Seychelles: el país más rico y desarrollado de África.

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La República de Seychelles es un archipiélago de 115 islas dispersas a lo largo de 1.600 km en medio del Oceano Índico. De ellas sólo 33 están habitadas de forma permanente. Tiene unos 90.000 habitantes (la población más pequeña de África) repartidos a lo largo de un territorio de 455 km2. Son famosas sus tortugas gigantes.

Los árabes descubrieron estas islas. Los lusos llegaron en el siglo XVI. Francia la colonizó en 1756 y le puso nombre en honor al ministro francés Jean Moreau de Séchelles. Desde 1794 fueron colonia del Reino Unido, del cual se separaron en 1976. Fueron dictadura comunista hasta 1992. Desde entonces hay elecciones libres.

Como las ínsulas estaban originalmente deshabitadas fueron pobladas con franceses, africanos, indios y chinos. Los seychellieses son trilingües (inglés, francés y criollo seychelliense) y su cultura tiene raíces africanas y francesas. La gran mayoría de la gente es católica pero existe una minoría de protestantes en las islas.

Seychelles es un paraíso tropical con unas playas de ensueño y una temperatura cálida todo el año. La principal fuente de empleo es el turismo y la pesca del atún. Desde su independencia la renta per cápita ha aumentado a siete veces el antiguo nivel de subsistencia. Es también un famoso paraíso fiscal que atrae grandes fortunas.

Tiene la renta per cápita más alta del continente, es el único estado africano con un índice de desarrollo humano muy alto y es la nación más pequeña del mundo con moneda propia. Pero también es el país más endeudado del orbe con una deuda del 122% de su Producto Interior Bruto (PIB), lo cual puede lastrar su futuro.

A pesar de que es oficialmente la nación del mundo con la mayor diferencia de ingresos entre ricos y pobres, existe una sanidad y educación públicas que garantizan el bienestar social. En líneas generales los seychellianos sostienen que ellos no son africanos sino índicos y se sienten profundamente orgullosos de su patria.

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Luxemburgo: el país más rico del mundo.

A menudo los centralistas enemigos de la autodeterminación de los pueblos esgrimen las bondades de pertenecer a un país grande con un idioma compartido por muchos millones de hablantes y desprecian a los países pequeños, a los que tildan de insignificantes a causa de su tamaño. Mienten, y Luxemburgo es la prueba.

La grandeza de un país no se mide por su número de km2. La dilatada historia luxemburguesa arranca en 963 de la mano del conde Sigfredo.  En todo este tiempo son muchos los imperios que quisieron hacerla desaparecer (Alemania, Francia, Castilla, Holanda, Bélgica…) pero todos fracasaron miserablemente en el intento.

Con 2.500 km2 y medio millón de almas, Luxemburgo presume de tener la renta per cápita más alta del planeta y de que su capital sea la primera -y hasta la fecha única- localidad dos veces capital cultural de Europa. Socio fundador de la Unión Europea (UE) y miembro de la OTAN, es uno de los estados más desarrollados del globo.

Económicamente, la católica Luxemburgo es un paraíso fiscal con una intensa actividad bancaria y financiera. El pleno empleo y el alto nivel de vida atraen todos los años a numerosos trabajadores extranjeros, que constituyen el 60% de la población. Junto a Países Bajos y Bélgica, conforma el área comercial llamada Benelux.

En Luxemburgo se habla francés, alemán y luxemburgués. Este último -utilizado por sólo 300.000 personas- se consideró durante años un dialecto del alemán pero desde 1984 es idioma oficial en el menudo estado. Es sin duda otro de los muchos beneficios de la independencia política, que asegura la lingüística y cultural.

Con una monarquía que es un auténtico valor añadido -la única del mundo que ostenta el título de ducado-, los luxemburgueses gozan una vida de paz y prosperidad. Así como las grandes esencias se guardan en frascos pequeños, las grandes naciones suelen vivir en territorios menudos. Y Luxemburgo es una de ellas.

Mónaco: el paraíso fiscal.

