Definamos fracaso escolar.

Mucho se habla de fracaso escolar pero ¿qué es eso? Llamamos fracaso escolar a cuando un niño no es capaz de alcanzar el nivel de rendimiento medio esperado para su edad y nivel pedagógico. Dado que el único criterio para evaluar el éxito o el fracaso de los niños son las calificaciones, el fracaso se traduce en suspensos masivos y en la desesperación de los padres, que ya no saben qué hacer con ese niño.

Eso en teoría. Pero en la práctica el nivel académico ha descendido tanto en los últimos años, y los aprobados se regalan con tanta facilidad, que, a menos que el alumno atraviese una situación excepcional (un retraso mental, graves problemas familiares, desconocimiento del idioma…) lo habitual es que el alumno suspenda, es decir, que fracase escolarmente, porque no estudia nada y se dedica a hacer el vago.

Llamarle a esto fracaso escolar es como decir que yo soy un fracasado en el tenis. ¡Hombre, si no he cogido una raqueta en mi vida es difícil que pueda ganar la Copa Davis! Otra cosa distinta sería que yo entrenase todos los días, compitiese, me esforzase… y aún así no lograra los objetivos marcados. Eso sí sería realmente un fracaso, pero si no estudias nada y suspendes… pues entiendo que es lo normal.

Para mí el auténtico fracaso consiste en que los alumnos se saquen el graduado de la ESO sin casi estudiar. Y eso pasa muy a menudo. Al final resulta que los vagos obtienen la misma recompensa que los trabajadores, y los tontos la misma que los inteligentes. Eso sí que es un fracaso sin paliativos, porque lo que hace es fomentar la vagancia en lugar del esfuerzo. Y de ahí al Tercer Mundo hay un paso.

Aquí no se trata de que apruebe todo el mundo sino solamente los que realmente se lo merecen. Porque si consideramos fracaso escolar únicamente que los alumnos suspendan (sin tener en cuenta su capacidad intelectual o su esfuerzo), entonces pongamos un diez a todo el mundo y podremos presumir en las estadísticas de que en España tenemos a los alumnos más inteligentes del planeta.

Creo que una parte importante del llamado fracaso escolar la tienen los padres, que hacen una total dejación de funciones en sus hogares y encima pretenden que los profesores hagamos de papás. Por ejemplo, antes eran los padres los que motivaban a sus hijos para estudiar: si apruebas todo te regalaré esto o aquello, si suspendes te castigaré sin internet y no saldrás con tus amigos el fin de semana, etc.

Pero ahora le regalan la videoconsola a su hijo que ha traído once suspensos a casa y nos dicen que la culpa la tenemos los docentes, que no sabemos cómo motivar a los chicos. Mire, yo no soy el payaso del McDonald’s… yo estoy para dar clase. Y punto. Con severidad, con sentido del humor o con la técnica que haga falta. Pero motivarlo, mejor motive usted a su hijo que para algo lo trajo al mundo.

La ESO: para mear y no echar gota.

Tengo un alumno que es una pesadilla. Incordia a diario todo lo que puede. A pesar de contar con más de 80 amonestaciones no ha sido expulsado del instituto ni una sola vez en lo que va de curso. Parece que, salvo que me pegue, no puede ser expulsado. Como el alumno ve que no hay castigo alguno a sus fechorías, cada vez las hace más gordas. El chico ha desarrollado una curiosa habilidad: puede abrir  la puerta de clase propinando un certero golpe de tacón a la manivela. Al principio le llamaba la atención pero, visto que la ley le ampara y puede actuar con impunidad, ya no le digo nada. Es más, me he dado cuenta de que  se trata de un alma sensible y de que si le regaño puede quedar traumatizado para toda la vida, así que ya no me importa si pega puntapiés en la puerta. El día que la rompa, el contribuyente que pague una nueva.

Un alumno quiere orinar y el conserje le dice que ahora no puede, que se espere cinco minutos. Ni corto ni perezoso se saca el pene y se pone a mear en la puerta de entrada al instituto. Su padre, en vez de soltarle dos hostias, amenaza con denunciar al centro por no dejar mear a su hijo cuando a él le salga de los huevos. Podría ser peor: el año pasado otro estudiante pensó que era  divertido hacer de vientre en una papelera. Su mamaíta, lejos de castigarle, aún disculpó y defendió la acción de su niño. En otro centro, un profesor de Física y Química es interrumpido por un alumno al que le apetece tocar la flauta. El docente le ordena guardar el instrumento pero al alumno no le da la gana. Le ordena salir de clase, pero no obedece. Como el profesor no puede tocarle ni hacerle nada opta por seguir dando la clase con la melodía de fondo.

