Yemen: el estado fallido siempre invadido.

Para ser rigurosos el actual Yemen nace como estado en 1990. Históricamente ha sido un territorio poblado por diversas tribus con poco en común. Hay pastores en las montañas que viven como en la Edad Media, hay zonas donde los hombres visten falda y las mujeres pantalón, en algunas regiones las féminas tienen más derechos que en otras, etcétera.

Estas tierras históricamente han estado sometidas bajo la bota opresora de imperios extranjeros: etíopes, persas, islámicos, egipcios, otomanos o británicos. Es muy importante destacar que los breves períodos de tiempo en que ha sido libre, Yemen no era realmente un estado organizado sino un puzzle de tribus dirigidas por caudillos locales.

En 1916 la parte norte de Yemen se independizó de Turquía en forma de reino. De 1962 a 1970 fue a la Guerra Civil entre monárquicos apoyados por los saudíes y republicanos apoyados por Egipto. Vencieron estos últimos. Mientras tanto, Yemen del Sur, aún británica, se independizó de Londres en 1967 para convertirse en el primer estado árabe marxista.

Las relaciones entre Yemen del Norte y del Sur siempre fueron complicadas hasta el punto de ir a dos breves guerras (1972 y 1979). En 1990 por fin se unificaron ambos estados en un solo Yemen, que fue a la Guerra Civil en 1994. Desde 2014, hay otra Guerra Civil en marcha en la que Arabia Saudita participa en la defensa de un gobierno títere.

Yemen está diferenciada en tres zonas geográficas claras: la costa, el desierto y las montañas. La población habla árabe, practica el islam y presume de hermosos edificios de adobe. En líneas generales hablamos de una sociedad profundamente anclada en el pasado: otra teocracia feudal donde la falta de la libertad, la pobreza y el atraso son una constante.

Este país es una república artificial, una tribucracia en la que muchos de sus miembros apuestan por la secesión. A sus innumerables conflictos internos, cabe sumar que Arabia Saudita la ve como su patio trasero y que las potencias extranjeras la sobrevuelan como buitres. Es el estado fallido siempre invadido. Tan frágil como el cristal.

Argelia: un pueblo abierto al mundo.

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Por el territorio de la actual Argelia han pasado bereberes, árabes, omeyas, fatimíes, ziríes, almohades, mudéjares… Tras la conquista musulmana -siglo VII- se impuso el árabe y el islam allí. Por siglos fue un puzzle de tribus y reinos de taifas dominado por españoles y turcos y luego una colonia francesa de 1830 a 1962.

Argelia nació ese año como nación independiente tras una cruenta guerra (1954-1962), cuyo recuerdo es un trauma nacional. Los franceses habían transigido con la secesión de varias de sus colonias, pero hicieron lo imposible por retener a Argelia por la fuerza y cometieron auténticas monstruosidades en el intento.

Desde 1963 fue una dictadura comunista que promovió la arabización de los bereberes y nacionalizar empresas. En 1989 llegó la democracia y tres años después los islamistas ganaron las elecciones pero el ejército las suspendió, tras lo cual hubo miles de muertos. El militar es el auténtico poder en la sombra hasta hoy.

El árabe clásico es el idioma oficial del estado, pero la gente habla árabe argelino (distinto del clásico), lenguas bereberes (reconocidas como nacionales, pero no como oficiales) y francés. Hay un 70% de árabes frente a 30% de bereberes, y el 70% habla francés como segunda lengua. El 99% de los argelinos profesa el islam suní.

Argelia lo tiene todo para ser una potencia regional: es una de las naciones más modernas de África;  el estado más grande del continente desde la partición de Sudán en 2011; tiene petróleo, gas y otros recursos; una población muy joven y un inmenso potencial turístico por explotar. Pero el país no despega; es corrupto y pobre.

El norte fértil occidentalizado o el sur árido tradicional. Árabes o bereberes. Magreb o Mediterráneo. Playa o desierto. Comunismo o islam. Cerveza o sharia. Existen muchas Argelias dentro de Argelia. Pero en general, se trata de gente abierta al mundo. Y solidaria… Que se lo pregunten a los refugiados saharauis de Tinduf.

