18 Oct 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, Biblia, Cristianismo, Cristo, Cultura, historia, Jesús, Jesucristo, Literatura, María Magdalena, matrimonio, Sociedad, vida de Jesús
![MariaMagdalena030_thumb[2]](https://josueferrer.com/wp-content/uploads/2010/08/mariamagdalena030_thumb2.jpg?w=535)
Pregunta de Carlos Hernán Ospina González.
Vilanova i La Geltrú, Cataluña. España.
¿Se casó Jesucristo con María Magdalena? ¿Tuvieron hijos? Ésta es una pregunta muy recurrente, sobre todo a partir de la publicación de ciertas novelas de ciencia ficción que toman el nombre de Jesús en vano para vender ejemplares. La respuesta es no. Jesús nunca se casó ni con María Magdalena ni con nadie. Ni tampoco tuvo hijos. Ni su descendencia formó una extraña secta que controla el mundo desde las sombras. Ni tampoco Jesús era homosexual. Ni extraterrestre. Todo son inventos disparatados de escritores mediocres que necesitan generar polémica y morbo para poder llenarse los bolsillos a costa de difamar a Jesús el Cristo.
¿Tenemos alguna constancia de que Jesús se hubiese casado? Ni una sola. Ni en la Biblia ni en ninguna fuente fiable de la antigüedad. Ni tampoco lo mencionan los apóstoles. Si ni siquiera ellos, que vivieron codo a codo con Él, mencionan un dato tan importante ¿por qué deberíamos pensar lo contrario? Los evangelistas no ocultan que Jesús tuvo hermanos… hasta mencionan algunos de sus nombres. ¿Por qué deberían ocultar que Jesús tuvo hijos si efectivamente los hubiese tenido? Es absurdo. ¿Es que acaso sería un escándalo, un sucio secreto que Jesús hubiera sido un varón casado? No. Nada más lejos de la realidad. Todo lo contrario, de hecho.
Un Jesús casado sería, en mi opinión, un personaje aún más normal y humano. No habría en ello pecado alguno pues Dios mismo vio que no era bueno que el hombre estuviese solo y por esto le dio una compañera (Génesis 2:18-24). De hecho, Jesús mismo bendice el matrimonio (Mateo 19:3-6) y la Biblia anima a los cónyuges a practicar el sexo (Corintios 7: 3-5). Supongo que el Nazareno decidió no casarse nunca porque sabía que su misión era ser sacrificado como un cordero en la cruz y por ello prefirió ahorrarle pasar por ese mal trago a una esposa condenada a ser viuda y a unos vástagos que habrían de quedar huérfanos de padre.
Fuente: Santa Biblia de Evaristo Martín Nieto 1988.
28 Jul 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, ídolo, Biblia, catolicismo, Cristianismo, Cristo, Cultura, diez mandamientos, Dios, estatua, historia, idolatría, Iglesia Católica, imagen, Israel, Jesús, Jesucristo, Judaísmo, judío, Moisés, pecado, protestantismo, religión, santo, Señor, Sociedad, virgen

Todas las personas que para bien o para mal hemos nacido y crecido en el seno de una sociedad de mayoría católica, estamos familiarizadas con los Diez Mandamientos que, desde niños, nos ha inculcado la Iglesia Católica Apostólica Romana, que son estos:
Los Diez Mandamientos Católicos:
1º Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2º No tomarás el nombre de Dios en vano.
3º Santificarás las fiestas.
4º Honrarás padre y madre.
5º No matarás.
6º No cometerás actos impuros.
7º No robarás.
8º No levantarás falsos testimonios ni mentirás.
9º No desearás a la mujer de tu prójimo.
10º No codiciarás los bienes ajenos.
Estos mandamientos son una versión resumida (y falseada) de los auténticos mandamientos que Dios entregó a Moisés y que pueden leerse íntegramente en Éxodo 20: 1-17 y Deuteronomio 5:1-21. Reproducimos ahora, de forma resumida, lo que la Biblia dice:
Los Diez Mandamientos Bíblicos:
1ºNo tendrás otros dioses aparte del Señor.
2º No harás imágenes, no te postrarás ante ellas ni les darás culto.
3º No tomarás el nombre de Dios en vano.
4º Consagrarás el sábado.
5º Honrarás padre y madre.
6º No matarás.
7º No cometerás adulterio.
8º No robarás.
9º No levantarás falsos testimonios.
10º No codiciarás la mujer ni los bienes de tu prójimo.
