¿Qué dice la Biblia de la homosexualidad?

En los últimos tiempos la homosexualidad ha tenido una creciente aceptación social. Sin embargo, si hacemos un ligero repaso a la Biblia veremos que Dios la considera un acto abominable; un pecado de suma gravedad, no un estilo de vida como ahora los grupos de presión homosexuales quieren hacer ver.

1) La homosexualidad en el Antiguo Testamento.

La Biblia es muy clara al respecto: la homosexualidad es abominación a los ojos de Dios hasta el punto de que, en el Antiguo Testamento, era castigada con la muerte: «No te echarás con varón como con mujer; es abominación» (Levítico 18:22). Veamos otro  pasaje: «Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron: ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre» (Levítico 20:13).

Conocida es la historia de Sodoma y Gomorra (puede leerla en Génesis 19); unas ciudades donde el homosexualismo estaba extendido entre todos los hombres, del más anciano al más joven (Génesis 19:4); tal fue su perversión que Dios decidió destruirlas enviando fuego y azufre.

Dios condena también la perversión del travestismo: «No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace (Deuteronomio 22:5). Y advierte también sobre la sodomía: «No haya ramera entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel. No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abominación es a Jehová tu Dios tanto lo uno como lo otro» (Deuteronomio 23:17-18).

2) La homosexualidad en el Nuevo Testamento.

¿Podría ser  que la homosexualidad fuese considerada un pecado en la antigüedad y que ya no lo fuese actualmente, debido a que vivimos en tiempos modernos y nuestra sociedad del siglo XXI ya no es la de hace miles de años? Me inclino a pensar que para el Señor la pecaminosidad de este acto continua vigente hoy. Pensemos que no solamente se repudia en el Antiguo Testamento, sino también en el Nuevo. Veamos qué le decía el apóstol Pablo a los romanos:

«Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complace con los que las practican» (Romanos 1:24-32).

También Pablo, en su epístola a Timoteo, insiste: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino  para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y  para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado» (1 Timoteo 1:9-11).

Pablo advierte también a los corintios sobre el pecado sodomita: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:9-11).

No solamente Pablo, también el apóstol Judas recuerda la gravedad de este pecado: «También Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra la naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 7).

3) ¿Cuál es la verdadera voluntad de Dios?

El Señor Jesús siempre abogó por el matrimonio heterosexual como creado por Dios al principio, y nunca por el gaymonio y lesbimonio. Leámoslo: «Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne: lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:4-6).

4) Conclusión.

La homosexualidad es abominación a los ojos de Dios. Su verdadera voluntad es que el hombre se uniera con la mujer y viceversa, no que sigan orientaciones sexuales que van contra natura. Pero ojo, Dios odia el pecado pero ama al pecador. Su voluntad es que el sodomita se arrepienta y abandone su desviación. A menudo el homosexual es una persona que sufre y mucho a causa de su condición; por tanto debemos tratarle con respeto y comprensión. Y muy importante: que nadie heterosexual se atreva a considerarse mejor que un homosexual por el solo hecho de no serlo. Todos los seres humanos sin excepción somos pecadores (Romanos 3:23) y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra (Juan 8:7). La idea de este artículo no es apuntar con el dedo acusador a nadie, tan sólo constatar que la práctica homosexual es, con la Biblia en la mano, un pecado muy grave, no un estilo de vida moralmente aceptable por muy de moda que ahora pueda estar. No frente a los ojos de Dios.

¿Qué quiere decir que Jesús murió en la cruz para salvarnos?

Pregunta de Michelle León.

Pamplona, Navarra. España.

¿Por qué murió Cristo en la cruz? ¿Qué significa su crucifixión? Hoy en día se ha perdido el significado que conlleva dicho gesto de entrega. Y es normal, pues tiene que ver con una cultura (la judía), un país (Israel)  y una época (la de hace 2.000 años) que no son los nuestros, con los que no estamos muy familiarizados y que, por lo tanto, es normal que nos suenen extraños. Voy a intentar explicar con palabras sencillas lo que significaba en la sociedad judía el sacrificio del cordero y su relación con la crucifixión de Cristo. Pero como no es asunto sencillo, pondré primero un ejemplo actual para que el lector pueda entenderlo mejor.

