Falacia atea: Dios no puede ser omnipotente y bueno al mismo tiempo.

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El eterno problema del mal provoca este dilema: o Dios puede impedir el mal y en tal caso no es bueno porque no lo impide o Dios no puede impedir el mal y en tal caso no es omnipotente. Sea como sea, un Dios omnipotente y bueno a la vez no puede existir. ¿Cómo respetar  a un Creador que incluyó en su sistema el cáncer, la locura o el retraso mental? El periodista Vittorio Messori descubre que el Señor no escamotea las dificultades. La Biblia es un gran tratado sobre el sufrimiento donde hay guerras, enfermedades, infidelidad, traición y otras tragedias. El propio Cristo vino al mundo y aceptó ser sacrificado como un cordero en una muerte de cruz por amor a nosotros. Nuestro Padre no es ajeno al dolor.

Este tema es sensible porque tiende a la demagogia. Todos hemos escuchado alguna vez preguntas banales del estilo de «Si Dios es omnipotente ¿puede hacer un círculo cuadrado?» o «¿Puede Dios hacer una piedra tan pesada que ni siquiera Él mismo pueda levantarla?». Interrogantes de este calibre me parecen filosofía de almacén, razonamientos propios de Homer Simpson, por lo que no voy a perder ni un minuto más con ellos. El Diseñador de las galaxias y del ADN humano tiene poder para hacer lo que crea oportuno, pero se limita a sí mismo: no puede cometer pecado o contradecirse o arrebatarnos nuestra libertad de acción, entre otros, simplemente porque no va con su carácter y porque no es su plan.

Si el Altísimo es todopoderoso ¿no podría habernos creado al margen de toda maldad? Por poder podría, pero entonces nos privaría de nuestro libre albedrío. Si estamos obligados a hacer siempre el bien ¿no seríamos como robots? También podría, respetando nuestra libertad, impedir el mal y hacer triunfar el bien y la felicidad entre los hombres, pero según el autor C.S. Lewis cuesta imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas, por ejemplo un mundo en el que el bate de béisbol se convirtiera en papel cuando lo empleáramos como arma o que el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos.

La verdad es que debemos dar muchas gracias a Dios por las cosas buenas y aun por las malas. Porque las buenas nos bendicen pero las malas son útiles para aprender, para dotarnos de experiencia, para hacernos madurar y prepararnos para nuevas etapas y desafíos en la vida. Y también son un claro indicativo de que algo estamos haciendo mal y debemos cambiar nuestra actitud. Si no existiera el sufrimiento, no apartaríamos la mano de una plancha caliente y no nos daríamos cuenta de que el alcoholismo está echando a perder nuestras vidas. A veces, el dolor es el megáfono del Señor, el tirón de orejas que nos da nuestro Padre para que espabilemos y nos apartemos de una vida de pecado y corrijamos nuestro error.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: La ley moral no tiene que ver con Dios.

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«Si Dios no existe…todo está permitido; y si todo está permitido la vida es imposible». Fiodor Dostoyevski (escritor).

“Dos cosas hay en el mundo que me llenan de admiración: el cielo estrellado fuera de mí y el orden moral dentro de mí”. Estas palabras pueden leerse en la lápida del filósofo Inmanuel Kant. La ley moral es una de las evidencias más notables de la existencia de Dios. Todos tenemos una voz interior, una voz de la conciencia que nos insta a hacer el bien y que nos mueve al remordimiento cuando hacemos el mal. ¿Quién ha puesto esta ley moral dentro de nosotros? Nuestro Creador, sin duda.

A veces motivos poderosos (el amor por el dinero, una pasión desordenada…) nos hacen cometer acciones perversas… Lo habitual es que aparezca el remordimiento pues algo en nuestro fuero interno nos dice que hemos obrado mal pero también es cierto que hay gente sumamente depravada incapaz de arrepentimiento o de sentir empatía con el sufrimiento ajeno, ellos tienen su conciencia cauterizada, la Biblia habla de ellos (1 Timoteo 4:2), pero son una minoría, la excepción a la regla.

