Falacia atea: Jesús no aparece en fuentes documentales clásicas aparte de la Biblia.

Dentro de la rumorología atea, se escucha a veces un murmullo de fondo que dice que Jesús nunca existió ni como Dios ni tan quisiera como hombre: la figura histórica de Jesús sería un invento porque fuera de la Biblia no existen documentos antiguos que hagan referencia a Cristo. Tal acusación es un absurdo mito.

Varios eruditos clásicos -no cristianos- documentaron la existencia de Jesús. El historiador judío Flavio Josefo en su obra Antigüedades de los Judíos, dice así:

«Vivió por este tiempo un hombre sabio, si es que propiamente se le puede considerar hombre, puesto que obraba maravillas; un maestro para quienes estuviesen dispuestos a recibir la verdad con alegría. Atrajo a su lado a muchos, tanto de los judíos como de los gentiles. Era el Cristo. Y cuando Pilato, a instancias de nuestros principales jefes, lo condenó a ser crucificado, aquellos quee desde el principio lo habían amado no lo abandonaron; porque Él se les apareció vivo al tercer día, según predijeron los profetas de Dios ésta y otras diez mil semejantes y admirables cosas referentes a Él. Los cristianos, así llamados por el nombre de Él, no se han extinguido hasta hoy».

Tácito, un historiador romano del siglo II, escribiendo en sus Anales acerca del reinado de Nerón, mencionó la muerte de Cristo y la existencia de cristianos en Roma:

«Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible librar a Nerón de la infamia de haber sido él, quien ordenó el incendio. Y así, el príncipe para apagar esta voz y justificarse, dio por culpados del crimen y comenzó a castigar con refinados géneros de tormentos a los que comunmente se llamaban cristianos, los cuales eran aborrecidos del vulgo por los excesos que se les atribuían. Su nombre lo tomaron de su fundador llamado Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces de reprimió un tanto aquella perniciosa superstición; pero tornó a reverdecer no solamente en Judea donde este mal comenzó, sino también en Roma…»

También el historiador romano Suetonio, en Vidas de los césares, Nerón, comentó de una forma muy breve respecto del que por entonces era un nuevo culto:

«(Nerón) aplicó castigos a los cristianos, una clase de hombres entregados a una nueva y peligrosa superstición».

Por su parte, Plinio el joven, corresponsal del emperador Trajano, habla en una de sus Cartas refiriéndose a los cristianos según los había podido conocer en Asia:

«Afirmaban, sin embargo, que su completa culpabilidad, o su error, era que tenían el hábito de reunirse en un cierto día fijo, antes del amanecer, dedicándose a cantar en alternados versos un himno a Cristo como a un Dios, comprometiéndose entre sí, por medio de un solemne voto, no sólo a no cometer  acciones malvadas, sino a ni siquiera cometer fraude, hurto o adulterio; a no prometer en falso, ni a negar  un encargo cuando se les pidiera su devolución…»

Finalmente, Luciano, el satírico del siglo II, habló burlonamente de Cristo y de los cristianos. En su obra La muerte del peregrino aludió a Cristo de este modo:

«…el hombre que fue crucificado en Palestina, porque introdujo este nuevo culto en el mundo… Además, su primer legislador los persuadió de que todos ellos son hermanos, unos de los otros, y esto después de haber transgredido sus leyes una vez para siempre negando la existencia de los dioses griegos, y ahora adorando a aquel sofista crucificado, y viviendo bajo sus leyes».

Talos fue un escritor secular del siglo I D.C. Su obra se perdió y sólo nos quedan fragmentos citados por otros escritores. Aquí, Julio Africano cita a Talos, que mencionó la oscuridad que cubrió la tierra cuando Jesús murió en la cruz. Africano, en su Cronografía, dice:

«Talos, en el tercer libro de sus historias, explica la oscuridad como un eclipse de Sol, lo cual me parece irrazonable (es irrazonable, por supuesto, porque un eclipse de Sol no ocurre durante la época de la Luna llena, y cuando Cristo murió fue durante la Luna llena de la Pascua)» .