Piense por un instante en cuál es, de entre todas sus pertenencias, su objeto preferido… Quizás se trate de su ordenador, de su teléfono móvil, de su ropa, de su colección de sellos, su coche, quizás sea un peluche de la infancia, la televisión, el dinero… Piénselo. En mi caso, que soy un lector empedernido y un bibliófilo declarado, se trata de mi abultada colección de tebeos y libros.

En la antigüedad la posesión más preciada era el ganado, y muy especialmente el cordero. En aquella época tener ganado era símbolo de riqueza. Los animales tenían un valor doble: como dinero (al venderlos) y como alimento (al matarlos). De hecho, en la Biblia siempre que se habla de alguien rico, inmediatamente se menciona el número de cabezas de ganado que tenía. Es como si hoy dijéramos: «Fulanito es muy rico; tiene quince pisos y once coches».

Pues bien, cuando los judíos cometían un pecado, para pedir perdón a Dios sacrificaban un cordero (algo altamente valioso en aquella época). Es como si en la actualidad, cada vez que yo peco contra Dios quemara una colección de tebeos o un libro antiguo… Para mí, que me encanta leer, supondría un sacrificio muy grande. O es como si un coleccionista de sellos renunciase a una parte de sus sellos. O como si un rico renunciase a su Ferrari. O como si usted renunciase a su objeto preferido. Evidentemente, duele. Es, como una forma de sacrificarse, de desprenderse de algo importante para nosotros. Era como decir: «Mi posesión X me importa mucho, pero Dios aún más, y para demostrárselo voy a renunciar a algo que para mí resulta muy valioso, aunque me duela».

Ésta era la forma en que los judíos demostraban su amor a Yaveh. En contrapartida, se entendía que cada vez que se hacía este sacrificio, Dios perdonaba los pecados de esa persona. Pero llegó un momento en que el Señor quiso demostrar a los humanos que Él los amaba a ellos aún más que ellos a Él. Así que si los humanos entregaban su pertenencia más valorada (el cordero), Jehová les entregó a ellos lo más precioso que tenía: a su hijo, Cristo.

Cristo vino a la Tierra con la misión última de ser sacrificado como un cordero. La crucifixión en absoluto le llegó de sorpresa. Al contrario: Él ya sabía muy bien a lo que venía. Así, con el derramamiento de su sangre preciosa, Dios perdonaba los pecados de la humanidad. O al menos los de aquellas personas que se arrepientan de su mala conducta y crean en Jesús como su Señor y salvador. Por esto es que se llama a Cristo «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Un judío mataba a un cordero para que se lavasen sus pecados. Dios sacrificó a su propio hijo como a un cordero para lavar los pecados del mundo. Es más, la Biblia entera, el cristianismo entero, se puede sintetizar a la perfección en un solo versículo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su único hijo para que todo aquel que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

¿Era imprescindible sacrificar a su propio hijo para perdonar los pecados a la humanidad? No necesariamente. Yaveh podría haber dicho simplemente: «Vale, estáis perdonados». Pero Él prefirió hacer una gigantesca demostración de amor que además encajaba a la perfección en la sociedad y la tradición judías del momento. Es como decir: «No sólo te perdono tus pecados; es que te amo tanto que además estoy dispuesto a morir por ti. Y en una muerte de cruz, además». ¿Qué mayor muestra de amor que ésa? Mucha gente sería reticente a dar su vida por un familiar. Cristo dio la vida por todos; incluso por aquellos que le escupían, se burlaban de Él o lo asesinaron. Y ojo, porque quienes lo mataron no fueron los judíos o los romanos. Fuimos todos. A Cristo no lo mató una cruz o unos clavos o una lanza sino nuestros pecados. Porque Jesús murió y resucitó para lavar los pecados de toda la humanidad, pasados, presentes y futuros. Incluídos los suyos y los míos.

¿Por qué Jesucristo es el Dios verdadero?