* * *
Si comparamos ambas versiones -la católica o falsa y la bíblica o auténtica- encontramos algunas desemejanzas notables. Querría llamar la atención, no obstante, sobre tres puntos. El primero de ellos y más importante es el que hace referencia a las imágenes. Dios prohíbe expresamente en su segundo mandato el venerar imágenes (entendiendo como tal una estatua, figura, o representación gráfica a la cual nosotros vamos a rezar, adorar, confiar en ella, etc.). Esto, de hecho, constituye el pecado de idolatría que consiste en rendir culto a alguien o algo distinto del Señor (a causa de este pecado Yahvé castigó al pueblo de Israel en infinitud de veces). La Iglesia Católica decidió eliminar este mandamiento porque choca de lleno con toda la parafernalia de santos, vírgenes y estatuas a las que muchos católicos, de buena fe y por ignorancia, rinden culto en contra de la voluntad misma de Dios.
El siguiente punto sobre el que quería llamar la atención deriva precisamente del anterior. ¿Qué ocurre si eliminas la prohibición de rendir culto de las imágenes? Pues que entonces los Diez Mandamientos se quedan en nueve y por lo tanto el decálogo cojea. Para arreglarlo, el catolicismo romano toma el último mandato bíblico (no codiciar la mujer y bienes de tu prójimo) y lo desdobla en dos (noveno y décimo mandamientos católicos). Por último, destacar que el «consagrar el sábado» del que habla la Biblia y el «santificar las fiestas» de la Iglesia Católica no se contradicen. Hay que tener en cuenta que en un contexto judío el séptimo día de la semana es el sábado pero en el calendario cristiano es el domingo. Poco importa que sea sábado o domingo, ya que la idea principal es que el último día de la semana lo empleemos para rendir culto a nuestro Creador que está en el cielo.
26 Jul 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, Biblia, catolicismo, Cristianismo, Cristo, Cultura, Dios, Espíritu Santo, Evangelio, evangelistas, Familia, hermanos, hermanos de Jesús, Jacobo, Jesús, Jesucristo, José, Juan, Judas, Lucas, María, Marco, Mateo, matrimonio, polémica, protestantismo, Sagrada Familia, sexualidad, Simón, Sociedad, Virgen María, virginidad

Agradecimientos a Efraín Augusto Parra, de Bogotá D.C. (Colombia).
¿Tuvo hermanos Jesús? Esta polémica y controvertida pregunta ha provocado que salten chispas en no pocas ocasiones. La Biblia no es excesivamente prolija en este punto. No existen muchos pasajes que hablen sobre tan espinoso asunto por lo que el tema no está del todo claro, existen teorías para todos los gustos y, consecuentemente el debate permanece vivo; sin embargo los pocos textos que se refieren a la familia más próxima de Jesús parecen confirmar que Jesucristo sí tenía varios hermanos de sangre.
Un primer fragmento de la Palabra nos relata: “Vinieron después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Marcos 3: 31-35).
Que los hermanos de Jesús eran incrédulos y no creían que fuese el mesías lo corrobora Juan. Dice así: “Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos; y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Porque ni aun sus hermanos creían en él”. (Juan 7:2-5). Según parece, Cristo tenía hermanos aunque tampoco ellos creyeron en Él.
En otro versículo de la Palabra, se hila aún más fino al mencionar el nombre de los hermanos varones además de afirmar que Cristo tenía hermanas (aunque desconocemos cómo se llamaban). Dice así: “¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (Marcos 6:3-4).
Para entender mejor si el mesías tuvo o no hermanos, podemos recurrir al pasaje de Lucas 2:7, que describe el parto de María: «Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón». Obsérvese la palabra primogénito, este término se utiliza para decir que es el primer hijo, si Jesús hubiera sido el único hijo de María, Lucas hubiera escrito: “a su hijo unigénito”. ¿Por qué escribir primogénito si no tenía hermanos? No tiene sentido.
Algunas voces -defensoras de la virginidad perpetua de María- piensan que cuando en la Biblia se menciona a la madre y los hermanos de Jesús en realidad puede que se trate de hermanos en un sentido «metafórico» (algo así como “hermanos en la fe”) o en un sentido «amplio» (con lo que dichos hermanos serían en realidad primos) y otros creen que pudiera tratarse de «hermanastros» (es decir, hijos que José el carpintero habría tenido con alguna esposa anterior a su casamiento con la Virgen María).
La negación de que Jesús tuviera hermanos fue establecida por los católicos siglos después de escribirse la Biblia. Lo hicieron de manera forzosa por carecer de argumentos, indicando que “hermanos” en el Nuevo Testamento quiere decir primos o parientes. Pero el Nuevo Testamento fue escrito en griego, donde hay clara diferencia entre estos dos términos. ¿Por qué no dice que Isabel era “hermana” de María, o Juan el Bautista era “hermano” de Jesús; si bien es sabido que eran primos respectivamente? Dicen que eran primos (‘a‧ne‧psi‧ós’ en griego).