Existen muchos en el mundo, pero el paraíso fiscal por excelencia es el Principado de Mónaco. Es uno de los estados más pequeños del planeta (1,95 km2) y el más densamente poblado, con sus 30.500 habitantes. Es un enclave de elegancia, lujo y glamour pero también un oscuro centro de lavado de dinero negro y evasión fiscal.

El francés es la única lengua oficial de Mónaco. Pero el país dispone también de una lengua propia, el monegasco, que la década de 1970 estuvo a punto de desaparecer pero que ahora tiene 5000 usuarios y se enseña en las escuelas. El occitano se habla desde tiempos históricos y el turismo trajo consigo el italiano y el inglés.

Durante la Edad Media, Mónaco fue un enclave ligur en tierras occitanas. Hasta que en 1297 nació como país independiente, cuando el padre de la patria, François Grimaldi, derrotó a los colonos genoveses. Grimaldi entró disfrazado de monje a la fortaleza monegasca y ya desde dentro abrió las puertas a sus tropas.

La monarquía es sin duda el mejor activo monegasco. Los Grimaldi son expertos en negociar  y superar las adversidades. A lo largo de los siglos el micropaís fue invadido por Génova, se convirtió en protectorado de España, Francia y Cerdeña, y hasta fue ocupado por la Alemania nazi. Y ahí sigue: en pie, independiente y libre.

El Mónaco moderno que conocemos lo forjó el príncipe Carlos III a finales de siglo XIX. Él trajo el Casino de Montecarlo, el ferrocarril, la Oficina de Correos que pronto emitió sus propios sellos, obtuvo de la Santa Sede un obispado, eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios y creó Montecarlo en su propio honor.

Hoy el país es un refugio de multimillonarios que se radican allí para no pagar impuestos. Y un centro turístico de primer orden, con infraestructura hotelera, de ocio y náutica de auténtico lujo. El Rally  de Montecarlo y el Gran Premio de Fórmula 1 de Mónaco -pruebas en circuito urbano- son famosas en el mundo entero.

Andorra: el país de los Pirineos.

Enclavado en el corazón mismo de los Pirineos se encuentra un diminuto país: Andorra. Este principado tiene como jefes de estado al obispo de Urgell y al presidente de la República Francesa. Carece de fuerzas armadas propias y su defensa es responsabilidad directa de España y Francia. El catalán es la lengua oficial.

La historia de Andorra es un juego de supervivencia y malabarismos para mantener unos privilegios. Ha sabido jugar sus cartas para no ser anexionado por París ni por Madrid y  mantener su independencia desde 1278. Por siglos ha disfrutado de una vida tranquila, ajena a las sempiternas guerras y crisis de Europa.

30.000 andorranos y 50.000 extranjeros sin derecho de voto viven cómodamente de la banca privada, pistas de esquí, bazares de electrónica y perfumerías. Es un paraíso fiscal de fuerte secreto bancario y nula fiscalidad directa que le permite atraer grandes fortunas pero también fuertes presiones de la Unión Europea (UE).

Andorra está en la encrucijada: seguir siendo un paraíso blindado a la competencia internacional o abrir sus fronteras a inversores extranjeros para que los empresarios andorranos, en reciprocidad, puedan hacer negocios más allá de sus fronteras sin pagar unos fuertes aranceles. Espléndido aislamiento o economía global.

Andorra estudia cómo abrirse al mundo pero le da mucho miedo. El país es muy pequeño y no puede aceptar la libre circulación de personas, porque llegaría una avalancha de foráneos ni tampoco la de capitales, ya que una multinacional gala podría comprar el país entero. Y si entrara en la UE al ser rico sería contribuidor neto.

Cómo no quedarse aislado y al mismo tiempo mantener los actuales privilegios. He ahí el dilema. Sin duda una difícil partida de poker la que tienen que jugar sus políticos. Pero Andorra es un país de estrategas acostumbrados a negociar. Llevan siglos haciendo malabarismos diplomáticos y hasta la fecha, siempre les ha salido bien.

