Taiwan: un fortín de la libertad frente a la amenaza comunista.

Tras la revolución popular del líder Mao Tze-Tung que llevó a los comunistas chinos al poder en 1949, fueron muchos los disidentes -la mayoría comerciantes de clase alta- los que huyeron a Taiwan en busca de refugio. Así, transformaron la isla en un fortín del capitalismo que resistió frente a la revolución de Mao.

Desde entonces, tiene un estatus político único: oficialmente, representa a la China nacionalista que perdió la Guerra Civil (1927-1950) pero en la práctica es un estado que no reconoce la autoridad de la China continental. Pekín la considera parte de su territorio aunque en la práctica no ejerce control alguno sobre ella.

El debate sobre si Taiwan representa a la China precomunista o sobre si debe independizarse, va decantándose cada vez más hacia la segunda opción. De hecho, el que fue presidente entre 2000 y 2008, Chen Shiu Bian, a punto estuvo de declarar formalmente la independencia pero al final desistió por miedo a una guerra con China.

En la actualidad, Taiwan está comprometido con la democracia, el capitalismo y los valores occidentales y se ha armado hasta los dientes para defender su libertad frente a la amenaza del gigante comunista chino. Los Estados Unidos de América, Japón y Corea del Sur son sus aliados políticos y militares más firmes en la zona.

La isla tiene el tamaño de Cataluña y en ella viven 27 millones de almas. Cuenta con una lengua propia que es hablada por la mayoría del pueblo (el taiwanés) además de otros dos idiomas (el hakka y el mandarín). Es un país altamente industrializado y uno de los primeros fabricantes mundiales de microprocesadores y de chips.

El pueblo mira con incertidumbre al futuro. Quizás el día que caiga el comunismo en China, Pekín pase del puño en alto a extender la mano a la isla en pro de una reunificación nacional. O quizás sea entonces el momento de ejercer la autodeterminación y convertirse oficialmente en un estado soberano. El tiempo lo dirá.

Confederación Ibérica.

Algunas voces como la del escritor José Saramago se han postulado a favor de la unión de España y Portugal; en lo que constituiría un nuevo estado: Iberia. Algunos iberistas apuntan a Lisboa como la capital y al castellano como idioma común.

Sería todo ventajas. Ya verías la gracia que le iba a hacer a los lusos cuando los madrileños comenzaran con su cantinela de que “en Portugal está todo en portugués”, “la escuela debería ser en castellano”, “a mí que me hablen en cristiano”, “hay que hablar la lengua de Cervantes”, etc, etc.

Ni que decir tiene de la estabilidad que le daría al Parlamento Ibérico tener al Partido Nacionalista Portugués negociando un Estatuto de autonomía y sumando fuerzas junto a gallegos, catalanes y vascos para ver quien de todos hacía un chantaje más cruel e inmisericorde al Gobierno central.

Y la factura del Estado Ibérico, para los valencianos. Para variar. Sería genial que nos subieran los impuestos para que, con nuestro dinero, se construyeran infraestructuras en Oporto. No tenemos bastante con las sanguijuelas de Andalucía, Extremadura, La Mancha, etc, etc. Faltaba Portugal.

A mí lo único ibérico que me pone es el jamón y nuestro particular yoga: la siesta. Este iberismo en el fondo es nacionalismo expansionista español. Y si insisten en inventar un país de chicha y nabo, que añadan a Iberia Grecia y así ya tenemos juntas a las tres grandes superpotencias del mundo.

Uruguay: un David rodeado por dos Goliats.

Si hay en América una nación que merezca el honor de ser llamada pequeño gran país ésa es sin duda la República Oriental del Uruguay. Su destino era convertirse en una provincia más de Argentina o Brasil, pero los uruguayos deseaban ser ellos mismos los que gobernasen su propio futuro y se dotaron de un estado propio.

Con apenas tres millones de habitantes y un territorio reducido, Uruguay es un auténtico gigante mundial en el campo de la cultura y el deporte. En la literatura, se han destapado como un país de excelentes escritores con Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano o Mario Benedetti, entre otros.

Uruguay es una potencia futbolística de primer orden, con un palmarés envidiable a la altura de la mismísima Argentina: dos mundiales, dos oros olímpicos y catorce Copas América. A pesar de ser una república tan pequeña, le disputa la hegemonía balompédica en Latinoamérica a gigantes como Argentina y Brasil.