En Lucas 21:16 dice: “Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros”. Aquí la palabra hermanos (‘a‧del‧fós’ en griego) se usa de manera clara y distinta a la palabra parientes. (‘syg‧gue‧nṓn’ en griego). De haber sido las dos palabras sinónimas no hubiera sido necesario decir “parientes”, pues sería redundar. Es evidente que en lengua griega no hay posibilidad de confundir hermanos, primos o parientes porque existen palabras distintas para referirse a ellos.
Ninguna de las hipótesis católicas, no obstante, se asienta sobre base bíblica alguna, con lo que lo más lógico es pensar que sí eran hermanos carnales de Jesús. Sólo hay un hecho claro; que los cuatro evangelistas se expresan en un mismo sentido: Jesús tenía hermanos y hermanas (conocemos el nombre de los varones), no creían en Él como hijo de Dios y consecuentemente Cristo consideraba sus hermanos a quienes hacen la voluntad de Dios. A partir de ahí, cada uno que extraiga sus propias conclusiones y teorías.
22 Jul 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, Biblia, carpintero, catolicismo, Cristianismo, Cristo, Cultura, Dios, Espíritu Santo, Familia, Gabriel, hermanos, hermanos de Jesús, historia, Iglesia Católica, impotencia, Jesús, José, Juan, La Rota, Lucas, María, Marcos, Mateo, matrimonio, matrimonio canónico, mesías, Milagro, nulidad matrimonial, Palabra de Dios, pecado, polémica, protestantismo, religión, Sagrada Familia, sexo, sexualidad, Sociedad, Tribunal de La Rota, Vaticano, verdad, virgen, Virgen María, virginidad

Agradecimientos a Luis Alberto Saavedra, de Lima (Perú).
El tema que a continuación vamos a abordar es para mí uno de los más difíciles pues a menudo provoca amargas controversias. Advierto que mi intención no es en absoluto polemizar u ofender a nadie. Antes al contrario: me dispongo a escribir este artículo desde el mayor de los respetos y consideraciones que me merece la que sin lugar a dudas ha sido la mujer más extraordinaria que haya pisado este planeta en toda la historia de la humanidad. Me refiero, como no podía ser de ninguna otra manera, a la Virgen María.
La Biblia cuenta que el ángel Gabriel se apareció a María, una doncella desposada con José, para anunciarle que iba a traer al mundo a Jesús, quien sería llamado Hijo de Dios. María era virgen así que la concepción sería milagrosa. También relata la Palabra que un ángel se apareció en sueños a José, que pretendía abandonarla, para convencerlo de que no lo hiciese pues el hijo engendrado era del Espíritu Santo (Lucas 1:26-38) y (Mateo 1:18-25). Esto es lo que dice la Biblia. Veamos ahora qué dicen los hombres.
Existen dos grandes interpretaciones sobre la virginidad de María: la católica y la protestante. Comencemos por la primera. El Estado Vaticano sostiene la tesis de la virginidad perpetua de María. Es decir que María no sólo era virgen en el momento en el que se quedó embarazada de Jesús por obra del Espíritu Santo sino que siguió siendo virgen durante toda su vida, incluso después del nacimiento de Cristo e incluso a pesar de que, recordemos, era una mujer que estaba casada con el carpintero José.
Esto puede provocar a priori extrañeza (¿qué clase de esposa es la que no se acuesta con su propio marido y la que permanece virgen aun estando casada?). A menudo la explicación más recurrente por parte de la Iglesia Católica es la de que José debía ser un hombre anciano, y por lo tanto sexualmente impotente, lo cual explicaría que no mantuviese relaciones con María. No existe no obstante ni siquiera un solo texto bíblico que pueda sostener esa tesis, por lo queda en el campo de la especulación de los hombres.
La cosa se complica todavía más si vemos que el eclesiástico Tribunal de la Rota -dependiente del Vaticano- considera nulo un matrimonio donde no haya existido la consumación (es decir, que el marido y la mujer se hayan acostado juntos por lo menos una vez). En este sentido, el Tribunal de la Rota puede declarar nulo un matrimonio canónico «si se da impotencia para el acto conyugal tanto por parte del hombre como de la mujer». Y según la tesis católica, José era impotente y no se acostaba con su mujer.
La Rota también lo juzga nulo «si teniendo suficiente discreción de juicio para entender las obligaciones esenciales del matrimonio y aún queriéndolas cumplir, es incapaz de cumplirlas por una causa de naturaleza psíquica (por ejemplo, es incapaz de guardar la fidelidad, de vivir unido de por vida, de llevar una vida sexual normal, de educar y alimentar a sus hijos, etc)». No hay ninguna duda de que un matrimonio donde los cónyuges no se acuestan el uno con el otro dista mucho de llevar una vida sexual normal.
