TV3: una televisió al servici de l’Imperi.

Cada quatre anys els valencians assistim a un deja vu que es repetix en puntualitat britànica. Sempre que arriben les eleccions autonòmiques, el Partido Popular (PP) arbora la seua Real Senyera i comença a sancionar a Acció Cultural del País Català (ACPC) pels repetidors illegals de TV3 que té instalats en el nostre regne.

A voltes ocorren coses molt divertides: com impondre una multa i dies després concedir a Acció Cultural una subvenció que supera la quantia de la sanció. En el fondo, és tot una maniobra de pressió per part de la Generalitat Valenciana per a obtindre per part de l’Estat un nou múltiplex per a obtindre més canals afins al règim.

Alguns grupúsculs han clamat en contra del tancament dels repetidors i la prensa més sensacionalista ho ha tildat d’atac contra la llibertat d’expressió. Dic grupúsculs perque la catalana ací no la veu ningú. En giner de 2011 TV3 tingué una quota de pantalla del 0,3% en Valéncia. Canal 9 per contra no es pot vore per allà.

Com explica l’autor José Donís, TV3 s’ha emitit en Valéncia durant més de 25 anys. Canal 9 se va emetre en Catalunya durant un any i set mesos, desde el 19 d’Agost de 2008 fins al 19 de Març de 2010. Abans de que els catalans apagaren la senyal, Canal 9 tenia una audiència de 0,6% allà per un 0,5% de TV3 ací (Febrer 2010).

Pero la qüestió de fondo és que TV3 és una televisió colonial que no respecta les nostres senyes d’identitat i mos engloba en l’entelèquia imperialista dels països catalans. El mapa de l’orage a on TV3 mostra a Valéncia, Balears, Aragó Oriental, Andorra i El Rosselló com si foren parts integrants de Catalunya és senzillament delirant.

Ningú permetria que Marroc instalara repetidors en Ceuta i Melilla per a dir a estos pobles que són marroquins. ¿Per qué hem de consentir que els catalans posen la seua televisió colonial en el nostre territori per a que mos insulten des d’ella? ¿Per qué el PP no defén als valencians i únicament ataca TV3 quan toca votar?

¿Per qué els catalanistes, que van de demòcrates per la vida, no defenen l’instalació de repetidors de TeleMadrid en Catalunya?  ¿Ni denuncien que Canal 9 no es puga sintonisar allà dalt? Este malensomi és un deja vu que torna cada quatre anys. Pero als caradures que el protagonisen mos toca aguantar-los tots els dies.

Primero fue el velo, luego la cruz, después la dictadura.

Mucho se está hablando en estos días de la conveniencia o no de que las alumnas musulmanas acudan a clase con el velo islámico. Incluso hay voces que piden regular (entiéndase prohibir) la presencia del famoso hiyab o pañuelo de la mujer árabe en las escuelas de Europa. Ante lo cual yo me pregunto ¿tan terrible es llevar un pañuelo en la cabeza por voluntad propia y de forma libre?

Recuerdo que en la Facultad una compañera de carrera llevaba siempre un pañuelo en la cabeza. Nunca nadie se quejó ni se formó polémica alguna. Hay que aclarar, eso sí, que la chica era alicantina, blanca y atea. Si, en lugar de eso, hubiese sido marroquí, árabe y musulmana, un alud de feminazis hubiese clamado que aquello era un símbolo de sumisión de la mujer y no sé cuantas tonterías más. Pero como era atea, ni una protesta, oigan.

Yo defiendo el hiyab porque defiendo la libertad religiosa. Y aquí lo que hay de trasfondo es la actitud fascista de un puñado de ateos resentidos e intolerantes que pretende borrar del espacio público cualquier distintivo religioso. Porque los que quieren prohibir el velo, quieren prohibir también que los alumnos católicos puedan llevar una cruz colgando del cuello o que los estudiantes evangélicos puedan llevar en el dedo un anillo de pureza.

Actualmente, los adolescentes pueden acudir a clase exhibiendo los calzoncillos y las bragas; pueden acudir con un logo del conejo del Playboy (que es un símbolo pornográfico) o con una camiseta de la marihuana (droga hoy por hoy ilegal) o con la hoz y el martillo (ideología que esconde más de 100 millones de muertos en el siglo XX). Y nadie se queja. Nadie dice nada. Pero si alguien lleva un pañuelo o un crucifijo, entonces los hipócritas montan en cólera.

Mientras no haya uniforme en las aulas, y conste que yo soy defensor del uniforme, cada uno es libre de vestir como prefiera. Pero ¡oh, casualidad! los únicos atuendos que parecen molestar son los que tienen connotaciones religiosas. Y yo siempre defenderé la libertad religiosa… Porque si es suprimida, todas las demás van a ir detrás. Primero prohíben el velo, luego prohíben la cruz y después te prohíben votar. Esta historia ya la he visto antes.

Fascista: esa palabra mágica.

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En estos tiempos de relativismo moral, podredumbre espiritual y mediocridad intelectual en que vivimos se da una curiosa circunstancia: los debates ya no existen. O cada vez lo hacen menos. Ahora se da por sentado que hay determinados temas tabú, determinados dogmas de la fe buenista y políticamente correcta que simplemente son incuestionables. Y si alguien osa cuestionarlos con argumentos, ya no se le responde con otros argumentos contrarios como antaño sino con insultos. Son los frutos amargos de la postmodernidad. Voy a tratar de representarlo de una forma muy gráfica para que se entienda mejor:

¿Cómo se debatía antes?

Persona 1: Yo pienso blanco.

Persona 2: ¡Ah no! ¡Yo pienso negro por esto y por aquello!

Persona 1: De acuerdo, pero también debe tener en cuenta este motivo y aquel otro.

Persona 2: Sí, pero si se fija bien usted…

¿Cómo se debate hoy?

Persona 1: Yo pienso blanco.

Persona 2: Eres un… (coloque aquí el insulto que usted prefiera. Generalmente, la palabra fascista).

Fin del debate.

Veamos algunos ejemplos:

Ejemplo A:

Persona 1: Valenciano y catalán son dos lenguas distintas.

Persona 2: Anticientífico, fascista.

Fin del debate.

Ejemplo B:

Persona 1: La unión de dos personas del mismo sexo no es un auténtico matrimonio.

Persona 2: Homófobo, fascista.

Fin del debate.

Ejemplo C:

Persona 1: Los inmigrantes ilegales deben ser expulsados del país.

Persona 2: Racista, xenófobo.

Fin del debate.

Ejemplo D:

Persona 1: Israel tiene derecho a existir y a defenderse.

Persona 2: Sionista, nazi.

Fin del debate.

Fijémonos como antes a un argumento se le respondía con otro argumento. Ahora, se le responde con un adjetivo calificativo. Generalmente, el término más usado es “fascista”. Vale lo mismo para un roto que para un descosido; no importa el tema de debate. Tanto se abusa de esta palabra que ha perdido su significado original y hoy fascista viene a significar algo así como “todo aquel que piense distinto a mí o no me dé la razón”. De tanto llamar fascista a todo el mundo, ya nadie acabará prestando atención a este término de tal suerte que puede que llegue el día en que el fascismo auténtico vuelva al poder, haya quien lo avise y nadie le crea.

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