¿Quién nos ha impuesto esa moral interior? ¿Los hombres? No. Ni siquiera el más tiránico de los gobiernos ha legislado jamás contra los pensamientos y sentimientos interiores, sólo contra su expresión a través de acciones externas. Además, si la moral fuera una enseñanza humana claramente entraríamos en graves contradicciones puesto que unos defenderían una cosa y otros la contraria, o una acción con el paso del tiempo pasaría de considerarse buena a mala o al revés.

¿Pero acaso no ha sucedido eso? ¿No ve la sociedad hoy el aborto con buenos ojos cuando antes era escandaloso? Sí, pero porque nadie le muestra públicamente el cadáver sanguinolento del recién abortado. O porque se le ha engañado a base de mentiras diciendo que no es un ser humano sino una célula. O porque los intereses egoístas priman en ocasiones. Puede haber muchas razones, pero éstas apuntan más a no hacer caso a nuestra voz interior que a un cambio real de la misma.

Admito no obstante que hay algunos aspectos de la moral que pueden quedar sujetos a las circunstancias y vaivenes de tiempo, lugar, modas, culturas… Pero lo sustancial permanece inmutable. Siempre será bueno ayudar a la gente de forma desinteresada, dar buenos consejos, cuidar de los enfermos o hacer justicia. Siempre será algo malo robar el dinero de los otros, aprovecharse de la fuerza para abusar del débil, mentir, estafar, culpar a un hombre inocente o violar a una mujer.

«Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Éste fue el mandato de Cristo y ésta es la esencia de la voz de la conciencia que habita en nosotros. Algo en nuestro fuero interno nos dice que existe un Creador, que lo correcto es hacer el bien y no el mal, que debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen y no hacerles lo que no queremos que nos hagan.  Esta ley moral nos la grabó a fuego nuestro Hacedor y es una evidencia de que Él existe.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: Las cinco vías tomistas son falsas.

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Las cinco vías son cinco argumentaciones racionales a favor de la existencia de Dios incluidas en el libro Suma de Teología, la obra maestra del teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino. Muchos son los pensadores y eruditos ateos que han tratado de desacreditarlas con el transcurrir de los siglos mas todos sin éxito pues las cinco vías tomistas siguen siendo todo un clásico muy utilizado aún hoy. Todas ellas son muy razonables y de un sentido común aplastante. A pesar de ser archiconocidas, he creído oportuno recordarlas aquí, como otra argumentación más -cargada de sensatez- que refuerza la idea de que sí existe el Señor.

Primera Vía: Argumento del Primer Motor Inmóvil. La primera prueba, que tiene su origen en el filósofo Aristóteles y que Tomás ha utilizado por primera vez en la escolástica, parte del hecho de experiencia de movimiento en el mundo; dice que todo lo que está en movimiento debe ser movido por otro, pues nada puede moverse a sí mismo y como no se puede retroceder hasta el infinito en la dependencia de los movidos respecto de sus motores, ha de admitirse finalmente un primer motor que a su vez no sea movido por otro, sino que sea por él por sí mismo movimiento, fuente de movimiento. A este primer motor lo denominamos Dios.

Segunda Vía: Argumento de la causa eficiente. La segunda prueba ve que toda causa en este orden cósmico es a su vez causada; ésta a su vez por otra y así siempre; pues nada puede ser causa de sí mismo. En el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. De nuevo se asienta la imposibilidad de una regresión hasta el infinito en la serie de las causas, que nada explicaría. Por lo tanto debe existir un agente causal, del cual se derivan todas las demás cosas. A esa primera causa es a la que llamamos Dios.

Tercera Vía: Argumento de la contingencia. Todo lo que existe podría no haberlo hecho. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si no hubiera más que ser contingente, ahora no habría nada. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Ese ser necesario es Dios. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como vimos en el punto dos.

Cuarta Vía: Argumento de los grados de perfección. Existen en la naturaleza seres que son más o menos buenos, más o menos inteligentes, más o menos nobles; hay cosas más o menos calientes o más o menos verdaderas. El más o menos se dice tanto de los objetos en sí como de los seres que se aproximan a ellos. Así un objeto está más caliente cuando se acerca al máximo de calor, que es el fuego, y menos cuando se aleja de él. Así como el fuego es lo máximo en calor y la causa de todo lo cálido, igualmente debe existir un ser llamado Dios, que es el máximo grado de bondad, y la causa de que haya bondad, nobleza y otras virtudes en los demás seres.