Así pues, según la tesis católica María fue virgen durante toda su vida porque su marido era anciano y supuestamente impotente (aunque no exista ningún texto bíblico que lo corrobore). Sin embargo, la propia Iglesia Católica declara nulo de pleno derecho un matrimonio donde no se practique el sexo, por lo que si aplicáramos las propias normas católicas a la pareja que nos ocupa tendríamos que declarar nulo este matrimonio y en consecuencia llegar a la conclusión de que María fue una madre soltera.
La visión protestante del asunto es, en mi humilde opinión, más racional, menos complicada y no contradictoria: María era virgen en el momento de quedarse embarazada de Jesús (es el Espíritu Santo y no un varón quien la preña), pero en el momento de casarse con José ya pasó a practicar una vida sexual normal con su marido (algo que además no sólo no es pecado sino bueno a los ojos de Dios). Esto no invalida el milagro de la concepción virginal de Cristo ni tampoco el matrimonio de María con su esposo.
María no sólo habría tenido una vida marital normal sino que además habría tenido más hijos (y esta vez concebidos de forma natural con su marido y no de forma milagrosa como con Cristo). ¿Pero acaso hay pasajes de la Biblia que sustenten esta teoría? Sí, los hay. Los cuatro evangelistas sostienen en varias ocasiones que Jesús tuvo hermanos y hermanas (Marcos 3:31-35), que éstos no creían en Él como mesías (Juan 7:2-5), e incluso sabemos el nombre de los hermanos varones de nuestro Señor (Marcos 6:3-4).
Lucas 1:34 dice: “Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón”. En otras palabras, María afirma que no ha tenido relación sexual con hombre alguno. En Mateo 1:25 leemos: “Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús”. Aquí la Biblia resalta que José no tuvo relaciones sexuales con María hasta que nació Jesús. O sea que después del nacimiento, sí tuvo sexo. Además se refiere a Jesús como «primogénito», esto es, el hijo mayor. De ser hijo único habría dicho «unigénito».
Yo, personalmente, me inclino más por la visión protestante, la cual considero más sensata, no contradictoria y con base bíblica. En cualquier caso, tanto los cristianos que defienden la virginidad perpetua de María como los que apoyamos la tesis de su virginidad temporal, coincidimos en dos cosas: que la concepción de Jesús fue un fenómeno milagroso al ser María doncella, y que es sin duda una mujer tan pura, tan maravillosa y extraordinaria que fue elegida por el mismísimo Dios para engendrarse en su vientre.
14 Jul 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Biblia, cabeza de familia, Cristianismo, Cristo, Dios, esposa, esposo, Familia, fornicación, Jesús, Jesucristo, marido, matrimonio, Mujer, Pablo, Palabra de Dios, pecado, Pedro, sexo, sexualidad, sumisión

«Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas» (Colosenses 3:18-19).
¿Cómo debe ser la esposa en el matrimonio? Dice la Palabra de Dios: «Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo». De este pasaje extraemos que la mujer debe ser sumisa y obediente a su marido. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que la esposa deba ser una esclava o un cero a la izquierda que no cuenta para nada. Ni tampoco que el marido deba ser un dictador. De hecho, la propia Biblia establece que el hombre y la mujer son iguales ante Dios (Gálatas 3:28). Esta sumisión se entiende más bien en el sentido de que la mujer debe respetar la autoridad del esposo como cabeza de familia que es. Otros pasajes de la Biblia insisten en que la mujer debe respetar al marido (Efesios 5:33) y estar sujeta a él (Colosenses 3:18).
Por su parte, Pedro insta a la mujer estar sujeta a su marido, ser casta y respetuosa y no tener una imagen externa con peinados ostentosos, adornos de oro o vestidos lujosos, sino un espíritu afable y apacible (1 Pedro 3:1-4). Tan importante es la mujer que desde el principio vio Dios que no era bueno que el hombre estuviera solo, por eso le hizo una ayuda idónea (Génesis 2:18). Incluso el sabio Salomón reconoce la vital importancia de tener una buena esposa en tres pasajes absolutamente impagables. El primero dice así: «La mujer sabia edifica su casa, pero la necia con sus manos la derriba» (Proverbios 14:1). El segundo reza: «Mujer virtuosa ¿quién la hallará? Porque su valor sobrepasa largamente al de las piedras preciosas. El corazón de su marido confía en ella y no carecerá de ganancias» (Proverbios 31:10). Y el tercero advierte: «Engañosa es la gracia y vana es la hermosura; la mujer que tema a Jehová, esa será alabada» (Proverbios 31:30).
