Una reforma laboral positiva y necesaria.

El Gobierno de España, con el presidente Mariano Rajoy a la cabeza, ha aprobado estos días por vía decreto una reforma laboral muy ambiciosa. La nueva ley abarata el despido de los trabajadores. Pasamos de 45 días por año trabajado con un máximo de 42 mensualidades a 33 días por año con un máximo de 24 mensualidades en el caso de despido improcedente. En el despido procedente (que podrá darse si la empresa tiene tres trimestres seguidos de merma de ingresos) el empleado percibirá 20 días por año trabajado con 12 mensualides de máximo.

Mucha gente ha puesto el grito en el cielo y se lamenta del abaratamiento del despido. Yo, sin embargo, considero que se trata de una reforma audaz que puede tener efectos positivos a medio y largo plazo. El problema no es tanto que una persona que tiene trabajo lo pierda sino la práctica imposibilidad que hay en estos momentos de encontrar otro. Tenemos 5.300.000 parados, con una tasa de desempleo total del 23% de la población activa y 45% de la juventud. Y creciendo. Hay que tomar medidas, por dolorosas que éstas sean, para atajar este sunami de paro.

Mi opinión es que a corto plazo la reforma va a ser muy negativa, en el sentido de que va a provocar más despidos y disparar todavía más el paro. Pero a medio y largo plazo encuentro que puede resultar beneficiosa. Pienso que la nueva ley tiene dos aspectos muy positivos: que en tiempo de crisis ayuda a que una empresa no desaparezca y que en tiempo de bonanza incentiva la contratación. Además, los trabajadores tendrán derecho a 20 horas anuales de formación a cargo de la empresa, lo cual les ayudará mucho a reciclarse y adaptarse a nuevos retos.

Veamos el primer aspecto. ¿Qué es mejor? ¿Que una empresa de 50 empleados ahogada por las deudas despida a 43 y se quede con una plantilla mínima? ¿O que por no poder pagar los elevados costes del despido, al empresario no le quede más remedio que cerrar su negocio? En el primer caso, la empresa sigue existiendo y eso le permitirá volver a contratar en el futuro (pasar de 7 empleados a 15, 20 ó 50) cuando la economía remonte el vuelo. En el segundo (lo que pasaba hasta ahora) la empresa nunca más volverá a contratar a nadie  porque deja de existir.

El auténtico problema no es tanto el aumento del paro como la destrucción de empresas. Esto segundo es mucho más grave porque dificulta la recuperación. Y ahí entra el segundo aspecto positivo de la ley: si antes, en tiempo de bonanza, un empresario no se atrevía a contratar indefinidamente por lo oneroso del despido, ahora es más probable que lo haga. Habrá quien diga que de qué sirve tener un contrato indefinido si te pueden echar por cuatro duros en cualquier momento. Precisamente por eso mismo es más sencillo que te vuelvan a contratar en otra parte.

Este es el modelo de Estados Unidos y de muchos países desarrollados, donde gracias (en parte) al despido barato es fácil encontrar empleo y las tasas de paro son bajas. Se ha desatado una gran polémica porque la reforma permite despedir por absentismo laboral (así sea justificado, como una enfermedad). Yo no creo que un trabajador disciplinado y de alto rendimiento deba temer. Si su jefe lo despide por estar enfermo es imbécil. Otra cosa son los vagos y los inútiles que van al trabajo a pasar el rato. Ellos sí deben preocuparse. Y de ésos en Ejpaña hay muchos.

La reforma no obstante se queda corta porque no entra en el problema de raíz del Estado: la falta de productividad. No toma medidas como reducir los festivos, adoptar la jornada continua (y desterrar de una vez por todas la partida) o pasar de un modelo productivo basado en la mano de obra barata en uno basado en la tecnología. He ahí la madre del cordero. Ni una sola medida fiscal para incentivar la industrialización, la tecnología, la inversión en I + D. Tampoco aplica un contrato único para acabar de una vez con el cáncer de la temporalidad en España.

No considero que la nueva ley, por sí sola, vaya a generar empleo. Para ello se necesitan además otras medidas como una reforma financiera que deje bancos saneados para que fluya el crédito a empresas y familias, una reforma migratoria que impida que España con un 23% de desempleo siga recibiendo inmigración (no tiene sentido importar parados suplementarios) y una política orientada al crecimiento económico y no tanto a una austeridad que está destruyendo a la clase media. La reforma tiene luces y sombras, pero en su conjunto es un paso adelante.

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