¿Todas las religiones son igualmente válidas? ¿Todas te salvan? Hay muchos nombres para la religión en el mundo, pero todos ellos encajan dentro de la misma categoría. Todas las religiones, a excepción hecha de la cristiandad bíblica, te explican que tú vas a obtener un premio en la otra vida (llámale cielo, paraíso, nirvana, etc.) y que lo vas a lograr por tus propios méritos; es decir, por hacer buenas obras o cumplir con determinados rituales religiosos.

Sin embargo, la Biblia te explica algo radicalmente diferente: que todos los seres humanos somos pecadores y que por lo tanto quedamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Hablando en cristiano (nunca mejor dicho): que cualquier persona que tenga pecado no tiene permitido entrar en el cielo. Y el problema es que todas las personas tenemos pecado y que por lo tanto, no podemos salvarnos a nosotras mismas ni entrar en el cielo.

La única posibilidad de salvación que tenemos entonces es que  venga una tercera persona: un salvador, un socorrista, y nos salve. Por eso es precisamente que Dios envía al mundo a un salvador; para que éste nos rescate, nos salve de nuestros pecados. Y ese socorrista se llama Jesucristo. Por eso es tan importante declararlo con el corazón y con la boca como nuestro señor y salvador. Quien acepte a Cristo se salva, quien lo rechace se condena.

Pondré un ejemplo muy gráfico y todo el mundo lo entenderá enseguida: imagina una persona que no sabe nadar y se lanza a una piscina honda. Lógicamente, se ahogará. Las religiones del mundo le dirán: «Tranquilo, tú te vas a salvar a ti mismo, por tus méritos te vas a salvar». Mientras que el cristianismo bíblico le dice: «Tú no te vas a salvar por ti mismo… La única posibilidad es que un socorrista se lance dentro de la piscina y que te saque de ella».

Pues bien, ese socorrista es Jesús.  Quien acepte a Cristo se salva, quien lo rechace se condena. No se trata de religión. Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14:6). Fíjate qué nos dice: «Nadie va al Padre (a Dios, al cielo en definitiva) sino por mí». No dice nadie va al Padre sino a través de una religión, o a través de una iglesia o a través de tus buenas obras. Nos dice exactamente: «Nadie va al Padre sino por mí».

No se trata de ser católico, protestante, ortodoxo o judío porque no te va a salvar una religión. Tampoco te va a salvar de tus pecados una iglesia, porque está compuesta por pecadores (sería como si una persona que no sabe nadar quisiera salvar a otra que se está ahogando). Ni tampoco te vas a salvar por tus obras, pues dice la Biblia que la salvación es un regalo del Señor  y que nadie se salva por sus obras para que no se enorgullezca (Efesios 2; 8-9).

No, no se trata de «religión» en el sentido tradicional de la palabra (ir a misa, rezar el Padre Nuestro y el Ave María, conmemorar la Semana Santa e ir a la procesión del Corpus Christi). No se trata de un «protocolo ceremonial», de un «ritual», de una «burocracia litúrgica» sino más bien de tener una relación personal, familiar, próxima, directa con Cristo, que es Dios. Pues dijo Jesús: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Juan 11:25).

¿En Cristo se cumplen las profecías de que Dios encarnado vendría a la Tierra?

En estos días en que conmemoramos el nacimiento de Jesús debemos tener en cuenta que con la venida de Cristo al mundo se cumplen literalmente cientos de profecías del Antiguo Testamento que advertían que Dios mismo se encarnaría en el cuerpo de un hombre, que caminaría entre las personas  y que vendría al mundo con la misión de salvar  a la humanidad de sus pecados. Es imposible desde el punto de vista probabilístico que  tantísimas profecías se cumplan en la figura de un hombre y éste no sea el salvador prometido en las Escrituras. Un falso mesías podría haber tratado de autocumplir las profecías y hacer ver al mundo que él era el salvador, pero si hubiese sido un impostor jamás hubiese podido hacer realidad cosas que escapaban a su control directo, como por ejemplo determinar su lugar de nacimiento (Miqueas 5:2) o la reacción de la gente ante su mensaje. Veamos una pequeñísima muestra que corrobora lo dicho:

