Uzbekistán: exotismo en Asia Central.

La República de Uzbekistán es un estado túrquico enclavado en pleno corazón de Asia Central. Tiene un paisaje monótono repleto de llanuras, estepas y desiertos que rompe el delta de Amu Daria. A pesar de contar con una capital tan bella como Samarkanda sigue siendo un país muy rural. Su arquitectura es una exótica mezcla de lo soviético y lo islámico.

Uzbekistán tiene una curiosa ubicación. Es el único estado fronterizo con todos los demás países de Asia Central (Kazajistán, Turkmenistán, Kirguistán y Tayikistán) y es el único país del mundo, junto con Luxemburgo, que debe pasar por dos naciones para llegar al mar (si tenemos en cuenta que el Mar Caspio y el Mar de Aral son en realidad lagos).

Precisamente su ubicación (una tierra de paso en la otrora gloriosa Ruta de la Seda a caballo entre Europa y Asia) hizo que los uzbekos hubieran de sufrir a mil invasores: persas, macedonios, árabes, turcos, mongoles, rusos, soviéticos… Uzbekistán pasó a ser independiente en el año 1991 tras la desintegración de la antaño temible Unión Soviética.

Pero ser independientes no siempre significa ser libres. Islom Karimov fue el dictador uzbeko desde 1990 hasta su muerte en 2016. Hoy el país sigue siendo una autocracia que de vez en cuando celebra una farsa de comicios. La economía se basa en la exportación de algodón, gas natural y minerales. La corrupción mantiene al pueblo llano en la pobreza.

En el actual Uzbekistán nacieron eminentes escritores persas como Avicena, Al-Biruni, Pahlavan Mahmud o el fundador de la dinastía mogol de la India Babur. Esta nación asiática es sin duda una tierra fecunda en poetas. Por encima de todos destaca la figura de Hamza Hakimzade Niyazi, considerado por muchos el padre de la poesía uzbeka moderna.

Es éste un pueblo bilingüe que habla uzbeko y ruso y profesa el islam. Los hombres visten trajes sobrios con un colorido fajín y un sombrero cuadrado blanco. Las mujeres llevan batas multicolor y pantalones. Una o dos trenzas significa que están casadas, tres o más solteras. Curiosamente el entrecejo se considera atractivo y quien no tiene se lo pinta.

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Alto Karabaj: el conflicto congelado.

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El del Alto Karabaj es otro caso más que evidencia lo artificial del mapa europeo. Se trata de una república independiente de facto poblada por cristianos armenios y apoyada desde Armenia pero a la vez es un enclave dentro de Azerbayán, una nación de azeríes de fe suní. ¿Cómo acabó esta isla cristiana dentro de un país islámico?

El Alto Karabaj perteneció a Armenia desde el siglo II AC. Fue parte del Imperio Otomano desde el siglo XI y hasta 1918, cuando pasó a la extinta Transcaucasia. Azerbayán se quedó con esta región abrupta y montañosa con el apoyo turco, y luego la retuvo con el visto bueno de la Unión Soviética, que deseaba agradar a Turquía.

En 1988 los karabajíes reclaman unirse a sus hermanos de Armenia, pero Bakú se niega. Ese año estalló una guerra de armenios y karabajíes contra azeríes y turcos. En 1994 se llega a un alto el fuego: Azerbayán tenía 30.000 muertos, un millón de desplazados, Armenia había ocupado parte de su territorio, y había perdido el Karabaj.

Hoy el conflicto sigue congelado. La guerra en teoría continua (sólo se firmó un alto el fuego), Azerbayán reclama como propio el Alto Karabaj, éste se mantiene como un estado independiente de facto que se encuentra conectado con la madre Armenia a través del corredor Luchin y  las demás tierras azeríes ocupadas en la guerra.

Durante años los karabajíes sufrieron por parte de Bakú un etnocidio que buscaba acabar con su lengua, cultura y religión y hasta pogromos contra su población. Hay un odio tribal entre ambas comunidades. Ya están hartos de ser una moneda de cambio entre potencias extranjeras y ahora reclaman escribir su propio destino.

Los gobiernos armenios se han resistido a las presiones internas para fusionar ambas repúblicas evitando así sanciones internacionales. El Alto Karabaj es un trozo de Armenia incrustado en Azerbayán. No existe diferencia alguna entre ambos pueblos que siguen separados por un conflicto estancado al que no se ve final.

Letonia: el que resiste gana.

© CE/EC Flag of Latvia 6/12/2003

Heredera de la antigua Livonia, la actual Letonia amanece cubierta de bosques y lagos a orillas del Báltico. Su situación estratégica entre Europa Occidental y Oriental por siglos la hizo blanco de invasiones por parte de suecos, germanos, polacos, lituanos, alemanes y rusos. Se independizó de la Unión Soviética el año 1991.

