Falacia atea: Los discípulos se lo inventaron todo y convirtieron a Jesús en un mito.

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No pocos escépticos y amigos de la teoría de la conspiración se atreven a afirmar que Jesús existió como un profeta, como un hombre, y que tras su muerte fueron los discípulos los que comenzaron a exagerar los hechos, agrandar la leyenda y acabar convirtiendo a un simple maestro en la divinidad que realmente nunca fue.

Pero en verdad nada de esto tiene sentido. Pensemos que los apóstoles vivieron codo a codo con Jesús. Si se hubiera tratado de un farsante, deberían haberlo abandonado. Ellos tenían la firme convicción de que era el mesías, el que iba a libertar al pueblo de Israel. Sin embargo, su muerte en la cruz fue un palo para ellos.

Tras su crucifixión, los apóstoles pensaban que todo había terminado. Se sintieron tristes, decepcionados y lo que es peor aún: aterrorizados. Fueron a esconderse a sus casas con el rabo entre las piernas. Tenían un temor más que justificado de que tras su líder, ellos podrían ser los próximos en ser apresados por los soldados romanos.

Si ellos sabían que todo era una mentira, ya sea que Jesús mintió al decir que Él era el Hijo de Dios o bien que nunca hubiera dicho tal cosa y hubieran sido los apóstoles los que lo hubieran querido convertir en un dios después de muerto… ¿Qué sentido tiene hacer esto si sabían que era una mentira? ¿Qué ganaban con ello?

¿Qué ganaban con ir pregonando que Jesús era el mesías (si ellos sabían que no era así)? Los apóstoles no montaron una de esas sectas que exigen favores sexuales a sus adeptas. Ni tampoco se lucraron económicamente como hacen hoy los pseudopastores de la teología de la prosperidad sino que eran pobres como ratas.

Pedro, Andrés, Santiago hijo de AlfeoFelipe, Simón y Bartolomé fueron crucificados.  Mateo y Santiago (Jacobo), hijo de Zebedeo, asesinados a espada. Judas Tadeo, muerto por las flechas enemigas. Juan, de  muerte natural. Santiago, hermano de Jesús, apedreado. Tomás, atravesado por una lanza.

No ganaron fama ni gloria ni dinero ni sexo ni nada. Al contrario. ¿Por qué? ¿Por qué complicarse la vida con una mentira? El escritor Josh McDowell se pregunta: ¿Quién moriría por una mentira? Es cierto que hay gente que ha dado su vida por una causa falsa, por una mentira… ¡pero porque pensaba que era verdad!

¿Qué pudo suceder para que unos tipos que se sentían aterrorizados, decepcionados, fracasados y con la moral por los suelos de repente cobraran coraje y comenzaran a predicar a Cristo? ¿Qué pudo ocurrir para que el feroz anticristiano Pablo se convirtiera en el más ardiente cristiano de la noche a la mañana?

Si la resurrección de Jesucristo nunca hubiera ocurrido (si esto hubiera sido falso), los apóstoles lo habrían sabido. Por tanto, habrían muerto por una mentira sabiendo que era mentira. Totalmente ilógico. Sólo ver a Jesús resucitado de entre los muertos pudo infundirles el ánimo de volver a predicar aún a riesgo de sus vidas.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Togo: el espejismo de la libertad.

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La colonización de Togo comienza con los acuerdos de los jefes locales con Alemania en 1884. Tras la derrota germana en la Primera Guerra Mundial, el país fue repartido entre Francia y Reino Unido. La parte británica se incorporó a Ghana en 1956. En la parte francesa se creó la República Autónoma de Togo en 1957.

Pero en 1960 el país conocido como «La costa de los esclavos» se declaraba independiente. Parecía que la libertad estaba al alcance de la mano pero fue sólo un espejismo. Tras siete años de gobierno civil de Sylvanus Olympio, el coronel Etienne Eyadema derrocaba el gobierno con un golpe y se hacía con todo el poder.

Eyadema instauró un régimen de partido único, asesinó a sus adversarios políticos y controló sucesivos intentos de golpe de estado. Su autocracia comenzó en 1967 y acabó con su muerte en 2005 y fue la más larga de África hasta hoy: 38 años. Los togoleses seguían siendo esclavos. El negrero, ahora, era de dentro, de casa.

