Falacia atea: el cristianismo debe adaptarse a los nuevos tiempos.

Entre los muchos prejuicios de los escépticos destaca el de pensar que el mensaje del cristianismo es caduco, trasnochado. A menudo dicen que el cristianismo debería adaptarse a la sociedad, que corren nuevos tiempos, que la gente va por un lado y la iglesia por otro distinto, que renovarse o morir… Y nos citan como ejemplos de renovación que la iglesia considere aceptable el aborto o la homosexualidad, ya que al fin y al cabo cuentan con el visto bueno de la mayoría social.

El argumento de adaptarse a los nuevos tiempos es, para el escritor César Vidal, uno de los más endebles. Y es que el cristianismo ha ido siempre contracorriente, especialmente en sus orígenes, cuando la cristiana era una secta minoritaria. Me puedo imaginar a los antiguos romanos y atenienses diciéndole a los apóstoles que tienen que integrarse en la sociedad, que si el politeísmo o la prostitución sagrada cuentan con el respaldo de la mayoría, ellos deberían aceptarlo o nadie les hará caso.

Pero lo cierto es que el cristianismo no puede rebajarse para agradar a los hombres ni para acomodarse a las modas del momento. Es el mundo el que debe adaptarse a Dios, no Dios  al mundo. Los apóstoles sólo eran doce y aun así consiguieron revolucionar el planeta. Y todo porque se negaron a prostituir el mensaje de Jesús y creyeron en Él. La esencia del cristianismo no debe cambiar. A quien no le guste, que lo rechace. Es así de sencillo. Dios no obliga a nada a nadie.

Una actualización -léase perversión- del Evangelio para aclimatarse a los gustos de ateos, agnósticos, laicos, homosexuales, feministas y otros grupos de presión no traería más fieles a la iglesia sino  menos, porque el ateo no va a dejar de serlo por más que le presentes una religión a gusto del consumidor, y el cristiano huirá despavorido de esa sinagoga de Satanás. Así ocurre con las iglesias evangélicas que aceptaron el gaymonio y lesbimonio: su número de feligreses ha caído en picado.

El cristianismo no es como un menú de restaurante, donde eliges y desechas platos, donde comes sólo lo que a ti te gusta y puedes ordenarle al camarero cuanto picante quieres que te ponga en el pescado. Crear una religión a la carta, donde aceptas un mandamiento y otro no, o donde cumples solamente con la parte que a ti te gusta, es de necios porque esto es engañarse a uno mismo. El cristianismo no es un menú de restaurante. Es como las lentejas. O las tomas o las dejas.

Falacia atea: La Biblia ha sido manipulada por los cristianos.

Los ateos más desinformados a menudo aducen que la Biblia que nos ha llegado a nuestros días ha sido manipulada. Quién sabe qué contaba en realidad la Biblia original (perdida con el paso de los siglos); posiblemente nos diría que Jesús fue solamente un profeta, un hombre, pero la Iglesia Católica arregló las Escrituras para que nos creyéramos que es Dios y mantener en pie su negocio. O quién sabe: quizás Jesús fuera un revolucionario premarxista o un homosexual o quizás se casó con María Magdalena y tuvieron hijos o ¡cuantas barbaridades más!

La verdad es que hasta hace relativamente poco los cristianos no teníamos argumentos de peso para poder neutralizar estas sospechas, por otro lado razonables. Pero todo cambió en el año 1947, cuando tres pastores pertenecientes a la tribu beduina Tàamireh, llamados Jalil Musa, Jum’a Mohamed y Mohamed ed Dhib descubrieron de manera fortuita manuscritos ocultos en una cueva de Qumrán (Israel). Sin quererlo, estos pastores nómadas habían hecho uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.

Con los años, se encontraron más documentos en varias cuevas, once en total, celosamente guardados en jarras de barro que contenían un buen número de textos en hebreo, arameo y griego. Hay 800 documentos, datados entre el siglo II AC y el 70 DC.  Entre ellos, varias copias de la Biblia. Hasta el descubrimiento de Qumrán, los manuscritos bíblicos más antiguos de los que disponíamos databan de los siglos IX-X DC, por lo que cabía sospechar que en ellos se podrían haber manipulado textos, añadiendo, quitando o alterando palabras o frases del original.

Esto desató la imaginación de los más conspiranoicos que soñaban con que las Biblias de Qumrán nos confirmarían que Jesús era un impostor. Pero con los hallazgos, los científicos han demostrado que los textos bíblicos encontrados coinciden con exactitud minuciosa con los medievales, aunque son casi mil años anteriores, y que las pocas variantes que presentan coinciden en gran parte con algunas ya atestiguadas por la versión griega de los Setenta o por el Pentateuco samaritano. Es decir, que las Biblias actuales son idénticas a las de hace 2000 años.

