Cerdeña: la isla de las seis lenguas.

La historia de Cerdeña es la de una isla preciosa que ha ido pasando de mano en mano con el paso de los siglos. Tras la desintegración del Imperio Romano una legión de pueblos la han ocupado: vándalos, godos, bizantinos, sarracenos, genoveses, pisanos, pontificios, aragoneses, españoles, austríacos y finalmente los italianos desde el año 1861.

Las constantes invasiones han forjado una particular idiosincrasia sarda. Primero, la población se ha refugiado en el interior y alejado de la costa (para evitar ataques piratas). Y segundo, el sardo, como el siciliano, tiende a desconfiar del Estado -siempre una potencia extranjera- y a autorregular la convivencia mediante acuerdos entre las familias.

Cerdeña es la tercera región más grande de Italia y a la vez la tercera menos densamente poblada. La economía es bastante pobre, basada sobre todo en servicios y agricultura, y el abandono se nota en la falta de infraestructuras de una tierra dejada de la mano del Estado. Escasea el empleo, los viejos se quedan, los jóvenes emigran y el nacionalismo crece.

Cerdeña es la isla de las seis lenguas. El sardo se habla en casi toda la ínsula; es una lengua muy conservadora, la más parecida al latín. Históricamente fue menospreciada hasta considerarla un mero dialecto del italiano, que goza de todos los privilegios en Cerdeña. Pero recientemente ha sido reconocida como lengua propia y se busca su promoción.

Los otros cuatro idiomas se hablan en zonas muy concretas y son testimonio del papel de Cerdeña como encrucijada de caminos en la historia. Al norte el sasarés y el gallurés, ambos emparentados con el corso. En L’Alguer, el alguerés (que se parece bastante al catalán). Y finalmente el ligur tabarquino, en las diminutas islas de Sant’Antiòccu y San Pé.

Parece que el tiempo se hubiera detenido en aquella tierra. Todo allí tiene sabor añejo. Hasta su curiosa bandera: una cruz de San Jorge con las cabezas de cuatro reyes moros muertos en la Batalla de Alcoraz, en 1096, cerca de Huesca, que acabó con victoria cristiana. Esta flámula fue otorgada a la isla por la Corona de Aragón, a la que perteneció por siglos.

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Tavolara: el reino más pequeño del mundo.

Tavolara es una pequeña isla de 6 km2 junto a Cerdeña poblada por 50 personas. Durante el siglo XIX y XX fue el reino más pequeño del mundo. Aunque nunca fue anexionada formalmente por Italia, ahora es de facto parte de ese estado. Se trata de una nación ocupada donde el pueblo reclama la independencia de su país.

La historia de Tavolara es la historia de su familia real. En 1836 el rey Carlos Alberto de Cerdeña la reconoció como reino con Giuseppe Bertoleoni como monarca. Cuando éste murió, su hijo se convirtió en el rey Paolo I. Tavolara nunca perteneció al Reino de Cerdeña ni tampoco participó en la unificación italiana.

El rey Paolo logró que Italia reconociera a Tavolara. El Gobierno italiano pagó 12.000 liras de la época para construir un faro en la isla, que empezó a operar en 1868. La reina Victoria de Inglaterra también reconoció la soberanía de Tavolara y el rey Victor Manuel III de Italia firmó en 1903 un tratado de amistad con la nación.

Tras la muerte de Paolo en 1886, algunos periódicos publicaron que, de acuerdo a los deseos del difunto jefe de estado, el país había pasado a convertirse en una república, pero estos datos se basaban en rumores y resultaron ser erróneos. El tercer monarca fue Carlo I, que al morir en 1928 fue sucedido por su hijo, Paolo II.

Paolo II tuvo que viajar al extranjero y dejó a su tía Mariangela, hermana de Carlo I, en la regencia. Ella murió en 1934 y dejó el reino a Italia. Su sobrino Paolo II reclamó el reino sin éxito hasta su muerte 1962. Roma aprovechó este momento para instalar una base de la OTAN; lo que acabó de facto con la soberanía de la isla.

Tras la muerte de Paolo II, otra tía suya, Maria Molinas Bertoleoni, tuvo éxito y a la edad  de 100, en 1969, fue coronada como la reina más vieja de Europa. El actual monarca, Tonino, es el dueño de Da Tonino, el único restaurante de la isla. Es la lucha incansable de una familia real que reivindica su corona y su nación.

Mónaco: el paraíso fiscal.

Existen muchos en el mundo, pero el paraíso fiscal por excelencia es el Principado de Mónaco. Es uno de los estados más pequeños del planeta (1,95 km2) y el más densamente poblado, con sus 30.500 habitantes. Es un enclave de elegancia, lujo y glamour pero también un oscuro centro de lavado de dinero negro y evasión fiscal.

El francés es la única lengua oficial de Mónaco. Pero el país dispone también de una lengua propia, el monegasco, que la década de 1970 estuvo a punto de desaparecer pero que ahora tiene 5000 usuarios y se enseña en las escuelas. El occitano se habla desde tiempos históricos y el turismo trajo consigo el italiano y el inglés.

Durante la Edad Media, Mónaco fue un enclave ligur en tierras occitanas. Hasta que en 1297 nació como país independiente, cuando el padre de la patria, François Grimaldi, derrotó a los colonos genoveses. Grimaldi entró disfrazado de monje a la fortaleza monegasca y ya desde dentro abrió las puertas a sus tropas.

La monarquía es sin duda el mejor activo monegasco. Los Grimaldi son expertos en negociar  y superar las adversidades. A lo largo de los siglos el micropaís fue invadido por Génova, se convirtió en protectorado de España, Francia y Cerdeña, y hasta fue ocupado por la Alemania nazi. Y ahí sigue: en pie, independiente y libre.

El Mónaco moderno que conocemos lo forjó el príncipe Carlos III a finales de siglo XIX. Él trajo el Casino de Montecarlo, el ferrocarril, la Oficina de Correos que pronto emitió sus propios sellos, obtuvo de la Santa Sede un obispado, eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios y creó Montecarlo en su propio honor.

Hoy el país es un refugio de multimillonarios que se radican allí para no pagar impuestos. Y un centro turístico de primer orden, con infraestructura hotelera, de ocio y náutica de auténtico lujo. El Rally  de Montecarlo y el Gran Premio de Fórmula 1 de Mónaco -pruebas en circuito urbano- son famosas en el mundo entero.

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