Palau: la fuerza de la tradición.

Palau ha ido pasando de mano a lo largo de los siglos. Descubierta por españoles en el siglo XVI, fue colonizada por los británicos, luego pasó a ser otra vez de los españoles, que se la vendieron a los alemanes, quienes la perdieron en favor de los japoneses. Con tanto lío, la ONU se la entregó en fideicomiso a Estados Unidos en 1947.

En 1947 las Islas Marianas del Norte, Islas Marshall, Estados Federados de Micronesia y Palau formaron parte del Territorio en Fideicomiso de las Islas del Pacífico. La idea de Washington era incluir Palau dentro de Micronesia, pero los palauanos votaron en contra y a favor de una identidad separada. Palau adoptó su propia Constitución en 1980.

En 1986, uno a uno, los miembros del Fideicomiso se independizaron de Washington bajo la figura jurídica de estado libre asociado. Palau fue el último en abrazar este modelo, en 1994, lo que supuso la extinción definitiva del Fideicomiso. América realiza maniobras militares allí, a cambio de lo cual le ofrece dinero y garantiza su defensa.

Pese a incorporarse al cristianismo y a la civilización occidental, las viejas tradiciones culturales y religiosas permanecen arraigadas y las antiguas ceremonias de nacimientos y funerales muy vivas. Históricamente los hombres han ido a la playa a pescar y luchar contra los pueblos invasores, y las mujeres han cuidado del hogar y los niños tierra adentro.

Los pueblos de las Palau están organizados en torno a diez clanes matrilineales. Antiguamente un Consejo de jefes de los diez clanes gobernaba al pueblo y un consejo paralelo de sus mujeres tenía un papel muy importante en la división y control de la tierra y el dinero. Los palauanos tienen fama de ser un pueblo muy hospitalario y sociable.

Puede que la República de Palau sea un diminuto archipiélago de sólo 460 km2 y 20.000 almas. Puede que sea también una de las naciones más jóvenes del mundo. Pero los palauanos han sabido conservar su lengua y tradiciones al transmitirlas oralmente de generación en generación. Ahora es tiempo de fortalecer la identidad propia.

Islas Marianas del Norte: el país donde faltan hombres.

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El navegante luso Fernando Magallanes las descubrió en 1521 y las reclamó para la Corona española, que las mantuvo en su poder hasta 1899, cuando las vendió a Alemania. Japón se adueñó del archipiélago durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y lo perdió en la Segunda, en 1944 concretamente, en favor de Estados Unidos.

En 1947 las Islas Marianas del Norte fueron incluidas (junto con Islas Marshall, Estados Federados de Micronesia y Palau) dentro del Territorio en Fideicomiso de las Islas del Pacífico, un fideicomiso de la ONU administrado por Estados Unidos que perduró hasta 1994. Pero en 1975 los normarianos pidieron vía referéndum cambiar su estatus.

Las Islas Marianas del Norte pasaron a gozar de una cierta autonomía hasta que en 1986 se convirtieron, oficialmente, en un Estado Libre Asociado a los Estados Unidos. Marshall y Micronesia le imitaron ese mismo año y Palau un poco más tarde, en 1994. Los normarianos disfrutan de pasaporte estadounidense pero no pueden votar en América.

Pese a la libre asociación, Marianas del Norte tiene poco de americana. Se encuentra en el Pacífico Norte, y sus usos y costumbres tienen mucho que ver con su continente geográfico: Oceanía. Así, la explotación laboral, la prostitución infantil, la pobreza y la corrupción son frecuentes. La economía se basa en la pesca, el turismo y la industria textil.

El inglés, el chamorro y el carolinio son los idiomas oficiales, y la católica la religión predominante. La cultura, en esencia, es malayo-polinesia, aunque hay un verdadero de pupurri de gentes procedentes de mil sitios. Como dato curioso cabe destacar que es la nación con la menor proporción de hombres del mundo: 0,7 varones por cada mujer.

La ONU dio formalmente por finalizado su protectorado en 1990, por lo que los normarianos son dueños de su propio destino. Nadie sabe qué les deparará en el futuro: si mantendrán su estatus o solicitarán su independencia total. En todo caso, es tiempo de que sean los normarianos (y no los extranjeros) quienes escriban su propia historia.

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