Flegón, en su obra Crónicas, también habla de la oscuridad durante la crucifixión de Jesús. Aunque su obra está desaparecida, Julio Africano conservó un fragmento en su Cronografía:

«Durante la época de Tiberio César ocurrió un eclipse de Sol durante la Luna llena».

Este acontecimiento aparece registrado también por Orígenes, autor del siglo III, y por Filopon, escritor del siglo VI.

Mara Bar-Serapio, un filósofo sirio, escribió una carta a su hijo desde la cárcel poco después del año 70 D.C. En ella compara a Jesús con los filósofos Sócrates y Pitágoras. Él dice así:

«¿Cuál es la ventaja que obtuvieron los atenienses por matar a Sócrates? Hambruna y plaga les llagaron como juicio por su crimen. ¿Cuál es la ventaja que obtuvieron los de Samos por quemar a Pitágoras? En un momento su tierra fue cubierta con arena. ¿Cuál es la ventaja que obtuvieron los judíos por ejecutar a su Rey sabio? Fue justo después de eso que su reino fue abolido. Dios vengó con justicia a estos tres sabios: los atenienses murieron de hambre; los samianos fueron abrumados por el mar; los judíos, arruinados y echados de su tierra, viven en una completa dispersión. Pero Sócrates no murió para siempre; continuó viviendo en la estatua de Hera. Ni el Rey sabio murió para siempre; continuó viviendo en la enseñanza que había entregado».

En el Talmud babilónico leemos:

«En la víspera de la Pascua Yeshu fue colgado. Durante 40 días previos a su ejecución, un heraldo salía y gritaba: «Él va a ser apedreado porque ha practicado la brujería y ha seducido a Israel a caer en la apostasía. Si alguien tiene algo que decir en su favor que se presente y ruegue en su favor». Puesto que nadie se presentó, él fue colgado en la víspera de la Pascua» (Sanedrín 43a; cf. T. San. 10:11; y San. 7:12; Tg. Ester 7:9).

Estos breves pasajes de Cristo y el cristianismo fueron escritos por hombres que ignoraban la historia de este movimiento, y que eran abiertamente hostiles a sus ideas. Existen otros muchos pero no creemos necesario citarlos todos. Gracias a estas breves notas sabemos que en el siglo II ya era un culto extendido y que la existencia histórica de Jesús era conocida incluso por sus enemigos.

Bibliografía consultada:

Nuestro Nuevo Testamento de Merill C. Tenney. Editorial Portavoz. 1989.

Nueva evidencia que demanda un veredicto. Josh McDowell. Casa Bautista. 2005.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: Si Dios existiera haría milagros gigantescos para que todos creyéramos en Él.

Los ateos y los escépticos en general se quejan de que Dios no da señales de vida. En los tiempos bíblicos hacía milagros espectaculares pero hoy no los vemos. Si en aquella época la gente necesitaba de fenómenos sobrenaturales para creer en una realidad sobrenatural, también lo necesitamos en la actualidad. Y a mí no me cabe ninguna duda de que si viéramos milagros gigantescos hoy, esto convertiría a algunos incrédulos, pero es una falacia muy común pensar que los convencería a todos.

La fe de las personas, aun de las creyentes, es muy pequeña. Hace miles de años Dios abrió el Mar Rojo para que los judíos lo atravesaran… pero cuando Moisés se retiró al desierto 40 días, pensaron que había desaparecido, se olvidaron del Dios que les salvó de los egipcios y construyeron un becerro de oro. Habían visto cómo Yahveh estaba de su lado y era capaz de abrir el mar pero en cuanto saltó la mínima duda del paradero de Moisés ¡toda la fe de los judíos se derrumbó en un instante!

