Bougainville: la Revolución de los Cocos.

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Bougainville es la isla más grande del archipiélago de las Islas Salomón. Descubierta en 1768 por Louis Antoine de Bougainville, siempre fue usada como moneda de cambio entre potencias extranjeras. Pasó por manos alemanas, australianas, japonesas y actualmente pertenece al Estado de Papúa-Nueva Guinea.

En 1967, bajo mandato australiano, la empresa británica Rio Tinto Zinc abrió en la isla la mina al aire libre más grande del mundo. Mientras la minera ganaba miles de millones de dólares, la gente fue desplazada, reasentada en tierras yermas e indemnizada con cantidades ridículas y se causó un desastre ecológico bestial.

El 1 de septiembre de 1975 se independizó de Australia con el nombre de República Salomón del Norte. Quince días después, Papúa-Nueva Guinea consiguió la independencia, incluyendo formalmente a Salomón del Norte. Fruto de un pacto, Papúa se anexionó Salomón del Norte, a cambio de autonomía política.

Pese a las protestas masivas, la empresa minera seguía perforando a su antojo. Francis Ona, un líder local, formó el Ejército Revolucionario de Bougainville, una guerrilla que sin ayuda ni financiación de nadie, y con primitivísimas armas de fabricación casera, venció al ejercito papuano en las frondosas selvas de la ínsula.

De 1990 a 1997 Papúa y Australia sometieron a la isla a un férreo bloqueo. Sin medicinas ni recursos, los locales agudizaron el ingenio: cultivaron huertos para sobrevivir; produjeron electricidad con piezas y motores viejos; y con los cocos se construyeron utensilios, se hicieron funcionar lámparas, se fabricó jabón y hasta gasolina.

La pequeña isla fue estado de facto de 1990 a 1997 y adoptó el nombre nativo de Meekamui. En 1998 Papúa admitió su derrota y Bougainville hará un referéndum de autodeterminación antes de 2020. La Revolución de los Cocos, la primera de tipo ecológico del globo, es todo un milagro; una historia admirable de fe, coraje y honor.

Falacia atea: Los creyentes se apoyan en la fe y los ateos en hechos probados.

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Agradecimientos a Adrián Varela (Buenos Aires).

Supongamos que Dios no existe. Al principio de todo no había nada y de la nada surgió todo. Parece de risa ¿verdad? Pues esto es lo que sostiene el físico ateo Stephen Hawking, quien considera perfectamente posible que el Universo surgiera de la nada. No importa que la generación espontánea no esté probada. O que nunca hayamos visto un árbol, un mosquito o incluso un diminuto microbio formarse a partir de la nada porque el Universo es la excepción que confirma la regla.

Según el físico P.C. Davies la probabilidad de que las condiciones iniciales del Cosmos fueran favorables para la formación de estrellas (sin las cuales los planetas no podrían existir) es 1 seguido por mil billón de billones de ceros. Los profesores Frank Tipler y John Barrow estiman que un cambio en la fuerza de gravedad o en la fuerza débil del orden de 1 en 10 a la potencia de 100 no hubiera permitido la vida en nuestro Universo. Así que si vivimos es por casualidad pura y dura.

¿Cómo se pasa de un mundo no orgánico a uno orgánico? El océano era un revoltijo de oxígeno, nitrógeno, minerales y otros elementos varios. A esto lo llaman sopa primordial. Con las condiciones de temperatura adecuadas, cae un rayo del cielo y ¡tachán! ¡ya se ha formado el primer ser unicelular de la historia! ¡Dotado de vida además! No importa que los científicos lleven décadas intentando reproducir esto pero todos los experimentos hayan sido un fracaso absoluto hasta hoy.

Fíjate que curioso; si lees una novela como Frankenstein, en la que un científico loco quiere que un cadáver -es decir, un ser orgánico- cobre vida mediante descargas eléctricas, a eso lo llaman ciencia ficción. Pero si en un planeta no hay nada orgánico y cae un rayo del cielo y se forma una célula dotada de vida a eso lo llaman ciencia. Otros científicos ateos afirman que el primer ser unicelular terrícola surgió a partir de los dorsos de los cristales o que fue diseñado por los aliens.

