¿Entrará todo el mundo en el Reino de los Cielos o sólo unos pocos?

¿Entrará todo el mundo en el Reino de los Cielos? ¿O sólo una minoría? Dice el teólogo José de Segovia: «La imaginación po­pular ha creado un Dios de luenga bar­ba blanca y mirada bonachona, que ob­ser­va indulgentemente las travesuras de los hombres. Como un Papá Noel celestial, este Dios amoroso siempre dispuesto a perdonar, nos recibirá a todos al final con los brazos abiertos, aunque hayamos hecho de nuestra vida un desastre… Este concepto vacío de un amor permisivo y gracia barata, que hace el Cielo obligatorio para todos, excepto tal vez Hitler y algún que otro asesino en serie, se ha convertido en el ídolo de nuestro tiempo. Hoy más que nunca tenemos que proclamar al mundo que hay un Dios de amor, pero el amor no es Dios…»

¿Se corresponde esta creencia con la realidad? No, en absoluto. De hecho, esta idea, tan extendida como falsa, se basa en un profundo desconocimiento bíblico. Si quieres saber cómo piensa, siente y actúa Dios debes leer la Biblia. En ella dice claramente: «El Señor es tardo para la ira y abundante en misericordia; el Señor perdona la iniquidad y la rebelión, pero no las deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación» (Números 14:18). Es decir, el Todopoderoso es misericordioso, es compasivo, tiene una gran paciencia y está dispuesto a perdonarnos pero… y aquí está el detalle: también es iracundo y castiga la maldad de las personas. Y cuando Dios se enfada, ponte a temblar porque su furia es colosal.

Nos cuenta la Biblia que el Creador destruyó las ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de su homosexualidad (Génesis 19:1-29), que convirtió a la mujer de Lot en estatua de sal en pago por su desobediencia (Génesis 19:26), que mandó diez plagas sobre Egipto (Éxodo 7:8 – 11:10), que destruyó la pecaminosa ciudad de Nínive (libro de Nahúm), que envió al rey babilonio Nabuconodosor a invadir Judá por la desobediencia de los judíos (Daniel 1: 1-2) e incluso que mandó un diluvio universal que destruyó a toda la humanidad, excepto a Noé y su familia. Si Dios fue capaz de hacer todo esto y mucho más como castigo a los pecados ¿crees que le va a temblar el pulso a la hora de enviarte al infierno en pago a tus pecados? ¿Acaso vas a ser la excepción tú?

Muchas personas creen que el día de mañana Dios efectuará una amnistía general, un perdón colectivo para todo el mundo, salvo quizás para unos pocos malos malísimos. Muchas personas piensan que pueden hacer lo que les dé la gana, vivir su vida como a ellos les apetezca y olvidarse de Dios porque luego, al final de la corrida, les va a perdonar por todo lo que hayan hecho. Otros muchos creen que les basta con ser «buenos»: con hacer buenas obras, pagar los impuestos, no desear el mal a nadie y ayudar a la ancianita a cruzar  la calle. Todos éstos cuando mueran descubrirán atónitos y horrorizados que van a ir al infierno porque no hicieron caso de las advertencias que el Señor les hizo. Que nadie se equivoque porque el Cielo está reservado para unos pocos.

Y esto no lo digo yo sino el propio Jesús: «Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos» (Mateo 22:14). También dijo: «Entrad por la puerta estrecha. La puerta que conduce a la perdición es ancha, y el camino fácil, y muchos son los que pasan por ellos. En cambio, es estrecha la puerta y angosto el camino que llevan a la vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mateo 7.13-14). Cristo mismo insiste sobre  la dificultad de llegar al cielo, y que, por lo tanto, son muy pocos los que entrarán en él. «Procurad estar en paz con todos y llevar una vida de consagrados, sin ello nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). O dicho de otro modo: debemos tener una conducta lo más íntegra y recta que nos sea posible porque sin santidad nadie verá al Señor.

También mucha gente que va a la iglesia los domingos se abrasará en el infierno. Dijo Jesús: «No todos los que dicen: «Señor, Señor» entrarán en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en el día del juicio: «Señor, Señor, mira que en tu nombre hemos anunciado el mensaje de Dios, y en tu nombre hemos expulsado demonios, y en tu nombre hemos hechos muchos milagros». Pero yo les contestaré: «Me sois totalmente desconocidos. ¡Apartáos de mí pues os habéis pasado la vida haciendo el mal!». (Mateo 7:21-23). Solamente los verdaderos creyentes, los que de verdad se arrepientan de sus pecados, confíen ciegamente en Cristo como su salvador y vivan en santidad, serán salvos. Es decir, muy poca gente.