Dios les protegió en su travesía por el desierto, los alimentó con maná caído del cielo y les condujo a la tierra prometida… pero como estaba habitada por pueblos poderosos ¡tuvieron miedo y dijeron que era preferible dar la vuelta para volver a ser esclavos de Egipto! Vieron milagros portentosos en vivo y en directo pero ¡pensaban que Dios no podía derrotar a los lugareños de la región! ¿Podrá Dios abrir el mar y a la vez ser incapaz de vencer a un país diminuto? Así lo creían los judíos.

¿Y qué me dices de los apóstoles? Conocieron en persona a Jesús, predicaron codo a codo con Él, le acompañaban a todas partes, vivían con Él. Vieron con sus propios ojos cómo curaba ciegos, sanaba leprosos, hacía andar a los paralíticos y hasta resucitaba muertos… pero cuando fueron a crucificarlo, todos menos Juan corrieron como gallinas a esconderse. Estaban desmoralizados por su muerte. Y Tomás no creyó que hubiese resucitado. Seguramente a mí me habría pasado igual.

Da igual que Dios abra el Mar Rojo una vez o doscientas. Da igual que resucite a un muerto o a mil. Podrías estar al lado del mismísimo Dios, ser testigo de primera mano de milagros gigantescos y aún así… al mínimo contratiempo, dudar y tener miedo. Porque le pasó a los judíos. Porque le pasó a los apóstoles. Porque los seres humanos somos así. No tenemos remedio. Dios quiere que creamos para ver, y nosotros queremos ver para creer. Y a veces, ni aún así creemos, que es lo más triste.

Si un ateo es testigo de un milagro pequeño, buscará una explicación científica. Si es testigo de un milagro gigante para el que no hay explicación posible, entonces negará lo sucedido y dirá que ha sido un fraude, un sueño o una alucinación. Por eso es falso pensar que si Dios se sacara conejos, jirafas o incluso elefantes de su chistera, a la humanidad no le quedaría más remedio que creer. Siempre habría quien lo rechazara, porque el Señor no fuerza a nadie a creer. No obliga. Somos libres.

Ciertamente, Dios podría dar señales incontestables de su presencia. Podría escribir en el cielo con letras gigantes: «Soy Dios. Arrepentíos o pereceréis». Pero la historia dice que cree en Él solamente quién de verdad quiere creer. Y que más que una revelación externa, Dios se hace presente en las vidas de las personas con una revelación interna. Es decir,  a aquella persona que realmente desee con honestidad, con sinceridad, conocerle, el Señor se va a revelar en su corazón sí o sí.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Nación Cristiana: el pueblo de Dios.

La bandera cristiana fue diseñada por Charles Overton en Nueva York el domingo 26 de septiembre de 1897. La cruz roja significa la fe cristiana, el amor de Dios al hombre y la promesa de vida eterna. El azul, la fidelidad de Jesucristo hasta la muerte. El color blanco representa la pureza, inocencia y paz.

La flámula nació por casualidad. Un gran predicador debía acudir a la Escuela Dominical de la capilla Brighton de Coney Island pero al final no se presentó. Como había mucha gente esperando, a Overton, para entretener al personal, se le ocurrió confeccionar una bandera, inspirándose en el simbolismo de la de Estados Unidos.

Este emblema es herencia de aquel 31 de octubre de 1517, en el que el sacerdote Martín Lutero clavó en la entrada de la Iglesia del Palacio de Wittenberg las 95 tesis en que criticaba a la Iglesia Católica por apartarse de la Biblia. Lutero pedía retornar al cristianismo primitivo, lo que desató la Reforma Protestante por toda Europa.

Confiar en la Santa Biblia como la infalible Palabra de Dios, en la salvación como acto de gracia del Señor a través del arrepentimiento de los pecados y de la fe en Cristo Jesús como nuestro salvador personal, tener a Cristo -y sólo a Cristo- como cabeza de la iglesia y vivir para glorificar a Dios son los cinco pilares de esta nación.

La nación cristiana es libre, independiente y universal. No tiene ataduras terrenales. En ella hay millones de almas que viven en la Tierra de pasada, como peregrinos en tierra extraña, sabedores de que su Reino no es de este mundo. Es un pueblo pecador que suplica el perdón y la misericordia de Cristo Jesús, que es Dios.