Quinta Vía: El argumento teleológico. Fue dada ya a conocer por los estoicos y más concretamente por Cicerón y Séneca. Su sentido es: se da orden y finalidad en el mundo; luego debe una suprema inteligencia que explique esta finalidad. Y es que vemos que los cuerpos naturales y los celestes obran de forma ordenada y no caótica, no por azar, sino que intencionadamente buscan un fin concreto. Todas las cosas carentes de inteligencia no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento, como la fecha por el arquero. Por tanto existe alguien inteligente por quien todas las cosas son dirigidas al fin. Y éste no es otro que el Señor.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: El cristianismo es una lacra para la humanidad.

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Las distintas iglesias cristianas -con la Iglesia Católica a la cabeza- han cometido auténticas barbaridades en nombre de Dios. Ahí tenemos casos como la Inquisición, las Cruzadas, el juicio al astrónomo Galileo Galilei, el apoyo a las dictaduras fascistas o la nefasta teología de la prosperidad, entre otros. Todos los cristianos -seamos católicos, protestantes, ortodoxos, judíos mesiánicos o de otras denominaciones- tenemos mucho de lo que avergonzarnos y por lo que pedir perdón. Esto es innegable. Pero es que aunque cristianos somos también humanos, y por tanto pecadores, por lo que no logramos estar a la altura de Cristo.

A mí me gusta ir a la iglesia los domingos. Pero voy no porque me crea mejor persona que un ateo, un gay o un adúltero. Asisto precisamente porque soy muy consciente de mi condición de pecador. Nunca he atracado un banco ni he matado a nadie, cierto, pero todos los días peco de pensamiento, palabra, obra u omisión. Y me duele profundamente fallarle a mi Dios. Por eso mismo, porque Jesús vino a por los enfermos y no a por los sanos, es que acudo a su llamada. Dicho de otro modo: la Iglesia no es un museo de santos sino un hospital de pecadores. Yo me reconozco enfermo y es por ello que necesito de la Iglesia y del Señor.

Aun reconociendo que muchas veces los cristianos no damos la talla, demasiado a menudo se juzga de forma injusta y demagógica a las iglesias. Si hay un cura pedófilo saldrá en las noticias pero nunca sacan a esos miles de curas que van a visitar a los enfermos. Se critica a los pseudopastores que se hacen ricos a base de esquilmar a sus ovejas, pero nunca se habla de esos pastores -la inmensa mayoría- que no llegan a final de mes pero aún así sirven gozosos a Dios. La verdad, la pura verdad, es que el cristianismo es una bendición para la humanidad, incluso a pesar del mal ejemplo de algunos cristianos que manchan el santo nombre del Señor.

El cristianismo ha cambiado positivamente la historia universal. El cristianismo condenó firmemente el infanticidio, el incesto, el divorcio (aunque éste con matices), el adulterio y la poligamia, todas ellas prácticas comunes y aceptadas en la Roma pagana y reclamó la castidad y la fidelidad (para ambos sexos), un trato humano para los esclavos (la esclavitud, recordemos, fue instituida por humanos, no por Dios) y a menudo su libertad a través de sus amos convertidos a la nueva fe y defendió a las mujeres, muy en especial a las viudas. Reclamó la igualdad para nacionales y extranjeros,  libres y esclavos, varones y féminas (léase Gálatas 3:28).

El cristianismo apoyó a los más débiles y necesitados, como enfermos, viudas, mujeres, esclavos y desdichados. Dio de comer a los pobres y promovió un cambio de mentalidad. El emperador Carlomagno, por ejemplo, promovió una insólita obra social fruto de sus creencias. El cristianismo fomentó la cultura, con la apertura de bibliotecas, la traducción de los clásicos, la redacción de grandes obras literarias -como las Etimologías de Isidoro de Sevilla o La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona-, la recuperación y fomento de las artes y la instrucción elemental gratuita para los niños y la creación de Universidades, entre otros.