Pero es que ¿acaso Dios es machista? No. De hecho, pone al marido unas obligaciones mucho mayores que a la esposa. Al hombre se le ordena amar a su mujer y no ser áspero con ella (Colosenses 3:19), tratarla como a vaso frágil, es decir, con delicadeza (1 Pedro 3:7), amar a su esposa como a su propio cuerpo (Efesios 5:28), dejar a su padre y a su madre para unirse a su mujer y formar con ella una sola carne (Efesios 5:31), amar a la mujer como a sí mismo (Efesios 5:33) y lo que es aún más fuerte: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella» (Efesios 5:25). Fíjate bien lo que dice… amar a la esposa «como Cristo amó a la iglesia». ¿Qué quiere decir esto? Que un marido debe amar a su esposa hasta el punto de llegar a dar la vida por ella, si esto fuera necesario, pues eso mismo es lo que Cristo hizo por nosotros. La mujer no tiene la obligación de morir por su esposo. En cambio, el hombre sí la tiene.
¿Y qué hay del sexo? El apóstol Pablo es claro al respecto: «Acerca de lo que me habéis preguntado por escrito, digo: Bueno le sería al hombre no tocar mujer. Sin embargo, por causa de las fornicaciones tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido. El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con su marido. La mujer no tiene dominio sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración. Luego volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia» (Corintios 7:1-5). Así pues, para huir de las fornicaciones (sexo fuera del matrimonio), Pablo aconseja al hombre y la mujer casarse, tener relaciones frecuentemente para evitar tentaciones y no negar el sexo el uno al otro.
11 Jul 2010
de J.Ferrer
en Ateísmo
Etiquetas:Actualidad, Alemania, ateísmo, Cristianismo, Cultura, Dinamarca, Dios, Europa, Islandia, Jesús, Jesucristo, laicismo, Occidente, Política, protestantismo, religión, Sociedad, Suecia

«Me aburren los ateos: siempre están hablando de Dios.» Heinrich Böll.
Una de las mayores falacias ateas que existe es la de pensar que el cristianismo es una rémora del pasado, una suerte de atávica superstición unida a la ignorancia mientras que el ateísmo constituye un signo de progreso, de modernidad. A menudo los ateos argumentan en favor de esta idea que las naciones más modernas y desarrolladas del mundo (las del centro y norte de Europa, fundamentalmente) cuentan curiosamente con muchos ateos.
Y no se puede negar que es verdad. Pero el argumento es equivocado… No es que por el hecho de que había un gran porcentaje de ateos en un territorio es que se consiguió una nación próspera. No, no, no… ¡Es justo al revés! Es precisamente porque se logró una nación rica donde la gente vive bien y tiene de todo es que parte de su población, históricamente cristiana, pasó a ser atea. Es la comodidad la que trajo el ateísmo, no al revés.
Sucede a veces que cuando una persona tiene su casa, su coche, su buen sueldo, sus vacaciones, su televisión de plasma y carece de grandes problemas en la vida se vuelve ateo… Porque desde la mentalidad humana lo fácil es pensar : «Si tengo todo lo que necesito… ¿para qué quiero a Dios? Para nada». Cuando hace décadas en Europa se pasaba hambre, todos creíamos en el Señor… pero ahora que somos ricos lo apartamos de nuestras vidas.
Sin embargo, en los países donde abunda la injusticia y el sufrimiento, la gente se ampara más al Señor, no porque sea inculta sino porque sufre. El literato Víctor Hugo escribió: «los ojos no pueden ver bien a Dios, sino a través de las lágrimas». Y la prueba es que cuando un ateo pasa por una situación límite (un cáncer, la prisión, la ruina…) en no pocas ocasiones se siente desesperado y acude al único capaz de ayudarle en ese instante: Dios.
Es un error común pensar que la gente con cultura debe necesariamente ser atea y la gente sin estudios ser creyente. Es absurdo porque existen sobradas muestras de científicos y catedráticos creyentes y de ateos que son analfabetos funcionales que al final del año no han leído ni un solo libro. Y viceversa. No, no son los estudios ni la cultura… Es el dolor… Porque mucha gente sólo se acuerda de nuestro Señor cuando sufre y necesita su ayuda.
El ateísmo nunca en toda la historia ha aportado una pizca de desarrollo a una sociedad. Al contrario: allí donde ha imperado el ateísmo de estado, como en Unión Soviética, Cuba o China, ha reinado la miseria, el hambre y la desolación, así como las persecuciones por motivos ideológicos y las masacres. Porque en el fondo el ateísmo es un movimiento intolerante y fanático; es la otra cara de la moneda de esas siniestras teocracias de la Edad Media.
Por contra, las naciones del centro y norte de Europa -ésas que tan a menudo algunos ponen como ejemplo de progreso ateo- lograron alcanzar su prosperidad de la mano de una sociedad abrumadoramente cristiana protestante. Fueron los protestantes (y no los ateos) los que hicieron rica a Dinamarca, Suecia, Alemania, Islandia… Y una vez se convirtieron en naciones ricas, es que la gente, por exceso de comodidad, pasó de cristiana a atea.