El caudillo antes de morir dejó el país en manos de su hijo Faure Gnassingbe, que tomó el mando con el apoyo de los militares y las fronteras y aeropuertos fueron cerrados. La comunidad internacional rechazó el cambio, así que Faure anunció elecciones. Ahora Faure sigue gobernando legitimado por comicios farsa.

Las cifras en Togo son dramáticas: el 39% de las niñas en edad escolar no está matriculado o ha abandonado la escuela. El 38,7% de la población vive bajo la línea internacional de la pobreza de 1,25 dólares por día y el 69,3% bajo la línea de 2 dólares por día. Pobreza, analfabetismo, sufrimiento y falta de identidad nacional.

El idioma oficial es el francés, aunque se hablan otros como kotocoli, kabiye o gbe. Practica el islam, el animismo y el vudú. Tiene una agricultura de subsistencia.  Togo no es independiente realmente. Incluso para organizar las elecciones necesita ayuda de la exmetrópolis. La costa de los esclavos sigue soñando con ser libre.

Falacia atea: Jesús fue un maestro humano de la moral, un mentiroso, un loco o simplemente estaba equivocado.

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El escritor C.S. Lewis denunció la estupidez que supone que haya personas que aseguren de Jesús que fue un gran maestro de la moral pero no Dios. Esto es absurdo, ya que según Lewis alguien que dijera lo que dijo Jesús -que era el Hijo de Dios- sólo podía ser tres cosas: un mentiroso, un loco o bien quien realmente dijo que fue. «Puedes encerrarle por ser un tonto, puedes escupirle y matarle por ser un demonio; o caer a sus pies y llamarle Señor y Dios. Sin embargo, no salgamos favoreciendo la necedad de que Él fue un gran maestro humano. Él no dejó eso para que nosotros lo decidamos. No tuvo esta intención» -dice C.S. Lewis-.

1) Jesús fue sólo un gran maestro humano, sólo un maestro de la moral. Ésta es una de las más absurdas visiones que los ateos tienen sobre Jesús. Él nunca se presentó a sí mismo de este modo. Él no decía de sí mismo que fuera un profeta más, como podría serlo Elías, Isaías o cualquier otro. Fue mucho más lejos.  Se presentó al mundo como el mesías, el Cristo, el Hijo de Dios. Por lo tanto considerarlo sólo un mero maestro humano es poner en su boca algo que realmente Él nunca dijo y no atender a sus palabras y acciones, que lo muestran claramente como el salvador de la humanidad, el Verbo hecho carne, como Dios mismo.

2) Jesús fue un mentiroso. Muchos ateos dicen que Jesús no era Dios pero sí un gran maestro de la moral. Esto es en sí una contradicción, ya que si Jesús mentía acerca de su divinidad entonces era un embustero, un hipócrita, alguien que pidió a otros que fueran honrados cuando él mismo predicaba una mentira descomunal. Es más, era un demonio pues le dijo a otros que confiaran en Él respecto a su destino eterno. Finalmente también habría sido estúpido, al dejarse crucificar por una mentira. Definitivamente el perfil de Jesús, con su carácter tan noble y puro, tan lleno de amor y misericordia, no coincide con el de un burdo impostor.

3) Jesús fue un loco. Quizás Jesús no mintiera. Quizás creyera realmente que era Dios porque simplemente estaba loco. Como quien en la actualidad afirma ser el emperador Napoleón Bonaparte. Sin embargo, no observamos en Él las anormalidades y el desequilibrio que puede notarse en los dementes. Su sensatez y compostura son incompatibles con la esquizofrenia. Él predicó algunas de las verdades más hondas de la historia ¿puede alguien mentalmente perturbado lograr algo así? Su desconcertante sabiduría a la hora de hablar y actuar no sólo no casan bien con la paranoia, sino que más bien denotan una mente realmente lúcida.

4) Jesús estaba equivocado. El escritor ateo Richard Dawkins considera otra opción: que Jesús estuviera honestamente equivocado. Pero esto es como decir que uno puede estar honestamente equivocado sobre ser Napoleón. Es imposible si estás en tu sano juicio. Uno puede no estar en lo cierto sobre tal o cual teoría científica o sobre si en la temporada X la NBA la ganó tal o cual equipo. Uno puede defender  un error apasionadamente, vehemente, al estar confundido. Pero ojo, Jesús afirmaba ser el Hijo de Dios. No es cuaquier cosa. Son palabras mayores.  Nadie que diga esto puede estar honestamente equivocado y cuerdo a la vez.