Toda la economía de la república orbita en torno a su capital, Montevideo, que concentra al 50% de la población del país. Montevideo es un importante referente portuario y una de las grandes ciudades de Suramérica a la altura de megalópolis de la talla de Buenos Aires, Sao Paulo, Rio de Janeiro o Santiago de Chile.

Por supuesto, no es oro todo lo que reluce. Desde mediados del siglo XX hasta hoy, toda Latinoamérica se ha empobrecido a gran velocidad y el hundimiento de Uruguay no ha sido ninguna excepción. La corrupción generalizada ha expulsado del Primer Mundo a una nación que hace sólo cien años era comparada con Suiza.

Uruguay es un ejemplo para los valencianos de que con un estado pequeño se puede destacar muchísimo.  Y los que quieren que seamos colonia de España o de Cataluña, que se fijen en la sed de identidad de los uruguayos, que no querían ser gobernados desde fuera sino tener voz y voto propios entre las naciones libres de la Tierra.

Véneto: a reverdecer viejos laureles.

Véneto fue anexionada militarmente por Italia en 1886. Para legitimar la invasión se celebró un referéndum delirante donde se planteaba pertenecer o no a Italia . No hubo secreto de voto, la propaganda electoral acusaba de traición a los defensores del no y el recuento de votos fue un completo fraude. Obviamente, ganó el sí.

Durante más de un siglo el poder ha estado pregonando que la lengua veneciana no existía; que tan sólo era un dialecto del italiano. El proceso de sustitución lingüística originado en el siglo XIX tocó a su fin el 28 de marzo de 2007, cuando por fin se reconoció al veneciano como un idioma independiente y no como dialecto.

Hoy esta nación sin estado sigue siendo un gran referente cultural en Europa, con la ciudad hundida de Venecia, La Fenice, el carnaval o la Bienal de cine… pero no es ni la sombra de lo que fue cuando era una patria independiente y poderosa que atemorizaba a Milán, Estados Pontificios, Francia, Austria o Aragón.

Venecia es la patria de Antonio Vivaldi, Giacomo Casanova, Tiziano, Tintoretto, Giorgione, Canaletto, Marco Polo… Todos ellos ilustres personajes venecianos que hoy tristemente, y de forma injusta y errónea, son recordados como italianos. La cultura europea y aún la mundial no se pueden escribir sin el Véneto.

Actualmente los venecianos están comenzando a recuperar muy lentamente su conciencia nacional, los jóvenes están más preocupados por su idioma, el pueblo clama contra la «Roma ladrona» y contra las organizaciones mafiosas del tercermundista sur italiano y el independentismo suma adeptos cada día que pasa.

Véneto fue un día una nación temible, fuerte, poderosa, próspera como la que más y orgullosa de sí misma, un país de artistas. Hoy el pueblo mira con nostalgia su pasado y piensa en reverdecer viejos laureles. Por historia, tradición, derecho, por sentido común… Véneto debe figurar entre los estados soberanos de la Tierra.

Lituania: el matagigantes que derriba imperios.

Lituania es un pueblo que ha sufrido mucho a lo largo de la historia. Ha padecido la dominación de Polonia, Alemania, Mongolia, Rusia o Unión Soviética. Pero la insaciable sed de libertad de los lituanos les llevó a desafiar a todos los imperios y a ser el ariete que en 1991 acabaría derrumbando a la poderosa URSS.

Lituania padeció por siglos una feroz sustitución lingüística. El lituano ocupó el triste papel de lengua familiar de la gente pobre mientras que  desde Moscú se les inculcaba que si se encerraban en su pequeña lengua nunca serían nada y que era una suerte compartir un idioma hablado por muchísimas personas como el ruso.

Antes de 1991, el país estaba lleno de rusoparlantes monolingües que nunca se dignaron a aprender el lituano pues el bilingüismo forzado de los lituanos se lo hacía innecesario. Pero hoy el lituano es la única lengua oficial del Estado y el idioma de la enseñanza. La juventud ya no conoce el ruso y ahora estudia con placer el inglés.

Sin el yugo soviético, Lituania tiene una fuerte industria textil, es el mayor productor de lino del mundo, es miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y una potencia en el baloncesto que ha dado al mundo leyendas del deporte como el pívot Arvydas Sabonis.

