Irak: el país de las guerras.


Entre los ríos Tigris y Eufrates existe una tierra milenaria, cuna de la civilización y de la agricultura, centro de naciones históricas como Acadia, Asiria, Babilonia o el Califato Abasí. En ella se halla el actual Estado de Irak, que poco o nada tiene que ver con ellas, y que está dividido en tres naciones enfrentadas: suníes, chiíes y kurdos.

En el siglo XX Irak se emancipó de dos poderosísimos imperios coloniales: el otomano y el británico. Desde su independencia, Irak se ha caracterizado por ser el país de las guerras. De 1961 a 1970 los separatistas kurdos estuvieron en lucha contra el estado y en 1967 Irak fue aplastado por Israel en la Guerra de los Seis Días.

En los años 80 Irak era un estado relativamente potente donde la gente vivía con cierta comodidad. Pero el dictador Sadam Hussein comenzó una serie de conflictos que cada vez hicieron más pobre y débil al país. Irak atacó Irán para anexionárselo, la guerra duró ocho años (de 1980 a 1988) y finalmente acabó en tablas.

En 1990 Sadam invadió y se anexionó Kuwait, pero en 1991 una coalición militar de una treintena de naciones encabezada por Estados Unidos aplastó al país durante la célebre Guerra del Golfo Pérsico. Dicha conflagración tuvo una segunda entrega en el año 1998, cuando Estados Unidos bombardeó de nuevo Irak.

En 2003 llegó la Guerra de Irak (que dura aún hoy). Con los falsos argumentos de que Bagdad poseía armas de destrucción masiva y colaboraba con terroristas, una coalición internacional  bajo liderazgo angloamericano decidió ejecutar a Sadam y ocupar la asolada patria con la excusa de llevar la democracia a la región.

El resultado no ha podido ser más catastrófico: una pseudodemocracia que no convence a nadie, el petróleo y el gas controlados por potencias extranjeras, una salvaje espiral de atentados terroristas, guerra de guerrillas de la resistencia contra los ocupantes aliados y hasta peligro de balcanización. Es la anarquía total.

Kuwait: el aliado de Occidente.

Las raíces de la nación kuwaití se remontan al siglo XVI, cuando una tribu de Arabia, los Al Aniza, se asentó en la región. Oficialmente, el país se fundó en 1672 y en 1752 un miembro de la actual familia real, los Al Sabah, fue proclamado emir. Con posterioridad, fue un protectorado británico del cual se independizó en 1961.

Dicen que Dios, en su extraño sentido del humor, bendijo a Kuwait -un país más pequeño que Israel- con nada más y  nada menos que el 10% del petróleo de todo el planeta, y grandes reservas de gas natural. El 75% de sus habitantes son inmigrantes, que en no pocos casos trabajan bajo un régimen de explotación feudal.

Tales riquezas despertaron las ambiciones del dictador iraquí Sadam Hussein, que invadió y se anexionó Kuwait en 1990. Una coalición militar internacional encabezada por Estados Unidos derrotó a Sadam y liberó el emirato en 1991.  La Guerra del Golfo Pérsico fue la crisis más dura en la historia reciente de esta patria.

Durante decenios Kuwait estuvo ayudando a la causa palestina con alimentos, millones de petrodólares y con trabajo para inmigrantes procedentes de allí. Pero cuando Sadam invadió  el emirato, los palestinos lo celebraron con una fiesta. Una vez liberado el principado, los refugiados palestinos fueron expulsados del país.

En el mundo islámico Kuwait es visto como un traidor, un aliado del Satán occidental. Pero a lo largo de la historia Kuwait sólo recibió traiciones y ataques por parte de países hermanos como Irak, Irán, Arabia o Palestina, por lo que no tuvo más remedio que aliarse con Occidente en pro de su supervivencia como nación.

Kuwait es una dictablanda disfrazada de monarquía donde no hay libertad, pero a la que Occidente le consiente todo por su relevancia geoestratégica y energética. Pero sobre todo es un pueblo con fuerte identidad propia que ha mantenido su independencia pese a vivir rodeado por naciones gigantescas que sueñan con su fin.

Qatar: la multinacional del gas.