Cristo y sólo Cristo es el rey de este pueblo. Una nación sin límites que acepta a toda la gente del mundo que crea en Él, sin importar sexo, raza, nacionalidad, condición económica o social. No puede ser restringido por ningún estado o denominación, es único, universal como el aire que respiramos: es el pueblo de Dios.

Una pregunta para los musulmanes.

Si el dios verdadero es Alá, si Dios es musulmán y rechaza a los judíos ¿por qué consiente que exista Israel? Es más ¿por qué permite la humillación que supone que 1.500 millones de musulmanes sean incapaces de derrotar un país minúsculo de apenas 6 millones de almas? «Es que los americanos apoyan a Israel» -suelen decir-. Bueno, Israel no necesitó la ayuda de país alguno en la Guerra de los Seis Días, cuando barrió del mapa a ocho naciones arabes en menos de una semana, pero aunque así fuera… ¿Y qué? ¿Acaso los Estados Unidos tienen más poder que Alá?

En la Biblia hallamos la respuesta. El pueblo escogido es Israel: «Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes» (Génesis 17:7). El hijo de la promesa es Isaac: «En cuanto a Ismael, ya te he escuchado. Yo lo bendeciré, lo haré fecundo y le daré una descendencia numerosa. Él será el padre de doce príncipes. Haré de él una nación muy grande.Pero mi pacto lo estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara de aquí a un año, por estos días» (Génesis 17:20-21).

Israel existe porque es la voluntad de Dios. El renacer de Israel de 1948 estaba profetizado: «Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra» (Ezequiel 36:24). Dios bendice a quien bendice a Israel y maldice a quien lo maldice. Por eso todos los países islámicos sin excepción están sumidos en la calamidad mientras que EEUU es una gran potencia. Génesis 12:3 dice: «Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!»

Israel es invencible porque es Dios mismo quien la protege: «Tú, que salvas con tu diestra a los que buscan escapar de sus adversarios, dame una muestra de tu gran amor. Cuídame como a la niña de tus ojos; escóndeme, bajo la sombra de tus alas, de los malvados que me atacan, de los enemigos que me han cercado» (Salmos 17:7-9) . “En torno suyo —afirma el Señor— seré un muro de fuego, y dentro de ella seré su gloria” (Zacarías 2:5 ). «Tracen su estrategia, pero será desbaratada; propongan su plan, pero no se realizará, porque Dios está con nosotros» (Isaías 8:10).

Fuente: Santa Biblia Nueva Versión Internacional 1999.

¿Qué dice la Biblia de la adivinación, la hechicería, la magia y cosas similares?

Hoy en día es frecuente ver en la televisión adivinos que echan las cartas del tarot a los que la gente llama a través de una costosísima línea telefónica para  que les revele su futuro. También es muy frecuente encontrar en la prensa general anuncios de todo tipo de curanderos, así como los horóscopos y otras previsiones astrológicas. No me cabe la menor duda de que el 99% de estos tipejos son burdos estafadores que se quieren aprovechar de la buena fe de los ignorantes (porque al fin y al cabo, si realmente ven el futuro ¿por qué no compran el boleto ganador de la lotería en lugar de sacarle dinero a gente que no llega a final de mes?). Quizás haya un 1% de ellos que sí tenga alguna facultad paranormal, aunque si esto realmente es así, sabemos, con toda seguridad, que su poder vidente procede de Satán.

Antiguo Testamento.

La Santa Biblia es muy clara y contundente al respecto: «Cuando entres a la tierra que Jehová, tu Dios, te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominable para Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas cosas abominables Jehová, tu Dios, expulsa a estas naciones de tu presencia. Perfecto serás delante de Jehová, tu Dios. Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen, pero a ti no te ha permitido esto Jehová, tu Dios» (Deuteronomio 18:9-14). La adivinación constituye un acto abominable para el Señor.

