Estados Confederados: la cara siniestra de América.

Todo gran héroe tiene su villano y toda gran nación su antagonista. Si los Estados Unidos son por excelencia la nación de las libertades, los Estados Confederados de América representaban lo opuesto: la esclavitud, la explotación del hombre por el hombre y la negación de que todas las personas somos iguales ante los ojos de Dios.

En el siglo XIX el norte americano era industrial y el sur cultivaba algodón y tabaco que luego exportaba a Europa. Los estados del norte propusieron abolir la esclavitud (lo que mermaba la mano de obra sureña) y fijaron fuertes aranceles para defenderse de los productos europeos, lo cual perjudicó las exportaciones del sur.

Siete estados del sur, viendo agraviados sus intereses, proclamaron los Estados Confederados en 1861. Eran Carolina del Sur, Missisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas. Cuando el presidente Abraham Lincoln llamó al ejército otros cuatro se separaron: Virginia, Arkansas, Tenessee y Carolina del Norte.

Estalló la Guerra Civil y la Confederación partía en inferioridad: 9.100.000 habitantes (3.500.000 esclavos) y un ejército de 1.064.000 soldados versus 22.100.000 de almas (400.000 esclavos) y 2.100.000 militares de la Unión. El 70% del ferrocarril, 90% de manufacturas y 97% de producción de armas eran del norte.

La Confederación tuvo cuatro años de vida: los de la Guerra Civil Americana (1861-1865) y su único presidente fue Jefferson Davis. Fue una nación extensa (2.000.000 de km2) pero pecó de excesivo localismo pues cada estado quería autogobernarse. Acabado el conflicto, los estados rebeldes fue anexionados por la Unión.

Tanto tiempo después de aquello, hoy todavía es frecuente encontrar nostálgicos con banderas confederadas en el sur de Estados Unidos. Si la Confederación hubiese ganado, hoy sería una de las principales potencias del globo y su victoria un éxito de la autodeterminación al tiempo que una obscena afrenta para la libertad.

Sealand: el primer país artificial.

El Principado de Sealand es un estado de facto no reconocido por nación alguna que proclama como su territorio a Roughs Tower, una vieja plataforma marina usada como fuerte naval construida por la Marina Británica en 1942 y localizada en el Mar del Norte, así como aguas territoriales en un radio de doce millas náuticas.

Durante la Segunda Guerra Mundial los marinos británicos usaron la base contra Alemania pero en 1956 la torre fue abandonada. Desde 1967, Sealand está ocupado por la familia y socios de Paddy Roy Bates, autoproclamado príncipe.  La población de la torre rara vez excede de cinco personas y el área habitable es 550 m².

En 1975 Roy de Sealand proclamó la Constitución del Principado. Con el tiempo se desarrollaron la bandera patria, el himno, los sellos, una web oficial, moneda nacional -los dólares de Sealand- y hasta pasaportes. En su día la mafia de Europa del Este utilizó pasaportes falsificados de Sealand para cometer sus crímenes.

En su corta pero pintoresca historia ha habido de todo: una guerra contra un buque británico que quería asaltar la torre y que acabó ¡en victoria de Sealand!, un golpe de estado, la reconquista del país con prisioneros de guerra incluidos, un gobierno en el exilio y hasta varios incidentes judiciales y diplomáticos de alto nivel.

Precisamente tales incidentes han sido esgrimidos por Roy Bates para alegar una soberanía de facto. Pese a la falta de reconocimiento de su soberanía y legitimidad, Sealand es un controvertido caso de estudio de la manera en la que los principios de Derecho Internacional se pueden aplicar a un territorio en disputa.

Posiblemente Sealand acabe en nada, pero podría llegar a sentar un precedente. ¿Qué ocurriría si una empresa privada construyera en aguas internacionales una isla artificial para millonarios que atrajera grandes fortunas por ser paraíso fiscal? ¿Sería reconocida como estado soberano? La utopía de Sealand puede llegar a ser real.

Oblast Autónomo Hebreo: el precursor de Israel.