Hipócritas.

Sé bien que soy pecador, que tengo mis flaquezas y debilidades, que cometo faltas a diario y por tanto nunca me pondré a mí mismo como ejemplo de nada porque sinceramente no creo que lo sea. Ahora bien, advertido esto, también diré que intento predicar con el ejemplo en aquellas cosas de las cuales hablo. En las facetas en las que no puedo hacerlo, simplemente prefiero callar.

Sin embargo, me llama la atención la enorme cantidad de personas que veo que defienden una cosa para los demás y la contraria para ellas. ¿Por qué las voces que abogan por abaratar el despido corresponden a ricos con contratos blindados con tropecientas cláusulas y una indemnización millonaria? ¿O a funcionarios que no pueden ser despedidos? No lo entiendo, la verdad.

¿Por qué será que de todos cuantos reclaman moderación salarial ninguno tiene un sueldo moderado? Señor banquero, si tan buena es dicha moderación ¿por qué se sube usted el sueldo un 40%? Si lo desea, cambiamos nuestros emolumentos. ¿Y por qué los señores diputados quieren hacernos trabajar hasta los 67 años si a ellos les basta con laborar 8 para tener pensión vitalicia y de lujo?

¿Por qué si el aborto es tan bueno ninguno de los que lo apoya se arrepiente de haber nacido? ¿En serio piensa usted que el aborto es bueno? Si es así, aún está usted a tiempo de coger una pistola y abortar su propia vida. ¿Por qué no lo hace? Ah, vale… ¡Que se trata de impidan el derecho de nacer a los demás, pero no a mí, claro! Muy equitativo, muy justo. Predicando con el ejemplo. Sí, señor.

¿Por qué el PSOE se llama obrero si luego regala el dinero de los trabajadores a los bancos? ¿Por qué el PP dice en Valencia que está a favor del trasvase del Ebro pero en Aragón se pronuncia en contra? ¿Por qué España 2000 clama contra los inmigrantes si obtiene fondos de la prostitución, oficio realizado en el 90% de los casos por mujeres de origen extranjero? ¡Cómo son los políticos!

Son sólo algunas preguntas que me vienen a la cabeza. Todos podemos tener contradicciones. O equivocarnos. Yo el primero. Pero aquel que desea para los demás lo que rechaza para sí mismo es un hipócrita. Ama al prójimo como a ti mismo. No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen. El mundo sería más sencillo si entendiésemos lo que estas palabras quieren decir.

¿Nos salva una religión, una iglesia, nuestras obras o el Salvador?

«Ningún otro puede salvarnos pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido autor de nuestra salvación» (Hechos 4:12).

Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí»  (Juan 14:6). Fíjate bien lo que dice… No dice nadie va al Padre (es decir, al cielo)  a través de una religión. No dice a través de una iglesia o por sus buenas obras. No. Dice: «Nadie va al Padre sino por mí». Jesucristo afirmó ser el camino. No un camino. Sino el camino. Solamente hay un camino para salvarnos: y es que sea Jesús quien nos salve. Si algún cristiano piensa que es una religión la que le va a salvar, tengo malas noticias para él: Jesús no era católico ni evangélico ni ortodoxo. Él era judío. Si alguien piensa que por ser judío se va a salvar, se equivoca: si lees el Nuevo Testamento verás que Jesús centraba la mayoría de sus ataques no en borrachos o prostitutas sino en los religiosos de la época. En gente que era religiosa o que decía serlo.

Si no es una religión entonces ¿es quizás una iglesia concreta la que nos salvará? La Biblia nos dice que eso no es posible porque las iglesias están compuestas por personas pecadoras. «Por cuanto todos pecaron, todos quedan destituídos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Dicho de forma sencilla: nadie puede entrar en el cielo si tiene pecado (y ahí radica el problema: en que todos somos pecadores). ¿Puede una iglesia compuesta por pecadores salvarme a mí de mis propios pecados? Eso es como si una persona que no sabe nadar quiere salvar a otra que se está ahogando. ¿Me va a salvar a mí la Iglesia Católica, que ha tenido Papas fornicarios y asesinos; la Iglesia Evangélica, que ha contado con falsos profetas y estafadores, o cualquier otra iglesia? No, de ningún modo. Definitivamente ningún pecador puede salvar a otro.

