Man: hacia la reconstrucción nacional.

Man es un país en reconstrucción cultural, identitaria y nacional. Patria de raíces celtas, ha padecido el yugo de vikingos, noruegos, escoceses e ingleses. Tras siglos de una anglosajonización feroz que casi extingue la cultura autóctona, hay ahora un sentir popular por potenciar las costumbres, folclore y música tradicionales de la isla.

En lo lingüístico, el inglés es el idioma oficial junto con el manés. El último hablante materno de manés, Ned Madrell, murió en 1974. Desde entonces, hay un proceso de revitalización en las escuelas para que no desaparezca el idioma. Sigue en peligro de extinción, pero vuelve a haber jóvenes y niños que lo hablan de nuevo.

A nivel político, ha pasado del colonialismo de antaño a un fuerte autogobierno. Dispone de un curioso estatus: dependencia de la Corona Británica. No pertenece al Reino Unido ni a la Unión Europea (UE). Es un territorio semi-independiente bajo soberanía de la poderosa reina Isabel II, que ostenta el título de Señora de Man.

En lo económico, Man ha experimentado un fuerte crecimiento. Es un paraíso fiscal que atrae numerosos negocios gracias a su política de impuestos bajos, apoyo a las empresas y buena regulación financiera además de por tener una excelente dotación de infraestructuras para ser una isla diminuta de 30.000 almas.

Su bandera, compuesta por un trisquel de tres piernas armadas, es el emblema nacional desde el siglo XIV. Según una leyenda local, el dios Mannanán se convirtió en tres piernas y rodó colina abajo, derrotando a los invasores. Es por tanto símbolo de resistencia en defensa de la libertad y la independencia de la patria.

Man es un pueblo temeroso de Dios, en el que la Iglesia Anglicana tiene hondas raíces. Y ahora, tras siglos de opresión política y de sustitución lingüística y cultural, Man renace de sus cenizas. Existe un interés creciente por recuperar las señas de identidad y proclamar un estado soberano. El pueblo manés tiene la palabra.

Reinos de la Mancomunidad: una corona para gobernarlos a todos.

Soy republicano porque considero que la monarquía, en líneas generales, es una institución inservible y carísima. Pero en algunas ocasiones contadas encuentro que una monarquía puede ser útil porque da un valor añadido a una nación. Es el caso de los Reinos de la Mancomunidad, cuya corona ostenta la reina Isabel     II.

Isabel II es jefa de estado de dieciséis países: Canadá, Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Islas Salomón, Papúa-Nueva Guinea y Tuvalu. Dieceséis reinos distintos pero una sola reina.

Hoy puede sonar raro hablar de un monarca con varios tronos pero esto era lo habitual en la Edad Media europea. Por ejemplo, Jaime I el Conquistador era rey de Aragón, de Mallorca, de Valencia, de Murcia, Conde de Barcelona y Señor de Montpellier, entre otros. Varias naciones independientes pero con un solo señor.

Esto confiere un blindaje especial. Por ejemplo, sería fácil conquistar un país pequeño y débil como Tuvalu, pero nadie en sus cabales se atrevería a invadirlo porque supondría ir a la guerra con otros quince reinos que de inmediato acudirían al rescate de su hermano. Esta fortaleza que aporta la Corona la hace útil.

Lo mejor de todo es que su pertenencia es plenamente voluntaria. Por ejemplo, Sudáfrica, Pakistán, India o Malta eran reinos de la Mancomunidad antiguamente y después se transformaron en repúblicas. Y la Familia Real británica lo aceptó, como no podía ser de otro modo en una democracia de verdad.

Además de jefa de estado, Isabel II ostenta otros títulos, bastante más simbólicos, como jefa de las Islas del Canal, señora de Man, duquesa de Normandía y de Lancaster y hasta jefa suprema de Fiji, que curiosamente es una república. Y es que cuando varias naciones comparten corona, ésta las hace más grandes y fuertes.

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