Tíbet: el santuario mancillado.

Tíbet es una nación que tiene el doble de tamaño que la Península Ibérica, pese a lo cual viven en ella menos de tres millones de personas. Es el centro espiritual del budismo vajrayana, practicado por el 6% de budistas del mundo. De allí es el Dalai Lama, la reencarnación de un gran maestro espiritual de acuerdo a esta religión.

Es una patria montañosa de cumbres nevadas, de nieves perpetuas, de alturas de vértigo que hacen difícil incluso respirar por la escasez de oxígeno. Enormes cordilleras la recorren de punta a punta, como la del Himalaya. En el Tíbet, haciendo frontera con Nepal, está el Everest, el pico más alto del mundo con 8848 metros.

Tíbet es un pueblo acostumbrado a luchar. A lo largo de su historia milenaria ha alternado períodos de independencia con otros de colonización. Ha sido atacado por grandes imperios: mongoles, chinos, británicos y otra vez chinos. Desde 1950 se encuentra ocupado militarmente por Beijing, que la invadió para combatir su religión.

Miles de monasterios y manuscritos fueron quemados. Más de un millón de tibetanos muertos. Hay torturas y asesinatos constantes. China promueve una política de inmigración para colonizar la región: allí ya viven más chinos que lugareños. La lengua, cultura y religión tibetanas son perseguidas y pisoteado el honor.

No obstante, sería un equívoco idealizar al Tíbet independiente previo a la invasión china: se trataba de una teocracia medieval con fuertes desigualdades sociales. Los lamas y los nobles eran terratenientes enormemente ricos, mientras que el pueblo llano era siervo de sus señores en un estilo de vida literalmente feudal.

Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, es el líder espiritual y temporal del país y desde el exilio reivindica una resistencia pacífica contra la ocupación china. Mientras, a falta de petróleo o de grandes recursos económicos, las naciones temen enfrentarse a la poderosa China y optan por abandonar a los tibetanos a su suerte.

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