Otra acusación similar la hacen los musulmanes. En la tradición islámica se cuenta que los cristianos manipularon la Biblia y por ello el arcángel Gabriel encomendó al profeta islámico Mahoma escribir el Corán, que supuestamente es el mensaje original de Dios sin la manipulación judeocristiana. El Corán nos cuenta una historia similar a la de la Biblia pero con cambios notables: Moisés fue musulmán, Ismael el hijo prometido, Judas Iscariote fue el crucificado, Jesús no era Dios sino un hombre, etc. Los escritos de Qumrán desmienten todo esto.

Pero es más: la Biblia no sólo no ha sufrido manipulación alguna en los últimos dos milenios, sino que el propio Mahoma la creía válida. De hecho en el Corán se aceptan como fiables las escrituras judías y cristianas: “Él le enseñara la Escritura, la Sabiduría, la Torá y el Evangelio” (Sura 3:48) y “¡Creyentes! Creed en Alá, en Su Enviado, en la Escritura que ha revelado a Su Enviado y en la Escritura que había revelado antes. Quien no cree en Alá, en Sus ángeles, en Sus Escrituras, en Sus enviados y en el último Día, ese tal está profundamente extraviado”  (Sura  4:136).

Y añade: “¿Buscaré, pues, a otro diferente de Alá como juez, siendo Él Quien os ha revelado la Escritura explicada detalladamente? Aquellos a quienes Nosotros hemos dado la Escritura saben bien que ha sido revelada por tu Señor con la Verdad. ¡No seáis, pues, de los que dudan! La Palabra de tu Señor se ha cumplido en verdad y en justicia. Nadie puede cambiar Sus palabras. Él es Quien todo lo oye, todo lo sabe” (Sura 6:114-115). Si la Biblia hoy es igual que hace 2000 años, y hace 1400 Mahoma la consideraba fiable, entonces ¿en qué momento se manipuló?

¿Es bíblica la tradición católica?

¿Cuál es la diferencia fundamental entre la Iglesia Evangélica y la Católica? Básicamente que la primera se guía exclusivamente por la Biblia y la segunda por la Biblia y la tradición. Con tradición nos referimos a esa enorme cantidad de añadiduras, leyes, prescripciones, prohibiciones y mandatos que cada católico sincero está obligado a guardar. Ahora bien, ¿es bíblica la tradición católica? No. No solamente estos añadidos no aparecen mencionados en la Biblia ni siquiera una sola vez, sino que incluso alguno de ellos está expresamente prohibido por Dios.

Por supuesto que cada religión y secta tiene todo el derecho del mundo a establecer las doctrinas y costumbres que considere oportunas. Pero no tiene ningún derecho a llamarlas “cristianas” o “bíblicas” cuando en realidad no lo son. La propia Palabra de Dios advierte de su inmutabilidad y de que no acepta añadidos que la adulteren: “Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro” (Apocalipsis 22:18). La Biblia es eterna y no necesita actualizarse con costumbres paganas que nada tienen que ver con ella.

Nuestro Señor Jesús advirtió: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (Mateo 15:3). Y añadió: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Mateo 15:7-9). A continuación ponemos un listado de tradiciones católicas -que no cristianas- que no tienen respaldo bíblico ya que no aparecen mencionadas en la Palabra de Dios ni una vez.

Los llamados Sacramentos y sus rituales en general.

El bautismo de los niños y el “Santo Crisma”.

La Primera Comunión.

La Confirmación.

La confesión de los pecados a los sacerdotes.

Las absoluciones como las entiende Roma.

Comulgar sin la especie del vino.

La Transubstanciación de la hostia en Jesús.

La Custodia, el Sagrario.

La Extremaunción.

El Sacramento del Orden.

El Celibato.

El Vaticano como centro de la cristiandad.

El papado y toda la curia.

La jerarquía de la iglesia.

Prelaturas, abadías y prefecturas.

Exigir o recibir dinero del gobierno.

Las encíclicas papales.

El obispado como lo entiende Roma.

El sacerdocio ministerial.

Tribunales eclesiásticos.

Frailes, monjas y ermitaños.

Nuncios y legados de la sede apostólica.

Arzobispos, Cardenales.

Dejarse llamar “Padre” o “Santo Padre” (prohibido por el mismísimo Jesús en Mateo 23:9).