Buscar la prosperidad material de una patria y el bienestar de su gente es algo bueno y deseable y no resulta incompatible con buscar una prosperidad espiritual. Ahora bien, pobre de aquella sociedad que le dé la espalda a su Creador porque si Él no nos importa, menos aún nuestros semejantes. El día en que los seres humanos desechemos definitivamente al Señor estaremos al fin preparados para subir a las ramas de un árbol y quedarnos a vivir allí.
FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.
—————————————————————————–
¿Te gusta el artículo? Puedes leer muchos más como éste en mi libro POR QUÉ DEJÉ DE SER ATEO. ¡Haz clic en la portada!

17 May 2010
de J.Ferrer
en Cristianismo
Etiquetas:Actualidad, angustia, Babel, bolsa, crisis, Cristo, Dios, Economía, empleo, esperanza, Jesús, Jesucristo, Mateo, Política, prostitución, religión, Sociedad, Titanic, Torre de Babel, trabajo

Hace muchísimo tiempo los seres humanos decidieron construir una enorme torre, la de Babel, que les iba a proteger de cualquier inundación que el Señor les pudiera enviar. Fracasaron. Hace no tanto tiempo unos ingenieros diseñaron un trasatlántico llamado Titanic. Decían que era el mejor barco del mundo y que ni siquiera Dios era capaz de hundirlo. Naufragó. Si hace apenas un año me hubiesen dicho que estados de la solvencia de Grecia, Islandia o California iban a quebrar en unos meses hubiese pensado que mi interlocutor estaba borracho o me tomaba el pelo.
Hay algo que me gusta de las crisis: hacen que nos demos cuenta de que no somos nadie porque sistemas políticos, ideológicos o financieros que pensábamos indestructibles se derrumban en una sola noche. No hay nada seguro. Hace unos meses, en España la gente estudiaba oposiciones pensando que ser funcionario les iba a garantizar un empleo seguro para toda la vida. Pero el Gobierno Central y los autonómicos ya han anunciado recortes de sueldo en los funcionarios y una oleada de despidos de interinos. Esta crisis es una cura de humildad que nos pone de nuevo los pies sobre la tierra.
Como siempre, en España la crisis la pagarán los mismos: trabajadores, empresarios, funcionarios, madres y pensionistas. Los sinvergüenzas que nos gobiernan no se plantean suprimir ministerios o diputaciones, recortar sueldos de diputados, senadores, alcaldes y concejales, replantear las subvenciones a sindicatos, ONG o confesiones religiosas, o investigar los paraísos fiscales. No. Los palos, para los de siempre. Yo no soy inmune a todo esto. La guillotina pende sobre mi cuello y podría verme en la calle pronto. Sin embargo, estoy tranquilo y no me preocupa nada.
En la Biblia, Jesús dice que no debemos preocuparnos por el día de mañana, por lo que comeremos, beberemos o vestiremos. Dios está al cargo de sus hijos y si cuida de las aves del cielo, de los lirios del campo y hasta de la hierba ¿cuánto más no protegerá a sus hijos y cubrirá sus necesidades? (Mateo 6:25-34). En estos tiempos de crisis hay gente que desespera y hasta se plantea prostituirse para salir adelante. Yo, en cambio, duermo a pierna suelta pues sé que si oro con fe, el Señor me protegerá de todo mal. Nada tengo de qué preocuparme: Dios tiene todo bajo control.
29 Abr 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, Biblia, catolicismo, Cristianismo, Cristo, Cultura, Dinero, Economía, iglesia, Iglesia Católica, iglesia evangélica, Jesús, Jesucristo, prosperidad, protestantismo, Sociedad

¿Qué es el diezmo? Es el 10% del total de nuestros ingresos que libremente decidimos entregar a la iglesia para financiar la obra de Dios. Es una forma de devolverle al Señor una pequeña parte de lo muchísimo que Él nos da todos los días (empleo, dinero, salud, amor, protección…). El diezmo se emplea para pagar el sueldo de los pastores, pagar los gastos corrientes de un templo (alquiler, luz, agua…), enviar misioneros a las naciones, comprar materiales para enseñar su Palabra (Biblias, libros, pupitres…), financiar todo tipo de obras de caridad (dar comida a la gente pobre, construir comedores sociales, residencias, guarderías…), etc.
La Iglesia Católica no pide diezmo ya que tiene un acuerdo con el Estado para que le financie. Sin embargo, las Iglesias Evangélicas rechazan todo tipo de subvención, apuestan por la radical separación iglesia-estado y quieren sustentarse únicamente con las aportaciones de sus fieles, lo cual garantiza una mayor independencia con respecto al poder político. Por eso resulta tan de suma importancia poder colaborar económicamente en el sustento de la iglesia, con nuestros diezmos y ofrendas, ya que si no fuera de este modo la iglesia no podría disponer de recursos económicos para tratar de expandir el Reino de Dios aquí en la Tierra.
