Paraguay: el país que casi dejó de existir.

En la República del Paraguay está todo por hacer. Es como si le hubiesen dado al botón de pausa y el reloj se hubiera detenido. Apenas se han construido infraestructuras en más de cien años. La base de su economía sigue siendo agropecuaria. El país parece anclado en el túnel del tiempo pero no siempre fue así.

Asunción tuvo la primera línea de ferrocarril de Suramérica. En el siglo XIX, el país tenía una educación pública gratuita y obligatoria, tasas de analfabetismo y un salario similares a los de Europa. Además, se desarrolló mucho la industria y el telégrafo bajo el mandato del primer presidente constitucional, Carlos Antonio López.

Pero su hijo, el presidente Francisco Solano López trajo la desgracia. La agresiva política exterior de López, que anhelaba tener más influencia de la que por peso le correspondía, acabó enfrentando a Paraguay contra Uruguay, Brasil y Argentina -apoyados por la Gran Bretaña- en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).

En la guerra, Paraguay casi dejó de existir. No sólo perdió numerosas tierras sino que seis de cada siete de sus habitantes fueron exterminados. Casi no quedaron varones -y los poquísimos supervivientes eran niños y ancianos- por lo que toda una generación de mujeres jóvenes creció sin esperanza de tener novio ni marido jamás.

Desde entonces el país no ha vuelto a levantar cabeza. La posterior Guerra del Chaco contra Bolivia (1932-1935), la Guerra Civil Paraguaya (1947) y la dictadura fascista de Alfredo Stroessner (1954-1989) no hicieron sino acabar de sepultar a una nación ya de por sí débil. Esta patria nunca más volvió a ser lo que una vez fue.

Hoy es una nación de siete millones de habitantes, de los cuales más de cuatro millones habla guaraní, que es oficial junto con el castellano. En ningún otro país de Latinoamérica un idioma nativo está tan bien conservado. El bravo y aguerrido pueblo paraguayo ha sufrido muchísimo y ahora quiere recuperar el tiempo perdido.

Uruguay: un David rodeado por dos Goliats.

Si hay en América una nación que merezca el honor de ser llamada pequeño gran país ésa es sin duda la República Oriental del Uruguay. Su destino era convertirse en una provincia más de Argentina o Brasil, pero los uruguayos deseaban ser ellos mismos los que gobernasen su propio futuro y se dotaron de un estado propio.

Con apenas tres millones de habitantes y un territorio reducido, Uruguay es un auténtico gigante mundial en el campo de la cultura y el deporte. En la literatura, se han destapado como un país de excelentes escritores con Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano o Mario Benedetti, entre otros.

Uruguay es una potencia futbolística de primer orden, con un palmarés envidiable a la altura de la mismísima Argentina: dos mundiales, dos oros olímpicos y catorce Copas América. A pesar de ser una república tan pequeña, le disputa la hegemonía balompédica en Latinoamérica a gigantes como Argentina y Brasil.

Toda la economía de la república orbita en torno a su capital, Montevideo, que concentra al 50% de la población del país. Montevideo es un importante referente portuario y una de las grandes ciudades de Suramérica a la altura de megalópolis de la talla de Buenos Aires, Sao Paulo, Rio de Janeiro o Santiago de Chile.

Por supuesto, no es oro todo lo que reluce. Desde mediados del siglo XX hasta hoy, toda Latinoamérica se ha empobrecido a gran velocidad y el hundimiento de Uruguay no ha sido ninguna excepción. La corrupción generalizada ha expulsado del Primer Mundo a una nación que hace sólo cien años era comparada con Suiza.

Uruguay es un ejemplo para los valencianos de que con un estado pequeño se puede destacar muchísimo.  Y los que quieren que seamos colonia de España o de Cataluña, que se fijen en la sed de identidad de los uruguayos, que no querían ser gobernados desde fuera sino tener voz y voto propios entre las naciones libres de la Tierra.

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