La Reforma Protestante introdujo la modernidad en el mundo, recuperó los valores morales bíblicos, tradujo la Palabra de Dios a las lenguas vernáculas e insistió en la separación de iglesia y estado, sin lo cual no habría sido posible la democracia moderna o la Revolución Americana. Y recordemos que un protestante, Henri Dunant, fundó la Cruz Roja. Y aunque se critica mucho a las confesiones cristianas por su supuesta opulencia, ellas son las que más caridad hacen en el Tercer Mundo pese a no tener la culpa de su pobreza. Somos pecadores pero pese a ello la labor de la Iglesia de Cristo es una bendición para el mundo.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: No puedo entender a Dios, luego dudo de su veracidad.

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En cierta ocasión charlaba con un ingeniero industrial sobre el cristianismo y él me comentaba que eso de Dios no le entraba en la cabeza, por ejemplo que se pueda mostrar como una zarza ardiente o que cada uno de nosotros estemos dotados de un espíritu es algo que no llega a entender. Yo le repliqué que a mí, como hombre de letras que soy, lo que no me entra en la cabeza es la ingeniería industrial y no por ello digo que sea falsa. Y si un alumno de bachillerato se pasa un día por la Facultad de Medicina y asiste a las clases durante toda la mañana posiblemente tampoco entienda nada o casi nada, lo cual no quiere decir que lo que se imparta en la Facultad sea mentira. No comprender algo no lo convierte en falso.

«Cuando les anunciamos a los infieles los milagros pasados o futuros y se los presentamos como no objeto de experiencia inmediata para ellos, nos exigen una explicación racional; al no poder dársela (sobrepasan la capacidad de la humana inteligencia), tienen por falsas nuestras afirmaciones. Pues bien, ellos nos deberían dar explicación de tantas maravillas como vemos o podemos ver. Si comprueban que esto sobrepasa la capacidad humana, reconozcan que no porque la razón sea incapaz de dar una explicación vamos a negar que algo ha existido o existirá. En realidad, existen tales hechos, de los cuales igualmente la razón no es capaz de dar explicación». Son palabras de San Agustín de Hipona, teólogo de la Iglesia Católica.

Y  menciona ejemplos: en Agrigento, Sicilia, hay una sal que se diluye en presencia del fuego y que con el agua crepita como si fuera fuego; en Arcadia hay una piedra llamada asbesto que una vez encendida no se puede apagar; en Egipto una higuera cuyo tronco en lugar de flotar como los demás troncos se sumerge pero después de estar algún tiempo en el fondo del agua sube a la superficie cuando debería haber aumentado de peso al empaparse de humedad; en la región de Sodoma hay frutos que parecen maduros pero si los muerdes se rompe su corteza y se desvanecen en ceniza y humo; en Persia la pirita quema la mano de quien la aprieta y la blancura interior de la selenita crece y mengua con la luna.

Y hoy en día tenemos otros portentos: los agujeros negros que absorben la luz y hasta el tiempo; una medusa que nunca puede llegar a morir de vieja o el fenómeno poltergeist. El Cosmos está lleno de maravillas, muchas de ellas atentan contra el entendimiento y la lógica del hombre pero no por ello las descartamos como falsas. Puede que no lleguemos nunca a entender el misterio de la Santísima Trinidad, el por qué de un castigo eterno en el infierno o el sufrimiento de los justos en la Tierra pues a ojos de los hombres el proceder de Dios es extraño, sus caminos misteriosos y su mente inabarcable. Pero que no entendamos todo cuanto Dios hace no lo convierte de ningún modo en un ser apócrifo o imaginario. Él es real.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: El ateísmo es la respuesta.