Una vez tenemos nuestro ser unicelular vivo, pasan muchos millones de años y sus descendientes se convierten en pececitos, a los que luego les salen patitas y en un afán aventurero quieren salir a la playa y conocer mundo. Pero yo me pregunto ¿estos seres tenían pulmones o tenían branquias? Si tenían branquias ¿cómo es que no les faltaba la respiración al salir a la playa y no regresaban de inmediato al agua? Y si tenían pulmones ¿cómo demonios respiraban bajo el agua? ¿Eran anfibios?

Miss Universo y la mona Chita tienen antepasados comunes. Los evolucionistas antes decían que de una especie A a una C se pasaba a través de una serie de pequeñas mutaciones espaciadas en el tiempo. Ahora que con una mutación, pero muy gorda. Para ello necesitan una especie intermedia, el eslabón perdido, así llamado porque nunca aparece. Nadie nos da un ejemplo de mutación genética o proceso evolutivo en que se pueda ver un incremento de información en el genoma.

Para presumir de creer sólo en aquello que está científicamente demostrado, algunos ateos hacen gala de un candor digno de parvulitos. Porque no negarás que todo esto es un cuento de hadas para adultos. El escritor André Frossard dijo: “La doctrina de la Creación no pedía más que un solo milagro de Dios. La de la autocreación del mundo exige un milagro cada décima de segundo”. Definitivamente, hace falta mucha fe para ser ateo. Mucha más que para creer en Dios.

Quiero dejar muy clara una cosa: yo no estoy en contra de la ciencia. De hecho, estoy tan a favor que pienso que todo dólar que se invierta en investigación me parece poco. Yo tampoco estoy diciendo que una determinada teoría científica X sea verdadera o sea falsa; lo único que digo es que no está probada. Y que me parece contradictorio cuanto menos que los ateos descalifiquen a los cristianos por creer en hechos no probados cuando ellos mismos son los primeros que lo hacen.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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¿Y si Dios fuera del Barça?

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Para los cristianos el domingo es un día especial, el día del Señor, una fiesta. Pero para el grueso de la sociedad el domingo es el día del fútbol. Y hablando del deporte rey, un club  ha sobresalido de forma especial en las últimas campañas y es el FC Barcelona. Es innegable que en las últimas temporadas el Barça ha conquistado muchos títulos, ha ganado muchos partidos, ha cosechado grandes éxitos. No comento todo esto porque yo sea del Barça ni muchísimo menos (ojo, yo soy del Valencia, como cualquier persona decente), pero no cabe la menor duda de que el Barça ha sido el gran dominador del fútbol europeo los últimos años.

Cuando analizamos los éxitos de este club nos preguntamos cuál es el porcentaje de responsabilidad de los jugadores y cuál el del entrenador. ¿Gana el Barça porque tiene una plantilla conformada por una gran constelación de estrellas o porque ha tenido un magnífico entrenador como Josep Guardiola? ¿De quién es el mérito? ¿Un 60% de los jugadores y un 40% del entrenador? ¿Un 50%-50%? ¿Un 90%-10%? Yo a veces me pregunto qué hubiera pasado si Jesucristo en lugar de haber sido un carpintero hace miles de años fuera un entrenador de fútbol en nuestros días y finalmente hubiese acabado entrenando al conjunto catalán.

Jesucristo-entrenador tendría una filosofía deportiva completamente diferente. Jesús le pediría al presidente del Barça que vendiera todas las estrellas (Víctor Valdés, Carles Puyol, Gerard Piqué, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Leo Messi, David Villa, etc.) y en su lugar haría extraños fichajes: este gordo que se queda sin aliento a los cinco minutos para subir y bajar la banda, aquel jugador de balonmano para la defensa, ese chaparro que mide 1,50m de portero, aquel delantero de primera regional será el goleador del equipo y el fichaje estrella será ese paralítico que ahora mismo ni siquiera camina porque está en silla de ruedas.