1. Entrará a Jerusalén:

Profetizado: Zacarías 9:9

Cumplimiento: Mateo 21: 1-9; Juan 12:12-16

2. Irá montado en un pollino:

Profetizado: Isaías 53:12; Zacarías 9:9

Cumplimiento: Marcos 11.1-11

3. Sufrirá con los pecadores y orará por sus enemigos:

Profetizado: Isaías 53:12

Cumplido: Mateo 27:38; Marcos 15:27-28; Lucas 23:23-24

4. Será rechazado por su propia gente:

Profetizado: Isaías 53:1; Isaías 53:3; Salmo 118:22

Cumplimiento: Juan 1:11; Juan 12:37-43; Mateo 26:3-4; Hechos 4: 1-12

5. Será traicionado por un amigo:

Profetizado: Salmo 41:9

Cumplimiento: Juan 1:11; Juan 12:37-43; Mateo 26:3-4; Hechos 4:1-12

6. Vendido por 30 piezas de plata:

Profetizado: Zacarías 11:12

Cumplimiento: Mateo 26:14-16

7. En silencio delante de sus acusadores:

Profetizado: Isaías 53:7

Cumplimiento: Mateo 27:12-14; Marcos 15:3-5; Lucas 23:8-10

8. Juzgado y condenado:

Profetizado: Isaías 53:8

Cumplimiento: Mateo 27: 1-2; Lucas 23:1-25

9. Golpeado, torturado, escupido, humillado, burlado y mofado:

Profetizado: Salmo 22:7-8; Isaías 50:6; Miqueas 5:1

Cumplimiento: Mateo 26:67; Mateo 27:26-30; Mateo 27:39-43; Marcos 14:65; Marcos 15:19; Lucas 22:63-64; Lucas 23:11; Lucas 23:35; Juan 19:1-3

10. Se le ofreció vinagre para apagar su  sed.

Profetizado: Salmo 69.21; Salmo 22:15

Cumplimiento: Mateo 27.34; Juan 19.28-30

11. Echaron a suertes sus ropas:

Profetizado: Salmo 22:18

Cumplimiento: Mateo 27:35; Marcos 15:24; Juan 19:23-24

12. Crucificado, sus manos y pies son traspasados:

Profetizado: Salmo 22:16; Zacarías 12:10

Cumplimiento: Lucas 24:39; Juan 19:18; Juan 19:34-37; Juan 20:27; Apocalipsis 1:7;

13. Ejecutado, ningún hueso fue roto:

Profetizado: Éxodo 12.46; Salmo 22:17; Números 9:12

Cumplimiento: Juan 19:31-36

14. Morirá como sacrificio por nuestros pecados y como expiación por los pecados de la humanidad:

Profetizado: Isaías 53:5-12

Cumplimiento: Juan 1:29; Juan 11:49-52; Hechos 10:43; Hechos 13:38-39; I Corintios 15:3

15. Enterrado con los ricos en su muerte:

Profetizado: Isaías  53:9

Cumplimiento: Mateo 27:57-60

16. Levantado de su muerte:

Profetizado: Salmo 16:10; Isaías 53:9-10

Cumplimiento: Mateo 28:1-20; Marcos 16:1-8; Lucas 24:1-48; Juan 20:1-31; Hechos 2:23-36

17. Ascenderá a la diestra de Dios:

Profetizado: Salmo 16:11; Salmo 68.18-19; Salmo 110:1

Cumplimiento: Lucas 24:51; Hechos 1:9-11; Hechos 7:55; Hebreos 1:3

Tercer Mundo espiritual.

Hace unos años viajé a Venezuela con la convicción de que iba a visitar el Tercer Mundo. Y la verdad sea dicha vi pobreza, desigualdades, la falta de agua potable, un pésimo servicio de recogida de basuras y otras cuestiones que ahora no viene al caso comentar. Pero también me impresionó sobremanera el enorme avivamiento espiritual que experimenta no sólo ese país sino toda América Latina. Una vez más allí donde hay abundante injusticia y dolor, la población se encomienda más a Dios.