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Algunos descreídos aseguran que el cristianismo no es el camino correcto y que el ateísmo es la respuesta. Pero en verdad, no sólo no ofrece mejores respuestas que el cristianismo a los grandes interrogantes de la vida sino que, de hecho, no es la respuesta para absolutamente nada. En palabras de José María Ciurana, escritor y doctor en Derecho: «El ateísmo, como solución negativa que es, deja sin resolver todos los problemas que tenemos planteados. Continuamos en la incertidumbre, en la duda y en la interrogación. Preguntémonos de nuevo poniéndonos en el lugar del ateo: ¿por qué existimos? No lo sabemos. ¿Qué significado tiene el mundo que nos rodea? También lo ignoramos. ¿Existe otra vida, además de la presente? Lógicamente el ateo tiene que inclinarse por la negativa. Pero en este caso, si todo se acaba con esta vida temporal ¿da igual que hagamos el bien o que hagamos el mal? ¿Es justo que reciba el mismo trato la persona honrada que el sinvergüenza más empedernido? El afán de vivir, de ser; el afán de felicidad,   tan innata a la naturaleza humana ¿son sueños vanos y fantasías absurdas? Si el fin de todos los humanos es volver a la nada de donde hemos salido, a la total aniquilación del ser, hay que reconocer en el ateísmo una de las doctrinas más amargas y sombrías que la imaginación pueda haber pensado. ¿Vivir y morir de una forma análoga a como viven los seres irracionales? ¿Ésta es la perspectiva que se nos ofrece? ¿Ésta es la esperanza para el día de mañana?»

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: El cristianismo no tiene sentido.

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«Si la muerte acaba con todo, sería ventajoso para los malos» Sócrates (filósofo).

«El tema de la existencia de Dios no es sólo un problema filosófico o una simple cuestión de estudio, como un tema científico cualquiera. Una vez planteado; una vez puesto a la luz del día; una vez aceptado, con toda su grandeza, con toda su amplitud y con toda su profundidad, es lógico que comprometa ya para siempre y que influya de una manera decisiva en la existencia humana. La vida del hombre ha de ser, forzosamente, bien diferente si existe, o no existe, Dios. Mientras que si existe, la vida del hombre aparece llena de sentido, con un camino a seguir, con unos ideales y con unos fines a conseguir, en el caso del ateo, el vacío más espantoso, la soledad más deprimente y la ausencia de todo principio orientador marcan al hombre, que deambulará vacilante, sin un ideal y sin un fin determinado. Mientras dura la juventud, e incluso la madurez, la explosión biológica de la vida puede disimular el vacío y  la falta de sentido en la vida del ateo; pero más tarde o más temprano acabará por manifestarse de una manera ostensible».

La cita corresponde a José Maria Ciurana, doctor en Derecho y escritor. Y es que en verdad -ahora soy yo el que habla- aceptar el ateísmo es aceptar que el Universo es como es por pura casualidad, que el hombre no es más que un simple animal carente de espíritu, que la vida humana no tiene significado ni propósito alguno, que no existe una vida más allá de la muerte, que los injustos nunca serán castigados ni los que sufren recompensados, que toda nuestra existencia sólo es algo fugaz, una etapa temporal que en el mejor de los casos llega a noventa años. Negar a Dios es creernos sólo un poco más afortunados que los microbios. Desde luego que el ateo puede gozar en este mundo del cine, la música clásica o la playa pero no son más que disfrutes pasajeros que no calmarán la angustia de saber que un día dejará de existir. Hay quien dice que el cristianismo carece de sentido pero es el ateísmo el que no lo tiene porque arrancar al Señor de nuestra conciencia es reducir el ser a un mero absurdo y desposeer de todo sentido trascendente a la vida.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: Los discípulos se lo inventaron todo y convirtieron a Jesús en un mito.

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No pocos escépticos y amigos de la teoría de la conspiración se atreven a afirmar que Jesús existió como un profeta, como un hombre, y que tras su muerte fueron los discípulos los que comenzaron a exagerar los hechos, agrandar la leyenda y acabar convirtiendo a un simple maestro en la divinidad que realmente nunca fue.

Pero en verdad nada de esto tiene sentido. Pensemos que los apóstoles vivieron codo a codo con Jesús. Si se hubiera tratado de un farsante, deberían haberlo abandonado. Ellos tenían la firme convicción de que era el mesías, el que iba a libertar al pueblo de Israel. Sin embargo, su muerte en la cruz fue un palo para ellos.

Tras su crucifixión, los apóstoles pensaban que todo había terminado. Se sintieron tristes, decepcionados y lo que es peor aún: aterrorizados. Fueron a esconderse a sus casas con el rabo entre las piernas. Tenían un temor más que justificado de que tras su líder, ellos podrían ser los próximos en ser apresados por los soldados romanos.