Mucha gente opina que son sus acciones las que les van a salvar porque son ciudadanos honestos, que hacen buenas obras o que no le desean el mal a nadie. Sin embargo, todo esto no es suficiente ya que incluso aunque seamos muy bondadosos aún así seguiremos teniendo pecado y eso nos cierra las puertas del cielo. Además, veamos de qué manera concreta somos salvos: «Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La Biblia indica que la salvación la obtenemos por fe, que es un regalo del Señor y que no es por obras ya que si de nuestros propios méritos dependiera, entonces nuestro corazón se podría llenar de orgullo y eso es algo que Dios aborrece. Por eso, nuestras obras nunca pueden ser la llave del cielo.

Entonces si no es una religión ni es una iglesia ni son nuestras obras… ¿Qué o quién nos salva? Pues el Salvador. Es decir, Jesucristo. Piensa una cosa… Cuando Dios envía a un salvador a la Tierra con la misión de limpiar a la humanidad de sus pecados y  de impedir que acabe abrasada en el infierno es por la sencilla razón de que nosotros, los humanos, no podemos salvarnos a nosotros mismos. Si así fuera, si yo pudiera entrar en el cielo por mí mismo, sería absurdamente innecesario que Dios hubiese enviado a un salvador a la Tierra. No somos nosotros, sino Dios, quien nos salva. ¿Entonces qué debemos hacer? Arrepentirnos de nuestros pecados y aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador personal. Acepta a Cristo en tu corazón hoy mismo. Antes de que sea demasiado tarde. Quien sabe si mañana estarás vivo.

¿Cuándo será el fin del mundo?

¿Cuándo será el fin del mundo? Es la pregunta del millón. Bueno, primeramente debemos matizar ya que lo que popularmente es conocido como «fin del mundo» no es del todo exacto.  Quizás deberíamos hablar mejor de «fin de los tiempos», ya que será el fin de una era para dar comienzo a otra, pero no el fin del planeta. Aunque desde luego sí será el fin de «nuestro mundo», es decir, del mundo tal y como lo entendemos hoy para dar paso a uno mejor. Pero la cuestión es ¿cuándo ha de acontecer todos estos hechos?

«Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre«. (Mateo 24: 36 y Marcos 13:32). Jesús no quiso dar la fecha, ni el día ni la hora. «No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones que el Padre puso en su sola potestad» (Hechos 1:7). Tremendo, ni siquiera el mismísimo Hijo de Dios lo sabe (tan sólo el Padre), pues según advierte el propio Cristo no es asunto nuestro conocer la fecha exacta en que ha de venir el juicio de Dios y el fin de los tiempos profetizados en la Biblia.

Sin embargo, la Santa Biblia, hablando del fin de los tiempos, siempre dice que debemos estar preparados. Aunque no sabemos la fecha, este día vendrá como un ladrón en la noche: «Por tanto, también vosotros estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora que no pensáis» dice Jesús (Mateo 24:44).  «Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche» (es decir, cuando menos se lo espera uno) (2 Pedro 3:10; 1 Tesalonicenses 5:2 y Apocalipsis 16:15). Ese día inesperado sorprenderá a muchos.

Se nos dice que no nos corresponde saber la fecha del fin de los tiempos, que solamente Yaveh la sabe y que será cuando menos nos la esperemos. Ahora bien… hay un versículo que nos da una pista muy grande y es el siguiente: «Y será predicado este Evangelio del Reino a todas las naciones, y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). A la luz de este versículo de la Biblia se puede llegar a varias interpretaciones (algunas de las cuales presagian un fin del mundo muy lejano y otras uno muy próximo en el tiempo):

1. El Evangelio será predicado en todas las naciones y entonces llegará Cristo en su segunda venida. Si entendemos como predicar el llegar aunque sea de forma testimonial a todos los países del mundo, entonces eso ya se ha cumplido. Si en el mundo hay, pongamos por caso, 200 estados soberanos, bastaría con enviar a 200 misioneros (cada uno a un país distinto) y que predicaran en la plaza mayor del primer pueblo que viesen. Así se podría llegar simbólicamente «a todo el mundo» en apenas 48 horas.