Marruecos: el último reino en el Magreb.

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Por aquí han pasado bereberes, árabes, almorávides, almohades… Marruecos como tal nace en 1666, cuando la dinastía alauita unió bajo su mando diversos reinos hasta entonces divididos. En el siglo XIX fue colonizado por Francia y España, pero se independizó en 1956. Rabat se anexionó el Sáhara Occidental en 1975.

La historia del país es la de una familia real que por siglos lo ha gobernado como si fuera su cortijo. Es la única corona superviviente del Magreb y lo es gracias a su gran capacidad de adaptación. Pasó de monarquía absolutista a parlamentaria y últimamente ha abierto bastante la mano en cuanto a las libertades y derechos civiles.

La Familia Real alauita controla todos los negocios allí. Marruecos es como una empresa y el rey su propietario. Para distraer a la gente de su atraso y su miseria, a menudo se apela al sueño expansionista de un Gran Marruecos que incluiría no sólo el Sáhara Occidental, sino también las Islas Canarias, Mauritania, Ceuta y Melilla.

Es un estado situado en el Magreb, bañado por el Mediterráneo y por el Atlántico, y una de las naciones más bellas y modernas de toda África. Pese a ello, hay gran pobreza y corrupción y oleadas de marroquíes emigran a España y Francia buscando una vida mejor. La economía es eminentemente artesanal, pesquera y agrícola.

En esta patria predomina la cultura árabe. En el pasado hubo un intento de arabizar a los bereberes -los pieles roja del Magreb- y borrar su identidad, pero fue infructuoso. Desde su independencia, Marruecos vive un florecimiento de la cultura propia y mantiene una gran rivalidad política con sus vecinos, Sáhara y Argelia.

El árabe clásico y el bereber son oficiales, el francés se usa en la enseñanza y mucha gente domina también el español. Hay una poliglosia en la que el árabe clásico y el francés son lenguas de primera y el árabe popular y el bereber de segunda. El islam llegó a la región en 682 y el 98% de este pueblo es musulmán suní.

Yibuti: un país de comerciantes.

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Yibuti es una pequeña república enclavada en el inestable Cuerno de África, limítrofe con Etiopía, Eritrea y Somalilandia. Fue un protectorado francés en el siglo XIX (bajo el nombre de Somalia Francesa primero y luego Territorio Francés de los Afar y los Issa) y obtuvo su independencia en 1977 bajo la denominación de Yibuti.

Yibuti es un crisol de culturas. Se compone básicamente de dos pueblos que conviven conflictivamente; los afar, que ocupan los dos tercios septentrionales y los issa, en el tercio meridional. Esta nación está muy influida por las culturas francesa, etíope y árabe. Fue uno de los primeros países africanos en abrazar el islam.

Es un país de comerciantes. Los habitantes de estas tierras viven a orillas del Mar Rojo y el Golfo de Adén y tienen estrechos vínculos comerciales con Egipto, India, China y Arabia desde hace milenios. Es una zona de libre comercio y el puerto de facto de Etiopía a causa de las tensas relaciones que esta patria tiene con la vecina Eritrea.

Es también tierra de poetas que cantan a los pastores nómadas de la región. Allí han nacido literatos como Mouna-Hodan Ahmed y Abdourahman Waberi. El árabe y el francés son los idiomas oficiales aunque están muy extendidos el somalí y el afar. Sin embargo, apenas hay escuelas y el analfabetismo campa a sus anchas.

La ausencia de precipitaciones dificulta la agricultura. La industria prácticamente no existe. Yibuti es un país muy pobre que depende de la ayuda exterior. El 40% del presupuesto nacional es una subvención de Francia, que a cambio obtiene petróleo y tiene instalada su mayor base militar fuera del país, con más de 4000 efectivos.

Yibuti es una dictadura. Su primer presidente, Hassan Gouled Aptidon, proclamó un régimen unipartidista. De 1991 a 2001 el gobierno estuvo en guerra civil contra rebeldes afar que exigían democracia. Ismaïl Omar Guelleh -sobrino de Aptidon- es el segundo presidente tras vencer los comicios mediante fraude.