Bajo el sol abrasador del Golfo Pérsico, y en medio de un desierto cruel se erige una pequeña península del tamaño de Jamaica que acapara la atención del mundo. Un liliputiense estado deslumbra a Occidente con su musculatura económica y es un referente en el mundo árabe por su prestigiosa televisión Al-Yazira.

Qatar es una monarquía absolutista sin partidos políticos ni elecciones, aunque algo menos represora que sus vecinos del Golfo Pérsico. Desde 1995, el emir Hamad Al Thani gobierna Qatar, tras arrebatar, de forma incruenta, el poder a su padre, Khalifa Al Thani, mientras éste estaba pasando sus vacaciones en Suiza.

Muchos comparan a Qatar con una plataforma petrolífera o una multinacional del gas. Y es que el 80% de la población del pequeño emirato es inmigrante (y suele trabajar en régimen de semiesclavitud, como sucede en todo el Golfo).  La explotación laboral alcanza unas cotas medievales, al amparo del feudalismo islámico.

Como a todas las naciones pequeñas, a Qatar siempre han tratado de convencerle de que no tendría ningún futuro como estado independiente, que lo mejor sería conformarse con ser la región de un país muy poblado y grande. Así omeyas, abasidas, persas, otomanos, bareníes y británicos trataron de engullir al pequeño emirato.

El emirato se convirtió en un protectorado británico en 1916. En 1968 ingresó en los Emiratos Árabes del Golfo Pérsico (lo que hoy se conoce como Emiratos Árabes Unidos), de los cuales se retiró en 1971 para proclamarse estado soberano. Firmó un tratado de amistad con los británicos, ingresó en la Liga Árabe y también en la ONU.

Qatar es uno de esos ejemplos de que la independencia sienta bien. Pese a ser un país de Liliput, es el tercer estado del globo en reservas de gas natural (el 14% mundial)  y uno de los primeros productores de petróleo. Tercero del mundo en renta per cápita, el país disfruta de una economía en expansión y superávit comercial.

El noble arte de dormir la siesta.

Hay pocas cosas que me gusten de España pero las que me gustan, me encantan, como la tortilla de patatas o la siesta. Antiguamente, los europeos nos miraban con mala cara y nos acusaban de vagos por descansar media horita después de comer. Pero desde hace años esa perspectiva ha cambiado… Los turistas europeos que vienen a nuestras tierras se dan cuenta de que recién comido, con el sopor de la digestión y lo cálido del clima mediterráneo, el cuerpo pide un descansillo. Además, científicos alemanes certifican las bondades de la siesta; te oxigena el cerebro y tras esta breve pausa, estás mucho más activo. Es como recargar  las pilas.

Supongo que en Siberia o en Escandinavia, a 20º bajo cero, a uno no le entra sueño después de comer, pero aquí, con este clima que es la envidia de Europa, es normal parar para reponer energías. Yo quiero rendir tributo a nuestro particular yoga ibérico, que debería ser declarado por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad. No pocos médicos recomiendan una siesta de 20 a 30 minutos  pero personalmente la prefiero de dos o tres horitas en la cama, una siesta de pijama, Padrenuestro y orinal, que decía el  escritor Camilo José Cela. Dormir la siesta es todo un arte… No todo el mundo vale para ello. Hay que tener casta y oficio.

Arabia Saudita: la cuna del islam.

Para los occidentales, Arabia Saudí es un inmenso desierto bajo cuya arena se esconde un más inmenso todavía oceano de petróleo. Este país del Golfo Pérsico es el que tiene más petróleo del planeta, y es uno de los primeros en gas natural, lo cual hace que los gobernantes de todo el mundo rindan pleitesía a su despótico rey.

Pero para los mahometanos Arabia es lo que el Vaticano para los católicos. La Meca es su centro espiritual, una ciudad a la que acuden cada año millones de peregrinos para cumplir con uno de los cinco pilares básicos del islam. Allí nació el profeta Mahoma, que luego habría de expandir el islam y el árabe por el mundo.

Este reino es el referente de los suníes, que son el 90% de musulmanes, y tiene su principal contrapoder en Irán, la tierra del chiismo. Desde Arabia Saudita se financia la construcción de mezquitas y madrasas por todo Occidente, que propagan la doctrina salafista, una de las más integristas de la secta de la media luna.

