¿Sabías que el primer belén de la Península Ibérica fue valenciano?

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San Francisco de Asís hizo el primer belén de la historia en 1223. Fue un belén viviente y la tradición (primero con personas y luego con figuras) se propagó por la Península Itálica. De allí la trajo a España en 1760 el rey Carlos III, también rey de Nápoles y Sicilia, según el periodista Baltasar Bueno (Levante-EMV 24-12-2013).

En 1764 Carlos III dedicó toda una sala del Palacio Real de Madrid a un inmenso belén, que mandó construir al valenciano Josep Esteve Bonet, que por entonces era un escultor muy reputado. Éste contó con la ayuda del también escultor valenciano Josep Ginés Marín y del figurinista murciano Francisco Salzillo.

Esteve hizo con sus propias manos 180 figuras de 50 cm de altura, entre las cuales se incluían labradores, huertanos de Valencia, labradores de Nules, ganaderos del interior, arroceros de Sueca, datileros de Elche, turroneros de Xixona y artesanos de las distintas comarcas valencianas. Así, la obra tenía todo el sabor de nuestra tierra.

El Belén del Príncipe, llamado así por ser un regalo del rey a su hijo el futuro Carlos IV, llegó a tener 6000 figuras, traídas de la Península Itálica y de España. Las figuras hechas de barro o de porcelana eran vestidas con ricos ropajes y antes de Navidad toda la Familia Real colaboraba en la puesta a punto del suntuoso belén.

Aquella costumbre palaciega se propagó a los hogares de toda España pero por avatares políticos y guerras el Belén Real estuvo olvidado muchos años en los desvanes de Palacio, hasta que fue descubierto y recuperado en parte en 1988, pues habían sido destruidas o robadas muchas piezas, de las que sólo se salvaron 80.

 

Fuentes consultadas:

– Bueno, Baltasar. El primer belén fue valenciano. Levante-EMV 24-12-2013.

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Navarra: Dios, patria y fueros.

Cuando uno llega a Pamplona, histórica capital del milenario Reino de Navarra inmediatamente se percata de que no está frente a una ciudad más sino frente a un pedazo vivo de historia. Su monumento a los fueros recuerda la lealtad a España pero también la defensa de todos los derechos históricos que le son propios.

Este Reino es una tierra de hombres temerosos de Dios, una bella excepción en medio de una Europa cada vez más atea. Navarra es la cuna del Opus Dei. Su marcado catolicismo logró el éxito de tener la única autonomía de toda España donde abortar era ilegal pero también hizo de ella una tierra abominablemente idólatra.

Históricamente los tres burgos que componían Pamplona estuvieron enfrentados. El de Navarrería quería mantener la independencia, pero el de San Cernín simpatizaba con los francos y el de San Nicolás con los castellanos. En 1423 el rey Carlos III los unió. En 1512 el Reino de Navarra firmó su “feliz unión” con el de Castilla.

En la actualidad, la gran mayoría de navarros -castellanoparlantes- defiende la unidad de España y un tercio de navarros -normalmente euskaldunes- reivindica su anexión a Euskadi. La histórica “lingua navarrorum” -hoy considerada euskera- se ha convertido en un arma al servicio del nacionalismo expansionista vasco.

El despegue económico en los últimos tiempos ha sido brutal. En 25 años el Reino pasó de ser sociedad rural a disfrutar de un alto nivel de vida donde la educación, el I + D y las exportaciones están a la orden del día. En ello, fueron clave las jugosas ventajas fiscales que le otorga tener una hacienda propia y ser comunidad foral.

Navarra es el Reino de Sancho VII y del ciclista Miguel Induráin, el país cuyos San Fermines enamoraron al literato Ernest Hemingway, un pueblo en el que cuesta integrarse pero que cuando te acepta te lo da todo porque es noble y fiel, una patria de valientes dispuestos a batallar hasta la muerte en defensa de sus derechos.

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