Posiblemente el presidente del Barça pensaría que Jesús es un loco o peor; un infiltrado del Real Madrid para sabotear el equipo desde dentro. Pero aún así, incluso con unos jugadores tan lamentables, el Barça ganaría los títulos igualmente… porque ahí estaría actuando el poder de Dios. Y cuando esto ocurriera ya nadie se preguntaría lo que ahora nos preguntamos: “¿gana el equipo porque los jugadores son muy buenos o porque el entrenador es muy bueno?” Ya nadie tendría dudas… Habría total unanimidad por parte de prensa y aficionados al afirmar que el entrenador es el único responsable de todos los éxitos.

Pues bien, ésta es la forma de actuar que tiene Dios. Cuando Jesús vino al mundo no se rodeó de los más sabios, los más valientes, los que mejor conocían las Escrituras, sino que eligió a Pablo, un asesino; Pedro, un cobarde que le negó por tres veces; Judas Iscariote, un traidor; Mateo, un traidor a su país; María Magdalena, una adúltera; Tomás, un incrédulo y en definitiva unos apóstoles que no eran sino rudos pescadores. Antes Yahveh eligió a Abraham, un anciano; Moisés, un líder sin facilidad de palabra; David, un pastorcillo; Salomón, un jovencillo inexperto cuando subió al trono;  Josué y Gedeón, unos militares patéticos.

Dos cosas debemos aprender de todo esto. Primera: Dios no quiere superhéroes. No busca a Superman ni a Batman sino a gente normal y corriente, con sus pecados y defectos, gente como tú o como yo. Dios busca gente que se reconozca pecadora y que esté dispuesta a dar a su vida un giro de 180º y seguirle y aceptar a Jesús como su Señor y Salvador. Y  segunda, Dios no llama a los capacitados sino que capacita a los llamados. Si tú eres creyente y anhelas firmemente servir a Dios, Él te va a capacitar con las cualidades y dones necesarios. No importa cuáles sean tus limitaciones. Puedes lograr cosas increíbles cuando el Señor está de tu lado.

¿Qué dice la Biblia de la adivinación, la hechicería, la magia y cosas similares?

Hoy en día es frecuente ver en la televisión adivinos que echan las cartas del tarot a los que la gente llama a través de una costosísima línea telefónica para  que les revele su futuro. También es muy frecuente encontrar en la prensa general anuncios de todo tipo de curanderos, así como los horóscopos y otras previsiones astrológicas. No me cabe la menor duda de que el 99% de estos tipejos son burdos estafadores que se quieren aprovechar de la buena fe de los ignorantes (porque al fin y al cabo, si realmente ven el futuro ¿por qué no compran el boleto ganador de la lotería en lugar de sacarle dinero a gente que no llega a final de mes?). Quizás haya un 1% de ellos que sí tenga alguna facultad paranormal, aunque si esto realmente es así, sabemos, con toda seguridad, que su poder vidente procede de Satán.

Antiguo Testamento.

La Santa Biblia es muy clara y contundente al respecto: “Cuando entres a la tierra que Jehová, tu Dios, te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominable para Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas cosas abominables Jehová, tu Dios, expulsa a estas naciones de tu presencia. Perfecto serás delante de Jehová, tu Dios. Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen, pero a ti no te ha permitido esto Jehová, tu Dios” (Deuteronomio 18:9-14). La adivinación constituye un acto abominable para el Señor.

A lo largo de la Santa Biblia, Dios advierte en repetidas ocasiones que los pronósticos de los adivinos son engañosos y que por tanto no debemos confiar en ellos. El profeta Jeremías lo advirtió pero no le hicieron caso: “Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos, ni hagáis caso de los sueños que sueñan. Porque falsamente os profetizan en mi nombre. Yo no los envié, ha dicho Jehová”. (Jeremías 29:8-9). También otro pasaje añade: “Y vosotros no prestéis oído a vuestros profetas, adivinos, soñadores, agoreros o encantadores, que os hablan diciendo: No serviréis al rey de Babilonia. Porque ellos os profetizan mentira, para haceros alejar de vuestra tierra y para que yo os arroje y perezcáis”. (Jeremías 27:9-10).