El dictador soviético Josip Stalin ordenó purgas en 1940, 1945 y 1949 por las que más de 160.000 letones fueron a campos de trabajos forzados. Los indomables letones se lanzaban al monte y luchaban como guerrilleros contra Moscú. Más tarde, pasaron a la resistencia pasiva y la desobediencia civil. Ni Stalin pudo con ellos.

Actualmente el gran reto nacional es la diversidad étnica: los letones son poco más de la mitad de la población en su propio país y existe una minoría de un 30% de rusos, casi todos monolingües que ni se molestan en aprender el idioma patrio. Actúan como Caballo de Troya al dictado de Moscú y son vistos con rencor por los nativos.

Su otro gran desafío es crear una economía independiente (Rusia forzó a Letonia en el pasado a depender de sus materias primas). Es el más industrializado de los tres estados bálticos y la mujer está muy incorporada al mundo laboral. Pertenece a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y a la Unión Europea (UE).

El letón es oficial, un idioma báltico-eslavo similar al sánscrito y relacionado con el lituano y el antiguo prusiano. Letonia se parece a Estonia en cultura y religión (más presencia de ortodoxos y luteranos y menos de católicos) y a Lituania en la lengua. El genial cineasta Serguéi Eisenstein, natural de Riga, es el letón más ilustre.

Hasta el siglo XIX la lengua y cultura letonas se transmitieron oralmente a través de canciones folclóricas y leyendas populares muy cotizadas hoy. Es un pueblo muy pequeño pero bravo, aguerrido y valiente que no se conformó con ser botín de guerra de germanos o rusos sino que luchó por una nación libre. El que resiste gana.

Unión Soviética: el terror rojo.


Tras la revolución bolchevique que defenestró al zar ruso en 1917, nació en 1922 una poderosa nación que habría de hacer temblar al mundo: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un estado federal compuesto por quince repúblicas con un gobierno centralizado y una economía planificada desde Moscú.

La URSS simbolizaba la utopía socialista del filósofo Karl Marx liderada por Vladimir Lenin. En teoría un paraíso donde todos eran iguales, en la práctica una cárcel de naciones, un monstruoso régimen ateo donde la gente era asesinada por no pensar como el dictador y un sistema económico fallido que trajo mucha hambre.

La Unión Soviética derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial y por décadas mantuvo una tensa carrera armamentística con los americanos. En 1962 con la crisis de los misiles de Cuba la Guerra Fría estuvo a punto de pasar a ser caliente. Josip Stalin fue el autócrata soviético más despiadado y exterminó a millones.

La URSS era el país más grande del mundo con 22.400.000 km2 y  el más poblado de Europa con 293 millones. Llegó a tener un arsenal atómico capaz de devastar el planeta varias veces, a principios de los años 60 estaba por delante de Estados Unidos en la carrera espacial y muchos creían inevitable la victoria del comunismo.

Pero en 1991 bajo la presidencia de Mijail Gorvachov la URSS se desintegró y dio paso a 19 naciones: Armenia, Azerbayán, Nagorno Karabaj, Bielorrusia, Estonia, Georgia, Abjasia, Osetia del Sur, Kazajistán, Kirguistán, Letonia, Lituania, Moldavia, Transnitria, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Ucrania.

La URSS fue un gran imperio pero el comunismo es peor que el capitalismo y la dictadura no puede competir con la democracia. La Unión Soviética fue un estado totalitario y genocida, una gigantesca tierra de fosas clandestinas y gulags, una pesadilla que dio la espalda a Dios y que acabó enterrada en el vertedero de la historia.

Oblast Autónomo Hebreo: el precursor de Israel.

El pueblo judío siempre fue una minoría incómoda en todas partes. Así que ¿qué hacer con ellos? El dictador Adolf Hitler planeó asentarlos en Madagascar. Algunos judíos estudiaron crear una patria en Argentina o en las inmediaciones de Sudáfrica pero el padre del sionismo, Thedor Herzl, apostó por hacerlo en Palestina.

Antes, en 1918, se creó en la Unión Soviética el Distrito Autónomo Hebreo. Moscú quería dotar a cada minoría de un territorio con autonomía cultural dentro de un marco comunista. Y de paso neutralizaba dos amenazas: el judaísmo, que iba contra el ateísmo oficial, y el sionismo, que chocaba con el internacionalismo de la URSS.

La idea era crear una nueva Sión soviética, donde una cultura hebrea proletaria podría crecer. El idioma oficial sería el yidis y unas nuevas arte y literatura socialistas reemplazarían la religión como máxima expresión de cultura. En 1934 el Distrito se convirtió en república autónoma dentro de Rusia: nacía el Oblast Hebreo.

El Oblast estaba situado en el extremo oriental de Rusia: la idea era poblar con nuevos asentamientos la frágil frontera con China y a la vez mantener alejados a los judíos de los centros de poder. Antes, el dictador Stalin estudió la posibilidad de asentarlos en Ucrania o Crimea pero se encontró con un fuerte rechazo en la zona.