Los conventos y todas las órdenes religiosas.

El uso del latín.

El culto a María.

La virginidad de María después del parto.

La Inmaculada Concepción.

La Asunción de María.

Su mediación universal.

El culto a los santos.

Las catedrales.

El altar y su bendición.

Los trajes clericales, ornamentos sagrados.

El báculo y el anillo.

La mitra, la tiara, el palio.

Las torres y campanas.

Las reliquias.

Hacer imágenes y venerarlas (expresamente prohibido en los Diez Mandamientos, Éxodo 20).

Ejercicios espirituales.

Rezos (repeticiones) (los prohíbe Jesús en Mateo 6:7).

El Rosario.

Hacer el Via Crucis.

Hacer la señal de la cruz.

Llevar escapularios, crucifijos, vírgenes, etc.

Encender cirios para los difuntos.

Todo tipo de procesiones.

Los Santos de cada día y ocasión.

La liturgia en general.

El año litúrgico con sus ritos en general.

Celebraciones varias (Navidad, Epifanía, Cuaresma, Miércoles de Ceniza, Domingo de Ramos, Semana Santa, abstinencia de carne los viernes, el Corpus Christi, el Sagrado Corazón y Todos los Santos).

El Purgatorio.

El limbo.

Las beatificaciones y canonizaciones.

La construcción de los templos sobre los sepulcros.

Celebrar misa por los muertos.

Fuente: Biblia Reina-Valera 1960 y Folleto Los inventos de la Iglesia Católica Romana. ¿Qué dice la Palabra de Dios sobre… las prácticas, creencias y dogmas siguientes? La tradición. Pablo Lafuente.

¿Homofobia? No, demagogia.

En el lenguaje de lo hipócritamente correcto, existen temas tabú que parecen ser intocables so pena de ser acusado de las peores vilezas. Es lo que se llama falacia ad hominem; esto es, cuando atacas a la persona en lugar de atacar el argumento que dio. Por ejemplo, si yo digo que estoy en contra de la homosexualidad porque es mala, me acusarán de “homófobo” y de “odiar a los homosexuales”. La acusación no sólo es una falacia, en tanto que no responde a un argumento con otro argumento sino con etiquetas; es también una estupidez. Es como si dices que estás en contra de la anorexia y te acusan de odio y discriminación hacia las anoréxicas.

Que rechaces la anorexia no quiere decir que rechaces a las anoréxicas, si rechazas la homosexualidad no por ello rechazas al homosexual, que estés en contra del pecado no quiere decir que estés en contra del pecador, que repudies la circunstancia no significa que  repudies a la persona que hay tras ella. Esto es tan elemental que hasta un niño lo entendería (¿o es que tú no puedes tener un amigo de derechas si eres de izquierdas? ¿dejas de saludar a tu cuñado madridista sólo porque tú seas del Barça?), por lo que confundir la circunstancia con la persona como si ambas fueran una misma cosa es de tener muy pocas luces o muy mala leche.

Algunos dicen que la homosexualidad es una enfermedad, otros que un vicio, los hay que la consideran un estilo de vida o una orientación sexual tan respetable como cualquier otra. Yo no sé quién de todos ellos estará en lo cierto, pero de una cosa estoy completamente seguro: la homosexualidad es un pecado, algo que ofende a Dios. Y como cristiano que soy no puedo aceptarla ni dar mi visto bueno porque una cosa que está mal, porque esté socialmente aceptada por la mayoría de la gente, no deja de estar mal. No es homofobia sino pecadofobia lo que  impulsa a los auténticos cristianos a rechazar las prácticas sexuales de lesbianas y gays.

Pretender acusar de homofobia a los cristianos no deja de ser demagogia pura y dura. Si mañana la Asociación Nacional de Adúlteros quiere convencernos de que el adulterio es un respetable estilo de vida, que no cuente con nosotros, porque nuestros valores morales no son fijados por modas que van y vienen sino por Dios mismo. Y resulta cuanto menos curioso que los adalides de la tolerancia sean capaces de tolerar a todo el mundo menos a nosotros los cristianos, a quienes nos tachan de homófobos, medievales, trogloditas, etc, simplemente porque nos negamos a dar nuestro visto bueno a un pecado que resulta abominable a ojos de Dios.