Hoy es muy frecuente ver gente que acude a curanderos y santones que nos ofrecen algún objeto mágico para quitarnos el mal de ojo o para lograr el amor. ¿Qué dice la Palabra? “Di: “Así ha dicho Jehová, el Señor: ¡Ay de aquellas que cosen vendas mágicas para todas las manos y hacen velos mágicos para la cabeza de toda edad, para cazar las almas! ¿Habéis de cazar las almas de mi pueblo para mantener así vuestra propia vida?  ¿Y habéis de profanarme en medio de mi pueblo por unos puñados de cebada y unos pedazos de pan, matando a las personas que no deben morir y dando vida a las personas que no deben vivir, mintiendo a mi pueblo que escucha la mentira?” (Ezequiel 13:18-19). Ni hechizos ni rituales ni talismanes ni supersticiones. Dios no quiere para sus hijos nada de esto.

Para Dios la adivinación es pecado: “Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación.Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey” (1Samuel 15:23). Este pecado pone rabioso a Dios: “Pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom, y observaba los tiempos, confiaba en agüeros, era dado a adivinaciones y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira” (2 Crónicas 33:6). Y ordena: “No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:31). O sea que es un pecado, despierta la ira del Señor y Él mismo nos ordena evitarlos, porque nos contaminan con sus malas artes.

¿Castiga Dios la adivinación y la brujería? Sí. De hecho en el antiguo Israel tales prácticas estaban penadas con la muerte: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Éxodo 22:18) y “El hombre o la mujer que consulten espíritus de muertos o se entreguen a la adivinación, han de morir; serán apedreados, y su sangre caerá sobre ellos” (Levítico 20:27). Por su parte, el Señor amenaza con el fuego a una adivina y a quienes le han consultado (Isaías 47:8-15). Aunque quizás la historia más fascinante es la de Saúl, primer rey de Israel, quien acude a la adivina de Endor para consultar con los muertos. Ante tal desobediencia, Dios es tajante y decice desposeerle de la corona y entregar  su reino a los enemigos filisteos (1Samuel 28:3-19). Estas prácticas son horrendas y Dios las castiga con mano de hierro.

Nuevo Testamento.

Hasta ahora hemos visto lo que dice el Antiguo Testamento, famoso por su severidad, pero ¿qué dice el Nuevo? ¿Es acaso más condescendiente con este pecado? No. De hecho, apunta directamente a quienes lo practican como firmes candidatos a quemarse en el infierno si no se arrepienten de sus fechorías: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8). Los santos y los justos podrán entrar en el Reino de los Cielos “pero los perros estarán afuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo aquel que ama y practica la mentira” (Apocalipsis 22:15). Los adivinos no serán salvados de la quema.

“Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio,fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gálatas 5:19-21). La Biblia dice que los hechiceros van al infierno, pero en no pocas versiones bíblicas leemos que, en tiempos del rey Herodes, tres magos acudieron a adorar al niño Jesús (Mateo 2:1-12). ¿Cómo es posible semejante contradicción? Sabemos que el Señor abomina la magia por lo que “magos” debe ser, en realidad, una mala traducción. Otras versiones hablan de tres hombres sabios, cosa que sí tiene mucho más sentido.

En la Palabra encontramos también la historia de cómo Pablo liberó a una muchacha del espíritu de adivinación que moraba en ella (Hechos 16:16-18), gracias a lo cuál sabemos que las personas que adivinan están poseídas por algún demonio que habita en su interior. También leemos cómo un coetáneo de Cristo, llamado Simón el Mago trató de sobornar a los apóstoles Pedro y Juan a cambio de poder transmitir el poder del Espíritu Santo, ante lo cuál los apóstoles reaccionaron escandalizados (Hechos 8:9-24). Las Escrituras también relatan que muchos de los que habían practicado la magia, se arrepintieron de sus pecados y quemaron sus libros mágicos públicamente (Hechos 19:18-20). Siempre, y en todos los casos, la magia es retratada -sin excepción- como algo malo.