Dios mismo acusa de fraude, de robo, a aquellos creyentes que no sustentan a la iglesia: «¿Acaso es justo que una persona defraude al Señor como vosotros me estáis defraudando? De nuevo replicáis: «¿En qué te hemos defraudado?». ¡En los diezmos y en las ofrendas! Por eso estáis amenazados de maldición, porque todos vosotros, la nación entera, no cesáis de defraudarme. Traed los diezmos íntegros a los almacenes del Templo para que no falten víveres en él; ponedme a prueba procediendo así -dice el Señor del universo- y veréis cómo abro las ventanas del cielo para derramar sobre vosotros bendiciones a raudales» (Malaquías 3:8-10).
Este versículo es impresionante. A lo largo de toda la Biblia se repite hasta la saciedad una misma idea: no tentar a Dios, no desafiarle, no ponerle a prueba… El Señor tiene una gran paciencia pero cuando se le acaba, su ira es temible. Y su paciencia suele agotarse cuando ve que el pueblo le desobedece sistemáticamente o le desafía. Sin embargo, a pesar de que tenemos el mandato expreso de no tentar al Señor, existe una sola excepción, una sola en toda la Biblia, y hace referencia a los diezmos. Dios promete derramar bendiciones a raudales sobre los que diezmen. Y nos lanza un desafío: «Ponedme a prueba» -dice-.
Dios cumple su Palabra y, paradójicamente, enriquece a las personas que diezman. Alguien puede pensar: «Si ya cuesta bastante llegar a final de mes con el 100% del sueldo ¿cómo lo voy a lograr con el 90%?». Muy sencillo, porque si diezmas, al cabo de un tiempo Dios te ofrece un mejor empleo que no te esperabas, una nueva fuente de ingresos con la que no habías contado, etc. Jehová desafía las matemáticas… He conocido en mi vida varias personas muy pobres que diezmaban lo poco que tenían y que han pasado con los años de la mendicidad a ser de clase alta, con sus negocios propios. Es la justa recompensa a su fe.
¿Pero acaso un ser omnipotente necesita de nuestro bolsillo? En absoluto. Simplemente es como una prueba de fe a la que nos somete, para ver si confiamos más en Él o en nuestros cálculos y lógica humanos. Pero el diezmo no sirve absolutamente de nada si nuestro corazón está sucio y actuamos mal. Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, maestros de la fe y fariseos hipócritas, que ofrecéis a Dios el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero no os preocupáis de lo más importante de la ley, que es la justicia, la misericordia y la fe! Esto último es lo que deberíais hacer, aunque sin dejar de cumplir también lo otro» (Mateo 23:23 y Lucas 11:42).
Pero ¿es necesario seguir diezmando hoy en día? El diezmo era una costumbre arraigada en el Antiguo Testamento. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no hay un mandato claro de que se deba diezmar sino que se hace un llamamiento a que cada uno dé dinero en función de sus posibilidades monetarias: «Dé cada uno según le dicte su conciencia, pero no a regañadientes o por compromiso, pues Dios ama a quien da con alegría. Dios por su parte, tiene poder para colmaros de bendiciones de modo que, siempre y en cualquier circunstancia, tengáis lo necesario y hasta os sobre para que podáis hacer toda clase de buenas obras» (2 Corintios 7-8).
¿Entonces debemos diezmar o no? Desde que estamos en el Nuevo Testamento, no existe el imperativo de diezmar. No es obligatorio. Sin embargo, yo lo considero aconsejable por tres razones. La primera, porque con nuestro dinero ayudamos a extender la obra de la iglesia. La segunda, porque, si diezmas con alegría, el Señor te recompensa y aumenta tus riquezas. Y la tercera, porque hemos de aprender a depositar toda nuestra fe en el Creador y no en nada ni nadie más (y eso significa otorgarle el control de todas las áreas de nuestra vida, finanzas incluidas). En mi opinión, diezmar es bueno, positivo y agradable a los ojos de Dios.
26 Abr 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, arrepentimiento, Cielo, Cristianismo, Cristo, Cultura, fe, Infierno, Jesús, Jesucristo, obras, pecado, religión, Salvación, Sociedad

La Santa Biblia nos explica que la salvación es un regalo de Dios mismo, que no es una recompensa por nuestras propias obras para que nadie se pueda enorgullecer de sus propios méritos. Dice la Palabra del Señor: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Por otro lado sabemos que la salvación la logramos a través de Cristo. Que Él es, el puente que une el cielo y la Tierra. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
No obstante, las obras son importantísimas pues son reflejo directo de nuestra fe. Hasta el punto de que la Biblia afirma con total rotundidad que la fe sin obras está muerta (Santiago 2: 14-26). Y es que si a nosotros acude un hermano que está desnudo o hambriento, y nosotros le negamos la ropa o el alimento y nos limitamos a ofrecerle buenas palabras, entonces nuestra fe se encuentra muerta. Jesús nos explicó que debíamos amar al Señor con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ello implica no solamente palabras de consuelo sino obras, acción.