2. El Evangelio será predicado en todas las naciones y entonces llegará Cristo en su segunda venida. Aquí no entendemos nación en el sentido político (estado soberano) sino nación en el sentido cultural (un pueblo con una cultura propia). Hay más de 7.000 lenguas en el mundo y numerosos grupos indígenas que aún hoy jamás han oído hablar de Cristo (la mayoría, tribus de África Occidental). Predicar a todas las naciones culturales aunque fuese de forma testimonial podría lograrse a lo más tardar en un siglo o dos.

3. El Evangelio será predicado de forma generalizada en todas las naciones y entonces llegará Cristo en su segunda venida. Teniendo en cuenta que hoy está prohibido predicar en los países islámicos, que en Israel apenas hay un 0,2% de cristianos y que la presencia del cristianismo es marginal en Asia (donde se concentra el 55% de la población mundial)  lograr que el mensaje fuese conocido de forma más o menos general podría llevar siglos o milenios, aunque la TV por satélite podría reducir mucho ese tiempo.

4. El Evangelio será predicado en todo el mundo durante el milenio de paz profetizado en la Biblia, es decir, después de la segunda venida de Cristo y no antes. En ese aspecto, y a diferencia de los casos anteriores, el fin de los tiempos sí podría estar muy cerca. Bastaría con ver un día de éstos en el telediario a un gran líder que logra un acuerdo de paz estable y duradero entre árabes e israelíes. Ése será el anticristo y  su  falsa paz la calma que precede a una era de terror como nunca la humanidad ha visto ni verá.

5. Otra posibilidad distinta: el Evangelio se acabaría de predicar en el planeta por un ángel y no por humanos. Dice la Biblia: «Y vi volar en medio del cielo a otro ángel que tenía un evangelio eterno para anunciarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Apocalipsis 14:6). La evangelización sería concluida de modo sobrenatural, por lo que el fin del mundo podría ocurrir en cualquier momento. El ángel podría acometer dicha labor a una velocidad impensable para la gente.

Lo cierto es que el fin del mundo ocurre a diario para millones de personas. Cuando alguien fallece, el fin ha llegado para esa persona. Todos pensamos que nos vamos a morir  cuando tengamos 80 años de edad pero el cementerio está lleno de fotos de gente joven. Acepta a Jesucristo como tu Señor y Salvador personal para que pueda lavar tus pecados y darte vida eterna. Es la única forma de salvarse. Acéptalo en tu corazón antes de  que sea demasiado tarde y el fin te haya alcanzado sin que te des cuenta.

Si Lutero levantase la cabeza.

«Si Satanás puede pervertir y cambiar el sentido de  las Escrituras ¿qué no hará con mis palabras o las de los demás?»

Martín Lutero.

Los tiempos que vivimos son muy difíciles para la Iglesia Evangélica. Afloran por doquier falsos profetas y doctrinas equivocadas que llevan a camino de perdición, quizás como si de un signo de los últimos tiempos se tratase. Quién sabe. Lo cierto es que en el siglo XVI el sacerdote Martín Lutero inició la reforma protestante contra la teología corrupta y desviada de la Iglesia Católica de Roma.

Protestaba fundamentalmente por la venta de indulgencias y bulas papales que permitían vivir en pecado si pagabas un dinero; contra la idolatría; contra la afirmación de que existe un lugar llamado purgatorio (que casualmente no se menciona ni una sola vez en toda la Biblia) y contra la idea de que la salvación se halla en una religión o en una iglesia concretas y no en la obra redentora de Cristo.

Pero ¿y si hoy levantase la cabeza Lutero? ¿Qué pasaría? Por supuesto, vería que la mayoría de cosas contra las que protestaba siguen vigentes en la Iglesia Católica. Pero… y ahí viene lo más sangrante… se horrorizaría al ver la enorme cantidad de falsos profetas y falsas doctrinas que muy sibilinamente se han ido aposentando en las iglesias evangélicas. Del susto, Lutero se volvía a morir.

Hablo por ejemplo de la ordenación de obispos homosexuales en la Iglesia Luterana. O de las llamadas iglesias arco iris que ofician matrimonios entre personas del mismo sexo. Todo obedece a esta corriente relativista que dice que la iglesia tiene que “adaptarse a los nuevos tiempos”. Curiosamente las iglesias que han dado el paso han perdido el apoyo de sus fieles hasta quedarse vacías.

