Sabemos que la salvación es un regalo de Dios mismo, que no es un premio que se obtiene como recompensa a nuestras propias obras para que nadie pueda jactarse. Dice la Santa Biblia: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Por otro lado sabemos que la salvación la logramos a través de Cristo. Que Él es, por decirlo de algún modo, nuestro pasaporte seguro al cielo. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida y nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Pero si por el solo hecho de aceptar a Cristo tenemos salvación entonces ¿da igual lo que hagamos? ¿Es Dios tan injusto que recompensa igual al santo, al bueno y al caradura? No. En el cielo, como en la Tierra, no todo el mundo es igual: hay jerarquías. Todos somos salvos por aceptar a Cristo mas la recompensa es mayor o menor en función de nuestras obras. Yo sé con certeza que entraré en el cielo porque soy de Cristo, pero ojo, no puedo ser tan insensato como para pensar que obtendré el mismo galardón que santos como Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer.
Voy a poner un símil. Un amigo y yo estamos interesados en entrar en el Ejército. Él es un piloto con 20 años de experiencia en la aviación civil. Y yo no soy nadie. Finalmente, nuestras candidaturas son aceptadas. ¿Entramos en el Ejército los dos? Sí. ¿Somos militares los dos? Sí. ¿Tenemos el mismo cargo los dos? No, él entra como capitán y yo como soldado raso. Con la salvación pasa igual… Un santo y un pecador arrepentido son cristianos. ¿Entran en el cielo los dos? Sí. ¿Son salvos los dos? Sí. ¿Tienen el mismo premio? No. Lógicamente, el del santo es mayor.
A continuación, puedes leer algunos versículos que justifican que la recompensa que ofrece el Señor es proporcional a nuestras obras:
Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con los ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras (Mateo 16:27).
Y él les dijo: «De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el Reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna» (Lucas 18:29-30).
Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor (1 Corintios 3:8).
Pero esto digo: El que siembra escasamente; también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará (2 Corintios 9:6).
He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra (Apocalipsis 22:12).











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