Su lengua y cultura despiertan el interés y respeto de intelectuales en todo el mundo, y su talento en el jazz es conocido por los amantes de la buena música. Lituania coopera intensamente con Estonia y Letonia, los tres países bálticos a los que les unen fuertes lazos de hermandad y un fortalecimiento veloz.

Lituania es una patria de personas inteligentes, de gente culta y amable, de mujeres hermosas, de juventud que puede mirar al futuro con optimismo porque sabe que su cultura ya no la amenaza nadie. Un ejemplo admirable de casta, de pundonor, de pueblo celoso de su identidad dispuesto siempre a luchar por lo suyo.

Valencianisme de plastilina.

ANUNCI IMPORTANT:

Acte: Presentació del llibre L’Estat Valencià de Josué Ferrer.

Dia: 18 de decembre de 2009 a les 20:00 hores.

Lloc: Grup d’Acció Valencianista en C\ Pintor Gisbert 17 baix de Valéncia capital (Regne de Valéncia).

Entrada: gratuïta.

¡Esteu tots convidats! ¡Vos esperem!

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Valéncia és una societat anormal. El 70% de la població afirma que valencià i català són dos idiomes distints i a pesar d’això el catalanisme avança sense impediments. En part se deu a la gran incoherència del valencianisme, que l’ha dut a l’actual situació de debilitat. Els valencianistes nos hem acostumat a vore com a normals diverses actituts tant del nacionalisme com del regionalisme valencians que en absolut ho són. Almenys no són normals en aquelles societats a on sí hi ha un fort sentiment de poble, una identitat ben sòlida i arrelada, com be puga ser el cas de Catalunya o d’Euskadi.

El nacionalisme valencià pràcticament demana perdó per existir i patix un fort complex d’inferioritat que li obliga a autocensurar-se a sí mateix per a no dir cap cosa que puga molestar a ningú. Tan débil i acomplexat és que a sovint repetix com un mantra una idea que yo no acabe d’entendre be: “No tenim per qué independendisar-nos. Valéncia és una nació que pot estar dins d’Espanya”. ¿Perdó? ¿Una nació que està dins d’una atra nació? ¿Això és una regió, no? ¿Quína diferència hi ha entre eixe “nacionalisme” i lo que podriem denominar “regionalisme pujadet de to”?

Yo no m’imagine a polítics nacionalistes com Juan José Ibarretxe o Josep Lluís Carod-Rovira dient que Euskadi o Catalunya són nacions pero que ya estan be dins de l’Estat Espanyol, que no fa falta eixir-se’n fòra. El fi últim del nacionalisme gallec és tindre la nació gallega, el fi últim del nacionalisme vasc és tindre la nació vasca, el fi últim del nacionalisme català és tindre la nació catalana. Per tant, el fi últim del nacionalisme valencià no pot ser estar dins de la nació espanyola. Un nacionalisme valencià que no aspire a l’Estat Valencià independent més que nacionalisme és un frau.

No menys llamentable és el regionalisme valencià, en una història que és un rosari d’oportunitats perdudes. El president d’Unió Valenciana (UV), Vicent González Lizondo, tingué l’oportunitat de ser alcalde de Valéncia en 1991… i preferí regalar-li l’alcaldia a la popular Rita Barberà. En 1995 Lizondo pogué haver forçat al mandatari popular Eduardo Zaplana a llevar el català de les escoles i les Normes d’El Puig… pero ni tan sols tingué el corage de reclamar la Conselleria de Cultura i Educació perque preferí ser president de les Corts per a tindre un martellet i donar i llevar el torn de paraula.

Pero encara hi ha més… A lo llarc d’estos 30 anys ha hagut dozenes d’Ajuntaments governats per partits intitulats valencianistes. Lo més trist és que si anem a eixos pobles vorem que en les biblioteques municipals no hi ha llibres en Normes d’El Puig i que els noms dels carrers que estaven en català continuen estant en català. ¿Cóm és possible que el regionalisme valencià governe un Ajuntament en majoria absoluta durant quatre anys i en tot este temps ni tan sols s’atrevixca a comprar llibres en valencià per a la biblioteca local o a valencianisar les senyals i els cartells del poble?

Ara fixem-nos en cóm actúa el catalanisme: lo primer que demana sempre el Bloc, Esquerra Republicana o Esquerra Unida és la regidoria de cultura. I durant quatre anys tens concursos lliteraris en català, conferències de catalanistes, bandes de rock en català en les festes locals, la màrfega en les festes patronals, etc, etc. Ells sí es creuen la seua ideologia i per això quan arriben al poder fan catalanisme al màxim mentres que el valencianisme es caracterisa per la seua falta d’espenta, per que a l’hora de la veritat no té collons per a posar en pràctica lo que tant defén de boca.