El pueblo judío siempre fue una minoría incómoda en todas partes. Así que ¿qué hacer con ellos? El dictador Adolf Hitler planeó asentarlos en Madagascar. Algunos judíos estudiaron crear una patria en Argentina o en las inmediaciones de Sudáfrica pero el padre del sionismo, Thedor Herzl, apostó por hacerlo en Palestina.

Antes, en 1918, se creó en la Unión Soviética el Distrito Autónomo Hebreo. Moscú quería dotar a cada minoría de un territorio con autonomía cultural dentro de un marco comunista. Y de paso neutralizaba dos amenazas: el judaísmo, que iba contra el ateísmo oficial, y el sionismo, que chocaba con el internacionalismo de la URSS.

La idea era crear una nueva Sión soviética, donde una cultura hebrea proletaria podría crecer. El idioma oficial sería el yidis y unas nuevas arte y literatura socialistas reemplazarían la religión como máxima expresión de cultura. En 1934 el Distrito se convirtió en república autónoma dentro de Rusia: nacía el Oblast Hebreo.

El Oblast estaba situado en el extremo oriental de Rusia: la idea era poblar con nuevos asentamientos la frágil frontera con China y a la vez mantener alejados a los judíos de los centros de poder. Antes, el dictador Stalin estudió la posibilidad de asentarlos en Ucrania o Crimea pero se encontró con un fuerte rechazo en la zona.

La URSS fomentó la emigración a la zona y la cultura yidis. Era una tierra desértica de clima inhóspito pero muchos colonos iniciaron una nueva vida allí. Pero pronto se desataron persecuciones soviéticas contra los judíos; entre eso, el Holocausto nazi y la fundación de Israel en 1948 los judíos comenzaron a irse de allí.

El Oblast Autónomo Hebreo aún existe, la lengua yidis sigue siendo oficial y se enseña en las escuelas, pese a que ya sólo el 1% de la población local es judía (en sus buenos tiempos, llegaron a superar el 30%). A modo de anécdota, quedará para la historia que este curioso experimento fue el precursor del actual Estado de Israel.

Moresnet Neutral: tierra de nadie.

La historia de Moresnet es posiblemente la aventura nacional más rara y curiosa de la era contemporánea europea. Fue un país que existió entre 1815 y 1919; un territorio de forma triangular de sólo 3’5 km2 donde llegaron a confluir las fronteras de cuatro naciones europeas: Moresnet, Alemania, Bélgica y Países Bajos.

Su nacimiento fue singular. Tras las Guerras Napoleónicas, tuvo lugar el Congreso de Viena de 1815 que reordenó el mapa político europeo. Al trazar las nuevas fronteras entre Prusia y Países Bajos, una pequeña región fronteriza en el valle de Moresnet, que tenía una importante mina de zinc, casi llevó a la guerra a los dos reinos.

Finalmente se dividió la región de Moresnet en tres pedazos, uno para Holanda, otro para Prusia y un tercero -donde la mina-, neutral y desmilitarizado. En teoría un condominio gobernado por ambas potencias, en la práctica un estado de facto. Con posterioridad, Bélgica se separó de Países Bajos y pasó a controlar parte de la zona.

Moresnet Neutral tenía gobierno propio. Alcanzó las 2500 almas, la mayoría holandeses, belgas y alemanes. Sólo los habitantes originales y sus descendientes -unos 400- eran neutrales. A ellos se les consideraba apátridas y no debían hacer el servicio militar pero tampoco tenían pasaporte para viajar fuera del minúsculo país.

En 1855 la mina agotó sus reservas y las autoridades crearon un paraíso fiscal lleno de casinos, burdeles, destilerías de alcohol barato y un servicio postal que favorecía el contrabando. La moneda de curso legal era el franco francés, el esperanto el idioma oficial y el miniestado disponía de bandera, himno y sellos propios.

Prusia, que desde 1871 formaba parte de Alemania, consideraba suyo el territorio. Berlín inició una política agresiva hacia Moresnet y sus gentes pidieron la anexión a Bélgica. En 1914 Alemania invadió la micronación pero acabada la guerra, el Tratado de Versalles de 1919 estableció la anexión formal de Moresnet a manos belgas.