También hablo de algunos cristianos que son liberales en lo económico y que parece que idolatran al mercado, lo adoran como si de un nuevo dios se tratase. O de la aberrante y anticristiana teología de la prosperidad, impulsada por estafadores, que presupone que Dios puede ser sobornado con dinero y de este modo cumplirá nuestros deseos como si de un genio de la lámpara maravillosa se tratase.

También los hay que introducen falsas doctrinas no por mala fe sino por equivocación como la de, y admito que yo mismo podría estar equivocado, el rapto pretribulacional. Dicha tesis suena con mucha fuerza desde hace sólo cien años. Históricamente siempre se ha hablado de dos venidas de Cristo al mundo (no de tres) y de que el arrebatamiento de la iglesia sería tras la Gran Tribulación en los postreros días.

La Palabra de Dios es eterna y vale para todos los tiempos. No es la iglesia la que se tiene que adaptar al mundo sino al revés. De lo contrario estamos creando un falso cristianismo hecho a nuestro gusto, como si de un menú de restaurante se tratase. Hoy abundan los falsos profetas y las falsas doctrinas que llevan a los justos a condenación. Hace falta una escoba para barrer toda la basura.

El puño del infortunio aplasta Haití.

El sobrecogedor terremoto que ha asolado Haití hace unos días ha sido el más destructor del mundo en mucho tiempo. El seísmo, que ha provocado la muerte de más de 100.000 personas, ya ha sido comparado por su devastación con las bombas atómicas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki en la no tan lejana década de 1940.

Es sólo la gota que colma el vaso de una lista infinita de tragedias que han azotado a este pueblo desde que se independizó de Francia en 1804. Es la primera república negra de la historia, la primera en expulsar a los colonos blancos. Pero aunque el país se liberó de la esclavitud  desde entonces todo le ha ido de mal en peor.

En los últimos 200 años hubo una cascada de guerras, golpes de estado, dictaduras, corrupción generalizada, hambre, miseria, represión, colonialismo, deuda… Mas en todo este tiempo a nadie le ha importado que los malos gobernantes hayan saqueado al país más pobre de América y uno de los más famélicos de la Tierra.

Contínuos cortes en el suministro eléctrico, falta de agua potable, carreteras polvorientas aún por asfaltar, la ausencia de una sanidad y una educación dignas… Gente inocente que vive hacinada como ratas, que busca comida entre la basura y que sufre a diario por sobrevivir en un estado fallido, una pocilga de país.

Haití parece un país maldito, como si viviese bajo el embrujo del mismo demonio. En los últimos tiempos los haitianos se han apartado de Cristo y se han encomendado a rituales de corte satanista: vudú, brujería, ocultismo, espiritismo, animismo, magia, adivinación, mal de ojo… Prácticas condenadas por la Biblia.

Es el deber de los cristianos apoyar a estas personas con nuestras oraciones y con nuestra ayuda material, que ya está siendo enviada por las iglesias. El terremoto sólo ha sido una calamidad más de una larga lista… antes de que la muerte fuera a cubrirles con su mortaja, los haitianos ya conocían demasiado bien su rostro.

¿Qué quiere decir que Jesús murió en la cruz para salvarnos?

Pregunta de Michelle León.

Pamplona, Navarra. España.

¿Por qué murió Cristo en la cruz? ¿Qué significa su crucifixión? Hoy en día se ha perdido el significado que conlleva dicho gesto de entrega. Y es normal, pues tiene que ver con una cultura (la judía), un país (Israel)  y una época (la de hace 2.000 años) que no son los nuestros, con los que no estamos muy familiarizados y que, por lo tanto, es normal que nos suenen extraños. Voy a intentar explicar con palabras sencillas lo que significaba en la sociedad judía el sacrificio del cordero y su relación con la crucifixión de Cristo. Pero como no es asunto sencillo, pondré primero un ejemplo actual para que el lector pueda entenderlo mejor.

Piense por un instante en cuál es, de entre todas sus pertenencias, su objeto preferido… Quizás se trate de su ordenador, de su teléfono móvil, de su ropa, de su colección de sellos, su coche, quizás sea un peluche de la infancia, la televisión, el dinero… Piénselo. En mi caso, que soy un lector empedernido y un bibliófilo declarado, se trata de mi abultada colección de tebeos y libros.