Los grupos de presión homosexuales quieren convencer a la sociedad de que estar contra el gaymonio y lesbimonio es un acto de homofobia. Si yo considero que la unión de dos personas del mismo sexo no es un auténtico matrimonio me acusarán de vulnerar los derechos de gays y lesbianas. Si así fuera, no los discrimino más de lo que discriminamos a un polígamo cuando le decimos que la unión de un hombre con cuatro mujeres no es un auténtico matrimonio. O a un trío compuesto por dos mujeres y un hombre cuando les decimos que su relación, se pongan como se pongan, no es un auténtico matrimonio. Que lo suyo es otra cosa.

La auténtica marginación se la infligen los homosexuales a sí mismos. No hay más que ver el día del orgullo gay. En lugar de denunciar que en Irán ahorcan a los gays por el solo hecho de serlo, ellos se ponen las plumas y empiezan a hacer mariconadas por la calle. Se trata de un carnaval mariquita, un esperpento digno de la parada de los monstruos, un colectivo humano que con sus numeritos de circo no hace sino distanciarse cada vez más y más de la supuesta integración y normalidad que dice reivindicar, y que manda el mensaje al mundo -alto y claro- de lo que realmente es y quiere ser: un ridículo gueto muy alejado de la gente normal.

Falacia atea: Jesús no aparece en fuentes documentales clásicas aparte de la Biblia.

Dentro de la rumorología atea, se escucha a veces un murmullo de fondo que dice que Jesús nunca existió ni como Dios ni tan quisiera como hombre: la figura histórica de Jesús sería un invento porque fuera de la Biblia no existen documentos antiguos que hagan referencia a Cristo. Tal acusación es un absurdo mito.

Varios eruditos clásicos -no cristianos- documentaron la existencia de Jesús. El historiador judío Flavio Josefo en su obra Antigüedades de los Judíos, dice así:

“Vivió por este tiempo un hombre sabio, si es que propiamente se le puede considerar hombre, puesto que obraba maravillas; un maestro para quienes estuviesen dispuestos a recibir la verdad con alegría. Atrajo a su lado a muchos, tanto de los judíos como de los gentiles. Era el Cristo. Y cuando Pilato, a instancias de nuestros principales jefes, lo condenó a ser crucificado, aquellos quee desde el principio lo habían amado no lo abandonaron; porque Él se les apareció vivo al tercer día, según predijeron los profetas de Dios ésta y otras diez mil semejantes y admirables cosas referentes a Él. Los cristianos, así llamados por el nombre de Él, no se han extinguido hasta hoy”.

Tácito, un historiador romano del siglo II, escribiendo en sus Anales acerca del reinado de Nerón, mencionó la muerte de Cristo y la existencia de cristianos en Roma:

“Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible librar a Nerón de la infamia de haber sido él, quien ordenó el incendio. Y así, el príncipe para apagar esta voz y justificarse, dio por culpados del crimen y comenzó a castigar con refinados géneros de tormentos a los que comunmente se llamaban cristianos, los cuales eran aborrecidos del vulgo por los excesos que se les atribuían. Su nombre lo tomaron de su fundador llamado Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces de reprimió un tanto aquella perniciosa superstición; pero tornó a reverdecer no solamente en Judea donde este mal comenzó, sino también en Roma…”

También el historiador romano Suetonio, en Vidas de los césares, Nerón, comentó de una forma muy breve respecto del que por entonces era un nuevo culto:

“(Nerón) aplicó castigos a los cristianos, una clase de hombres entregados a una nueva y peligrosa superstición”.

Por su parte, Plinio el joven, corresponsal del emperador Trajano, habla en una de sus Cartas refiriéndose a los cristianos según los había podido conocer en Asia:

“Afirmaban, sin embargo, que su completa culpabilidad, o su error, era que tenían el hábito de reunirse en un cierto día fijo, antes del amanecer, dedicándose a cantar en alternados versos un himno a Cristo como a un Dios, comprometiéndose entre sí, por medio de un solemne voto, no sólo a no cometer  acciones malvadas, sino a ni siquiera cometer fraude, hurto o adulterio; a no prometer en falso, ni a negar  un encargo cuando se les pidiera su devolución…”

Finalmente, Luciano, el satírico del siglo II, habló burlonamente de Cristo y de los cristianos. En su obra La muerte del peregrino aludió a Cristo de este modo:

“…el hombre que fue crucificado en Palestina, porque introdujo este nuevo culto en el mundo… Además, su primer legislador los persuadió de que todos ellos son hermanos, unos de los otros, y esto después de haber transgredido sus leyes una vez para siempre negando la existencia de los dioses griegos, y ahora adorando a aquel sofista crucificado, y viviendo bajo sus leyes”.