Una auténtica explosión de iglesias evangélicas ha surgido en América en las últimas décadas. Hay una en cada barrio y su expansión es imparable: por ejemplo una iglesia puede pasar de 50 miembros a 250 en sólo dos años. Por el contrario, aquí en el Reino de Valencia el número de fieles permanece estancado desde hace años. La iglesia más grande de Venezuela es Maranatha (en Valencia, Carabobo) con más de 5.000 fieles. Por contra, aquí ninguna iglesia alcanza el millar de ovejas.

Allí vi cosas que en mi país nunca había visto. Vi cómo en cada culto había varias personas que daban un paso al frente y aceptaban a Jesucristo (jamás he visto esto en mi tierra). Vi que hacen bautizos cada 15 días (aquí a duras penas se reúne gente para hacer un bautizo anual). En Colombia se han llegado a hacer bautizos masivos de 3.000 personas en un solo día. Y lo que más me llamó la atención: allí los cristianos van a la plaza mayor del pueblo y pregonan el Evangelio en voz alta a la gente.

Todo esto ha producido un innegable beneficio social: por cada persona que se congrega en una iglesia evangélica y que conoce al Señor hay en la calle una prostituta menos, un drogadicto menos, un borracho menos. Allí los cristianos son muy perseverantes en su fe y su proselitismo, son grandes conocedores de la Biblia, ayudan económicamente a las personas más necesitadas y fomentan en la sociedad una costumbre tan sana como la de bendecir los alimentos a la hora de comer.

En cuanto a mi país: aborto libre, experimentación con embriones, eutanasia, matrimonio gay, ateísmo, islam, iglesias que agonizan… Cuando me marché de la República de Venezuela me di cuenta de que soy yo el que vive en el Tercer Mundo. Porque el Reino de Valencia (y Europa en general) es el Tercer Mundo espiritual. Tan sólo le pido a Dios que tenga misericordia de este rincón del orbe y que la bendición del Evangelio nuevamente sea derramada con fuerza si es que es su voluntad.

Israel: el pueblo escogido por Dios.

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Israel es la punta de lanza de la democracia en Oriente Próximo, un bastión de la civilización occidental y la primera muralla de defensa de Europa frente al terrorismo islamista. Es la Tierra Santa donde nació, murió y resucitó Jesús. Pero por encima de todo, Israel es, le pese a quien le pese, el pueblo escogido por  Dios.

Después de casi 2.000 años de inexistencia, Israel volvió a ser un estado en 1948; de este modo se cumplió la promesa de Jehová de que reuniría a su pueblo y lo devolvería a su país (Ezequiel 36:24). Israel no existe por casualidad: es la voluntad divina la que lo sostiene pues debe cumplir un importante papel en el futuro.

Desde su nacimiento ha enfrentado mil y una guerras, conflictos e intifadas: Guerra de la Independencia (1948), Guerra del Sinaí (1956), Guerra de los Seis Días (1967), Guerra de Desgaste (1968-70), Guerra del Yon Kipur (1973), Guerras del Líbano (1982 y 2006) y un infinito etcétera. Israel cuenta las batallas por victorias.

Los judíos son un pueblo brillante y trabajador capaz de convertir un pequeño pedazo de tierra en una de las naciones más poderosas de la Tierra o de hacer florecer un vergel de naranjos en medio del árido desierto. Su inteligencia y talento asombran: sólo hay 15 millones de judíos y han ganado casi 200 premios Nobel.

Algunos malintencionados comparan a los hebreos con los nazis, pero lo cierto es que los alemanes mataban a los judíos porque pretendían exterminarlos mientras que los israelíes combaten contra terroristas para evitar que éstos les maten. Israel lucha por sobrevivir pues sabe bien que el día que pierda una sola guerra será su fin.

El judío es el pueblo que más ha sufrido en toda la historia de la humanidad y necesita de una patria para que nunca más se repita el Holocausto. Este pequeño estado es capaz de mantener a raya a más de 1.400 millones de musulmanes que desean su aniquilación. Y lo hace porque cuenta con la protección del mismo Dios.