Si ellos sabían que todo era una mentira, ya sea que Jesús mintió al decir que Él era el Hijo de Dios o bien que nunca hubiera dicho tal cosa y hubieran sido los apóstoles los que lo hubieran querido convertir en un dios después de muerto… ¿Qué sentido tiene hacer esto si sabían que era una mentira? ¿Qué ganaban con ello?

¿Qué ganaban con ir pregonando que Jesús era el mesías (si ellos sabían que no era así)? Los apóstoles no montaron una de esas sectas que exigen favores sexuales a sus adeptas. Ni tampoco se lucraron económicamente como hacen hoy los pseudopastores de la teología de la prosperidad sino que eran pobres como ratas.

Pedro, Andrés, Santiago hijo de AlfeoFelipe, Simón y Bartolomé fueron crucificados.  Mateo y Santiago (Jacobo), hijo de Zebedeo, asesinados a espada. Judas Tadeo, muerto por las flechas enemigas. Juan, de  muerte natural. Santiago, hermano de Jesús, apedreado. Tomás, atravesado por una lanza.

No ganaron fama ni gloria ni dinero ni sexo ni nada. Al contrario. ¿Por qué? ¿Por qué complicarse la vida con una mentira? El escritor Josh McDowell se pregunta: ¿Quién moriría por una mentira? Es cierto que hay gente que ha dado su vida por una causa falsa, por una mentira… ¡pero porque pensaba que era verdad!

¿Qué pudo suceder para que unos tipos que se sentían aterrorizados, decepcionados, fracasados y con la moral por los suelos de repente cobraran coraje y comenzaran a predicar a Cristo? ¿Qué pudo ocurrir para que el feroz anticristiano Pablo se convirtiera en el más ardiente cristiano de la noche a la mañana?

Si la resurrección de Jesucristo nunca hubiera ocurrido (si esto hubiera sido falso), los apóstoles lo habrían sabido. Por tanto, habrían muerto por una mentira sabiendo que era mentira. Totalmente ilógico. Sólo ver a Jesús resucitado de entre los muertos pudo infundirles el ánimo de volver a predicar aún a riesgo de sus vidas.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: La Biblia no es un documento histórico fiable.

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¿Es la Biblia un cuento chino? La gente por lo general no es consciente de la enjundia de este libro de libros que es la Santa Biblia. Siempre se habla de Herodoto como el padre de la historiografía pero la realidad es que Moisés es el más antiguo de los historiadores y Génesis el documento más antiguo sobre ciencia humana. Los Salmos son unos cánticos preciosos escritos mucho antes del nacimiento de Homero y la Biblia un excepcional documento histórico muy anterior a la ciudad de Troya. Esdras -un contemporáneo de Confucio– fue el que comenzó a ordenar todos los libros del Antiguo Testamento hasta conformar el canon actual. Y podríamos citar muchos más, pero no es necesario. ¿Son confiables los documentos bíblicos? Para saber si un documento histórico es fiable o no, el escritor Josh McDowell dice que debemos aplicarle tres pruebas que, de acuerdo al historiador C. Sanders, son los principios básicos de la historiología. Son la prueba bibliográfica, la prueba de las evidencias internas y la de las externas.

1) Prueba bibliográfica. Se trata de un examen de la transmisión textual mediante el cual los documentos llegaron a nosotros. En otras palabras ¿cómo de confiables son las copias que tenemos en relación con el número de manuscritos y el intervalo de tiempo transcurrido entre el original y la copia existente? Tenemos escritos de Tucídices, Herodoto, Aristóteles, César, Tácito o Tito Livio y de cada una de estas obras nos han llegado unos pocos manuscritos (en algunos casos menos de diez) y el manuscrito más antiguo es posterior en torno a mil años (a veces más) a los escritos originales que nunca llegaron a nuestras manos. En contraste, del Nuevo Testamento existen hoy existen más de 20.000 copias manuscritas, redactadas en su mayoría por testigos oculares de primera mano y datadas en el siglo I DC, es decir, sólo unas pocas décadas después de que ocurrieran los hechos. ¿Cómo es posible que nadie dude ni por un instante de la veracidad de esos autores clásicos y sin embargo se ponga en tela de juicio la Biblia?