A lo largo de la Santa Biblia, Dios advierte en repetidas ocasiones que los pronósticos de los adivinos son engañosos y que por tanto no debemos confiar en ellos. El profeta Jeremías lo advirtió pero no le hicieron caso: «Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos, ni hagáis caso de los sueños que sueñan. Porque falsamente os profetizan en mi nombre. Yo no los envié, ha dicho Jehová». (Jeremías 29:8-9). También otro pasaje añade: «Y vosotros no prestéis oído a vuestros profetas, adivinos, soñadores, agoreros o encantadores, que os hablan diciendo: No serviréis al rey de Babilonia. Porque ellos os profetizan mentira, para haceros alejar de vuestra tierra y para que yo os arroje y perezcáis». (Jeremías 27:9-10).

Hoy es muy frecuente ver gente que acude a curanderos y santones que nos ofrecen algún objeto mágico para quitarnos el mal de ojo o para lograr el amor. ¿Qué dice la Palabra? «Di: «Así ha dicho Jehová, el Señor: ¡Ay de aquellas que cosen vendas mágicas para todas las manos y hacen velos mágicos para la cabeza de toda edad, para cazar las almas! ¿Habéis de cazar las almas de mi pueblo para mantener así vuestra propia vida?  ¿Y habéis de profanarme en medio de mi pueblo por unos puñados de cebada y unos pedazos de pan, matando a las personas que no deben morir y dando vida a las personas que no deben vivir, mintiendo a mi pueblo que escucha la mentira?» (Ezequiel 13:18-19). Ni hechizos ni rituales ni talismanes ni supersticiones. Dios no quiere para sus hijos nada de esto.

Para Dios la adivinación es pecado: «Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación.Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey» (1Samuel 15:23). Este pecado pone rabioso a Dios: «Pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom, y observaba los tiempos, confiaba en agüeros, era dado a adivinaciones y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira» (2 Crónicas 33:6). Y ordena: «No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo, Jehová, vuestro Dios» (Levítico 19:31). O sea que es un pecado, despierta la ira del Señor y Él mismo nos ordena evitarlos, porque nos contaminan con sus malas artes.

¿Castiga Dios la adivinación y la brujería? Sí. De hecho en el antiguo Israel tales prácticas estaban penadas con la muerte: «A la hechicera no la dejarás con vida» (Éxodo 22:18) y «El hombre o la mujer que consulten espíritus de muertos o se entreguen a la adivinación, han de morir; serán apedreados, y su sangre caerá sobre ellos» (Levítico 20:27). Por su parte, el Señor amenaza con el fuego a una adivina y a quienes le han consultado (Isaías 47:8-15). Aunque quizás la historia más fascinante es la de Saúl, primer rey de Israel, quien acude a la adivina de Endor para consultar con los muertos. Ante tal desobediencia, Dios es tajante y decice desposeerle de la corona y entregar  su reino a los enemigos filisteos (1Samuel 28:3-19). Estas prácticas son horrendas y Dios las castiga con mano de hierro.

Nuevo Testamento.

Hasta ahora hemos visto lo que dice el Antiguo Testamento, famoso por su severidad, pero ¿qué dice el Nuevo? ¿Es acaso más condescendiente con este pecado? No. De hecho, apunta directamente a quienes lo practican como firmes candidatos a quemarse en el infierno si no se arrepienten de sus fechorías: «Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Apocalipsis 21:8). Los santos y los justos podrán entrar en el Reino de los Cielos «pero los perros estarán afuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo aquel que ama y practica la mentira» (Apocalipsis 22:15). Los adivinos no serán salvados de la quema.

«Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio,fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gálatas 5:19-21). La Biblia dice que los hechiceros van al infierno, pero en no pocas versiones bíblicas leemos que, en tiempos del rey Herodes, tres magos acudieron a adorar al niño Jesús (Mateo 2:1-12). ¿Cómo es posible semejante contradicción? Sabemos que el Señor abomina la magia por lo que «magos» debe ser, en realidad, una mala traducción. Otras versiones hablan de tres hombres sabios, cosa que sí tiene mucho más sentido.