No  tiene sentido decir que Jesús fue sólo un gran maestro humano porque Él nunca se presentó a sí mismo como tal, sino como el mesías, como el Hijo de Dios. Si no creemos que esto último sea posible entonces deberemos concluir que fue el mayor embustero de todos los tiempos o un demente cuya locura ha llegado a nuestros días ya que nadie puede que esté en su sano juicio puede estar honestamente equivocado sobre un tema de tal calibre. Jesús, mentiroso, loco o Señor. Cualquiera de los tres es posible pero ¿cuál es más probable? Hay que decidir uno de los tres. Yo, como Tomás, sólo puedo decirle: «¡Señor mío y Dios mío!».

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: La Biblia no es un documento histórico fiable.

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¿Es la Biblia un cuento chino? La gente por lo general no es consciente de la enjundia de este libro de libros que es la Santa Biblia. Siempre se habla de Herodoto como el padre de la historiografía pero la realidad es que Moisés es el más antiguo de los historiadores y Génesis el documento más antiguo sobre ciencia humana. Los Salmos son unos cánticos preciosos escritos mucho antes del nacimiento de Homero y la Biblia un excepcional documento histórico muy anterior a la ciudad de Troya. Esdras -un contemporáneo de Confucio– fue el que comenzó a ordenar todos los libros del Antiguo Testamento hasta conformar el canon actual. Y podríamos citar muchos más, pero no es necesario. ¿Son confiables los documentos bíblicos? Para saber si un documento histórico es fiable o no, el escritor Josh McDowell dice que debemos aplicarle tres pruebas que, de acuerdo al historiador C. Sanders, son los principios básicos de la historiología. Son la prueba bibliográfica, la prueba de las evidencias internas y la de las externas.

1) Prueba bibliográfica. Se trata de un examen de la transmisión textual mediante el cual los documentos llegaron a nosotros. En otras palabras ¿cómo de confiables son las copias que tenemos en relación con el número de manuscritos y el intervalo de tiempo transcurrido entre el original y la copia existente? Tenemos escritos de Tucídices, Herodoto, Aristóteles, César, Tácito o Tito Livio y de cada una de estas obras nos han llegado unos pocos manuscritos (en algunos casos menos de diez) y el manuscrito más antiguo es posterior en torno a mil años (a veces más) a los escritos originales que nunca llegaron a nuestras manos. En contraste, del Nuevo Testamento existen hoy existen más de 20.000 copias manuscritas, redactadas en su mayoría por testigos oculares de primera mano y datadas en el siglo I DC, es decir, sólo unas pocas décadas después de que ocurrieran los hechos. ¿Cómo es posible que nadie dude ni por un instante de la veracidad de esos autores clásicos y sin embargo se ponga en tela de juicio la Biblia?

2) Prueba de las evidencias internas. Trata de determinar si un documento es fieble y hasta qué punto. La crítica literaria todavía sigue la máxima de Aristóteles: «El beneficio de la duda se debe atribuir al documento mismo, no al crítico». En este sentido, no se debe asumir que hay fraude o error en un texto, a menos que el autor se contradiga a sí mismo o aporte aspectos inexactos respecto de hechos conocidos. La proximidad geográfica y cronológica de los testigos a los acontecimientos de la vida de Jesús confirma su fiabilidad.  Los apóstoles hablaban frente a espectadores no siempre amistosos y les decían «como vosotros mismos sabéis» (Hechos 2:22) pero no eran contradichos. Los evangelistas relatan muchos incidentes que, de haber sido inventores, los hubieran encubierto: la huida de los apóstoles tras el arresto de Jesús, la negación de Pedro, el hecho de que Cristo no hizo milagros en Galilea, etc. Finalmente, los datos que se aportan (monarcas, fechas, sucesos, gobiernos…) concuerdan con los de la sociedad de su tiempo.