Estos breves pasajes de Cristo y el cristianismo fueron escritos por hombres que ignoraban la historia de este movimiento, y que eran abiertamente hostiles a sus ideas. Pero gracias a estas breves notas sabemos que en el siglo II ya era un culto extendido y que la existencia histórica de Jesús era conocida incluso por sus enemigos.

Bibliografía consultada: Nuestro Nuevo Testamento de Merill C. Tenney. Editorial Portavoz. 1989.

Falacia atea: Si Dios existiera haría milagros gigantescos para que todos creyéramos en Él.

Los ateos y los escépticos en general se quejan de que Dios no da señales de vida. En los tiempos bíblicos hacía milagros espectaculares pero hoy no los vemos. Si en aquella época la gente necesitaba de fenómenos sobrenaturales para creer en una realidad sobrenatural, también lo necesitamos en la actualidad. Y a mí no me cabe ninguna duda de que si viéramos milagros gigantescos hoy, esto convertiría a algunos incrédulos, pero es una falacia muy común pensar que los convencería a todos.

La fe de las personas, aun de las creyentes, es muy pequeña. Hace miles de años Dios abrió el Mar Rojo para que los judíos lo atravesaran… pero cuando Moisés se retiró al desierto 40 días, pensaron que había desaparecido, se olvidaron del Dios que les salvó de los egipcios y construyeron un becerro de oro. Habían visto cómo Yahveh estaba de su lado y era capaz de abrir el mar pero en cuanto saltó la mínima duda del paradero de Moisés ¡toda la fe de los judíos se derrumbó en un instante!

Dios les protegió en su travesía por el desierto, los alimentó con maná caído del cielo y les condujo a la tierra prometida… pero como estaba habitada por pueblos poderosos ¡tuvieron miedo y dijeron que era preferible dar la vuelta para volver a ser esclavos de Egipto! Vieron milagros portentosos en vivo y en directo pero ¡pensaban que Dios no podía derrotar a los lugareños de la región! ¿Podrá Dios abrir el mar y a la vez ser incapaz de vencer a un país diminuto? Así lo creían los judíos.

¿Y qué me dices de los apóstoles? Conocieron en persona a Jesús, predicaron codo a codo con Él, le acompañaban a todas partes, vivían con Él. Vieron con sus propios ojos cómo curaba ciegos, sanaba leprosos, hacía andar a los paralíticos y hasta resucitaba muertos… pero cuando fueron a crucificarlo, todos menos Juan corrieron como gallinas a esconderse. Estaban desmoralizados por su muerte. Y Tomás no creyó que hubiese resucitado. Seguramente a mí me habría pasado igual.

Da igual que Dios abra el Mar Rojo una vez o doscientas. Da igual que resucite a un muerto o a mil. Podrías estar al lado del mismísimo Dios, ser testigo de primera mano de milagros gigantescos y aún así… al mínimo contratiempo, dudar y tener miedo. Porque le pasó a los judíos. Porque le pasó a los apóstoles. Porque los seres humanos somos así. No tenemos remedio. Dios quiere que creamos para ver, y nosotros queremos ver para creer. Y a veces, ni aún así creemos, que es lo más triste.

Si un ateo es testigo de un milagro pequeño, buscará una explicación científica. Si es testigo de un milagro gigante para el que no hay explicación posible, entonces negará lo sucedido y dirá que ha sido un fraude, un sueño o una alucinación. Por eso es falso pensar que si Dios se sacara conejos, jirafas o incluso elefantes de su chistera, a la humanidad no le quedaría más remedio que creer. Siempre habría quien lo rechazara, porque el Señor no fuerza a nadie a creer. No obliga. Somos libres.

Ciertamente, Dios podría dar señales incontestables de su presencia. Podría escribir en el cielo con letras gigantes: “Soy Dios. Arrepentíos o pereceréis”. Pero la historia dice que cree en Él solamente quién de verdad quiere creer. Y que más que una revelación externa, Dios se hace presente en las vidas de las personas con una revelación interna. Es decir,  a aquella persona que realmente desee con honestidad, con sinceridad, conocerle, el Señor se va a revelar en su corazón sí o sí.

Nación Cristiana: el pueblo de Dios.

La bandera cristiana fue diseñada por Charles Overton en Nueva York el domingo 26 de septiembre de 1897. La cruz roja significa la fe cristiana, el amor de Dios al hombre y la promesa de vida eterna. El azul, la fidelidad de Jesucristo hasta la muerte. El color blanco representa la pureza, inocencia y paz.