En la Palabra encontramos también la historia de cómo Pablo liberó a una muchacha del espíritu de adivinación que moraba en ella (Hechos 16:16-18), gracias a lo cuál sabemos que las personas que adivinan están poseídas por algún demonio que habita en su interior. También leemos cómo un coetáneo de Cristo, llamado Simón el Mago trató de sobornar a los apóstoles Pedro y Juan a cambio de poder transmitir el poder del Espíritu Santo, ante lo cuál los apóstoles reaccionaron escandalizados (Hechos 8:9-24). Las Escrituras también relatan que muchos de los que habían practicado la magia, se arrepintieron de sus pecados y quemaron sus libros mágicos públicamente (Hechos 19:18-20). Siempre, y en todos los casos, la magia es retratada -sin excepción- como algo malo.

«Pero sigo sin entender ¿por qué Dios se opone tan ferozmente a la adivinación? ¿Qué tiene de malo que uno consulte a la pitonisa?» -puedes preguntarte-. El Señor se opone básicamente por tres razones. La primera es que Él desea que toda nuestra fe y confianza descansen solamente en Él, y en nadie más (Jeremías 17:5-8). La segunda es que los adivinos no son de fiar porque mienten (Jeremías 29:8-9). Y la tercera, el Espíritu Santo entrega el poder de profecía (1 Corintios 12:10) pero el de adivinación proviene del diablo (Hechos 16:16-18). Dios aborrece la magia, la hechicería, la brujería, el espiritismo, la adivinación, la astrología, el horóscopo, el tarot, la quiromancia, el esoterismo, el ocultismo y otras prácticas similares porque nos apartan de la luz del Señor y nos acercan a las tinieblas de Satán.

Fuente: Biblia Reina-Valera 1995.

Falacia atea: Si hubiera un Dios nos daría pruebas irrefutables de su existencia.

Uno de los argumentos que los ateos repiten con más fuerza es la falta de señales visibles, indiscutibles, acerca de la existencia de Dios. Al fin y al cabo si hay un Creador ¿qué le costaría hacer algo lo suficientemente contundente para que a nosotros, sus criaturas, no nos quedara ni la más mínima duda acerca de que Él existe?

Dice la Biblia que quien viendo la creación niega la existencia de Dios es un necio. Además, también en nuestros días asistimos a algunos milagros cotidianos. Pero o bien la incredulidad humana es demasiado grande o bien esas señales no son lo suficientemente indiscutibles, porque nos seguimos preguntando si Dios existe o no.

Yo soy un gran aficionado a la lectura de tebeos. Uno de mis personajes favoritos es el mutante Magneto, un supervillano cuyo gigantesco poder para controlar el electromagnetismo es sólo comparable a su extraordinaria ambigüedad moral.  Si alguien así existiese en la vida real, podría conquistar el planeta entero en pocas horas.

En la película X Men  III: The Last Stand , inspirada en los cómics de X Men, se puede ver multitud de escenas espectaculares. Una me impactó especialmente: con sólo apuntar con su mano, Magneto arranca de sus cimientos el Golden Gate de San Francisco y hace que sobrevuele la ciudad, flotando como si fuera un globo.

Por supuesto Magneto es un personaje de ficción. Pero si fuese real, si viésemos a alguien capaz de hacer flotar en el aire un puente de miles de toneladas o de otras cosas semejantes… claramente diríamos de él que es Dios…. Porque al fin y al cabo ¿quién más podría tener poder suficiente para obrar prodigios de semejante calibre?

El ser humano tiene hambre de Dios. Anhela contemplar una señal indiscutible que le certifique que hay un Creador. En la lógica humana, hay que ver para creer. Pero Dios no tiene lógica humana. Tiene lógica divina, que funciona justo al revés que la nuestra. Para el Señor hay que creer para ver. Y ahí entra en juego la fe.

