a la salvación inicial que recibimos en el momento de convertirnos a Jesucristo. Sería una segunda experiencia que daría a una persona un mayor poder espiritual y que esto va acompañado de una señal que es el don de lenguas. Creen que el bautismo por el Espíritu Santo y la llenura del Espíritu Santo es lo mismo. Algunos llegan incluso a sostener que todo cristiano debe hablar en lenguas y que si esto no ocurre es porque no fue bautizado por el Espíritu Santo. Esta última afirmación no es bíblica.

Para empezar diremos que la Biblia en ningún momento menciona tal cosa como el “bautismo del Espíritu Santo”, sino que más bien habla de ser bautizado por el Espíritu Santo o con el Espíritu Santo. No se trata de un mero matiz lingüístico. Hablar de “bautismo del Espíritu Santo” tiene una connotación equivocada: la de que existe un bautismo aparte, distinto, especial, que sólo algunos cristianos reciben. Éstos serían más espirituales y santos que el resto. Pero, en realidad, hay un solo Espíritu y un solo bautismo (Efesios 4:4-5) y todos aquellos que son cristianos ya han sido bautizados por o con el Espíritu Santo, como podremos  ver.

¿Pero qué dice la Biblia? Juan el Bautista anunció que Jesús vendría y bautizaría con el Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33). En Hechos 1:5, Jesús les recordó las palabras de Juan y dijo a sus discípulos que serían bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días. Los acontecimientos sobrenaturales del día de Pentecostés son el cumplimiento de sus palabras (Hechos 2). Ese día los discípulos fueron llenos del Espíritu (Hechos 2:4). La única otra mención expresa en Hechos (11:16) se refiere a Pentecostés, explicando que Cornelio, el primer convertido gentil, tuvo una experiencia similar.

No obstante, la explicación más clara del bautismo aparece en 1 Corintios 12:13. En este capítulo Pablo está tratando con una situación en la que la Iglesia de Corinto -que era profundamente inmadura y carnal- se estaba dividiendo en camarillas por un debate sobre los dones espirituales. Unos creyentes competían con otros por poseer los mejores dones. El apóstol les instó a no buscar divisiones porque todos eran uno. Para probarlo, Pablo les dijo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios  12:13).

La palabra clave es “todos”. Todos los creyentes han sido bautizados por un mismo Espíritu (no sólo los que que hablan en lenguas). Si todos hemos sido bautizados por el Espíritu, esto debería ocurrir al convertimos a Cristo. Si eres un cristiano nacido de nuevo, ya has nacido del Espíritu Santo (Juan 3:1-8), y el Espíritu Santo te ha sellado (Efesios 1:13-14), lo has recibido (1 Corintios 2:12), mora dentro de ti (1 Corintios 3:16), te ha ungido (1 Juan 2:27), te ha bautizado (1 Corintios 12:13) y ya te ha otorgado uno o varios dones (no necesariamente el de lenguas) que descubrirás cuando crezcas espiritualmente y madures como cristiano.

En resumen, todos los cristianos (cristianos verdaderos, ojo, no cristianos de boquilla) hemos sido bautizados por el Espíritu Santo. El bautismo precisamente lo que hace es que pasamos a formar parte del cuerpo de Cristo, de la Iglesia. ¿Cómo se recibe? Se recibe al convertirnos a Cristo; es decir, cuando creemos genuinamente que Jesús es el Hijo de Dios, que vino al mundo para salvarnos de nuestros pecados, que murió y resucitó al tercer día y lo recibimos como el Señor y Salvador de nuestras vidas. En palabras más sencillas: si eres cristiano entonces has sido bautizado por el Espíritu Santo y si no lo has sido es porque no eres cristiano.

¿Qué piensa Dios de los nacionalismos?

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Vivimos tiempos convulsos. Tiempos de referéndums, estatutos de autonomía y banderas. Escocia, Cataluña, Euskadi, Sáhara, Tíbet, Quebec… En no pocos lugares del mundo existen pueblos que reivindican la independencia, un estado propio. Algunos dicen que la secesión no es legal si la prohíbe la Constitución del estado de turno, otros que que sí lo es, porque la ONU avala el derecho de autodeterminación para todos los pueblos (no sólo para los coloniales). Unos juzgan absurdo segregarse en un mundo que tiende a unirse por la globalización y los otros les replican que han nacido docenas de nuevos estados en los últimos años.