“Pero sigo sin entender ¿por qué Dios se opone tan ferozmente a la adivinación? ¿Qué tiene de malo que uno consulte a la pitonisa?” -puedes preguntarte-. El Señor se opone básicamente por tres razones. La primera es que Él desea que toda nuestra fe y confianza descansen solamente en Él, y en nadie más (Jeremías 17:5-8). La segunda es que los adivinos no son de fiar porque mienten (Jeremías 29:8-9). Y la tercera, el Espíritu Santo entrega el poder de profecía (1 Corintios 12:10) pero el de adivinación proviene del diablo (Hechos 16:16-18). Dios aborrece la magia, la hechicería, la brujería, el espiritismo, la adivinación, la astrología, el horóscopo, el tarot, la quiromancia, el esoterismo, el ocultismo y otras prácticas similares porque nos apartan de la luz del Señor y nos acercan a las tinieblas de Satán.

Fuente: Biblia Reina-Valera 1995.

¿Por qué la fe sin obras es una fe muerta?

La Santa Biblia nos explica que la salvación es un regalo de Dios mismo, que no es una recompensa por nuestras propias obras para que nadie se pueda enorgullecer de sus propios méritos. Dice la Palabra del Señor: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Por otro lado sabemos  que la salvación la logramos a través de Cristo. Que Él es, el puente que une el cielo y la Tierra.  Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

No obstante, las obras son importantísimas pues son reflejo directo de nuestra fe. Hasta el punto de que la Biblia afirma con total rotundidad que la fe sin obras está muerta (Santiago 2: 14-26). Y es que si a nosotros acude un hermano que está desnudo o hambriento, y nosotros le negamos la ropa o el alimento y nos limitamos a ofrecerle buenas palabras, entonces nuestra fe se encuentra muerta. Jesús nos explicó que debíamos amar al Señor con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ello implica no solamente palabras de consuelo sino obras, acción.

¿Pero entonces nos salva nuestra fe o nuestras obras? Nosotros no nos salvamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos salva y es a través de la fe en Cristo como nuestro salvador y el arrepentimiento de los pecados. Pero nuestras obras son un reflejo directo de nuestra fe. No es que hagamos buenas obras para entrar en el cielo, sino que porque Dios nos permite entrar en el cielo, por amor a Él, decidimos hacer buenas obras. Es nuestra manera de agradecerle todo cuanto hace por nosotros, la forma de hacer visible al mundo la fe que alberga nuestro corazón.

Jehová entregó al profeta Moisés los diez mandamientos (Éxodo 20:1-17) por los cuales habría de regirse el pueblo, lo cual evidencia la gran importancia que para el Señor tiene nuestros actos. De hecho, dice la Biblia que si incumples un mandamiento, te haces culpable de todos ellos (Santiago 2:8-11). Ahora bien, éstos no tenían un fin directo de salvación sino que era más bien como unas normas para vivir ordenadamente la vida. ¿Qué sería de nosotros si no existiesen las señales de tráfico? Todo sería un caos. Lo mismo ocurriría sin los diez mandamientos de la Ley de Dios.

Y el mandato más claro es el de amar al prójimo. Y amarlo de verdad. Nuestro Señor Jesús dijo que debíamos amar incluso a nuestros enemigos (Lucas 6: 35) y que a las personas se las distingue por sus acciones: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Así pues, Cristo nos llamó a amar, no sólo de palabra sino también de acción: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos” (Juan 13:34-35).

Los apóstoles ya nos advertían de que debíamos apartarnos del pecado. “Por el contrario, comportaos en todo santamente, como santo es el que os llamó. Pues así lo dice la Escritura: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1: 15-16). Y añaden: “Pero ahora habéis sido liberados del pecado, sois siervos de Dios, habéis sido consagrados a Él y tenéis  como meta la vida eterna (Romanos 6:22). En resumen: que a pesar de que nos salvamos a través de la fe, las obras resultan importantísimas. Hasta el punto de que la Biblia advierte de que sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

¿En el cielo se obtienen distintas recompensas según las obras?