Suiza: la única verdadera democracia en todo el mundo.

La Confederación Helvética es una patria singular. Con cuatro lenguas oficiales (romanche, italiano, francés y suizo-alemán) y pocas cosas en común, los suizos apelan a la “nación-voluntad” como razón de existir; un país formado por la propia voluntad de sus habitantes, o sea, desde abajo, y no un estado impuesto desde arriba.

Los suizos son muy cerrados. El aislamiento geográfico les hace desconfiar de un mundo exterior en permanente conflicto. Su política de neutralidad les ha permitido ser un oasis de paz incluso en medio de Guerras Mundiales y preservar su libertad y soberanía sin necesidad de tener un ejército o de pegar un solo tiro.

Los helvéticos son una nación feliz que disfruta una vida apacible en medio de sus nevados valles. Como paraíso fiscal que es, Suiza presume de una economía extraordinariamente próspera. Cuenta con la banca y las compañías de seguros más poderosas del mundo, un excelente sistema educativo y un altísimo nivel de vida.

Pese a limitarse a un tamaño reducido como el de Extremadura, Suiza es una potencia cultural. Puede presumir de tener más de 20 Nobel y personajes ilustres como Jean-Jacques Rousseau, Leonhard Euler, Louis Aggasiz, Auguste Piccard, Jacques Piccard, Hermann Hesse o Roger Federer, entre muchos otros.

Suiza es una democracia directa. Allí, el pueblo tiene la última palabra y acepta o tumba leyes vía referéndum. Y el gobierno es un consejo de siete representantes de distintos partidos con una presidencia que rota anualmente, lo que impide a un político aferrarse al poder y explica el ínfimo nivel de corrupción en el país.

Para muchos, Suiza sólo responde a esa visión folclórica de quesos de gruyere, chocolate y relojes de cuco. Lo cierto es que es la única democracia auténtica en el globo. Allí es el gobierno el que obedece al pueblo soberano y no al revés como ocurre en el resto de Occidente. Suiza es, posiblemente, el mejor país del mundo.

Liechtenstein: de nación y linaje real.

De entre todas las naciones europeas, el Principado de Liechtenstein es quizás una de las más singulares. Su nacimiento viene vinculado directísimamente al linaje de una familia real, hasta el punto que es uno de los dos únicos países del mundo que llevan por nombre el apellido de su monarca. El otro es Arabia Saudí.

El país nació el 23 de enero de 1719, cuando el emperador Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico convirtió los señoríos de Vaduz y Schellenberg en “Principado del Imperio” para su servidor Anton Florian de Liechtenstein. Irónicamente, la mayor parte de esta dinastía de príncipes vivió fuera del diminuto estado.

En 1938, ascendió al trono Francisco José II, que se convirtió en el primer monarca en vivir permanentemente en el país. La soberanía nacional está compartida por el pueblo y el príncipe, que puede vetar leyes o destituir gobernantes. En 2003 un referéndum otorgó más poder político al príncipe Hans-Adam II.

Es un pueblo de mentalidad muy conservadora y tradicionalista. Las mujeres no adquirieron el derecho al voto hasta 1984. En 2005 se realizó un referéndum sobre la legalización del aborto y la eutanasia… y el no a la legalización ganó con el 81,3% de los votos. Además, la ciudadanía desea amplios poderes para la Casa Real.

El principado es un paraíso fiscal que atrae grandes fortunas que lo convierten en un país riquísimo. Desde Berlín lo acusan de ser el mayor centro de lavado de dinero negro de Europa y Vaduz argumenta que la propia supervivencia económica de la patria depende de una fuerte política de secreto bancario e impuestos bajos.

Muchos emperadores, como Napoleón Bonaparte o Adolf Hitler, ambicionaron anexionarse la nación pero la astucia de la familia real le ha permitido reírse de todos ellos. Allí la gente es millonaria y feliz. No por casualidad apoya tanto la Corona… el destino del país depende de la monarquía y en Liechtenstein lo saben.

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