Nacionalista era Adolf Hitler pero también Mahatma Gandhi. Según se utilice, el nacionalismo puede ser un instrumento de opresión o de liberación. Así, con la Biblia en la mano no hallo ningún versículo con el que poder afirmar seriamente que la unidad de España es un bien moral superior a la independencia de Cataluña. O viceversa. Cosa distinta es cuando los catalanistas reclaman la anexión de pueblos vecinos, como Aragón, Valencia o Baleares, en contra de su voluntad y haciendo caso omiso de ese mismo derecho a decidir que tanto exigen para sí mismos. Negarle a otros lo que reclamas para ti es hipócrita, y por ende pecado.

¿Pero qué piensa Dios de todo esto? La palabra nacionalismo no aparece en la Biblia ni una sola vez pero sí hay muchas referencias a los pueblos y naciones. Así que ¿qué piensa Dios de las naciones? Para el Señor, Israel es la niña de sus ojos (Zacarías  2:8) pero Él también es Dios de todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). Sabemos que es bueno amar la patria: Jesús amaba la suya y David deseaba la paz para Jerusalén (Salmos 122:6). Pero eso bajo ningún concepto debe hacernos creer mejores que otros, nadie es mejor que nadie por nacer aquí o por nacer allá pues Dios no hace acepción de personas (Romanos 2:11).

Finalmente, aquí viene lo más fuerte: ¿Qué son todas las naciones a ojos de Dios? Todas las naciones a ojos de Dios son como una gota de agua en un cubo, como una mota de polvo en una balanza, como nada, como menos que nada e insignificantes (Isaías 40:15-17). Y es verdad, porque a Dios no le importan los territorios sino las almas de las gentes que viven en ellos. Buena cosa es defender tu tierra, promover tu lengua y cultura o amar los símbolos patrios. Pero no olvidemos que los cristianos somos extranjeros de paso por este planeta (Hebreos 11:13). No en vano, Jesús le respondió a Poncio Pilato: “Mi Reino no es de este mundo”.

¿Por qué los protestantes rechazan la presencia literal del cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía?

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Pregunta de Josep Lluís Ruano.

Ibi, Reino de Valencia. España.

“26 Mientras comían, tomó Jesús el pan, lo bendijo, lo partió y dio a sus discípulos, diciendo:

-Tomad, comed; esto es mi cuerpo.

27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo:

-Bebed de ella todos, 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada para perdón de los pecados. 29 Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:26-29).

La transubstanciación es, según la doctrina católica, el acto sagrado que se produce espiritualmente durante la consagración eucarística de la misa, donde el pan (la oblea) y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo por intercesión divina. Todo ello se basa en los versículos anteriores, que, dicho sea de paso, sirven también a las iglesias ortodoxas para defender “la presencia real” de Cristo en el pan y el vino. Los protestantes, en cambio, entendemos esto de forma figurada.

Si interpretamos de forma literal las palabras de Cristo, entonces debemos aceptar también que, cada vez que participan de la eucaristía, los católicos y ortodoxos se convierten literalmente en caníbales y vampiros y nadie puede decir con la Biblia en la mano que tales prácticas sean agradables a los ojos de Dios. Puestos a ser literalistas, en 1 Corintios 11:25 Cristo dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”. Así pues ¿cuál de las dos es? ¿La copa que es el pacto o el vino que es la sangre?

La transubstanciación parte de una interpretación equivocada de la Santa Biblia. Las palabras de Jesús “esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre” deben ser tomadas simbólicamente. De igual modo que cuando Jesús dijo: “Yo soy el pan” (Juan 6:41), “Yo soy la vid” (Juan 15:5), “Yo soy la puerta”  (Juan 10:7,9), “Yo soy el camino”(Juan 14:6), “Yo soy el buen pastor” (Juan 10:11-12), “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mateo 5:13), “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14), etc, etc.

Si hay presencia literal del cuerpo y la sangre de Cristo en la comunión, desde luego el apóstol Pablo no se enteró. En 1 Corintios 11.26 Pablo -después de que haya ocurrido la supuesta metamorfosis- dice: “todas las veces que comáis de este pan y bebáis de esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”. En Corintios 11:26-28 habla por tres veces de “comer el pan” y “beber de la copa”. En ningún momento menciona nada de “comer de esta carne” o “beber de esta sangre”.

¿Entonces quién tiene la razón? Dejemos que Cristo, quien es Dios, nos desvele el misterio. En Mateo 26:29 después de que Jesús hubiese dicho “esto es mi sangre” se refiere a los contenidos como “fruto de la vid”. Si la transubstanciación del vino en la sangre hubiera ocurrido -ya que tanto la Iglesia Católica Romana como las iglesias ortodoxas afirman que ocurrió en ese preciso momento- entonces Jesús nunca se hubiera referido a ella como “fruto de la vid” sino más bien como la “sangre”.

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