Arabia Saudita es una teocracia medieval donde el Corán hace de Constitución y la Sharia es la ley fundamental. En esta monarquía absolutista no hay elecciones, derechos humanos o partidos políticos. La familia Saud gobierna esta nación como si fuese su cortijo, hasta el punto de añadir su propio apellido al nombre del país.

La familia real (en teoría descendiente de Mahoma) está compuesta por más de 7.000 miembros, convenientemente mantenidos y remunerados; cuenta con un monarca todopoderoso y centenares de príncipes. El rey dispone de su propio harén y gobierna con mano de hierro. Arabia se independizó de Gran Bretaña en 1926.

El alcohol y el cerdo están prohibidos. También los cines y teatros. A la hora de los rezos se cierran tiendas y programas de TV. Las mujeres no conducen. Existe una policía que vela por la moral. Cristianos y judíos son expulsados del país incluso por rezar en la intimidad de sus hogares… Arabia Saudí es el auténtico rostro del islam.

Una societat encanallada.

Una Universitat d’Estats Units ha fet recentment un estudi que apunta a que en Valéncia els polítics imputats per corrupció no sols no dimitixen sino que damunt la gent encara els vota més. Els nortamericans es fan creus i no entenen cóm pot ocórrer açò. Clar, la diferència radica en que Estats Units és del Primer Món pero Valéncia cada dia es pareix més a Argentina i a les repúbliques bananeres de Subamèrica. Quan un poble tria polítics embrutats per la corrupció, mos trobem davant d’una societat encanallada, que és complice del latrocini i a la que no importa gens que li furten, sempre que els canalles que li espolien siguen dels seus.

Falten hores per a les eleccions autonòmiques i locals i totes les enquestes apunten a que el Partido Popular (PP) tornarà a arrasar, incrementant inclús el número de vots i diputats. Açò no deixa de sorprendre tenint en conter que som l’autonomia més endeutada de tot l’Estat, que els casos de corrupció afloren per totes bandes i que la situació econòmica és crítica, ab la desfeta del teixit empresarial valencià, del sistema financer -que es ven al millor postor-, i de les famílies que es percipiten a l’abisme. I açò és res comparat en els retalls en sanitat i educació que faran els peperos al sandemà de les eleccions. Sempre hi hagut societats en vocació de suicidi.

Este és un poble meninfot que ha perdut l’identitat i que va camí a la desintegració. Ací només hi ha complex d’inferioritat i pasotisme. És un poble sense collons, que ni llig ni coneix l’història ni defén lo seu. És el poble que tot dictador somia governar, tan mans i sumís com un corderet al que pots portar al matader i ni tan sols s’atrevix a rechistar. El poble valencià està enamorat, enchisat, hipnotisat pels cants de sirena del PP. En una democràcia un poble té lo que es mereix i els valencians mos mereixem totes les catàstrofes i bancarrotes que lliurement demà triarem per majoria absoluta. És el fi de festa… el cataclisme final.

Soprén encara més que no hi haja cap força valencianista capaç d’irrompre en les Corts, quan no sols Galícia, Euskadi i Catalunya disponen de forts partits autonomistes sino també Navarra, Astúries, Cantàbria o Canàries per posar alguns eixemples. Pero el valencianisme es troba atomisat en mil capelletes i cadascuna d’elles té el seu particular profeta. Hi ha egos massa grans en un moviment massa menut. La salvació no la portarà cap mesíes sino el treball en equip. Primer cal unir tot el valencianisme cultural, dividit des de la reintroducció dels accents, si volem tornar a tindre algun dia un valencianisme polític i social fort.

Falacia atea: Si hubiera un Dios nos daría pruebas irrefutables de su existencia.

Uno de los argumentos que los ateos repiten con más fuerza es la falta de señales visibles, indiscutibles, acerca de la existencia de Dios. Al fin y al cabo si hay un Creador ¿qué le costaría hacer algo lo suficientemente contundente para que a nosotros, sus criaturas, no nos quedara ni la más mínima duda acerca de que Él existe?

