Bretaña: el sabor de lo típico.

Bretaña fue un antiguo reino y posterior ducado durante casi toda la Edad Media. Fue una nación soberana desde 851 hasta que fue incorporada a Francia en 1532, ya que el rey francés Francisco I se casó con Claudia, hija de la duquesa Ana de Bretaña. Es un país rural de una honda tradición católica y celta.

Los bretones se sienten discriminados porque el histórico Ducado de Bretaña fue dividido en dos regiones: la actual Bretaña (80% del territorio histórico) y la provincia de Loira Atlántica (20% restante), incorporada a la vecina región de País de Loira. Esto se hizo para evitar la rivalidad entre las ciudades de Nantes y Rennes.

Desde el siglo XX hay un despertar del autonomismo, que reivindica equiparar las dos lenguas propias (el bretón y el galó) al francés, el resurgimiento de la cultura y símbolos bretones, el autogobierno y el desarrollo económico de la región. Los bretones hasta tuvieron que recurrir al terrorismo para ser oídos por la centralista París.

En el folclore destaca el kan ha diskan, un tipo de canto con dos interpretes en el que uno sucede al otro cuando acaba su estrofa. Cada nueva estrofa es cantada empezando por el último verso o palabra de la anterior, siendo este verso o palabra cantado por ambos intérpretes a la vez, lo que constituye un estilo muy típico.

También destaca la gwerz, un tipo de balada triste, muy larga y sin estribillo. Además existe una gran afición a la música celta y a las bandas de gaitas bretonas. La música y danza tradicionales se mantienen con fuerza. Se conservan muchos trajes regionales, típicos de cada pueblo. Se suele decir “cien lugares, cien trajes”.

Por siglos el Estado Francés intentó destruir el idioma bretón. Pese a ello, Bretaña sigue siendo una patria orgullosa de sus raíces, tradiciones y particularismos. Pero ahí queda la cosa, ya que el fervor cultural no lo es nacional. Es una región pobre y abandonada pero amarrada a la metrópoli. Pudo ser Córcega y acabó siendo Galicia.

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