En la antigüedad la posesión más preciada era el ganado, y muy especialmente el cordero. En aquella época tener ganado era símbolo de riqueza. Los animales tenían un valor doble: como dinero (al venderlos) y como alimento (al matarlos). De hecho, en la Biblia siempre que se habla de alguien rico, inmediatamente se menciona el número de cabezas de ganado que tenía. Es como si hoy dijéramos: «Fulanito es muy rico; tiene quince pisos y once coches».

Pues bien, cuando los judíos cometían un pecado, para pedir perdón a Dios sacrificaban un cordero (algo altamente valioso en aquella época). Es como si en la actualidad, cada vez que yo peco contra Dios quemara una colección de tebeos o un libro antiguo… Para mí, que me encanta leer, supondría un sacrificio muy grande. O es como si un coleccionista de sellos renunciase a una parte de sus sellos. O como si un rico renunciase a su Ferrari. O como si usted renunciase a su objeto preferido. Evidentemente, duele. Es, como una forma de sacrificarse, de desprenderse de algo importante para nosotros. Era como decir: «Mi posesión X me importa mucho, pero Dios aún más, y para demostrárselo voy a renunciar a algo que para mí resulta muy valioso, aunque me duela».

Ésta era la forma en que los judíos demostraban su amor a Yaveh. En contrapartida, se entendía que cada vez que se hacía este sacrificio, Dios perdonaba los pecados de esa persona. Pero llegó un momento en que el Señor quiso demostrar a los humanos que Él los amaba a ellos aún más que ellos a Él. Así que si los humanos entregaban su pertenencia más valorada (el cordero), Jehová les entregó a ellos lo más precioso que tenía: a su hijo, Cristo.

Cristo vino a la Tierra con la misión última de ser sacrificado como un cordero. La crucifixión en absoluto le llegó de sorpresa. Al contrario: Él ya sabía muy bien a lo que venía. Así, con el derramamiento de su sangre preciosa, Dios perdonaba los pecados de la humanidad. O al menos los de aquellas personas que se arrepientan de su mala conducta y crean en Jesús como su Señor y salvador. Por esto es que se llama a Cristo «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Un judío mataba a un cordero para que se lavasen sus pecados. Dios sacrificó a su propio hijo como a un cordero para lavar los pecados del mundo. Es más, la Biblia entera, el cristianismo entero, se puede sintetizar a la perfección en un solo versículo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su único hijo para que todo aquel que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

¿Era imprescindible sacrificar a su propio hijo para perdonar los pecados a la humanidad? No necesariamente. Yaveh podría haber dicho simplemente: «Vale, estáis perdonados». Pero Él prefirió hacer una gigantesca demostración de amor que además encajaba a la perfección en la sociedad y la tradición judías del momento. Es como decir: «No sólo te perdono tus pecados; es que te amo tanto que además estoy dispuesto a morir por ti. Y en una muerte de cruz, además». ¿Qué mayor muestra de amor que ésa? Mucha gente sería reticente a dar su vida por un familiar. Cristo dio la vida por todos; incluso por aquellos que le escupían, se burlaban de Él o lo asesinaron. Y ojo, porque quienes lo mataron no fueron los judíos o los romanos. Fuimos todos. A Cristo no lo mató una cruz o unos clavos o una lanza sino nuestros pecados. Porque Jesús murió y resucitó para lavar los pecados de toda la humanidad, pasados, presentes y futuros. Incluídos los suyos y los míos.

¿Por qué Jesucristo es el Dios verdadero?

¿Todas las religiones son igualmente válidas? ¿Todas te salvan? Hay muchos nombres para la religión en el mundo, pero todos ellos encajan dentro de la misma categoría. Todas las religiones, a excepción hecha de la cristiandad bíblica, te explican que tú vas a obtener un premio en la otra vida (llámale cielo, paraíso, nirvana, etc.) y que lo vas a lograr por tus propios méritos; es decir, por hacer buenas obras o cumplir con determinados rituales religiosos.

Sin embargo, la Biblia te explica algo radicalmente diferente: que todos los seres humanos somos pecadores y que por lo tanto quedamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Hablando en cristiano (nunca mejor dicho): que cualquier persona que tenga pecado no tiene permitido entrar en el cielo. Y el problema es que todas las personas tenemos pecado y que por lo tanto, no podemos salvarnos a nosotras mismas ni entrar en el cielo.