Sabemos que la salvación es un regalo de Dios mismo, que no es un premio que se obtiene como recompensa a nuestras propias obras para que nadie pueda jactarse. Dice la Santa Biblia: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Por otro lado sabemos  que la salvación la logramos a través de Cristo. Que Él es, por decirlo de algún modo, nuestro pasaporte seguro al cielo.  Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Pero si por el solo hecho de aceptar a Cristo tenemos salvación entonces ¿da igual lo que hagamos? ¿Es Dios tan injusto que recompensa igual al santo, al bueno y al caradura? No. En el cielo, como en la Tierra, no todo el mundo es igual: hay jerarquías. Todos somos salvos por aceptar a Cristo mas la recompensa es mayor o menor en función de nuestras obras. Yo sé con certeza que entraré en el cielo porque soy de Cristo, pero ojo, no puedo ser tan insensato como para pensar que obtendré el mismo galardón que santos como Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer.

Voy a poner un símil. Un amigo y yo estamos interesados en entrar en el Ejército. Él es un piloto con 20 años de experiencia en la aviación civil. Y yo no soy nadie. Finalmente, nuestras candidaturas son aceptadas. ¿Entramos en el Ejército los dos? Sí. ¿Somos militares los dos? Sí. ¿Tenemos el mismo cargo los dos? No, él entra como capitán y yo como soldado raso. Con la salvación pasa igual… Un santo y un pecador arrepentido son cristianos. ¿Entran en el cielo los dos? Sí. ¿Son salvos los dos? Sí. ¿Tienen el mismo premio? No. Lógicamente, el del santo es mayor.

A continuación, puedes leer algunos versículos que justifican que la recompensa que ofrece el Señor es proporcional a nuestras obras:

Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con los ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras (Mateo 16:27).

Y él les dijo: “De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el Reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna” (Lucas 18:29-30).

Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor (1 Colosenses 3:8).

Pero esto digo: El que siembra escasamente; también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará (2 Corintios 9:6).

He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra (Apocalipsis 22:12).

Tercer Mundo espiritual.

Hace unos años viajé a Venezuela con la convicción de que iba a visitar el Tercer Mundo. Y la verdad sea dicha vi pobreza, desigualdades, la falta de agua potable, un pésimo servicio de recogida de basuras y otras cuestiones que ahora no viene al caso comentar. Pero también me impresionó sobremanera el enorme avivamiento espiritual que experimenta no sólo ese país sino toda América Latina. Una vez más allí donde hay abundante injusticia y dolor, la población se encomienda más a Dios.

Una auténtica explosión de iglesias evangélicas ha surgido en América en las últimas décadas. Hay una en cada barrio y su expansión es imparable: por ejemplo una iglesia puede pasar de 50 miembros a 250 en sólo dos años. Por el contrario, aquí en el Reino de Valencia el número de fieles permanece estancado desde hace años. La iglesia más grande de Venezuela es Maranatha (en Valencia, Carabobo) con más de 5.000 fieles. Por contra, aquí ninguna iglesia alcanza el millar de ovejas.

Allí vi cosas que en mi país nunca había visto. Vi cómo en cada culto había varias personas que daban un paso al frente y aceptaban a Jesucristo (jamás he visto esto en mi tierra). Vi que hacen bautizos cada 15 días (aquí a duras penas se reúne gente para hacer un bautizo anual). En Colombia se han llegado a hacer bautizos masivos de 3.000 personas en un solo día. Y lo que más me llamó la atención: allí los cristianos van a la plaza mayor del pueblo y pregonan el Evangelio en voz alta a la gente.

Todo esto ha producido un innegable beneficio social: por cada persona que se congrega en una iglesia evangélica y que conoce al Señor hay en la calle una prostituta menos, un drogadicto menos, un borracho menos. Allí los cristianos son muy perseverantes en su fe y su proselitismo, son grandes conocedores de la Biblia, ayudan económicamente a las personas más necesitadas y fomentan en la sociedad una costumbre tan sana como la de bendecir los alimentos a la hora de comer.

En cuanto a mi país: aborto libre, experimentación con embriones, eutanasia, matrimonio gay, ateísmo, islam, iglesias que agonizan… Cuando me marché de la República de Venezuela me di cuenta de que soy yo el que vive en el Tercer Mundo. Porque el Reino de Valencia (y Europa en general) es el Tercer Mundo espiritual. Tan sólo le pido a Dios que tenga misericordia de este rincón del orbe y que la bendición del Evangelio nuevamente sea derramada con fuerza si es que es su voluntad.

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