3) Prueba de las evidencias externas. ¿Cuáles son las fuentes que existen, fuera de la literatura que se está analizando, que comprueban su exactitud, confiabilidad y autenticidad? Varios son los autores clásicos que se refieren a Cristo, como Flavio Josefo, Tácito, Suetonio,  Plinio el Joven o Luciano. También amigos del discípulo Juan como Papias, arzobispo de Hierápolis o Ireneo, obispo de Lyon. Todos los yacimientos arqueológicos encontrados en Israel, Palestina, Egipto y alrededores no hacen sino conformar la veracidad de la Biblia. Los masoretas transmitieron las Escrituras de generación en generación con un cuidado escrupuloso, punto por punto y coma por coma, hasta el extremo de que los descubrimientos de los rollos del Mar Muerto en 1947 nos confirman que el Antiguo Testamento actual es en esencia el mismo de hace 2000 años. También hay testimonios paganos, como los jeroglíficos egipcios, con la Piedra de Rosetta a la cabeza, o las inscripciones de Palestina, así como las de Asiria y Babilonia, entre otras.

La conclusión es clara: la Santa Biblia no es solamente la Palabra de Dios sino también la fuente historiográfica más importante de toda la Antigüedad. Tanto es así que, si a pesar de toda la abrumadora cantidad de pruebas, decidimos descartar este libro como una fuente fiable, por esa misma regla de tres, y con más razón todavía, deberíamos descartar toda la literatura de la Antigüedad al completo y los libros de historia no podrían existir. No se puede aplicar un patrón o prueba a la literatura secular, y otro distinto a la Biblia. Tenemos que aplicar la misma prueba, sea literatura secular o religiosa. De lo contrario, estamos recurriendo a una doble vara de medir. Si se es honesto, se verá la hipocresía que supone aceptar la biografía de Alejandro Magno, redactada por Plutarco en su obra Vida de Alejandro el siglo I DC (cuatrocientos años de distancia del biografiado) y luego negar validez a los Evangelios, escritos por testigos oculares a los pocos años de vida de Jesús. Nada, salvo el prejuicio y la cerrazón, explica esta actitud.

Bibliografía consultada:

McDowell, Josh. Más que un carpintero. Editorial Unilit. 1997.

Young, Edward J. Una introducción al Antiguo Testamento. Grand Rapids: Editorial Tell. 1977.

Vidal, César. Por qué soy cristiano. Planeta. 2008.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: El Nuevo Testamento no es fiable ya que se escribió mucho tiempo después de que ocurrieran los hechos.

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Muchos ateos piensan que ya que la resurrección de Jesús no puede ser probada científicamente, entonces no es real. Pero el método científico no puede demostrarlo todo; sólo sirve para experimentos que pueden ser repetidos en un ambiente controlado. Si sólo existiera el método científico, no podrías demostrar que hoy has estado en clase a primera hora de la mañana.  Para demostrar si un hecho histórico fue verdadero o no, recurrimos a la prueba histórica legal, basada en el testimonio oral, escrito y exhibición de objetos, y que sirve para demostrar que algo es un hecho fuera de toda duda razonable. Cuando hablamos de Jesús y decimos que Él fue el Hijo de Dios, que obró milagros y proezas y que resucitó es frecuente escuchar a un ateo preguntarte: «¿Pero cómo podemos saber que eso fue realmente así? ¿Cómo fiarnos de esos textos? Quién sabe si es todo inventado. Además, fueron escritos muchos años después de la muerte de Jesús y en todo este tiempo se han podido exagerar los hechos y forjar una leyenda que creció poco a poco». Pero ¿y si aplicáramos esta misma vara de medir a todos los demás libros?

Al respecto, el escritor Josh McDowell comenta: «Tenemos a nuestra disposición la historia escrita por Tucídides (460-400 AC), la cual se basa sólo en ocho manuscritos que datan del año 900 DC, es decir de 1300 años después de que lo escribiera. Los manuscritos de la historia de Herodoto son de una fecha igualmente posterior y escasos pero como indica F.F. Bruce «ningún erudito en la literatura clásica estaría dispuesto a escuchar el argumento de que la autenticidad de Herodoto o Tucídides sea puesta en duda por el hecho de que los manuscritos más primitivos de sus obras que podemos leer fueron escritos 1300 años después de escritas las obras originales». Aristóteles escribió su obra Poética alrededor del 343 AC. Sin embargo la más antigua copia data del 1100 DC. Esto quiere decir que entre el original y la copia hubo un período de 1400 años. Sólo existen cinco manuscritos de esta obra. César compuso su Historia de las guerras gálicas entre el 58 y el 50 DC. La autoridad de su obra, en lo que se refiere a manuscritos, se basa en manuscritos escritos mil años después de su muerte».