La única posibilidad de salvación que tenemos entonces es que  venga una tercera persona: un salvador, un socorrista, y nos salve. Por eso es precisamente que Dios envía al mundo a un salvador; para que éste nos rescate, nos salve de nuestros pecados. Y ese socorrista se llama Jesucristo. Por eso es tan importante declararlo con el corazón y con la boca como nuestro señor y salvador. Quien acepte a Cristo se salva, quien lo rechace se condena.

Pondré un ejemplo muy gráfico y todo el mundo lo entenderá enseguida: imagina una persona que no sabe nadar y se lanza a una piscina honda. Lógicamente, se ahogará. Las religiones del mundo le dirán: «Tranquilo, tú te vas a salvar a ti mismo, por tus méritos te vas a salvar». Mientras que el cristianismo bíblico le dice: «Tú no te vas a salvar por ti mismo… La única posibilidad es que un socorrista se lance dentro de la piscina y que te saque de ella».

Pues bien, ese socorrista es Jesús.  Quien acepte a Cristo se salva, quien lo rechace se condena. No se trata de religión. Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí» (Juan 14:6). Fíjate qué nos dice: «Nadie va al Padre (a Dios, al cielo en definitiva) sino por mí». No dice nadie va al Padre sino a través de una religión, o a través de una iglesia o a través de tus buenas obras. Nos dice exactamente: «Nadie va al Padre sino por mí».

No se trata de ser católico, protestante, ortodoxo o judío porque no te va a salvar una religión. Tampoco te va a salvar de tus pecados una iglesia, porque está compuesta por pecadores (sería como si una persona que no sabe nadar quisiera salvar a otra que se está ahogando). Ni tampoco te vas a salvar por tus obras, pues dice la Biblia que la salvación es un regalo del Señor  y que nadie se salva por sus obras para que no se enorgullezca (Efesios 2; 8-9).

No, no se trata de «religión» en el sentido tradicional de la palabra (ir a misa, rezar el Padre Nuestro y el Ave María, conmemorar la Semana Santa e ir a la procesión del Corpus Christi). No se trata de un «protocolo ceremonial», de un «ritual», de una «burocracia litúrgica» sino más bien de tener una relación personal, familiar, próxima, directa con Cristo, que es Dios. Pues dijo Jesús: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Juan 11:25).

¿En Cristo se cumplen las profecías de que Dios encarnado vendría a la Tierra?

En estos días en que conmemoramos el nacimiento de Jesús debemos tener en cuenta que con la venida de Cristo al mundo se cumplen literalmente cientos de profecías del Antiguo Testamento que advertían que Dios mismo se encarnaría en el cuerpo de un hombre, que caminaría entre las personas  y que vendría al mundo con la misión de salvar  a la humanidad de sus pecados. Es imposible desde el punto de vista probabilístico que  tantísimas profecías se cumplan en la figura de un hombre y éste no sea el salvador prometido en las Escrituras. Un falso mesías podría haber tratado de autocumplir las profecías y hacer ver al mundo que él era el salvador, pero si hubiese sido un impostor jamás hubiese podido hacer realidad cosas que escapaban a su control directo, como por ejemplo determinar su lugar de nacimiento (Miqueas 5:2) o la reacción de la gente ante su mensaje. Veamos una pequeñísima muestra que corrobora lo dicho:

1. Entrará a Jerusalén:

Profetizado: Zacarías 9:9

Cumplimiento: Mateo 21: 1-9; Juan 12:12-16

2. Irá montado en un pollino:

Profetizado: Isaías 53:12; Zacarías 9:9

Cumplimiento: Marcos 11.1-11

3. Sufrirá con los pecadores y orará por sus enemigos:

Profetizado: Isaías 53:12

Cumplido: Mateo 27:38; Marcos 15:27-28; Lucas 23:23-24

4. Será rechazado por su propia gente:

Profetizado: Isaías 53:1; Isaías 53:3; Salmo 118:22

Cumplimiento: Juan 1:11; Juan 12:37-43; Mateo 26:3-4; Hechos 4: 1-12

5. Será traicionado por un amigo:

Profetizado: Salmo 41:9

Cumplimiento: Juan 1:11; Juan 12:37-43; Mateo 26:3-4; Hechos 4:1-12

6. Vendido por 30 piezas de plata:

Profetizado: Zacarías 11:12

Cumplimiento: Mateo 26:14-16

7. En silencio delante de sus acusadores:

Profetizado: Isaías 53:7

Cumplimiento: Mateo 27:12-14; Marcos 15:3-5; Lucas 23:8-10

8. Juzgado y condenado:

Profetizado: Isaías 53:8

Cumplimiento: Mateo 27: 1-2; Lucas 23:1-25

9. Golpeado, torturado, escupido, humillado, burlado y mofado:

Profetizado: Salmo 22:7-8; Isaías 50:6; Miqueas 5:1

Cumplimiento: Mateo 26:67; Mateo 27:26-30; Mateo 27:39-43; Marcos 14:65; Marcos 15:19; Lucas 22:63-64; Lucas 23:11; Lucas 23:35; Juan 19:1-3