Cornualles: muerte y resurrección de un pueblo.

Cornualles es a Inglaterra lo que el Valle de Arán a Cataluña: una nación dentro de una nación. Se trata de una pequeña península poblada por medio millón de almas en el extremo occidental de Gran Bretaña. Está reconocida como uno de los ocho pueblos celtas, junto a Irlanda, Escocia, Gales, Man, Bretaña, Galicia y Asturias.

Es una de las regiones más pobres de Inglaterra. En tiempos de la antigua Atenas era famosa por el estaño y en la actualidad vive del turismo. Es conocida por detentar el estatus honorífico de ducado; un título nobiliario -el de duque- que recae en el hijo mayor de la monarquía británica en el preciso momento en que nace.

Este pueblo tiene una lengua autóctona -el córnico-, la cual está emparentada con el galés y el bretón (estas tres forman el grupo britónico de lenguas celtas). También se encuentra relacionada, aunque en menor medida, con el grupo goidélico celta, formado éste por el irlandés, el gaélico escocés, el lallans y el manés.

Fue lengua viva hasta 1777 con Dolly Pentreath como última hablante nativa. La publicación de  Manual de la Lengua Córnica de Henry Jenner en 1904 provocó un interés por resucitarla. Actualmente se estima que existen unos 2000 hablantes de córnico. El Gobierno Británico oficializó este idioma minoritario en 2002.

Ahora existe un creciente nacionalismo en la península. Las reivindicaciones van desde una mayor autonomía dentro de Inglaterra hasta convertirse en un estado independiente, pasando por separarse de Inglaterra pero no de Gran Bretaña, con lo que Cornualles se convertiría en un país británico al estilo de Escocia o Gales.

Lo que estamos presenciando en Cornualles es la muerte y resurrección de un pueblo. Después de tantos siglos de etnocidio, los ingleses habían borrado definitivamente no sólo la lengua sino incluso la identidad nacional córnica pero ahora reaparece de nuevo con la firme voluntad de encontrar su lugar en el mundo.

Bolivia: hacia la nación colla.

Bolivia es la Bélgica americana: un estado artificial compuesto por dos pueblos antagónicos. En el altiplano occidental están los collas: el Tíbet suramericano, una tierra pobre y atrasada de campesinos amerindios bajitos que hablan quechua y aimara. En el llano oriental, los cambas: gente alta, criolla y que sabe hablar inglés.

Nació en 1825 de la mano del libertador Simón Bolivar, que la salvó del yugo de España. No obstante, fue su triunfo más infausto. El país es el segundo más pobre de Latinoamérica, sólo por detrás de Haití. Es un desierto que se despuebla a toda velocidad, una fábrica de emigrantes que viajan al extranjero en busca de un empleo.

Como Bolivia siempre fue débil militarmente sus vecinos le arrebataron el 53% de su territorio original. Argentina y Perú le dieron un buen bocado vía diplomacia,  Brasil le robó muchas tierras tras derrotar a Bolivia en la Guerra del Acre (1899-1903) y Paraguay hizo lo propio tras vencer en la Guerra del Chaco (1932-1935).

Pero el gran trauma que aún no ha superado el desgraciado pueblo boliviano es la Guerra del Pacífico (1879-1883) en la que Chile le anexionó la costa y dejó al país sin salida al mar. Desde entonces el pueblo vive conmocionado, guarda odio eterno hacia Chile y recuerda aquella dramática pérdida como si hubiese ocurrido ayer.

El despedazamiento del país todavía puede continuar y podría ocurrirle lo que a Checoslovaquia. Collas y cambas se odian a muerte y lo lógico sería dividir Bolivia en dos estados independientes: una nación camba, compuesta por Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija y una colla, con Potosí, Chiquisaca, Cochabamba, La Paz y Oruro.

Bolivia se define como estado plurinacional y reconoce 37 lenguas oficiales. Desde 2006, el gobierno indigenista de Evo Morales apela a la cosmovisión amerindia y a un nacionalismo colla que pretende transformar Bolivia en un Collasuyo donde los blancos y mestizos no tengan cabida. Bolivia camina hacia la nación colla.