En contraste, del Nuevo Testamento hoy existen más de 20.000 copias manuscritas y la mayoría de especialistas concuerda en que los textos fueron redactados en el siglo I DC, es decir, sólo unas pocas décadas después de que ocurrieran los hechos y en el caso de los discípulos por fuentes de primera mano además, es decir, por testigos oculares, por hombres que conocieron a Jesús en persona y que vivieron y trabajaron codo a codo con él. ¿Pero cuándo fueron redactados los Evangelios?  ¿Muchísimo después de la muerte de Jesús como dicen los ateos? ¡Nada más lejos de la realidad! Sir Frederic Kenyon, quien fue director y bibliotecario del Museo Británico, afirmó: «El intervalo entre las fechas de la composición original y la más primitiva evidencia existente es tan pequeño que, verdaderamente, es insignificante». Por su parte William Albright, considerado el más destacado arqueólogo bíblico a nivel mundial, escribió: «Podemos afirmar con absoluta seguridad que ya no hay ninguna base sólida para determinar el tiempo en que se escribió el Nuevo Testamento en fecha posterior al 80 DC».

Dicho de otro modo, obras esenciales de la Historia nos han llegado en número de manuscritos muy inferior a los Evangelios y en textos separados por un número de siglos que se acerca al milenio, pero nadie duda de su veracidad. ¿Por qué aplicar un criterio diferente a los Evangelios que nos  han llegado en un número mucho mayor y en manuscritos mucho más cercanos a la obra original? ¿Por qué la Biblia ha de ser la excepción a la regla? La Biblia -y en modo especial el Nuevo Testamento- supera con sobresaliente la prueba histórica legal ya que tanto los testimonios escritos así como la exhibición de objetos que los prueban (a través de la arqueología por ejemplo) no hacen sino reforzar la idea de que esta obra no es únicamente la Palabra de Dios sino también la fuente historiográfica más importante de toda la Antigüedad. ¿Cómo aceptar como veraz un texto separado del acontecimiento descrito por más de mil años y luego desconfiar de uno separado del hecho por apenas cincuenta años? No existe ninguna razón de peso para ello salvo el prejuicio, que dicho sea de paso constituye un criterio muy poco científico.

Bibliografía consultada:

McDowell, Josh. Más que un carpintero. Editorial Unilit. 1997.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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¿Sabías que la radio es un invento valenciano?

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Después de más de seis años de investigación el profesor de la Universidad de Navarra Àngel Faus afirmó con contundencia en 2005 en su obra La radio en España (1896-1977) que el inventor de la radio no es el físico italiano Guglielmo Marconi como hasta ahora creíamos sino el ingeniero valenciano Juli Cervera Baviera.

Juli Cervera nació en Segorbe (Alto Palancia) en 1854. Fue comandante de ingenieros del Ejército Español y desempeñó un papel destacado en la defensa de la colonia de Puerto Rico.

Pero tras la derrota de España a manos de Estados Unidos en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 (que supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, y el desplome del imperio español), Cervera se interesó mucho en lograr un sistema rápido de comunicaciones entre las tropas para evitar que España perdiera también la colonia de Marruecos, donde él estuvo destinado.

Con tal motivo, en 1899 le fue concedido un permiso de tres meses para viajar a Londres y trabajar con el físico Guglielmo Marconi y su ayudante, George Kemp.

El italiano Marconi inventó la radiotelegrafía sin hilos (es decir, la transmisión de pequeñas señales o impulsos electromagnéticos a través del aire), la patentó en 1896 y demostró al mundo su eficacia en 1901.

Pero fue el valenciano Juli Cervera el que inventó la radiotelefonía sin hilos (esto es, la transmisión de voz y sonido a través del aire, lo que hoy conocemos como radio) y de hecho la patentó a su nombre en 1899 en España, Bélgica, Alemania y Gran Bretaña.  Marconi no trabajó en la transmisión de voz sin hilos (es decir, en la radio) hasta 1913.

Cervera escribió decenas de libros, fundó en Madrid en 1902 la Sociedad Anónima Española de Telegrafía y Telefonía sin Hilos y en 1903 la Escuela Libre de Ingenieros de Valencia. A partir de ahí se pierde su pista.

La historia ha sido injusta con este valenciano ilustre. Marconi recibió el Premio Nobel de Física en 1909 y amasó una fortuna mientras que Cervera cayó en el olvido, quizás por la desidia que siempre hubo en el Estado Español a apoyar la ciencia.