La URSS fomentó la emigración a la zona y la cultura yidis. Era una tierra desértica de clima inhóspito pero muchos colonos iniciaron una nueva vida allí. Pero pronto se desataron persecuciones soviéticas contra los judíos; entre eso, el Holocausto nazi y la fundación de Israel en 1948 los judíos comenzaron a irse de allí.

El Oblast Autónomo Hebreo aún existe, la lengua yidis sigue siendo oficial y se enseña en las escuelas, pese a que ya sólo el 1% de la población local es judía (en sus buenos tiempos, llegaron a superar el 30%). A modo de anécdota, quedará para la historia que este curioso experimento fue el precursor del actual Estado de Israel.

Afganistán: el bastión talibán.

El nacimiento del actual estado de Afganistán se produce en el año 1747. A partir de 1837 fue colonia británica pero en 1919, durante la Guerra Anglo-Afgana, esta patria obtuvo su independencia del Reino Unido.  Con posterioridad, en 1973, un golpe de estado derribó la monarquía y proclamó  la república en el país de Asia central.

Cinco años más tarde se instaló un gobierno comunista, pero la guerrilla islámica provocó la intervención soviética. Los islamistas, con el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudita y otras naciones árabes expulsaron a la URSS en 1989. Entonces se reanudó la guerra civil y en 1996 los talibanes entraron en Kabul e impusieron la sharia.

Durante años aquella dictadura feudal horrorizó al mundo con sus violaciones de los derechos humanos y sus descaradas conexiones con Al-Qaeda y el terrorismo islamista. Pero en 2001, tras los atentados del 11-S en Nueva York, una coalición internacional encabezada por Estados Unidos invadió el país y derrocó al régimen talibán.

Actualmente hay una farsa de democracia apoyada por Occidente pero la región vive una guerra constante y es más inestable que nunca. Es un estado fallido donde gobiernan tribales señores de la guerra, un país de clanes enfrentados entre sí y un puzzle de etnias, lenguas y culturas que nada tienen que ver unas con otras.

La región está reducida a escombros. Aún así es de gran valor (tiene frontera con Irán, Pakistán y China, un enorme gasoducto y es el primer productor de opio), por eso la ambicionan potencias extranjeras. Pero sus escarpadas montañas y escondrijos miles hacen de ella un bastión guerrillero que siempre repele al invasor.

Desde 2001 la OTAN libra una guerra en Afganistán para que nunca más sea un santuario terrorista. Pero un país medieval no puede convertirse en democracia liberal, especialmente si rechaza serlo. Reino Unido fue derrotado en Afganistán, igual que la Unión Soviética, y todo parece indicar que Estados Unidos también lo será.

Moldavia: el pueblo al que no le dejan ser.

Moldavia sólo quiere ser Moldavia. El problema es que no le quieren dejar ser. El histórico principado moldavo (hoy república) fue fundado en el año 1359 y a lo largo de siglos tuvo que batallar con turcos, austrohúngaros, soviéticos, ucranios, rumanos y rusos para defender su soberanía y poder seguir siendo una nación libre.

En tiempos recientes, tras el hundimiento de la Unión Soviética en 1991, Moldavia proclamó su independencia. Su primer presidente moderno, Mircea Snegur, quería que el país fuese anexionado por Rumanía pero el pueblo votó en contra en un referendo en 1994. La mitad de la antigua Moldavia permanece bajo dominio rumano.

Tal decisión no es respetada por Rumanía ni Rusia, que desestabilizan la nación. Bucarest habla abiertamente de anexionarla y hacer la “Gran Rumanía”. Rusia apoya militarmente a la minoría rusófila de Transnitria, estado independiente de facto segregado de Moldavia desde el año 1990 y que Chisinau reivindica como suyo.

Además, tiene otro problema añadido: la región autónoma de Gagauzia, que ya se separó del país y que de hecho fue un estado independiente de facto de 1991 a 1994. Sin embargo, y a diferencia de Transnitria, en este caso el gobierno de Chisinau sí logró recuperar  el control de la región. Gagauzo y ruso son oficiales allí.

Uno de los capítulos más controvertidos de la república es su lengua: el idioma moldavo, que es muy similar al rumano. Pues hasta en esto quieren anexionárselo y hacerlo desaparecer. Sin embargo, la gran mayoría de los ciudadanos moldavos tiene muy claro que ellos no solamente no son rumanos sino que tampoco hablan rumano.

La extrema derecha moldava desea su anexión a Rumanía. La extrema izquierda, la sumisión a Moscú. Las minorías gagauza y transnitria separarse. A todo ello, se suma la extrema pobreza y corrupción. Moldavia es un estado frágil como una copa de cristal. Sólo la férrea voluntad de su pueblo impide aún hoy que la hayan roto.

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