Cristianos y vida pública.

El pasado 17 de octubre de 2009 más de un millón y medio de personas se manifestó en Madrid contra el aborto. A pesar de ello, el gobierno socialista del presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, ha logrado aprobar en el Congreso una nueva ley que legalizará el aborto libre, que permitirá a las chicas de 16 años interrumpir su embarazo sin ni siquiera informar a sus padres y que hace que el aborto pase de ser un delito despenalizado en tres supuestos (peligro físico o psicológico para la madre, malformación del feto y violación) a ser considerado un derecho civil. 

¿Cómo puede ocurrir esto? Sencillo. Porque los cristianos no estamos comprometidos. ¿De qué sirve que salga a las calles 1.500.000 manifestantes si cuando lleguen las elecciones va a votar por un partido abortista como el PSOE o por otro partido igualmente abortista como el PP?  Más valdría tener en el Congreso a un partido antiabortista con 1.500.000 votos que hacer una manifa que no deja de ser un disparo de escopeta con pólvora mojada. Sin embargo, la Iglesia Católica le hace la pelota al PP. Y en las iglesias evangélicas ni se habla de la ley genocida y asesina aprobada en España.

En el fondo hemos caído en la trampa que nos han tendido los socialistas y los ateos. Nos dicen que nosotros, los cristianos, podemos tener nuestras ideas, por supuesto, pero que nuestras creencias deben quedar en el ámbito de lo privado, en nuestras casas, en nuestras iglesias, de puertas para adentro. Dicho de otro modo; que no tenemos derecho a influir en la vida pública. Y lo curioso es que somos tan estúpidos que les seguimos el juego. Nos hemos atrincherado en nuestros templos y apenas hacemos caso de lo que sucede fuera de ellos. Como si no nos afectase lo que pasa en este mundo.

Empresarios, sindicatos, cineastas, culturetas, ecologistas, feministas, homosexuales, islámicos, inmigrantes, ateos… Parece que absolutamente todo el mundo tiene derecho a exponer públicamente sus ideas y a tratar de influir en la sociedad y en los partidos políticos. Solamente a los cristianos se nos insiste por activa y por pasiva en que nos callemos, en que no tenemos derecho “a imponer nuestras creencias a los demás”. ¿Pero los ateos y los homosexuales sí pueden imponer las suyas? Aquí todo el mundo trata de arrimar el ascua a su sardina. Tan sólo los cristianos renunciamos a ello.

 Matrimonio homosexual, poligamia, aborto, eutanasia, destrucción de embriones, ateísmo militante… No me extraña que se haya desatado en Europa un sunami de inmoralidad, un oleada de inmundicie que lo impregna todo. Pues resulta que los cristianos somos el freno a la maldad y hemos abdicado de nuestro papel. Así pues, que a nadie extrañe que Europa naufrague en un lodazal de pecado. Solamente si los cristianos nos comprometemos de verdad a defender nuestros valores y a participar de la vida pública y política con todas las consecuencias podremos hacer frente a Satanás.

El modelo a seguir se llama Jesús.

En mis tiempos de ateo y anticlerical clamaba contra la hipocresía de algunos cristianos (o así llamados) que iban a la iglesia el domingo y se comportaban como auténticos hijos de Satán de lunes a sábado. En la actualidad no son pocos los ateos que nos recriminan a los cristianos que nuestro comportamiento no es todo lo correcto que debería ser. Y la verdad es que tienen razón. A menudo nos encontramos que existe una distancia considerable entre nuestras palabras y nuestros actos. Y desde luego en no pocas veces cometemos fallos y nos equivocamos. Yo el primero, que conste.

Ahora bien, esto ha pasado siempre, no sólo en la Iglesia actual sino aun en la primitiva. Cuando Jesús llegó al mundo no vino a seleccionar precisamente a los más santos, a los más inteligentes  o a los que mejor conocían las Escrituras. No. Escogió a Pedro (que le negó tres veces), a Pablo (que era un asesino), a Judas Iscariote (un traidor), a Mateo (un traidor a su patria), a Tomás (un incrédulo), a María Magdalena (una adúltera…) y a unos apóstoles que eran unos cobardes porque a la hora de la crucifixión casi todos se marcharon corriendo a esconderse con el rabo entre las piernas.

