Tayikistán: la pequeña Persia.

La belleza de esta nación recuerda a la del Tíbet. Inmensas montañas (con abominable hombre de las nieves incluido) cubren el 93% de este país, el más pequeño de Asia Central que tiene la mitad del territorio por encima de los 3.000 metros.  Sus primaveras floridas son un estallido de color. El clima oscila, según zonas y épocas, de los 50º a -60º.

No por estar más metido en las montañas el país se ha librado de mil invasiones, pues era un punto de paso en la Ruta de la Seda. Macedonios, persas, árabes, mongoles, rusos, soviéticos y otros muchos imperios han dejado en la zona la huella de su bota opresora. Tayikistán se independizó en 1991, tras la desintegración de la otrora temible Unión Soviética.

De 1992 a 1997 la república sufrió una Guerra Civil que enfrentó al gobierno -herederos de los viejos comunistas- con los islamistas, guerrilleros apoyados desde Afganistán. La guerra se saldó con 50.000 muertos y el triunfo gubernamental. El Estado procura que el extremismo religioso no se dispare en una sociedad donde los musulmanes suponen el 98%.

A diferencia de sus vecinos de Asia Central, los tayikos no son un pueblo túrquico sino los primos hermanos de los iraníes ya que tienen una lengua, una cultura y una historia íntimamente relacionadas con Persia, hoy Irán. De hecho, tras tantos años de alienación soviética, la nación trata de volver a sus raíces profundizando en el islam y la cultura persa.

De las cinco repúblicas del Asia Central, Tayikistán es la más pobre con diferencia. Aún hay nomadismo y unas tasas de desempleo y de pobreza absolutamente espantosas. Sólo el 6% del territorio nacional es tierra cultivable, y allí se produce algodón destinado a la exportación. Las madres crían solas a sus hijos mientras que sus maridos trabajan en Rusia.

Tayikistán es tierra de contradicciones. Quiere alejarse de Rusia, que le ha dado lo mejor de su teatro y su ballet. Es sunita pero quiere acercarse al Irán, chiita, a quien considera su madre patria. El gobierno pretende imponer el secularismo pero en las calles aumenta el fundamentalismo. Es un rompecabezas extraño donde no todas las piezas parecen encajar.

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