10. Se le ofreció vinagre para apagar su  sed.

Profetizado: Salmo 69.21; Salmo 22:15

Cumplimiento: Mateo 27.34; Juan 19.28-30

11. Echaron a suertes sus ropas:

Profetizado: Salmo 22:18

Cumplimiento: Mateo 27:35; Marcos 15:24; Juan 19:23-24

12. Crucificado, sus manos y pies son traspasados:

Profetizado: Salmo 22:16; Zacarías 12:10

Cumplimiento: Lucas 24:39; Juan 19:18; Juan 19:34-37; Juan 20:27; Apocalipsis 1:7;

13. Ejecutado, ningún hueso fue roto:

Profetizado: Éxodo 12.46; Salmo 22:17; Números 9:12

Cumplimiento: Juan 19:31-36

14. Morirá como sacrificio por nuestros pecados y como expiación por los pecados de la humanidad:

Profetizado: Isaías 53:5-12

Cumplimiento: Juan 1:29; Juan 11:49-52; Hechos 10:43; Hechos 13:38-39; I Corintios 15:3

15. Enterrado con los ricos en su muerte:

Profetizado: Isaías  53:9

Cumplimiento: Mateo 27:57-60

16. Levantado de su muerte:

Profetizado: Salmo 16:10; Isaías 53:9-10

Cumplimiento: Mateo 28:1-20; Marcos 16:1-8; Lucas 24:1-48; Juan 20:1-31; Hechos 2:23-36

17. Ascenderá a la diestra de Dios:

Profetizado: Salmo 16:11; Salmo 68.18-19; Salmo 110:1

Cumplimiento: Lucas 24:51; Hechos 1:9-11; Hechos 7:55; Hebreos 1:3

Israel: el pueblo escogido por Dios.

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Israel es la punta de lanza de la democracia en Oriente Próximo, un bastión de la civilización occidental y la primera muralla de defensa de Europa frente al terrorismo islamista. Es la Tierra Santa donde nació, murió y resucitó Jesús. Pero por encima de todo, Israel es, le pese a quien le pese, el pueblo escogido por  Dios.

Después de casi 2.000 años de inexistencia, Israel volvió a ser un estado en 1948; de este modo se cumplió la promesa de Jehová de que reuniría a su pueblo y lo devolvería a su país (Ezequiel 36:24). Israel no existe por casualidad: es la voluntad divina la que lo sostiene pues debe cumplir un importante papel en el futuro.

Desde su nacimiento ha enfrentado mil y una guerras, conflictos e intifadas: Guerra de la Independencia (1948), Guerra del Sinaí (1956), Guerra de los Seis Días (1967), Guerra de Desgaste (1968-70), Guerra del Yon Kipur (1973), Guerras del Líbano (1982 y 2006) y un infinito etcétera. Israel cuenta las batallas por victorias.

Los judíos son un pueblo brillante y trabajador capaz de convertir un pequeño pedazo de tierra en una de las naciones más poderosas de la Tierra o de hacer florecer un vergel de naranjos en medio del árido desierto. Su inteligencia y talento asombran: sólo hay 15 millones de judíos y han ganado casi 200 premios Nobel.

Algunos malintencionados comparan a los hebreos con los nazis, pero lo cierto es que los alemanes mataban a los judíos porque pretendían exterminarlos mientras que los israelíes combaten contra terroristas para evitar que éstos les maten. Israel lucha por sobrevivir pues sabe bien que el día que pierda una sola guerra será su fin.

El judío es el pueblo que más ha sufrido en toda la historia de la humanidad y necesita de una patria para que nunca más se repita el Holocausto. Este pequeño estado es capaz de mantener a raya a más de 1.400 millones de musulmanes que desean su aniquilación. Y lo hace porque cuenta con la protección del mismo Dios.

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