La flámula nació por casualidad. Un gran predicador debía acudir a la Escuela Dominical de la capilla Brighton de Coney Island pero al final no se presentó. Como había mucha gente esperando, a Overton, para entretener al personal, se le ocurrió confeccionar una bandera, inspirándose en el simbolismo de la de Estados Unidos.

Este emblema es herencia de aquel 31 de octubre de 1517, en el que el sacerdote Martín Lutero clavó en la entrada de la Iglesia del Palacio de Wittenberg las 95 tesis en que criticaba a la Iglesia Católica por apartarse de la Biblia. Lutero pedía retornar al cristianismo primitivo, lo que desató la Reforma Protestante por toda Europa.

Confiar en la Santa Biblia como la infalible Palabra de Dios, en la salvación como acto de gracia del Señor a través del arrepentimiento de los pecados y de la fe en Cristo Jesús como nuestro salvador personal, tener a Cristo -y sólo a Cristo- como cabeza de la iglesia y vivir para glorificar a Dios son los cinco pilares de esta nación.

La nación cristiana es libre, independiente y universal. No tiene ataduras terrenales. En ella hay millones de almas que viven en la Tierra de pasada, como peregrinos en tierra extraña, sabedores de que su Reino no es de este mundo. Es un pueblo pecador que suplica el perdón y la misericordia de Cristo Jesús, que es Dios.

Cristo y sólo Cristo es el rey de este pueblo. Una nación sin límites que acepta a toda la gente del mundo que crea en Él, sin importar sexo, raza, nacionalidad, condición económica o social. No puede ser restringido por ningún estado o denominación, es único, universal como el aire que respiramos: es el pueblo de Dios.

Una pregunta para los musulmanes.

Si el dios verdadero es Alá, si Dios es musulmán y rechaza a los judíos ¿por qué consiente que exista Israel? Es más ¿por qué permite la humillación que supone que 1.500 millones de musulmanes sean incapaces de derrotar un país minúsculo de apenas 6 millones de almas? “Es que los americanos apoyan a Israel” -suelen decir-. Bueno, Israel no necesitó la ayuda de país alguno en la Guerra de los Seis Días, cuando barrió del mapa a ocho naciones arabes en menos de una semana, pero aunque así fuera… ¿Y qué? ¿Acaso los Estados Unidos tienen más poder que Alá?

En la Biblia hallamos la respuesta. El pueblo escogido es Israel: “Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes” (Génesis 17:7). El hijo de la promesa es Isaac: “En cuanto a Ismael, ya te he escuchado. Yo lo bendeciré, lo haré fecundo y le daré una descendencia numerosa. Él será el padre de doce príncipes. Haré de él una nación muy grande.Pero mi pacto lo estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara de aquí a un año, por estos días” (Génesis 17:20-21).

Israel existe porque es la voluntad de Dios. El renacer de Israel de 1948 estaba profetizado: “Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra” (Ezequiel 36:24). Dios bendice a quien bendice a Israel y maldice a quien lo maldice. Por eso todos los países islámicos sin excepción están sumidos en la calamidad mientras que EEUU es una gran potencia. Génesis 12:3 dice: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!”

Israel es invencible porque es Dios mismo quien la protege: “Tú, que salvas con tu diestra a los que buscan escapar de sus adversarios, dame una muestra de tu gran amor. Cuídame como a la niña de tus ojos; escóndeme, bajo la sombra de tus alas, de los malvados que me atacan, de los enemigos que me han cercado” (Salmos 17:7-9) . “En torno suyo —afirma el Señor— seré un muro de fuego, y dentro de ella seré su gloria” (Zacarías 2:5 ). “Tracen su estrategia, pero será desbaratada; propongan su plan, pero no se realizará, porque Dios está con nosotros” (Isaías 8:10).

Fuente: Santa Biblia Nueva Versión Internacional 1999.

¿Qué dice la Biblia de la adivinación, la hechicería, la magia y cosas similares?

Hoy en día es frecuente ver en la televisión adivinos que echan las cartas del tarot a los que la gente llama a través de una costosísima línea telefónica para  que les revele su futuro. También es muy frecuente encontrar en la prensa general anuncios de todo tipo de curanderos, así como los horóscopos y otras previsiones astrológicas. No me cabe la menor duda de que el 99% de estos tipejos son burdos estafadores que se quieren aprovechar de la buena fe de los ignorantes (porque al fin y al cabo, si realmente ven el futuro ¿por qué no compran el boleto ganador de la lotería en lugar de sacarle dinero a gente que no llega a final de mes?). Quizás haya un 1% de ellos que sí tenga alguna facultad paranormal, aunque si esto realmente es así, sabemos, con toda seguridad, que su poder vidente procede de Satán.

