La aplastante superioridad de la civilización occidental.

Por los artículos que escribo, a menudo recibo  acusaciones de “fascista”, “racista”, “xenófobo”, “ultraderechista” y cosas por el estilo. Y lo entiendo, porque hoy en día nadar contracorriente, atacar lo hipócritamente correcto conlleva que te cuelguen de forma automática el sambenito de “facha”. El problema es que el vocablo “fascista” ha sido desprovisto de su significado original y hoy en día sirve para acusar a todo aquel que no te dé la razón o para definir todo aquello que a uno no le gusta, así que me importa un bledo si me lo llaman. A mí, con todo, me divierte mucho, pues provengo de una familia republicana y socialista y encima mi esposa es negra. Así que cuando dicen que soy de extrema derecha me da la risa.

Algunos lectores me acusan de “chovinista” porque casi siempre escribo acerca de Europa. Esto  también me resulta divertido porque es como decir que el literato Gabriel García Márquez es chovinista porque ambienta sus novelas en Latinoamérica. Cojonudo por él. Cada uno escribe de lo que le rota. Yo vivo en Europa y me gusta Europa. Supongo que si viviera en África escribiría cosas de aquel lugar pero ya que vivo en el Viejo Continente, pues hablo acerca de mi entorno más próximo. ¿Que Europa ha escrito las páginas más brillantes de la historia? Pues sí señor. Y las más sangrientas también. ¿Que las naciones europeas tienen una historia impresionante? Pues sí señor. ¿O acaso no ha ido usted a la escuela?

¿Que en Europa se vive mejor que en cualquier otra parte del mundo? Pues sí señor. Y si no, pregúntele a un turco por qué prefiere emigrar a Alemania antes que a Arabia Saudita. O a un marroquí por qué prefiere ir a España antes que a Argelia. A ver qué contestan. En Europa tenemos un alto nivel de vida y de bienestar (no sé si lo tendremos por mucho más tiempo, que pienso que no, pero todavía lo tenemos). En la actualidad en Europa se vive mucho mejor que en cualquier otro continente. Quien no quiera ver la realidad o es idiota o está ciego. Y por más que se empeñen algunos, no todas las culturas son igual de valiosas. Pretender comparar Islandia con Pakistán, como si ambas fueran iguales, es de locos.

Con todo, diré que yo más que “europeo” me siento “occidental”. ¿Qué es Occidente? Es una idea. No es un lugar en el mundo, no son unas coordenadas geográficas, es una comunidad de valores. Los valores judeocristianos, grecolatinos y la Revolución Francesa. Eso es Occidente. Yo me siento identificado con eso. Y en consecuencia me siento mil veces más próximo ideológicamente a Canadá o Nueva Zelanda que a Turquía o Bielorrusia, por muy europeas que sean. Y me siento mil veces más cercano a un iraní con mentalidad occidental que a un valenciano que odia ser lo que es. Porque no se trata de nacionalidades. Ni de colores de piel. Se trata de ideas. Y las ideas son el motor que hace mover el mundo.

La civilización occidental nació en Europa, es cierto, pero no es patrimonio exclusivo del Viejo Continente. Ahí están los Estados Unidos de América por ejemplo. O Australia. O cada día más Corea del Sur. Cualquier nación del mundo puede ser occidental, así esté en el Oriente del planeta. Porque ser occidental no tiene nada que ver con ser europeo, ni de raza blanca ni con vivir en el Oeste del mundo. Tiene que ver con una mentalidad. Tiene que ver con la defensa de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Con dar el poder al pueblo. Con el legado de Atenas, Roma, Israel y Francia. Yo animo a todos los pueblos del mundo a que abracen la cultura occidental porque no existe ninguna otra que sea mejor.

Puede que el fascismo, el nazismo o el comunismo nacieran en el Occidente geográfico, pero desde luego eran radicalmente antiooccidentales porque chocaban de lleno con el espíritu libertario de la Revolución Francesa. Yo no voy a negar que en Occidente se han escrito muchas páginas bochornosas de la historia. O que nuestro estilo de vida adolezca de fallas dignas de sonrojo. Pero aún así, la civilización occidental es, con todos sus defectos, que los tiene y muchos, la mejor del mundo. Pero con muchísima diferencia. Yo no creo en razas superiores pero sí en civilizaciones superiores. Y desde luego una nación donde una mujer puede conducir un coche es mejor que una donde si comete adulterio la lapidan hasta morir.

Sin ánimo de menosprecio, y aún reconociendo que todas las culturas son fascinantes y que de todas ellas sin excepción se puede aprender algo valioso (aun de la más atrasada), yo no me escondo: creo en la incontestable y aplastante superioridad de la civilización occidental. Como mentalidad, como comunidad de valores. Es mejor que cualquier otra. Y si alguien no se lo cree, pues que compare la nómina de Premios Nobel de los países occidentales con la de los que no lo son. La mentalidad occidental es la que mejor funciona en el mundo, la que ha traído más progreso, más prosperidad y más libertad. Lástima que hayan tantos occidentales a los que les han lavado el cerebro para odiarse a sí mismos y a lo que son.

Grecia: una tragedia épica.

Hace miles de años a las orillas del mar Mediterráneo nació la civilización occidental de la mano de un sinfín de pequeñas ciudades-estado como Creta, Micenas, Esparta, Atenas,  Jonia, Corinto, Elis, Olimpia, Aquea, Delos o Macedonia que legaron al mundo un esplendor cultural que es admirado aún hoy.

Con el devenir de los siglos, todas aquellas micronaciones (más de doscientas) desaparecieron y llegó el moderno estado de Grecia, que si bien no es el heredero nacional si lo es moral y cultural de todas aquellas fabulosas civilizaciones que conocemos hoy con la inexacta y poco apropiada denominación de “Antigua Grecia”.

La península griega ha padecido el colonialismo como ninguna bajo la bota opresora del Imperio Romano, Bizantino y finalmente Otomano. Tras sufrir el yugo turco por más de 350 años, el actual estado griego nace con la declaración de independencia de 1821, en la que se separa de Turquía, su archienemigo eterno.

El país nacía para reverdecer los laureles de la antigua Atenas, pero desde su fundación todo ha sido digno de una tragedia griega. Una Grecia unida y grande hacía soñar con viejas glorias, pero en 200 años no ha aportado al mundo nada de relevancia política, económica o cultural a diferencia de los microestados del ayer.

Es una de las patrias más atrasadas de Europa, donde la falta de seriedad de las autoridades, la corrupción gubernamental, la vagancia de los  trabajadores, la economía sumergida y el fraude fiscal son males acentuados. Desde 2010 sufre una brutal crisis económica. Grecia ha quebrado y los especuladores se ceban con ella.

Es el estado con más islas del Viejo Continente (unas 6.000), una tierra hermosa y soleada con un gran legado histórico que atrae a los turistas. Pero ahí acaba la cosa. La moderna República Helénica nada tiene que ver con la antigua Atenas, que fue cerebro del mundo, eso está claro. Grecia, más que un país, es una tragedia.

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