Decía el célebre científico Blaise Pascal que cuando Cristo vino al mundo debía obrar milagros lo suficientemente explícitos como para que la gente creyera en Él como mesías pero al mismo tiempo que no fuesen tan exageradamente explícitos como para que absolutamente todo el mundo se percatara de Él que era Dios mismo.

Jehová no es un mago que se saca conejos de la chistera. Él podría hacer que el Golden Gate flotara por encima de nuestras cabezas y otras cosas aún mucho más impresionantes para que no nos quedara ninguna duda al respecto de su existencia. Pero entonces ya no habría lugar para la fe. Y Dios nos pide creer para ver.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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¡Dios salve a Hungría!

¿Qué pasa cuando los cristianos votan por un partido genuinamente cristiano? Pues que se promulgan leyes cristianas. Llegan de Hungría noticias alentadoras de cómo una nación puede rebelarse en medio de una Europa atea, inmoral y relativista. Recientemente se ha modificado la Constitución Húngara gracias a los votos del partido conservador Fidesz del primer ministro Viktor Orban, que gobierna el país con una mayoría de casi tres cuartas partes del Parlamento nacional.

El nuevo texto reconoce la importancia histórica y cultural del cristianismo en Hungría, dice que el matrimonio es «la unión de un hombre con una mujer», no penaliza expresamente la discriminación por motivos de orientación o sexual y llama a proteger al ser humano desde el momento de la fecundación. O sea, que el aborto, la investigación con células madre embrionarias, el gaymonio y el lesbimonio se van al carajo. El país pasará de llamarse «República Húngara» a «Hungría».

«Que Dios bendiga a los húngaros». Con este simbólico saludo comienza la Constitución magiar, que entrará en vigor en 2012. Por supuesto, esto no ha sentado nada bien en esa camarilla de masones y anticristianos que es la Unión Europea (UE), que se rasga las vestiduras por la nueva Carta Magna aunque por otro lado, jamás llamó la atención a Hungría por ser la Meca del cine porno. Confío en que el pueblo húngaro no se arrodille ante las presiones fascistas de la UE.

El primer ministro Orban es un gran hombre, muy valiente (pues se enfrenta nada menos que a Alemania) y estará en mis oraciones por lo que ha hecho en su país. Ojalá tuviésemos en toda Europa más políticos íntegros como él. Por desgracia, aquí los cristianos votan por partidos políticos que fomentan el aborto, la telebasura y el homosexualismo. Es por ello que un gigantesco maremoto de inmundicie se abre paso a través de nuestras ciudades y barrios para inundarlo todo.

Católicos  y evangélicos deben unirse en defensa de los valores cristianos que  le son comunes (obviamente, en el resto de cosas no) porque existe, de hecho, una alianza (antinatura, pero alianza) de ateos y musulmanes para descristianizar Europa. Es muy triste que el voto católico o el evangélico no se diferencie en nada del voto ateo, homosexual o islamista. Si no empezamos a votar en conciencia, muy pronto los cristianos seremos perseguidos y hasta encarcelados por nuestra fe.

De luna de miel.

Casarse es una de las decisiones más importantes de la vida. Ayer cumplí con uno de mis sueños de infancia; casarme con una buena mujer. Espero poder formar un hermoso hogar y fundar una gran familia con la ayuda de Dios. De momento, me encuentro disfrutando de mi luna de miel. Actualizaré el bloc dentro de unos días.

Lo confieso: soy culpable.

Una de las cosas que hace diferente a la Palabra de Dios de otros libros llamados sagrados es que en la Biblia no se esconden las debilidades y flaquezas humanas de sus personajes. Incluso los más devotos creyentes aparecen retratados con el estigma del pecado, lo cual les hace, naturalmente, mucho más creíbles y humanos.

Cuando leo la Santa Biblia me siento identificado con muchos de sus personajes, aunque no siempre sea para bien. Me siento muy cercano a Pablo porque, como él, pasé de perseguir a Cristo a seguirle y amarle. También a Tomás, quien tenía una fe tan pequeña, que en ocasiones necesitaba ver para creer.