Dice la Biblia que quien viendo la creación niega la existencia de Dios es un necio. Además, también en nuestros días asistimos a algunos milagros cotidianos. Pero o bien la incredulidad humana es demasiado grande o bien esas señales no son lo suficientemente indiscutibles, porque nos seguimos preguntando si Dios existe o no.

Yo soy un gran aficionado a la lectura de tebeos. Uno de mis personajes favoritos es el mutante Magneto, un supervillano cuyo gigantesco poder para controlar el electromagnetismo es sólo comparable a su extraordinaria ambigüedad moral.  Si alguien así existiese en la vida real, podría conquistar el planeta entero en pocas horas.

En la película X Men  III: The Last Stand , inspirada en los cómics de X Men, se puede ver multitud de escenas espectaculares. Una me impactó especialmente: con sólo apuntar con su mano, Magneto arranca de sus cimientos el Golden Gate de San Francisco y hace que sobrevuele la ciudad, flotando como si fuera un globo.

Por supuesto Magneto es un personaje de ficción. Pero si fuese real, si viésemos a alguien capaz de hacer flotar en el aire un puente de miles de toneladas o de otras cosas semejantes… claramente diríamos de él que es Dios…. Porque al fin y al cabo ¿quién más podría tener poder suficiente para obrar prodigios de semejante calibre?

El ser humano tiene hambre de Dios. Anhela contemplar una señal indiscutible que le certifique que hay un Creador. En la lógica humana, hay que ver para creer. Pero Dios no tiene lógica humana. Tiene lógica divina, que funciona justo al revés que la nuestra. Para el Señor hay que creer para ver. Y ahí entra en juego la fe.

Decía el célebre científico Blaise Pascal que cuando Cristo vino al mundo debía obrar milagros lo suficientemente explícitos como para que la gente creyera en Él como mesías pero al mismo tiempo que no fuesen tan exageradamente explícitos como para que absolutamente todo el mundo se percatara de Él que era Dios mismo.

Jehová no es un mago que se saca conejos de la chistera. Él podría hacer que el Golden Gate flotara por encima de nuestras cabezas y otras cosas aún mucho más impresionantes para que no nos quedara ninguna duda al respecto de su existencia. Pero entonces ya no habría lugar para la fe. Y Dios nos pide creer para ver.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Emiratos Árabes Unidos: un reino de reinos.

Emiratos Árabes Unidos (EEAAUU) es un reino de reinos. Se trata de una federación de siete estados soberanos, cada uno con su príncipe o emir: Abu Dabi, Ajmán, Dubái, Fujaira, Ras el Jaima, Saria y Um el Kaiwain. Esta compleja y fascinante alianza de monarquías constituye un insólito sistema político digno de estudio.

Es una monarquía absolutista sin elecciones ni partidos políticos. El gobierno lo desempeña el Consejo Supremo, compuesto por los siete emires. Por tradición, el cargo de presidente  recae en el emir de Abu Dabi y el de primer ministro en el de Dubái, los dos países más grandes y poderosos de la pequeña federación de emiratos.

Pese a su reducido tamaño, EEAAUU es de los principales productores mundiales de petróleo y gas natural. De hecho, cuenta con recursos por lo menos para cien años. Pero los emiratís son bastante más inteligentes y pragmáticos que la mayoría de estados vecinos del Golfo Pérsico y ya se preparan para un futuro sin oro negro.

Están pasando de una economía monocultivo a una diversificada, con industria, alta tecnología y turismo (destacables son sus islas artificiales, como Burj al-Arab y Palm Islands). Esto, además de su posición favorable a Occidente, le ha valido al país islámico para ser calificado como el Hong Kong o el Singapur de Oriente Medio.

Los EEAAUU se independizaron de Gran Bretaña en 1971. Abu Dabi, Ajmán, Dubái, Fujaira, Saria y Um el Kaiwain fueron los miembros fundadores, a los que se sumó Ras el Jaima un año después. En 1968 se buscó una unión con Qatar y Baréin, pero finalmente estos emiratos se independizaron y siguieron su propio camino.

