Santa Lucía: entre montañas y volcanes.

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Santa Lucía es un diminuto estado insular ubicado en el Nuevo Mundo, más concretamente en el Mar Caribe. Se independizó de Reino Unido en 1979 aunque la jefatura de Estado todavía recae en la reina de Inglaterra, Isabel II. Es, por tanto, una monarquía constitucional. Su nombre proviene de Santa Lucía de Siracusa.

Antiguamente, esta ínsula fue poblada por siglos por arawaks y caribes, hasta que España la descubrió en el siglo XVI. Pese a su pequeño tamaño, fue disputadísima tanto por colonos franceses como británicos y cambió de manos catorce ocasiones (siete para cada potencia), hasta que finalmente el Reino Unido fue quien se la apropió.

La influencia de los franceses, que ocuparon la isla doscientos años, se mantiene en la hegemonía del catolicismo y en el francés criollo que aún habla mucha gente. El inglés, no obstante, es el idioma oficial, y también hay protestantes. La inmensa mayoría de la población desciende de los esclavos negros traídos de África.

Santa Lucía mezcla en su idiosincracia elementos europeos, caribeños y africanos. La música y la danza son dos de sus principales manifestaciones culturales. Destaca el carácter afable y hablador de sus habitantes, entre los que sobresale el Premio Nobel de Literatura Derek Walcott y Nobel de Economía Arthur Lewis.

A nivel económico, la mayoría de la gente es pobre y mucha debe emigrar. Pese a ello, la alta natalidad empuja la demografía al alza. El turismo y la ingeniería fiscal son las dos principales fuentes de riqueza, pero no están tan desarrollados como en otras islas de la región. El volcán La Soufrière es una fuente de energía geotérmica.

Santa Lucía tiene un origen volcánico y está atravesada de norte a sur por una cordillera montañosa cubierta de bosque tropical. De sus bellas montañas descienden numerosos riachuelos que constituyen valles fértiles que, combinados con la selva tropical y las playas, hacen del reino de Santa Lucía una paradisíaca isla.

Reinos de la Mancomunidad: una corona para gobernarlos a todos.

Soy republicano porque considero que la monarquía, en líneas generales, es una institución inservible y carísima. Pero en algunas ocasiones contadas encuentro que una monarquía puede ser útil porque da un valor añadido a una nación. Es el caso de los Reinos de la Mancomunidad, cuya corona ostenta la reina Isabel     II.

Isabel II es jefa de estado de dieciséis países: Canadá, Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Islas Salomón, Papúa-Nueva Guinea y Tuvalu. Dieceséis reinos distintos pero una sola reina.

Hoy puede sonar raro hablar de un monarca con varios tronos pero esto era lo habitual en la Edad Media europea. Por ejemplo, Jaime I el Conquistador era rey de Aragón, de Mallorca, de Valencia, de Murcia, Conde de Barcelona y Señor de Montpellier, entre otros. Varias naciones independientes pero con un solo señor.

Esto confiere un blindaje especial. Por ejemplo, sería fácil conquistar un país pequeño y débil como Tuvalu, pero nadie en sus cabales se atrevería a invadirlo porque supondría ir a la guerra con otros quince reinos que de inmediato acudirían al rescate de su hermano. Esta fortaleza que aporta la Corona la hace útil.

Lo mejor de todo es que su pertenencia es plenamente voluntaria. Por ejemplo, Sudáfrica, Pakistán, India o Malta eran reinos de la Mancomunidad antiguamente y después se transformaron en repúblicas. Y la Familia Real británica lo aceptó, como no podía ser de otro modo en una democracia de verdad.

Además de jefa de estado, Isabel II ostenta otros títulos, bastante más simbólicos, como jefa de las Islas del Canal, señora de Man, duquesa de Normandía y de Lancaster y hasta jefa suprema de Fiji, que curiosamente es una república. Y es que cuando varias naciones comparten corona, ésta las hace más grandes y fuertes.

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