2) Prueba de las evidencias internas. Trata de determinar si un documento es fieble y hasta qué punto. La crítica literaria todavía sigue la máxima de Aristóteles: «El beneficio de la duda se debe atribuir al documento mismo, no al crítico». En este sentido, no se debe asumir que hay fraude o error en un texto, a menos que el autor se contradiga a sí mismo o aporte aspectos inexactos respecto de hechos conocidos. La proximidad geográfica y cronológica de los testigos a los acontecimientos de la vida de Jesús confirma su fiabilidad.  Los apóstoles hablaban frente a espectadores no siempre amistosos y les decían «como vosotros mismos sabéis» (Hechos 2:22) pero no eran contradichos. Los evangelistas relatan muchos incidentes que, de haber sido inventores, los hubieran encubierto: la huida de los apóstoles tras el arresto de Jesús, la negación de Pedro, el hecho de que Cristo no hizo milagros en Galilea, etc. Finalmente, los datos que se aportan (monarcas, fechas, sucesos, gobiernos…) concuerdan con los de la sociedad de su tiempo.

3) Prueba de las evidencias externas. ¿Cuáles son las fuentes que existen, fuera de la literatura que se está analizando, que comprueban su exactitud, confiabilidad y autenticidad? Varios son los autores clásicos que se refieren a Cristo, como Flavio Josefo, Tácito, Suetonio,  Plinio el Joven o Luciano. También amigos del discípulo Juan como Papias, arzobispo de Hierápolis o Ireneo, obispo de Lyon. Todos los yacimientos arqueológicos encontrados en Israel, Palestina, Egipto y alrededores no hacen sino conformar la veracidad de la Biblia. Los masoretas transmitieron las Escrituras de generación en generación con un cuidado escrupuloso, punto por punto y coma por coma, hasta el extremo de que los descubrimientos de los rollos del Mar Muerto en 1947 nos confirman que el Antiguo Testamento actual es en esencia el mismo de hace 2000 años. También hay testimonios paganos, como los jeroglíficos egipcios, con la Piedra de Rosetta a la cabeza, o las inscripciones de Palestina, así como las de Asiria y Babilonia, entre otras.

La conclusión es clara: la Santa Biblia no es solamente la Palabra de Dios sino también la fuente historiográfica más importante de toda la Antigüedad. Tanto es así que, si a pesar de toda la abrumadora cantidad de pruebas, decidimos descartar este libro como una fuente fiable, por esa misma regla de tres, y con más razón todavía, deberíamos descartar toda la literatura de la Antigüedad al completo y los libros de historia no podrían existir. No se puede aplicar un patrón o prueba a la literatura secular, y otro distinto a la Biblia. Tenemos que aplicar la misma prueba, sea literatura secular o religiosa. De lo contrario, estamos recurriendo a una doble vara de medir. Si se es honesto, se verá la hipocresía que supone aceptar la biografía de Alejandro Magno, redactada por Plutarco en su obra Vida de Alejandro el siglo I DC (cuatrocientos años de distancia del biografiado) y luego negar validez a los Evangelios, escritos por testigos oculares a los pocos años de vida de Jesús. Nada, salvo el prejuicio y la cerrazón, explica esta actitud.

Bibliografía consultada:

McDowell, Josh. Más que un carpintero. Editorial Unilit. 1997.

Young, Edward J. Una introducción al Antiguo Testamento. Grand Rapids: Editorial Tell. 1977.

Vidal, César. Por qué soy cristiano. Planeta. 2008.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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Falacia atea: El Nuevo Testamento no es fiable ya que se escribió mucho tiempo después de que ocurrieran los hechos.