En otro lugar, un chico empieza a darle martillazos a la puerta de un aula, hasta hacerle más de 30 agujeros. Cuando descubren quién ha sido, el chaval se disculpa alegando que fue sin querer. Su padre se presta a pagar la reparación pero cuando llega la factura del carpintero, la considera cara y decide no pagarla. Al final, ni el tipo paga ni su hijo es castigado…  A veces, la gente se sorprende cuando un menor de edad viola y asesina a otra menor. “¡¿Un asesino de 13 años?! ¡¿Cómo es posible?!” -se preguntan-.  Es posible porque los adolescentes crecen actuando con total impunidad, sus tutores no les corrigen ni les enseñan a diferenciar el bien del mal y los docentes están atados de pies y manos. La educación que le estamos dando a nuestros hijos es una escalofriante bomba de relojería que nos va a estallar en la cara.

La (dura) vida del estudiante.

Constantemente dicen las personas mayores que no hay nada como la vida de estudiante de tan cómoda y fácil como es. Dicen que el trabajo sí que es duro, que estás esclavizado, que debes aguantar al jefe y que tienes muchos problemas. No creo yo que la vida de estudiante sea tan fácil. Cuando trabajas cumples con tu jornada laboral, cobras por hacerla y cuando sales del trabajo te olvidas; ya puedes descansar o preocuparte por tu vida social. Cuando estudias, por el contrario, pasas unas cuantas horas en el centro docente, pagas por estudiar (libros, materiales…) y cuando llegas a casa tienes que hacer los deberes o estudiar para los exámenes. Y todo eso sin cobrar ni un duro. O mejor dicho, ni un euro.

Es cierto que tenemos muchas vacaciones, pero la mayor parte de ellas sirven para organizarnos la faena y estudiar. Hablo, por supuesto, de los buenos estudiantes. Aquel alumno que no da ni golpe en todo el año para mí no es estudiante como supongo que tampoco es trabajador aquel que en horas de trabajo se dedica a jugar al truque. Los mayores hablan de aguantar al jefe que a menudo es un doberman, pero ¿qué sucede cuando discutes con un profesor que te ha suspendido el examen porque no le caes bien cuando sabes perfectamente que le ha puesto matrícula de honor a una compañera sólo porque ella se la chupa en su casa o en el despacho? Eso es la Universidad, amigo mío.

Dicen que en los Países Bajos los estudiantes cobran un salario por estudiar. Yo no lo sé, la verdad, pero todo lo que me digan de ese pequeño gran país centroeuropeo que es Holanda me lo creo. Son muchas horas y el dinero que emplea un estudiante en su formación. En otros países los libros son gratuitos. Aquí, la única ayuda dirigida a los alumnos consiste en reducir las becas. Es lastimoso desperdiciar cinco años de tu vida en unas aulas donde no aprendes nada para contar el día de mañana con una licenciatura que te sitúe bien y al final descubrir que lo que te espera es lo mismo que a la gente que nunca ha cursado una carrera: trabajo precario, inestable, mal pagado, indigno, etc.

Si transportáramos con una máquina del tiempo a un ciudadano del Imperio de Roma a la actualidad se sorprendería de todas las cosas nuevas que tenemos pero habría algo que le resultaría familiar: el sistema educativo basado en exámenes que continúa siendo el mismo que el de hace 2.000 años. Yo sustituiría (al menos en las Universidades) los tests y exámenes por trabajos al estilo de minitesis donde los alumnos pudieran razonar y aportar algo de sí mismos. Creo que uno siempre aprende más razonando que aprendiéndose de memoria un temario para repetirlo como un loro en la prueba. Eso no sirve para nada pues a los quince minutos de acabar el examen el pupilo no se acuerda de nada.

No hablemos ya de tener escolarizados hasta los 16 años por obligación a un montón de adolescentes a los cuales no les interesa la clase y que preferirían estar trabajando en un almacén. ¿Cómo puede un profesor convencer para que estudie inglés a un alumno que le dice a la cara que él ha de irse a trabajar con su padre? No hablemos ya de un sistema educativo que permite a los bachilleres suspender todas las asignaturas y pasar de curso. ¿Qué estímulo puede tener un alumno de Secundaria para esforzarse y aprender si sabe que no hay ninguna recompensa por hacerlo? Deberían hacer cursos de dos velocidades: en una clase quien tenga ganas de estudiar. En otra quien pretenda incordiar.

Y si al hecho de que a los estudiantes de Secundaria provengan de un sistema que en lugar de culturizarlos los convierte en analfabetos funcionales, le añadimos el hecho de que en la Universidad han de pasarse la mitad de tiempo haciendo cursillos y seminarios estúpidos que solamente son un insulto a la inteligencia y al bolsillo para obtener créditos en lugar de estudiar la carrera, podemos apostar a que las casas que construyan los arquitectos en el futuro serán tan estables como los castillos de naipes. La vida del estudiante es como la del ama de casa; trabajas muchísimo pero como no tienes nómina nadie lo valora. Y dicen que es fácil la vida del estudiante… Quien diga eso es que no ha estudiado nunca.

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