Un amic meu, el professor de valencià Nacho Serrano, em comentà una volta: “¿Saps per qué estem perdent la guerra de la llengua? Perque el valencianisme és incoherent, perque hi ha molta distància entre lo que diu i lo que fa, mentres que el catalanisme sí es creu la seua ideologia i la posa en pràctica”. Plenament d’acort. A lo qual yo afegiria: “El catalanisme té només una pàtria: Catalunya. Mentres que el valencianisme, desgraciadament, en té dos: Valéncia i Espanya”. Un cor dividit per dos pàtries i per dobles llealtats. No m’estranya que estigam perdent la guerra de la llengua.

Estados Unidos: la nación de las libertades.

Los Estados Unidos de América fueron desde su nacimiento en 1607 un refugio para millones de cristianos europeos perseguidos por la Iglesia Católica y con el tiempo se han convertido en la gran superpotencia, en una nación mesiánica que pareciera haber recibido del mismo Dios la misión de ejercer el liderazgo mundial.

Es una patria fundada por hombres blancos, anglosajones y protestantes, un pueblo temeroso del Señor que está plenamente convencido de la riqueza y prosperidad que genera el capitalismo y dispuesto a defender su libertad con un revólver si hace falta. Dios, el dólar y las armas son los tres pilares que sustentan a este país.

Se independizó de Gran Bretaña en 1776. Desde entonces, ha tumbado a todos los imperios que les han hecho sombra (españoles, alemanes, japoneses, soviéticos…). Los estadounidenses han salvado a Europa de caer en las garras del comunismo, el nazismo y el fascismo y quizás lo deban hacer de nuevo con la amenaza del islam.

Su compromiso firme con la libertad y la democracia le ha valido para apoyar el derecho de autodeterminación y los procesos independentistas de las repúblicas latinoamericanas (con Venezuela a la cabeza), de las antiguas colonias de África y Asia (Liberia o Filipinas) o de naciones oprimidas en Europa (como Kosovo).

Estados Unidos fue la gran nación del siglo XX y lo será de nuevo en el XXI porque su gran fortaleza radica en ser una sociedad  sin fisuras donde su fuerte sentimiento de unidad nacional y el patriotismo ejemplar de su pueblo, simbolizado con una bandera de barras y estrellas en cada hogar, encarnan el orgullo de ser americano.

Y es también el país de las oportunidades, donde todo el mundo puede alcanzar el sueño americano de triunfar si se lo propone, donde el talento es bienvenido no importa de donde proceda. No es de extrañar que sea esta patria, y no otra, la que lidere el planeta… Estados Unidos cuenta con la bendición del mismísimo Dios.

Israel: el pueblo escogido por Dios.

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Israel es la punta de lanza de la democracia en Oriente Próximo, un bastión de la civilización occidental y la primera muralla de defensa de Europa frente al terrorismo islamista. Es la Tierra Santa donde nació, murió y resucitó Jesús. Pero por encima de todo, Israel es, le pese a quien le pese, el pueblo escogido por  Dios.

Después de casi 2.000 años de inexistencia, Israel volvió a ser un estado en 1948; de este modo se cumplió la promesa de Jehová de que reuniría a su pueblo y lo devolvería a su país (Ezequiel 36:24). Israel no existe por casualidad: es la voluntad divina la que lo sostiene pues debe cumplir un importante papel en el futuro.

Desde su nacimiento ha enfrentado mil y una guerras, conflictos e intifadas: Guerra de la Independencia (1948), Guerra del Sinaí (1956), Guerra de los Seis Días (1967), Guerra de Desgaste (1968-70), Guerra del Yon Kipur (1973), Guerras del Líbano (1982 y 2006) y un infinito etcétera. Israel cuenta las batallas por victorias.

Los judíos son un pueblo brillante y trabajador capaz de convertir un pequeño pedazo de tierra en una de las naciones más poderosas de la Tierra o de hacer florecer un vergel de naranjos en medio del árido desierto. Su inteligencia y talento asombran: sólo hay 15 millones de judíos y han ganado casi 200 premios Nobel.