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Muchos ateos piensan que ya que la resurrección de Jesús no puede ser probada científicamente, entonces no es real. Pero el método científico no puede demostrarlo todo; sólo sirve para experimentos que pueden ser repetidos en un ambiente controlado. Si sólo existiera el método científico, no podrías demostrar que hoy has estado en clase a primera hora de la mañana.  Para demostrar si un hecho histórico fue verdadero o no, recurrimos a la prueba histórica legal, basada en el testimonio oral, escrito y exhibición de objetos, y que sirve para demostrar que algo es un hecho fuera de toda duda razonable. Cuando hablamos de Jesús y decimos que Él fue el Hijo de Dios, que obró milagros y proezas y que resucitó es frecuente escuchar a un ateo preguntarte: «¿Pero cómo podemos saber que eso fue realmente así? ¿Cómo fiarnos de esos textos? Quién sabe si es todo inventado. Además, fueron escritos muchos años después de la muerte de Jesús y en todo este tiempo se han podido exagerar los hechos y forjar una leyenda que creció poco a poco». Pero ¿y si aplicáramos esta misma vara de medir a todos los demás libros?

Al respecto, el escritor Josh McDowell comenta: «Tenemos a nuestra disposición la historia escrita por Tucídides (460-400 AC), la cual se basa sólo en ocho manuscritos que datan del año 900 DC, es decir de 1300 años después de que lo escribiera. Los manuscritos de la historia de Herodoto son de una fecha igualmente posterior y escasos pero como indica F.F. Bruce «ningún erudito en la literatura clásica estaría dispuesto a escuchar el argumento de que la autenticidad de Herodoto o Tucídides sea puesta en duda por el hecho de que los manuscritos más primitivos de sus obras que podemos leer fueron escritos 1300 años después de escritas las obras originales». Aristóteles escribió su obra Poética alrededor del 343 AC. Sin embargo la más antigua copia data del 1100 DC. Esto quiere decir que entre el original y la copia hubo un período de 1400 años. Sólo existen cinco manuscritos de esta obra. César compuso su Historia de las guerras gálicas entre el 58 y el 50 DC. La autoridad de su obra, en lo que se refiere a manuscritos, se basa en manuscritos escritos mil años después de su muerte».

En contraste, del Nuevo Testamento hoy existen más de 20.000 copias manuscritas y la mayoría de especialistas concuerda en que los textos fueron redactados en el siglo I DC, es decir, sólo unas pocas décadas después de que ocurrieran los hechos y en el caso de los discípulos por fuentes de primera mano además, es decir, por testigos oculares, por hombres que conocieron a Jesús en persona y que vivieron y trabajaron codo a codo con él. ¿Pero cuándo fueron redactados los Evangelios?  ¿Muchísimo después de la muerte de Jesús como dicen los ateos? ¡Nada más lejos de la realidad! Sir Frederic Kenyon, quien fue director y bibliotecario del Museo Británico, afirmó: «El intervalo entre las fechas de la composición original y la más primitiva evidencia existente es tan pequeño que, verdaderamente, es insignificante». Por su parte William Albright, considerado el más destacado arqueólogo bíblico a nivel mundial, escribió: «Podemos afirmar con absoluta seguridad que ya no hay ninguna base sólida para determinar el tiempo en que se escribió el Nuevo Testamento en fecha posterior al 80 DC».

Dicho de otro modo, obras esenciales de la Historia nos han llegado en número de manuscritos muy inferior a los Evangelios y en textos separados por un número de siglos que se acerca al milenio, pero nadie duda de su veracidad. ¿Por qué aplicar un criterio diferente a los Evangelios que nos  han llegado en un número mucho mayor y en manuscritos mucho más cercanos a la obra original? ¿Por qué la Biblia ha de ser la excepción a la regla? La Biblia -y en modo especial el Nuevo Testamento- supera con sobresaliente la prueba histórica legal ya que tanto los testimonios escritos así como la exhibición de objetos que los prueban (a través de la arqueología por ejemplo) no hacen sino reforzar la idea de que esta obra no es únicamente la Palabra de Dios sino también la fuente historiográfica más importante de toda la Antigüedad. ¿Cómo aceptar como veraz un texto separado del acontecimiento descrito por más de mil años y luego desconfiar de uno separado del hecho por apenas cincuenta años? No existe ninguna razón de peso para ello salvo el prejuicio, que dicho sea de paso constituye un criterio muy poco científico.

Bibliografía consultada:

McDowell, Josh. Más que un carpintero. Editorial Unilit. 1997.

 

FUENTE: Por qué dejé de ser ateo de Josué Ferrer.

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