Beduinos: los árabes más auténticos.

Los beduinos son un pueblo de diez millones de personas repartidas a lo largo de Arabia Saudita, Jordania, Irak, Libia, Egipto, Israel, Siria, Túnez, Argelia y Marruecos. O mejor dicho un conjunto de pueblos, ya que se trata de una sociedad dividida en numerosas tribus y clanes, muy a menudo enfrentados entre sí.

El origen remoto de estas gentes se pierde entre las dunas del desierto. Sus raíces están en la Península Arábiga. Se trata de tribus nómadas que van dando tumbos por las arenas. Viven en jaimas que montan y desmontan. Éstas son de pelo de camello o de cabra y protegen tanto del abrasador sol del día como de las gélidas noches.

En lo económico algunos son comerciantes y recorren las dunas en sus conocidas caravanas de dromedarios. Otros muchos son pastores transhumantes que crían cabras y viven de la ganadería. Algunos se están instalando en los bordes del desierto y practican la agricultura. Son pocos los sedentarios en esta sociedad de nómadas.

Ellos son árabes y hablan el badawi. Las tribus tienen vínculos de sangre y su cultura ha permanecido inmutable por siglos. Es como si el tiempo se hubiese paralizado. Entre sus valores destaca el honor y el valor guerrero, la hospitalidad, el aprecio a la poesía y una memoria colectiva transmitida oralmente de padres a hijos.

Los beduinos son musulmanes, ellos de hecho fueron de los primeros que siguieron al profeta Mohamed. Pero a la vez mantienen creencias animistas preislámicas. Y son muy supersticiosos: creen que hay espíritus malignos -los djinn- que moran a su alrededor y practican rituales mágicos para protegerse de ellos.

Los beduinos son considerados los árabes más puros y auténticos que existen.  Están vinculados culturalmente al sufismo y a la mítica ciudad de Petra. Ataviados con sus túnicas y turbantes que les guarecen del sol, se mueven en medio de los desiertos siempre con el fusil cerca. Es una sociedad teocrática y medieval.

Bereberes: los pueblos nativos del Magreb.

Los pueblos bereberes son de los más antiguos del mundo. Ellos son los habitantes originarios del norte de África, antiguos cristianos que sufrieron la invasión islámica del siglo VII. El cristianismo primitivo fue sustituido por el islam y el bereber por el árabe, hasta prácticamente hacer desaparecer esta milenaria cultura.

Hoy sólo quedan 25 millones de bereberes desperdigados por todo el Magreb; la mayoría en Marruecos (12 millones) y Argelia (8). También hay presencia en Libia, Túnez, Mauritania, Egipto, Níger, Mali y Burkina Faso. La gran dispersión geográfica dificulta mucho la creación de un estado propio donde poder reunir a todos.

No existe una sola lengua bereber, sino muchas. También formaban parte de este diasistema las variantes guanches que se hablaban en Canarias antes de que la conquistara Castilla. Hay un alfabeto autóctono exclusivo, el tifinagh, que data de al menos el siglo III A.C. aunque hay pueblos que usan el alfabeto latino o el árabe.

Hablar de nación bereber es polémico. Quizás deberíamos decir naciones, en plural, pues la identidad está tan atomizada en clanes y tribus que la consciencia de pertenecer a un solo pueblo es discutible. No obstante, existe un movimiento incipiente por coordinar a los bereberes de distintos países en la lucha por sus derechos.

El gran artífice de este movimiento fue Mulud Mammeri, intelectual que codificó la lengua tamazigh y que impulsó la Primavera Amazigh: en abril de 1980  los bereberes de Cabilia salieron a las calles a protestar por la discriminación a la que les sometía Argelia. A partir de aquí, su lucha se propagó por todo el Magreb.

Los árabes han arrinconado a estas etnias a regiones desérticas y montañosas en el interior de sus países, y empujado su cultura a un paso del abismo. Pero los pueblos bereberes se niegan a desaparecer. Están comenzando a organizarse y a reivindicar sus derechos con la fortaleza de quien sabe que no tiene nada que perder.