Mónaco: el paraíso fiscal.

Existen muchos en el mundo, pero el paraíso fiscal por excelencia es el Principado de Mónaco. Es uno de los estados más pequeños del planeta (1,95 km2) y el más densamente poblado, con sus 30.500 habitantes. Es un enclave de elegancia, lujo y glamour pero también un oscuro centro de lavado de dinero negro y evasión fiscal.

El francés es la única lengua oficial de Mónaco. Pero el país dispone también de una lengua propia, el monegasco, que la década de 1970 estuvo a punto de desaparecer pero que ahora tiene 5000 usuarios y se enseña en las escuelas. El occitano se habla desde tiempos históricos y el turismo trajo consigo el italiano y el inglés.

Durante la Edad Media, Mónaco fue un enclave ligur en tierras occitanas. Hasta que en 1297 nació como país independiente, cuando el padre de la patria, François Grimaldi, derrotó a los colonos genoveses. Grimaldi entró disfrazado de monje a la fortaleza monegasca y ya desde dentro abrió las puertas a sus tropas.

La monarquía es sin duda el mejor activo monegasco. Los Grimaldi son expertos en negociar  y superar las adversidades. A lo largo de los siglos el micropaís fue invadido por Génova, se convirtió en protectorado de España, Francia y Cerdeña, y hasta fue ocupado por la Alemania nazi. Y ahí sigue: en pie, independiente y libre.

El Mónaco moderno que conocemos lo forjó el príncipe Carlos III a finales de siglo XIX. Él trajo el Casino de Montecarlo, el ferrocarril, la Oficina de Correos que pronto emitió sus propios sellos, obtuvo de la Santa Sede un obispado, eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios y creó Montecarlo en su propio honor.

Hoy el país es un refugio de multimillonarios que se radican allí para no pagar impuestos. Y un centro turístico de primer orden, con infraestructura hotelera, de ocio y náutica de auténtico lujo. El Rally  de Montecarlo y el Gran Premio de Fórmula 1 de Mónaco -pruebas en circuito urbano- son famosas en el mundo entero.

Vaticano: la última teocracia de Europa.

Los Estados Pontificios nacieron en 752 y aún existen bajo la denominación de Vaticano. Por siglos fueron un tenebroso reino que auspició la Inquisición y mil guerras, y un nido de  inmoralidad y corruptelas impropio de hombres de Dios. Pero de todas aquellas aventuras bélicas ya sólo nos queda el recuerdo lejano del ayer.

El Vaticano es la moderna versión de los viejos Estados Papales. Se independizó en 1929 tras la firma de los Pactos de Letrán celebrados entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que en 1870 había conquistado los Estados Pontificios. Hoy es una diminuta ciudad-estado, un micropaís cuya superficie es más testimonial que otra cosa.

Es la última teocracia de Europa (ya que su jefe de estado es el Papa, líder de la Iglesia Católica) y el único país con el latín como lengua oficial (también lo es el italiano). Dicho así, puede sonar tan medieval como Irán o Arabia Saudí pero nada tiene que ver pues actualmente es una nación pacífica y defensora de la vida.

Con 0,4 km2, es el estado con territorio más pequeño del orbe (sólo le supera la Orden de Malta, que carece de suelo propio). Tiene 900 habitantes. Sólo 300 tienen nacionalidad vaticana, que no se obtiene por nacer sino por concesión, se añade a la de origen y al fin se retira cuando se deja de realizar funciones para el país.

El Vaticano es desde luego un país muy sui generis ya que más que una nación en sí, es en realidad una excusa para que el Papa pueda gozar de las ventajas, protección y trato de privilegio que disfruta un jefe de estado. Realmente se trata de un soporte temporal para reforzar las actividades eclesiásticas de la Santa Sede.

Pero el poder del Vaticano radica en ser el epicentro de 1.200 millones de católicos en el mundo. Puede que la Iglesia predique un Evangelio idólatra y contaminado y que no pocas veces sus actuaciones hayan quedado en entredicho pero a obras de caridad nadie le gana en toda la Tierra. Tiene clarísimo que la fe sin obras está muerta.

