Benín: la nación vudú.

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La República de Benín se encuentra en África Occidental y es una nación tropical y subsahariana de clima cálido y lluvioso. Fue colonizada por los franceses en 1883, y englobada dentro del África Occidental Francesa, y se independizó en 1960. Antes, desde el siglo XVII, esta tierra fue conocida como la Costa de los Esclavos.

Desde 1960, Benín ha sufrido golpes de estado, tensiones étnicas y una dictadura comunista (1972-1990) pero hoy es una democracia. Destaca Mathieu Kérékou, quien gobernó como dictador comunista primero y como presidente democrático después, y quien pasó de ateo a musulmán y finalmente a cristiano nacido de nuevo.

El nombre de la nación es polémico. Cuando se independizó (1960), lo hizo bajo el nombre de Dahomey, un antiguo reino local. Pero el nuevo país englobaba no sólo a Dahomey, sino también a Porto Novo, Borgou, Atakora y otros numerosos reinos así que en 1975 se rebautizó como Benín, nombre neutral que viene de la Bahía de Benín.

La Bahía de Benín a su vez le debe su nombre al antiguo Reino de Benín -que es el actual Estado Edó, en Nigeria, y cuya capital es Benín City- y que no tiene nada que ver con la República de Benín, salvo el nombre. El idioma oficial es el francés aunque en la práctica la gente habla el hausa, el yorubá, el fon y otras cuarenta lenguas.

A nivel religioso, hay un 45% de cristianos (entre católicos y protestantes), un 24% de musulmanes sunís y un 17% de seguidores del vudú. Eso en teoría, porque en la práctica, y debido al sincretismo, dos tercios de la población participa de alguna forma de ritual vudú. Benín es el único país del mundo donde el vudú es religión oficial.

Dispone de oro y petróleo, aunque la inmensa mayoría de la población vive de la agricultura de subsistencia y del cultivo de algodón. Sólo un tercio de la población está alfabetizado y el acceso a los servicios de salud es caro y difícil. La pobreza, los trabajos forzados y el trabajo infantil se encuentran a la orden del día en Benín.

Haití: bajo el embrujo del demonio.


El sobrecogedor terremoto que asoló Haití en 2010 fue el más destructor del mundo en mucho tiempo. El seísmo, que provocó la muerte de más de 100.000 personas, fue comparado por su devastación con la bomba de Hiroshima. Un año después de la tragedia, ni siquiera se han recogido los cascotes. Todo sigue igual o peor.

Es sólo la gota que colma el vaso de una lista infinita de tragedias que han azotado a este pueblo desde que se independizó de Francia en 1804. Es la primera república negra de la historia, la primera en expulsar a los colonos blancos. Pero aunque el país se liberó de la esclavitud desde entonces todo le ha ido de mal en peor.

Su resistencia heroica frente al imperialismo francés ayudó a consolidar la independencia de Estados Unidos. Los estadounidenses no hubiesen podido conquistar las colonias francesas en Norteamérica si no hubiese sido porque Francia estaba ocupada tratando de sofocar las rebeliones independentistas de Haití.

En los últimos 200 años ha padecido una cascada de guerras, golpes de estado, dictaduras, corrupción generalizada, hambre, miseria, represión, colonialismo, deuda… En todo este tiempo a nadie le ha importado que los malos gobernantes hayan saqueado al país más pobre de América y uno de los más famélicos de la Tierra.

Continuos cortes en el suministro eléctrico, falta de agua potable, carreteras polvorientas aún por asfaltar, la ausencia de una sanidad y una educación dignas… Gente inocente que vive hacinada como ratas, que busca comida entre la basura y que sufre a diario por sobrevivir en un estado fallido, una pocilga de nación.

Haití parece un país maldito, como si viviese bajo el embrujo del mismo demonio. Los haitianos se han encomendado a rituales de corte satanista como vudú, brujería, ocultismo, espiritismo, animismo, magia, adivinación, mal de ojo… Prácticas espirituales que han desatado en la isla el infortunio, la calamidad y la muerte.

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