Una pregunta para los musulmanes.

Si el dios verdadero es Alá, si Dios es musulmán y rechaza a los judíos ¿por qué consiente que exista Israel? Es más ¿por qué permite la humillación que supone que 1.500 millones de musulmanes sean incapaces de derrotar un país minúsculo de apenas 6 millones de almas? “Es que los americanos apoyan a Israel” -suelen decir-. Bueno, Israel no necesitó la ayuda de país alguno en la Guerra de los Seis Días, cuando barrió del mapa a ocho naciones arabes en menos de una semana, pero aunque así fuera… ¿Y qué? ¿Acaso los Estados Unidos tienen más poder que Alá?

En la Biblia hallamos la respuesta. El pueblo escogido es Israel: “Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes” (Génesis 17:7). El hijo de la promesa es Isaac: “En cuanto a Ismael, ya te he escuchado. Yo lo bendeciré, lo haré fecundo y le daré una descendencia numerosa. Él será el padre de doce príncipes. Haré de él una nación muy grande.Pero mi pacto lo estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara de aquí a un año, por estos días” (Génesis 17:20-21).

Israel existe porque es la voluntad de Dios. El renacer de Israel de 1948 estaba profetizado: “Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra” (Ezequiel 36:24). Dios bendice a quien bendice a Israel y maldice a quien lo maldice. Por eso todos los países islámicos sin excepción están sumidos en la calamidad mientras que EEUU es una gran potencia. Génesis 12:3 dice: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!”

Israel es invencible porque es Dios mismo quien la protege: “Tú, que salvas con tu diestra a los que buscan escapar de sus adversarios, dame una muestra de tu gran amor. Cuídame como a la niña de tus ojos; escóndeme, bajo la sombra de tus alas, de los malvados que me atacan, de los enemigos que me han cercado” (Salmos 17:7-9) . “En torno suyo —afirma el Señor— seré un muro de fuego, y dentro de ella seré su gloria” (Zacarías 2:5 ). “Tracen su estrategia, pero será desbaratada; propongan su plan, pero no se realizará, porque Dios está con nosotros” (Isaías 8:10).

Fuente: Santa Biblia Nueva Versión Internacional 1999.

Libia: el desplome del estado-jaima.

Libia es un estado casi seis veces más grande que Italia, pero cuenta con poco más de seis millones de almas. El desierto del Sáhara cubre la totalidad del territorio, a excepción de una estrecha franja litoral. Bajo su inmenso paisaje de arena, hay un aún mayor océano de petróleo y gas que supone el 95% de las exportaciones del país.

Italia invadió Libia en 1912, pese a que entonces no se conocían sus recursos. Tras la derrota italiana en la Segunda Guerra Mundial, Libia se independizó en 1951. Idris I, el único monarca de toda su historia, reinó de 1951 hasta 1969, año en que el coronel Muammar al-Gadafi perpetró un golpe de estado y subió al poder.

Como buen socialista, Gadafi invirtió ingentes cantidades de dinero en sanidad y educación, lo que catapultó a Libia a ser el estado africano líder en renta per cápita y en desarrollo humano. El dinero del petróleo sirvió para crear un cierto estado del bienestar, donde los libios vivían con una relativa comodidad pero sin  libertad.

Pero no es oro todo lo que reluce: un tercio de la población vive bajo el umbral de la pobreza. Todo allí es muy medieval; los lugares son primitivos. Libia carece de una sociedad civil pujante como la tunecina. No hay instituciones sociales ni personalidades reconocidas. Es una sociedad muy atávica, tribal, del África profunda.

Tampoco es una nación propiamente dicha como Egipto… de hecho, el artificial estado libio es una tribucracia, una coalición de veinte tribus beduinas que compiten entre sí desde el principio de los tiempos. El árabe, el bereber, el islam y sobre todo la mano de hierro del tirano Gadafi las ha mantenido unidas hasta ahora.

La fragancia del jazmín revolucionario de Túnez sigue tumbando dictadores. Desde febrero de 2011 el país se encuentra inmerso en una guerra civil entre los rebeldes libios (apoyados por la OTAN) y Gadafi, a quien pretenden derrocar. La jaima beduina que se monta y desmonta es la mejor metáfora del fallido estado libio.