Grecia: una tragedia épica.

Hace miles de años a las orillas del mar Mediterráneo nació la civilización occidental de la mano de un sinfín de pequeñas ciudades-estado como Creta, Micenas, Esparta, Atenas,  Jonia, Corinto, Elis, Olimpia, Aquea, Delos o Macedonia que legaron al mundo un esplendor cultural que es admirado aún hoy.

Con el devenir de los siglos, todas aquellas micronaciones (más de doscientas) desaparecieron y llegó el moderno estado de Grecia, que si bien no es el heredero nacional si lo es moral y cultural de todas aquellas fabulosas civilizaciones que conocemos hoy con la inexacta y poco apropiada denominación de «Antigua Grecia».

La península griega ha padecido el colonialismo como ninguna bajo la bota opresora del Imperio Romano, Bizantino y finalmente Otomano. Tras sufrir el yugo turco por más de 350 años, el actual estado griego nace con la declaración de independencia de 1821, en la que se separa de Turquía, su archienemigo eterno.

El país nacía para reverdecer los laureles de la antigua Atenas, pero desde su fundación todo ha sido digno de una tragedia griega. Una Grecia unida y grande hacía soñar con viejas glorias, pero en 200 años no ha aportado al mundo nada de relevancia política, económica o cultural a diferencia de los microestados del ayer.

Es una de las patrias más atrasadas de Europa, donde la falta de seriedad de las autoridades, la corrupción gubernamental, la vagancia de los  trabajadores, la economía sumergida y el fraude fiscal son males acentuados. Desde 2010 sufre una brutal crisis económica. Grecia ha quebrado y los especuladores se ceban con ella.

Es el estado con más islas del Viejo Continente (unas 6.000), una tierra hermosa y soleada con un gran legado histórico que atrae a los turistas. Pero ahí acaba la cosa. La moderna República Helénica nada tiene que ver con la antigua Atenas, que fue cerebro del mundo, eso está claro. Grecia, más que un país, es una tragedia.

Valonia: el gallo herido.

Valonia es, junto con Bruselas y Flandes, una de las tres regiones que componen el artificial Estado Belga. Flamencos y valones se llevan a matar y  solamente la disputada región de Bruselas (un enclave dentro de Flandes pero de habla francófona) actúa como freno a una secesión flamenca que sólo es cuestión de tiempo.

Los valones son latinos y socialistas, los flamencos germánicos y conservadores. Durante decenios los valones fueron ricos y acusaron a sus vecinos de hablar un “dialecto de campesinos”. Desde los años 60 los flamencos son los nuevos ricos y no quieren mantener a una Valonia decadente que les despreció durante muchos años.

La antaño pujante industria minera valona está totalmente desfasada, la lengua francesa tiene cada vez menor peso en el mundo, los valones ya no mandan sobre los flamencos sino al revés y encima Bélgica está próxima a desaparecer. Valonia es un gallo herido en su orgullo y eso le hace más peligroso e impredecible que nunca.

A flamencos y valones ya no les une nada salvo la corona belga. Sólo hay un 1% de matrimonios mixtos. Los valones no obstante están por la unidad belga porque no se ven dirigiendo su propio destino y necesitan que alguien lo haga por ellos, aunque también existe un nacionalismo valón minoritario que reclama un estado propio.

La mayor parte de su sociedad habla el francés. Sin embargo, el país cuenta con una lengua propia no oficial hablada por un tercio de la población: el valón. Al ser una región fronteriza hay pueblos que hablan idiomas de naciones vecinas como el picardo, el lorrain, el champañés, el luxemburgués, el flamenco o el alemán.

Valonia no tiene ese ansia independentista de Flandes. De hecho, su consciencia nacional es débil. Aún así, podría llegar a crear de rebote un estado independiente si Flandes se separa. O seguir dentro de una Bélgica menor donde sólo estarían ella y Bruselas. O incluso pedir la anexión a Francia. Todos los escenarios están abiertos.

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