Pero la única verdad es que el valenciano Juli Cervera inventó la radio con más de una década de antelación sobre Marconi. Justo será que se le reconozca tal honor… aunque llegue con cien años de retraso.

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Ruanda: hutu contra tutsi.

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Ruanda es un pequeño estado ubicado en las inmediaciones de los Grandes Lagos de África. En esa tierra habitaron desde tiempos inmemoriales los pigmeos twa, cazadores, hasta que en el siglo I se instaló un pueblo bantú, los hutu, que son campesinos. En el siglo XV llegaron los tutsi, ganaderos, que impusieron su fuerza.

A pesar de ser abrumadora mayoría -90% en Ruanda- los hutu han estado oprimidos por siglos por una monarquía tutsi que los convirtió en siervos merced a un feudal sistema de castas. Los colonos belgas y alemanes apoyaron esto en el siglo XIX y XX hasta que la colonia de Urundi-Ruanda se rompió en Ruanda y Burundi.

En 1962 Ruanda se independizó, cortó lazos con la feudal monarquía tutsi y se declaró república. Los belgas ponían en el carnet de identidad la pertenencia a la casta, la educación estaba reservada sólo a los tutsi y los hutu cumplían trabajos forzados así que con el nacimiento del nuevo estado los hutu exigían venganza a gritos.

Más de la mitad de la población tutsi de Ruanda huyó entre 1959 y 1962. El general Juvenal Habyarimana se hizo con el poder con un golpe de estado en 1973, triunfó en la guerra civil (1990-1993) e inició una política discriminatoria y racista contra los tutsi, hasta el punto de instigar y de encubrir masacres contra ellos.

El magnicidio de este dictador hutu en el año 1994 causó una oleada de indignación en el país que acabó en un genocidio en el que 800.000 ruandeses, tutsi en su mayoría, fueron exterminados. La situación fue distinta en Burundi, donde la élite tutsi conservó el poder y logró contener la embestida de la mayoría hutu.

Ruanda actualmente es un país densamente poblado donde el hambre es crónica y la pobreza endémica y que sobrevive con una agricultura de subsistencia. Pero lo más difícil está por llegar: el perdón y la reconciliación nacional entre unos tutsi nostálgicos de la tiranía de antaño y unos hutu que aún sueñan con la solución final.

Burundi: tutsi contra hutu.

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Burundi es una pequeña nación a orillas del Lago Tanganica. Los twa, los hutu y los tutsi han habitado la región desde hace siglos, los últimos de los cuales bajo una tiránica monarquía tutsi. Los colonos alemanes y belgas crearon la colonia de Urundi-Ruanda, que tras la descolonización se descompuso en Burundi y Ruanda.

El estado tiene la segunda renta per cápita más baja del mundo, sólo superada por el Congo Democrático. Es un país densamente poblado y agrícola. La mayoría es católica y hay minorías musulmanas, evangélicas y animistas. Los tutsi aún hoy promueven el perverso y secular sistema de castas que hizo de la mayoría hutu su sierva.

El Reino de Burundi se independizó en 1962. A pesar de que los tutsi eran sólo el 15% de la población tenían todos los resortes del poder del nuevo estado. Hubo conflictos desde el primer día: magnicidio de un primer ministro hutu en 1965, caída de la monarquía en 1966 así como sucesivas dictaduras militares y golpes de estado.

En 1972, como respuesta a un ataque hutu, los tutsi asesinaron 200.000 hutu en Burundi. En 1988 el choque entre hutu y tutsi costó la vida de 150.000 hutu. Tras aquellas masacres se hizo propósito de enmienda y se intentó un gobierno no étnico pero el primer presidente hutu del país fue asesinado en 1993 por militares tutsi.

En 1994 los presidentes de Burundi y Ruanda -ambos hutu- murieron tras ser derribado con un misil el helicóptero en el que viajaban. Esto provocó el Genocidio de Ruanda (800.000 muertos, tutsi en su mayoría) y exacerbó la Guerra Civil de Burundi (1993-2005), donde hubo 300.000 muertos de ambas castas.

Ahora hay un escenario de calma tensa en el país. La élite tutsi sigue controlando el ejército, la policía y el dinero pero ya no puede impedir que el 85% de burundeses hutu vote por candidatos de su casta. Los tutsi temen una venganza como la de Ruanda y se esmeran en seguir controlando todos los poderes en Burundi.