Aunque hablamos de un desierto que en verano alcanza los 50º de temperatura, esta monarquía federal cuenta con cuatro millones y medio de habitantes, de los cuales más del 80% es población inmigrante (que trabaja en semiesclavitud) atraída por las opertunidades que ofrece uno de los países con mayor nivel de Asia.

Costa de Marfil: el botín del cacao.

Costa de Marfil fue colonia francesa desde 1893 a 1960. Al menos, oficialmente. Y es que Francia aún actua como potencia colonizadora, sirviéndose de políticos-marionetas. Costa de Marfil es el primer productor mundial de cacao y un bocado suculento para la opresora Francia, que impide a los marfileños ser realmente libres.

El nacimiento de Costa de Marfil como estado independiente va vinculado al presidente Houphouët-Boigny, para algunos un títere de Francia, para otros el padre de la nación. Boigny mejoró la economía y condiciones de vida de la población y creó un sentimiento de «marfileñidad» para unir a las 60 etnias del país.

Los conflictos internos son sobre todo religiosos. Costa de Marfil tiene un 30% de inmigración; el 70% de la cual es musulmana, lo cual está transformando en islámico un país que históricamente fue cristiano y animista. La población mahometana acostumbra a quemar iglesias y asesinar cristianos en el norte del país.

A causa de las diferencias religiosas y étnicas, Costa de Marfil es un estado débil y poco cohesionado, lo cual lo convierte en presa fácil del colonialismo francés. Tras los golpes de estado, guerras civiles o elecciones fraudulentas, siempre se esconde un choque entre los colaboracionistas de Francia y los que desean cortar lazos con París.

Económicamente, el país es referente mundial en la exportación de café y cacao y dispone de una notable industria minera, petrolífera y de telecomunicaciones. Es uno de los estados más prósperos de África Occidental, pese a lo cual sigue existiendo esa gran pobreza y desigualdad social características del Tercer Mundo.

La Guerra Civil de 2002 a 2007 y la de 2011 entre los partidarios del líder cristiano Laurent Gbagbo y los del líder musulmán Alassane Ouattara han mermado notablemente la economía de los marfileños y han abierto una brecha insalvable entre el norte musulmán y el sur cristiano que de hecho ha partido la nación en dos.

Líbano: de la Suiza mediterránea al infierno islámico.

Hablar de Líbano es hablar de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad. En la Biblia encontramos textos que ensalzan la soberbia calidad de su madera. Y es que los cedros del Líbano son mundialmente famosos, hasta el punto de ser el emblema nacional  que figura en la bandera de la milenaria nación.

Líbano es un añejo crisol de culturas y a la vez un ejemplo vivo del fracaso de la multiculturalidad. Actualmente, el 54% de libaneses son musulmanes y el 40% cristianos, principalmente maronitas. Los primeros son prosirios y los segundos buscan el apoyo de Israel. El choque de civilizaciones ha devastado el diminuto país.

Las Falanges Libanesas de Pierre Gemayel se opusieron al colonialismo francés y Líbano se independizó en 1943. Hasta los años 70, fue el centro financiero más importante de la región. En aquella época gobernaban los cristianos y la patria era conocida como la «Suiza mediterránea» o el «París de Oriente Próximo», entre otros.

Pero entonces llegó la guerra civil libanesa (1975-1990) que enfrentó a las dos comunidades religiosas y que acabó con la victoria final de las huestes de la media luna. Actualmente, la república se encuentra hecha pedazos, gobernada por la organización terrorista islamista Hezbolá y bajo la permanente tutela de la vecina Siria.

Como todos los estados pequeños, Líbano ha sufrido el colonialismo. De Turquía y Francia ayer, y de Siria, Irán e Israel hoy. Los magnicidios de Kamal Jumblat (1977), Bashir  Gemayel (1982), Rafik Hariri (2005), Pierre Amine Gemayel (2006) y la guerra contra Israel (2006) han fracturado un estado ya frágil.

Líbano es, en definitiva, un estado fallido, un país sujeto con alfileres, un barril de pólvora siempre a punto de explotar, un pueblo dividido por fanáticos religiosos de ambos bandos que predican el odio que hace imposible la convivencia. Y es la prueba de que cuando el islam llega al poder, acaba con la prosperidad y la libertad.

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