Antiguo Testamento.

La Santa Biblia es muy clara y contundente al respecto: “Cuando entres a la tierra que Jehová, tu Dios, te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones. No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominable para Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas cosas abominables Jehová, tu Dios, expulsa a estas naciones de tu presencia. Perfecto serás delante de Jehová, tu Dios. Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen, pero a ti no te ha permitido esto Jehová, tu Dios” (Deuteronomio 18:9-14). La adivinación constituye un acto abominable para el Señor.

A lo largo de la Santa Biblia, Dios advierte en repetidas ocasiones que los pronósticos de los adivinos son engañosos y que por tanto no debemos confiar en ellos. El profeta Jeremías lo advirtió pero no le hicieron caso: “Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos, ni hagáis caso de los sueños que sueñan. Porque falsamente os profetizan en mi nombre. Yo no los envié, ha dicho Jehová”. (Jeremías 29:8-9). También otro pasaje añade: “Y vosotros no prestéis oído a vuestros profetas, adivinos, soñadores, agoreros o encantadores, que os hablan diciendo: No serviréis al rey de Babilonia. Porque ellos os profetizan mentira, para haceros alejar de vuestra tierra y para que yo os arroje y perezcáis”. (Jeremías 27:9-10).

Hoy es muy frecuente ver gente que acude a curanderos y santones que nos ofrecen algún objeto mágico para quitarnos el mal de ojo o para lograr el amor. ¿Qué dice la Palabra? “Di: “Así ha dicho Jehová, el Señor: ¡Ay de aquellas que cosen vendas mágicas para todas las manos y hacen velos mágicos para la cabeza de toda edad, para cazar las almas! ¿Habéis de cazar las almas de mi pueblo para mantener así vuestra propia vida?  ¿Y habéis de profanarme en medio de mi pueblo por unos puñados de cebada y unos pedazos de pan, matando a las personas que no deben morir y dando vida a las personas que no deben vivir, mintiendo a mi pueblo que escucha la mentira?” (Ezequiel 13:18-19). Ni hechizos ni rituales ni talismanes ni supersticiones. Dios no quiere para sus hijos nada de esto.

Para Dios la adivinación es pecado: “Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación.Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey” (1Samuel 15:23). Este pecado pone rabioso a Dios: “Pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom, y observaba los tiempos, confiaba en agüeros, era dado a adivinaciones y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira” (2 Crónicas 33:6). Y ordena: “No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:31). O sea que es un pecado, despierta la ira del Señor y Él mismo nos ordena evitarlos, porque nos contaminan con sus malas artes.

¿Castiga Dios la adivinación y la brujería? Sí. De hecho en el antiguo Israel tales prácticas estaban penadas con la muerte: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Éxodo 22:18) y “El hombre o la mujer que consulten espíritus de muertos o se entreguen a la adivinación, han de morir; serán apedreados, y su sangre caerá sobre ellos” (Levítico 20:27). Por su parte, el Señor amenaza con el fuego a una adivina y a quienes le han consultado (Isaías 47:8-15). Aunque quizás la historia más fascinante es la de Saúl, primer rey de Israel, quien acude a la adivina de Endor para consultar con los muertos. Ante tal desobediencia, Dios es tajante y decice desposeerle de la corona y entregar  su reino a los enemigos filisteos (1Samuel 28:3-19). Estas prácticas son horrendas y Dios las castiga con mano de hierro.

Nuevo Testamento.

Hasta ahora hemos visto lo que dice el Antiguo Testamento, famoso por su severidad, pero ¿qué dice el Nuevo? ¿Es acaso más condescendiente con este pecado? No. De hecho, apunta directamente a quienes lo practican como firmes candidatos a quemarse en el infierno si no se arrepienten de sus fechorías: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8). Los santos y los justos podrán entrar en el Reino de los Cielos “pero los perros estarán afuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo aquel que ama y practica la mentira” (Apocalipsis 22:15). Los adivinos no serán salvados de la quema.

“Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio,fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gálatas 5:19-21). La Biblia dice que los hechiceros van al infierno, pero en no pocas versiones bíblicas leemos que, en tiempos del rey Herodes, tres magos acudieron a adorar al niño Jesús (Mateo 2:1-12). ¿Cómo es posible semejante contradicción? Sabemos que el Señor abomina la magia por lo que “magos” debe ser, en realidad, una mala traducción. Otras versiones hablan de tres hombres sabios, cosa que sí tiene mucho más sentido.