Siria: el sueño nostálgico del panarabismo.

La República de Siria es la nación heredera del histórico Reino de Damasco. Damasco es una de las ciudades más antiguas del mundo. Allí vivió el patriarca Abraham y allí se dirigía Saulo cuando el Mesías se le apareció. En torno a esta ciudad milenaria orbita la actual Siria, un actor clave en el mapa de Oriente Próximo.

El sirio es un estado inestable y convulso, donde falta un proyecto nacional que cohesione el país. Ha tenido monarquía, república y dictadura y con los tres modelos ha funcionado mal. Ha padecido infinitud de gobiernos volátiles y golpes de estado, también guerras con Israel así como el colonialismo de Turquía y Francia.

Los sirios se sienten más árabes que sirios y sueñan con el panarabismo. De hecho, Siria se fusionó con Egipto y ambos crearon la República Árabe Unida, que duró de 1958 a 1961 (y cuya bandera aún conserva como propia Siria). Con posterioridad, se planteó fusionarse con Egipto e Irak pero nuevamente el intento fracasó.

En los últimos decenios ha proliferado, no obstante, un creciente nacionalismo expansionista que habla de la Gran Siria, que incluiría la anexión de Líbano. Los sirios apoyaron al bando musulmán que finalmente venció la Guerra Civil Libanesa (1975-1990) y que transformó la “Suiza mediterránea” en un satélite sirio.

Desde 1963 el Partido Baas ha gobernado el país bajo la declaración del estado de emergencia y desde 1973 el presidente de Siria ha pertenecido a la familia Assad, que controla la nación como si de su cortijo privado se tratase. Es una feroz autocracia islamosocialista donde la represión y la falta de libertades son la norma.

Siria es una dictadura de opereta, un país medieval cuya economía se basa en la agricultura y en una modesta extracción petrolera y gasística. A su vez, es un foco de tensión porque financia el terrorismo, interviene en asuntos libaneses y forma junto con Irán y Líbano un triunvirato que sueña con un Oriente Próximo sin Israel.

Kurdistán: un pueblo sin amigos.

Hablan árabe pero no los quieren los árabes. Son musulmanes pero no son bienvenidos entre aquellos que practican el islam. Los kurdos son un pueblo de 25 millones de almas con lengua propia que se reparten por Turquía, Irán, Irak, Siria y Armenia. Posiblemente, constituyen la mayor nación sin estado de todo el mundo.

También los occidentales abandonaron a los kurdos. En su día los aliados les prometieron un estado propio como recompensa a su ayuda en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El Tratado de Sèvres de 1920 preveía un estado kurdo pero sólo tres años después, en el Tratado de Lausana de 1923, se incumplió dicha promesa.

Engañados y traicionados, abandonados a su suerte, sin nadie que les ayude, los kurdos siguen luchando con desigual suerte por su patria. Entre 1984 y 1999 el Partido de los Trabajadores del Kurdistan de Abdulá Ocalan usó el terrorismo contra el ominoso estado turco. Actualmente, la lucha ya no es armada sino política.

En Irak, el dictador Sadam Hussein les sometió a una durísima represión durante décadas, que llegó a su punto álgido al gasear con armas químicas a 4000 de ellos en 1988. En la Guerra de Irak de 2003 los kurdos se aliaron con la coalición angloamericana que derribó a Sadam. Hoy disponen de autonomía en el país.

En 1945 en la República Islámica de Irán, los kurdos proclamaron un estado independiente que tan sólo duró doce meses. Irán ha apoyado a los kurdos iraquíes pero a menudo ha  perseguido a los propios. Por su parte, en Siria y Armenia también han sido fuertemente reprimidos. En muchos casos hasta la muerte.

Los kurdos han sido utilizados y traicionados, les ha sido negada una patria, su lengua y cultura han sido prohibidas, decenas de miles de ellos han sido masacrados, sufren una represión extrema, son vejados a diario… Mientras, el mundo mira a otro lado. Es la gran desgracia de ser un pueblo olvidado y sin amigos.

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