¿Qué quiere decir todo esto? Jesús no quiere superhéroes. Él busca a personas normales y corrientes, con sus virtudes y con sus miserias, que si han llevado una vida de pecado sean capaces de dar un giro de 180º a sus vidas, arrepentirse y iniciar el camino recto. Todos somos pecadores. Todos tenemos flaquezas, debilidades, todos cometemos errores. También los creyentes, pues, al fin y al cabo, somos personas y como tales contamos con una naturaleza pecadora. La Santa Biblia está llena de arriba abajo de reyes, de apóstoles y profetas que, pese a su gran fe, a veces le fallaban a Dios.

Yo soy cristiano y le diría a un ateo que no se fije en mí, que no tome ejemplo de mí porque no soy un ejemplo de nada en absoluto. Pero que tampoco tome ejemplo del Papa, ni del obispo, ni del cura, ni del pastor evangélico, ni de su vecina del cuarto ni del de más allá. Porque todos nosotros somos personas. Y como personas que somos, tarde o temprano fallamos. Le diría que tome como modelo a Jesús, que no le va a fallar nunca. Él es el ejemplo inmaculado y perfecto de cómo vivir una vida en santidad, sin mancha alguna. En Él es quien debemos fijarnos; en Cristo y en nadie más.

Por qué están dejando de ser ateos.

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Desde los 17 años de edad he albergado el sueño de ser escritor algún día. En mayo de este mismo 2009 logré publicar mi primer libro. Se titula Por qué dejé de ser ateo y lo ha editado Dinámica. Durante años fui un furibundo ateo y anticlerical hasta que me di cuenta del absurdo que era negar la existencia del Señor. La obra es una respuesta a los cincuenta argumentos ateos más habituales (por ejemplo “Si Dios existe ¿por qué nadie ha demostrado su existencia?”, “¿Por qué Dios consiente desgracias en el mundo?” o “Jesús no era Dios, tan sólo un hombre”). Argumentos ateos que quedan desmontados por un ex-ateo desde la filosofía, la religión y muy especialmente desde la ciencia. Y lo mejor de todo es que se está vendiendo a un precio de venta al público que es muy muy barato.

Ha sido publicado en Florida, y poco a poco está llegando a las librerías cristianas de Estados Unidos, Hispanoamérica y España. Se ha comercializado en la Feria del Libro de Corferías (Bogotá), una de las más grandes de Latinoamérica, y ya es un libro de lectura recomendada en las escuelas de secundaria de Colombia. Según me comenta el editor, Álex Valdovinos, se está vendiendo con bastante celeridad (por ejemplo en una librería de Perú habían pedido 30 ejemplares para probar y a la semana siguiente pedían 300). Ya trabajamos en la segunda edición en castellano y la primera en portugués para irrumpir en el mercado de Portugal y Brasil. Y todo eso en unos pocos meses y sin apenas invertir un dólar en publicidad. Pero el boca a boca está siendo nuestra mejor arma.

Por supuesto no hemos logrado un hito ni nada por el estilo. De hecho, esto es sólo el comienzo. Es como cuando un barco va a emprender un largo viaje y recién está zarpando del puerto. Así estamos nosotros; nuestro bajel es ahora que comienza su travesía. Y sabemos que no será nada fácil; seguramente nos encontremos con mares agitados y fuertes tempestades. Pero no nos importa en exceso porque contamos con el viento a favor y el mejor capitán. Lo más curioso es que cuando escribí Por qué dejé de ser ateo lo guardé directamente en una estantería y allí estuvo cogiendo polvo durante más de un año. No pensé que fuera a interesarle a ninguna editorial. Es más; llegó un momento en que ya ni tan siquiera me acordaba de él. Quién me iba a decir que al final sería todo un éxito.