En la Palabra encontramos también la historia de cómo Pablo liberó a una muchacha del espíritu de adivinación que moraba en ella (Hechos 16:16-18), gracias a lo cuál sabemos que las personas que adivinan están poseídas por algún demonio que habita en su interior. También leemos cómo un coetáneo de Cristo, llamado Simón el Mago trató de sobornar a los apóstoles Pedro y Juan a cambio de poder transmitir el poder del Espíritu Santo, ante lo cuál los apóstoles reaccionaron escandalizados (Hechos 8:9-24). Las Escrituras también relatan que muchos de los que habían practicado la magia, se arrepintieron de sus pecados y quemaron sus libros mágicos públicamente (Hechos 19:18-20). Siempre, y en todos los casos, la magia es retratada -sin excepción- como algo malo.

“Pero sigo sin entender ¿por qué Dios se opone tan ferozmente a la adivinación? ¿Qué tiene de malo que uno consulte a la pitonisa?” -puedes preguntarte-. El Señor se opone básicamente por tres razones. La primera es que Él desea que toda nuestra fe y confianza descansen solamente en Él, y en nadie más (Jeremías 17:5-8). La segunda es que los adivinos no son de fiar porque mienten (Jeremías 29:8-9). Y la tercera, el Espíritu Santo entrega el poder de profecía (1 Corintios 12:10) pero el de adivinación proviene del diablo (Hechos 16:16-18). Dios aborrece la magia, la hechicería, la brujería, el espiritismo, la adivinación, la astrología, el horóscopo, el tarot, la quiromancia, el esoterismo, el ocultismo y otras prácticas similares porque nos apartan de la luz del Señor y nos acercan a las tinieblas de Satán.

Fuente: Biblia Reina-Valera 1995.

Falacia atea: Si hubiera un Dios nos daría pruebas irrefutables de su existencia.

Uno de los argumentos que los ateos repiten con más fuerza es la falta de señales visibles, indiscutibles, acerca de la existencia de Dios. Al fin y al cabo si hay un Creador ¿qué le costaría hacer algo lo suficientemente contundente para que a nosotros, sus criaturas, no nos quedara ni la más mínima duda acerca de que Él existe?

Dice la Biblia que quien viendo la creación niega la existencia de Dios es un necio. Además, también en nuestros días asistimos a algunos milagros cotidianos. Pero o bien la incredulidad humana es demasiado grande o bien esas señales no son lo suficientemente indiscutibles, porque nos seguimos preguntando si Dios existe o no.

Yo soy un gran aficionado a la lectura de tebeos. Uno de mis personajes favoritos es el mutante Magneto, un supervillano cuyo gigantesco poder para controlar el electromagnetismo es sólo comparable a su extraordinaria ambigüedad moral.  Si alguien así existiese en la vida real, podría conquistar el planeta entero en pocas horas.

En la película X Men  III: The Last Stand , inspirada en los cómics de X Men, se puede ver multitud de escenas espectaculares. Una me impactó especialmente: con sólo apuntar con su mano, Magneto arranca de sus cimientos el Golden Gate de San Francisco y hace que sobrevuele la ciudad, flotando como si fuera un globo.

Por supuesto Magneto es un personaje de ficción. Pero si fuese real, si viésemos a alguien capaz de hacer flotar en el aire un puente de miles de toneladas o de otras cosas semejantes… claramente diríamos de él que es Dios…. Porque al fin y al cabo ¿quién más podría tener poder suficiente para obrar prodigios de semejante calibre?

El ser humano tiene hambre de Dios. Anhela contemplar una señal indiscutible que le certifique que hay un Creador. En la lógica humana, hay que ver para creer. Pero Dios no tiene lógica humana. Tiene lógica divina, que funciona justo al revés que la nuestra. Para el Señor hay que creer para ver. Y ahí entra en juego la fe.

Decía el célebre científico Blaise Pascal que cuando Cristo vino al mundo debía obrar milagros lo suficientemente explícitos como para que la gente creyera en Él como mesías pero al mismo tiempo que no fuesen tan exageradamente explícitos como para que absolutamente todo el mundo se percatara de Él que era Dios mismo.

Jehová no es un mago que se saca conejos de la chistera. Él podría hacer que el Golden Gate flotara por encima de nuestras cabezas y otras cosas aún mucho más impresionantes para que no nos quedara ninguna duda al respecto de su existencia. Pero entonces ya no habría lugar para la fe. Y Dios nos pide creer para ver.

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