Hutu: el resentimiento y la venganza.

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Los hutu son uno de los pueblos más notables de los Grandes Lagos de África. Es éste el hogar tradicional de los pigmeos twa, hasta que los hutu -un pueblo bantú- se asentaron en la región en el siglo I y dominaron a los twa con pequeños reinos locales. Finalmente los tutsi colonizaron la zona en el siglo XV y sojuzgaron a ambos.

A pesar de ser el 85% de la sociedad en Burundi y casi el 90% en Ruanda, los hutu han estado  bajo la opresora bota tutsi por 500 años. En el siglo XX los colonos belgas inculcaron que los hutu eran una raza inferior que debía obedecer a los nobles tutsi. Y los marxistas que los hutu se rebelaran contra sus señores feudales.

A pesar del racismo institucional,  no existen grandes distinciones étnicas, lingüísticas o culturales entre hutu y tutsi, pero sí de clase. Los primeros son agricultores, siervos y pobres y los segundos ganaderos, poderosos y ricos. Realmente se trata no tanto de razas distintas como más bien de un sistema de castas.

Los hutu son un pueblo de siervos avasallado por siglos por la despótica élite tutsi, que tras la descolonización pasó a detentar los resortes  culturales, políticos y militares de los nuevos estados. Pero con la llegada de la democracia la mayoría hutu se hizo con el gobierno en Ruanda aunque los tutsi siguieron controlando Burundi.

En Burundi 200.000 hutu fueron masacrados en 1972 y otros 150.000 en 1988. Además, hubo 300.000 muertos (de ambos bandos) en la guerra civil entre 1993 y 2005. En 1994 una facción extremista hutu asesinó a modo de venganza a 800.000 ruandeses, el 80% de ellos tutsi y el resto hutus moderados opositores al régimen.

No han sido éstas las únicas matanzas pero sí las más sangrientas. Los hutu están convencidos de que todos los problemas se resolverían si los tutsi desaparecieran de la faz de la Tierra. No es de extrañar tras sufrir 500 años de tiranía. Es la historia de un resentimiento arcano, una venganza no completada y un odio sin fin.

Tutsi: la aristocracia dominante.

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Los tutsi son uno de los pueblos más poderosos de los Grandes Lagos de África. Allí históricamente vivieron los pigmeos twa, hasta que en el siglo I se asentaron los hutus -un pueblo bantú- que dominaron a los twa. Y finalmente llegaron los invasores tutsi en el siglo XV, que acabaron sometiendo tanto a  unos como a otros.

Los tutsi viven en los actuales Ruanda y Burundi. Pese a no ser más del 15% de la población de esa zona, acapararon todo el poder por 500 años. A finales del siglo XX, con la llegada de la democracia, la mayoría hutu se hizo con el gobierno en Ruanda pero la élite tutsi lo conservó en Burundi. También los hay en Uganda y Congo.

Los twa son bajos, los hutus tienen una estatura media y los tutsi altos, aunque los matrimonios mixtos han reducido estas diferencias. A grandes rasgos no existen grandes distinciones étnicas o culturales entre hutus y tutsi, pero sí de clase. Los primeros son agricultores, siervos y pobres y los segundos ganaderos, poderosos y ricos.

Los hutu, los tutsi y los twa hablan los mismos idiomas (el Kinyarwanda y el Kirundi) pero los colonos alemanes y belgas exaltaron las diferencias culturales e inculcaron la idea de dos razas, hasta que en el documento de identidad figuraba a cuál pertenecían. Si poseías al menos diez cabezas de ganado, eras considerado tutsi.

Había leyes discriminatorias. Por ejemplo, si un tutsi asesinaba a un hutu, los del linaje del hutu podían matar al tutsi en venganza, pero si un hutu asesinaba a un tutsi, los del linaje del tutsi podían matar al hutu y a otro miembro de su familia. Si un tutsi y un hutu se casaban, el segundo ascendía automáticamente de clase social.

La despótica aristocracia tutsi siempre avasalló cruelmente a la mayoría hutu y los colonos europeos apoyaron esta abominable política de discriminación. El resentimiento acumulado es tal que hutus y tutsis trataron de exterminarse mutuamente a través de espantosas guerras y genocidios desde mediados del siglo XX.

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