Edito:

Le invito a que lea la noticia que publicó Protestante Digital y sobre todo que escuche la entrevista de audio (la puede descargar en formato MP3) que la periodista Esperanza Suárez me hizo en Emision.net . En ella abordo brevemente algunos de los muchos temas que se tratan en este libro:

NOTICIA ESCRITA: http://www.protestantedigital.com/new/leernoticiaCiu.php?14940

ENTREVISTA AUDIO: http://www.emision.net/new/audios/091020josueferrer.mp3

Escopir al cel.

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Quan pense en les moltes aberracions que cometem els humans, una sobre totes elles m’aterra especialment: l’abort. En la meua opinio no es pot caure ya més baix: resulta pijor inclus que la guerra o l’holocaust nazi. Perque en la guerra (encara que és un estrepitós fracas de la civilisacio humana en la que el 90% de morts és civil) al menys matem a “l’enemic”. I dic enemic entre cometes perque tots sabem que la majoria de voltes en una guerra s’ataca a gent que no nos ha fet res. Pero, almenys, i encara que siga en la teoria, vas a per l’enemic. L’abort tambe resulta pijor que el holocaust judeu. Perque en l’holocaust perpetrat pels nazis, o en qualsevol dels genocidis o neteges etniques que ara mateix estan en marcha en Africa o Asia, se sol assessinar a gent adulta. I normalment eixes victimes no són familiars, amics ni coneguts del vil eixecutor que els arrebata la vida.

Pero és que l’abort és encara més abominable. Perque en la guerra mates a l’enemic, en el genocidi mates a un estrany, pero en l’abort mates a un bebe que damunt és el teu fill. Si ad aixo li sumes disfrassar lo macabre de llibertat i progrés… en eixe cas, sí que hem arribat a la cuspide de la perversio, de la degeneracio, a l’acte suprem de burla i crueltat. I passa tot aci en el Primer Món, en la vella Europa, en el continent que presumix de ser el breçol de la civilisacio occidental, el puto melic del mon. A voltes mire a la gent de la selva i em pregunte qui són realment els salvages i qui els civilisats. No ho tinc gens clar. Els progres miren als països islàmics i s’escandalisen perque una dòna porte un mocador en el cap. I no obstant, contemplen en total normalitat que cada any més de 100.000 chiquets siguen abortats en Espanya. L’hipocresia d’esta gent fa fredat.

Lo que està passant en els nostres temps recorda als passages de la Biblia que relaten com les dònes portaven als seus fills recent naixcuts a sacrificar-los al dimoni Molloch. Molloch era una enorme estatua de bronze en la boca oberta i els braços estesos, en les mans juntes i les palmes cap amunt, dispost a rebre el sacrifici. Dins de l’estatua hi havia un forn en el que s’encenia un foc que s’alimentava continuament durant l’holocaust. El bebe era depositat en les mans del dimoni i era lliteralment abrasat viu per les flames. Hui no tenim a un Molloch sino a molts. Cada abortori és un altar en honor a este dimoni. Qui se pense que exagere, li convide a que contemple cóm a un chiquet de quatre mesos de gestacio li succionen el cap en una aspiradora, com el desquarteren a trossos, com li arranquen del tronc les extremitats perfectament formades. Perque aixo és un abort.

Eren les propies mares les que entregaven a les seues victimes a Molloch -igual que hui les entreguen a meges sense escrupuls- mentres els sacerdots tocaven trompetes i tambors per a que no s’escoltaren els plors desesperats del bebe que es cremava viu. Hui tenim a la prensa interpretant la seua particular simfonia per a que no pugam escoltar la veu de la consciencia ni la denuncia dels homens justs. Nos diu la Biblia que Yaveh s’encolerisà tant al vore aquell horror que decidi exterminar als seguidors de Molloch (Levitic 20:2-3). Lo que està passant en els nostres dies és un desafiament en tota regla a Deu. Que ningu s’estranye si Ell nos castiga. Potser en una crisis economica sense precedents, potser sent dominats pels musulmans, potser en el retorn a la dictadura o als temps de la fam. O potser de qualsevol atra manera. Estem escopint al cel i nos pot caure en la cara.

FONT: Som nº 245. Setembre de 2009.

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