¿Pero entonces nos salva nuestra fe o nuestras obras? Nosotros no nos salvamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos salva y es a través de la fe en Cristo como nuestro salvador y el arrepentimiento de los pecados. Pero nuestras obras son un reflejo directo de nuestra fe. No es que hagamos buenas obras para entrar en el cielo, sino que porque Dios nos permite entrar en el cielo, por amor a Él, decidimos hacer buenas obras. Es nuestra manera de agradecerle todo cuanto hace por nosotros, la forma de hacer visible al mundo la fe que alberga nuestro corazón.
Jehová entregó al profeta Moisés los diez mandamientos (Éxodo 20:1-17) por los cuales habría de regirse el pueblo, lo cual evidencia la gran importancia que para el Señor tiene nuestros actos. De hecho, dice la Biblia que si incumples un mandamiento, te haces culpable de todos ellos (Santiago 2:8-11). Ahora bien, éstos no tenían un fin directo de salvación sino que era más bien como unas normas para vivir ordenadamente la vida. ¿Qué sería de nosotros si no existiesen las señales de tráfico? Todo sería un caos. Lo mismo ocurriría sin los diez mandamientos de la Ley de Dios.
Y el mandato más claro es el de amar al prójimo. Y amarlo de verdad. Nuestro Señor Jesús dijo que debíamos amar incluso a nuestros enemigos (Lucas 6: 35) y que a las personas se las distingue por sus acciones: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). Así pues, Cristo nos llamó a amar, no sólo de palabra sino también de acción: «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Juan 13:34-35).
Los apóstoles ya nos advertían de que debíamos apartarnos del pecado. «Por el contrario, comportaos en todo santamente, como santo es el que os llamó. Pues así lo dice la Escritura: Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1: 15-16). Y añaden: «Pero ahora habéis sido liberados del pecado, sois siervos de Dios, habéis sido consagrados a Él y tenéis como meta la vida eterna (Romanos 6:22). En resumen: que a pesar de que nos salvamos a través de la fe, las obras resultan importantísimas. Hasta el punto de que la Biblia advierte de que sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).
02 Abr 2010
de J.Ferrer
en Biblia
Etiquetas:Actualidad, arrepentimiento, Cielo, Cristianismo, Cristo, Cultura, fe, Infierno, Jesús, Jesucristo, obras, pecado, religión, Salvación, Sociedad

Sabemos que la salvación es un regalo de Dios mismo, que no es un premio que se obtiene como recompensa a nuestras propias obras para que nadie pueda jactarse. Dice la Santa Biblia: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Por otro lado sabemos que la salvación la logramos a través de Cristo. Que Él es, por decirlo de algún modo, nuestro pasaporte seguro al cielo. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Pero si por el solo hecho de aceptar a Cristo tenemos salvación entonces ¿da igual lo que hagamos? ¿Es Dios tan injusto que recompensa igual al santo, al bueno y al caradura? No. En el cielo, como en la Tierra, no todo el mundo es igual: hay jerarquías. Todos somos salvos por aceptar a Cristo mas la recompensa es mayor o menor en función de nuestras obras. Yo sé con certeza que entraré en el cielo porque soy de Cristo, pero ojo, no puedo ser tan insensato como para pensar que obtendré el mismo galardón que santos como Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer.
Voy a poner un símil. Un amigo y yo estamos interesados en entrar en el Ejército. Él es un piloto con 20 años de experiencia en la aviación civil. Y yo no soy nadie. Finalmente, nuestras candidaturas son aceptadas. ¿Entramos en el Ejército los dos? Sí. ¿Somos militares los dos? Sí. ¿Tenemos el mismo cargo los dos? No, él entra como capitán y yo como soldado raso. Con la salvación pasa igual… Un santo y un pecador arrepentido son cristianos. ¿Entran en el cielo los dos? Sí. ¿Son salvos los dos? Sí. ¿Tienen el mismo premio? No. Lógicamente, el del santo es mayor.
A continuación, puedes leer algunos versículos que justifican que la recompensa que ofrece el Señor es proporcional a nuestras obras:
Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con los ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras (Mateo 16:27).
Y él les dijo: «De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el Reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna» (Lucas 18:29-30).
Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor (1 Corintios 3:8).
Pero esto digo: El que siembra escasamente; también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará (2 Corintios 9:6).
He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra (Apocalipsis 22:12).
Anteriores Entradas antiguas Siguiente Entradas recientes
Comentarios recientes