Admiro mucho a Mateo, quien escribió, para mi gusto personal, el más completo y apasionante de los cuatro Evangelios. Admiro su obra y el día que vaya al Cielo pienso pedirle un autógrafo. También me siento bastante próximo al apóstol Pedro, que era un cobarde pero que al mismo tiempo amaba grandemente a Jesús.

Me siento cercano a Jonás, quien era duro de corazón. Y a Jeremías, un aguafiestas que anunciaba verdades horribles que nadie quería oir. También al publicano, que imploraba a Dios que le perdonara por sus pecados. No me gustaría parecerme al fariseo que se creía mejor que los demás o a Judas Iscariote.

¿Qué podemos aprender de los personajes  bíblicos? Que Dios no busca superhéroes, sino personas normales y corrientes que, incluso con sus defectos y miserias, estén dispuestos a seguirle, a arrepentirse de sus pecados y dar un giro de 180 grados en sus vidas para caminar por el camino recto que nos marca el Señor.

En estos días de Pascua, en que rememoramos que Jesús murió en la cruz para salvarnos de nuestros pecados, no me queda más remedio que pedir perdón a Dios. Porque soy pecador, y porque mis rebeliones son los clavos que atravesaron sus manos  y pies, y la lanza que hirió su costado. ¡Perdóname, Señor mío y Dios mío!

Falacia atea: Dios no existe porque nadie explica su origen.

El escritor ateo Richard Dawkins explica en su libro El espejismo de Dios lo que el mismo llama «su argumento central» . Dawkins considera que no puedes inferir que existe un Diseñador del Universo basándote en la complejidad del Universo porque eso nos lleva a otra pregunta: ¿quién diseñó al Diseñador? y por tanto esto deja la complejidad cósmica y biológica sin explicación válida (un argumento que, como veremos, si lo diéramos por válido destruiría la ciencia). El profesor William Lane Craig replica que para aceptar que una explicación es la mejor, no necesitas tener la explicación de la explicación y pone dos ejemplos al respecto.

El primero es que si unos arquéologos excavan en una región y encuentran artefactos tales como puntas de flecha, vasijas o hachas de guerra la explicación más lógica es que fueron construidos por alguna tribu perdida. Y que los arqueólogos no sepan nada de esta tribu, de ningún modo invalida su tesis. De igual modo, añade el profesor de filosofía William Craig a modo de segundo ejemplo, si los astronautas encontraran artefactos tecnológicos en la cara oculta de la luna, estaría justificado pensar que los creó un ser inteligente incluso aunque no tuvieran ni la más remota idea acerca de quién los puso allí o de cómo fueron diseñados.

«No necesitas tener una explicación para la explicación para reconocer que una explicación es la mejor. Podemos considerar que el diseño inteligente es la mejor explicación para la complejidad biológica sin necesidad de teorizar sobre el diseñador. Esa pregunta puede ser dejada para un debate posterior. Si para reconocer que una explicación es la mejor, necesitáramos una explicación para la explicación, esto nos llevaría a una regresión al infinito. Necesitarías una explicación para la explicación de la explicación y así hasta el infinito con lo que nunca tendrías una explicación para nada y acabarías destruyendo la ciencia», dice Craig.

Yo lo veo de este otro modo: Supongamos que encontramos La Mona Lisa, que su pintor es anónimo y que nos preguntamos por su origen. ¿Qué hipótesis es más plausible? ¿Pensar que lo hizo un artista desconocido o que el cuadro se pintó él solo y a sí mismo por casualidad? Lógicamente la primera. Y porque no sepamos el nombre del pintor, su nacionalidad o en que año pintó el cuadro, no deja de ser la más razonable. No conocemos el origen exacto de Dios (tampoco a qué dedica su tiempo libre por ejemplo) pero aún así la idea de que alguien inteligente diseñó el cosmos es más racional que pensar que el universo se autocreó a sí mismo por azar.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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