Algunos malintencionados comparan a los hebreos con los nazis, pero lo cierto es que los alemanes mataban a los judíos porque pretendían exterminarlos mientras que los israelíes combaten contra terroristas para evitar que éstos les maten. Israel lucha por sobrevivir pues sabe bien que el día que pierda una sola guerra será su fin.

El judío es el pueblo que más ha sufrido en toda la historia de la humanidad y necesita de una patria para que nunca más se repita el Holocausto. Este pequeño estado es capaz de mantener a raya a más de 1.400 millones de musulmanes que desean su aniquilación. Y lo hace porque cuenta con la protección del mismo Dios.

Montenegro: la fiebre independentista.

Montenegro ha experimentado un radical giro de 180º en su forma de pensar. La antaño consciencia nacional de lealtad y vocación unionista ha dejado paso en muy poco tiempo a una fiebre nacionalista desbordante. Montenegro se independizó de Serbia en 2006, es decir, hace ahora tres años. ¿Y qué tal le ha ido?

En sólo tres años de soberanía, el Producto Interior Bruto (PIB) del nuevo estado ha crecido un 84%, el sueldo medio se ha doblado, el paro ha descendido del 32 al 10%, el país ya no depende de las inversiones rusas y serbias, apunta a la Unión Europea (UE) y el montenegrino, antes considerado dialecto, es ahora idioma oficial.

El primer ministro montenegrino, el nacionalista Milo Djukanovic, es considerado poco menos que un rey y es que el cambio ha sido tan radical que si el referéndum de autodeterminación de 2006 se repitiese hoy, muchos proserbios que entonces votaron contra la independencia hoy lo harían a favor.

Montenegro es el ejemplo más palmario de lo que ocurre con un país cuando suelta el lastre: que despega. El lastre era Serbia, a la que Montenegro ha sido leal históricamente, hasta que la gente se quitó la venda de los ojos y se dio cuenta que no tenía sentido alguno pertenecer a un país problema como lo fueron Yugoslavia y Serbia.

El pueblo montenegrino recuerda por su gran lealtad y voluntad de sumar al pueblo valenciano. Pero, como los valencianos, también los montenegrinos tienen un límite a su enorme paciencia. El  hartazgo de tanta humillación y centralismo acabó empujando a ser independentista a una ciudadanía que jamás lo fue.

Montenegro es hoy una de las patrias más jóvenes pero con más porvenir de Europa y el espejo en que se miran los nacionalistas de todo el continente. En el futuro volverá a ser un estado rico y próspero pero en el presente  ya goza de la mayor de las fortunas de las que puede disfrutar cualquier pueblo: la de ser una nación libre.

El universal derecho a la autodeterminación.

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«Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural».

Artículo 1º del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. (Adoptado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) en su resolución 2200 A (XXI), de 16-12-1966).

Si viniese un extraterrestre de otra galaxia con el propósito de visitar Occidente y conocer más sobre nuestro estilo de vida y nos preguntara cómo escogemos a nuestros gobernantes, le contestaríamos que mediante medios democráticos (los mayores de edad votan y el partido que más votos consigue, gobierna). Si acto seguido, nos preguntase cómo elaboramos nuestras leyes le contestaríamos que también por medios democráticos (las leyes se discuten en el Parlamento y, si consiguen votos suficientes, quedan aprobadas).

Pero si después de eso nuestro amigo extraterrestre nos preguntase: «¿Y las fronteras? ¿Cómo decidís las fronteras? ¿También por medios democráticos?». Ahí deberíamos responderle: «No, eso ya es a hostia limpia. Con tanques y cañones. Con baños de sangre». Seguramente nuestro visitante galáctico no se llevaría a su planeta una impresión muy civilizada de nosotros.

Soy partidario del derecho a la autodeterminación, derecho por cierto aceptado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) para todos los pueblos sin excepción. Esto significa que si 27 estados soberanos deciden unirse para conformar una nueva entidad (la Unión Europea (UE) por ejemplo) me parece bien, siempre que sea por métodos democráticos. Pero de igual modo, también me parece bien si un pueblo decide separarse de otro (Serbia y Montenegro, por ejemplo).

Lo que ya no me parece tan bien es cuando hablo con una persona de mover las fronteras de un estado de forma libre, pacífica y democrática y mi interlocutor me amenaza con sacar los tanques a las calles. Ahí ya no nos vamos a poder entender porque hablamos lenguajes distintos: yo el de los votos y él, el de las pistolas.

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