Educación pública o la ley de la selva.

El otro día estaba charlando con unos compañeros en el instituto en el que imparto clase. Debatíamos sobre qué sistema educativo funciona mejor: el público o el privado concertado. Mi compañero -profesor, como yo- defendía que si la educación concertada tiene más prestigio es porque es más elitista y selecciona a los alumnos. Es decir, que se queda con los niños de familias ricas mientras que las de clase social baja e inmigrantes van a la pública (con el consiguiente bajón de nivel académico que por lo general ello comporta). Afirmaba que si en la pública se hiciera igual y  sólo nos quedáramos con alumnos buenos, se podría lograr lo mismo (a pesar de ello la pública obtiene los mejores resultados en el selectivo).

Yo le di la razón parcialmente. Es innegable que por lo general la concertada no acepta alumnos problemáticos (lo cual es injusto, porque se nutre de subvenciones que pagamos entre todos) pero ahí no radica el quid de la cuestión. Yo he tenido la inmensa suerte de trabajar en la educación privada concertada y en la pública y puedo compararlas. Mi experiencia me indica que el éxito de la concertada está no tanto en la selección del alumnado, que también, como más bien en una férrea disciplina por parte de la directiva. He tenido la oportunidad de trabajar en dos concertados. Uno católico y de prestigio con alumnado de clase media alta. Otro laico y de integración que escolarizaba sobre todo a pobres. Los dos funcionaban bien.

En el primero vi que es un mito pensar que a un concertado sólo van los hijos de los ricos (es mentira, porque va la clase media, los ricos van a la privada). Mi impresión fue muy buena: organización, preocupación por parte de las familias, cultura de esfuerzo, buen nivel… Funcionaba todo como la seda. En el segundo, nuestro alumnado provenía de capas sociales bajas y el 90% era inmigrante. Allí, los resultados académicos eran un desastre debido al nulo interés de muchachos y familias, pero aún así había algo que echo en falta en la pública: la disciplina. Incluso con un alumnado conflictivo los pupilos no faltaban al respeto a sus profesores y si lo hacían eran castigados. Pero un instituto público es ciudad sin ley.

Voy a poner un ejemplo: en un centro en que trabajé (es público) un chico, tras una rabieta, rompió la puerta del aula de un portazo. ¿El castigo? Tres días de expulsión. Eso mismo lo llega  a hacer en un concertado y la expulsión es de un mes y además su padre paga la reparación de la puerta. Pues eso, que ahí está la diferencia. En la pública, el alumno tiene la sensación de que hay impunidad para sus actos (lo cual es cierto) mientras que en la concertada hay reglas y se cumplen, por eso todo el mundo va más recto que un soldado (aunque tengas un 90% de inmigrantes). Pero si un chaval rompe una puerta y aquí no ha pasao ná ¿qué autoridad tengo yo como docente para decirle que calle o que salga de clase?

5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Kenshin
    Jun 23, 2011 @ 23:30:42

    Si afirmara que la herencia genética condiciona los resultados escolares tanto o más que el entorno socioeconómico y la inversión en educación, apostillando que la incorporación masiva de la mujer a las labores docentes es una de las causas del descenso en la calidad de la enseñanza, imagino de lo que me tacharíais de forma inmediata.

    Si además empleara estos “argumentos” para justificar una enseñanza segregada, menos fondos para educación, la competición entre centros públicos y concertados o la implantación del cheque escolar, estoy seguro que sumaría unos cuantos calificativos más.

    Aún con riesgo de defraudar a algunos, debo decir que no comparto tales afirmaciones o -al menos- la mayoría de ellas. Sin embargo, podéis dirigir vuestros improperios a los verdaderos autores de tales opiniones: la CEOE. La organización que agrupa a los grandes empresarios españoles vierte éstas, junto a otras inestimables joyas, en un informe presentado ayer en el Instituto de Estudios Económicos.

    Mientras tanto, me vais a permitir que yo me deshaogue con mis propias descalificaciones.

    Lo primero que cabría preguntarse es que narices pinta la cúpula de la empresa española opinando y dando consejos sobre política educativa. Tras demostrar que ni siquiera son capaces de hacer lo que se supone que saben hacer (mantener un sistema económico estable), se permiten orientar al resto de los mortales sobre gestión educativa, pontificando sobre los factores de los que depende el rendimiento escolar.

    Pero no quiero caer en una falacia ad hominem, así que veamos directamente los “argumentos” de estos señores:

    Heredabilidad de la inteligencia y CI

    Todos nosotros estamos formados por una serie de características determinadas en nuestros genes y por la modulación y alteraciones que el ambiente realiza sobre estas “condiciones de partida”.

    Sería poco razonable negar que, al igual q1ue ocurre con el carácter, la personalidad o incluso las aficiones, no existan factores genéticos que se encuentren directa o indirectamente relacionados con el nivel de inteligencia. De igual forma, sería una completa barbaridad afirmar que el entorno no tiene influencia en el desarrollo de esa inteligencia potencial. Así somos: mezcla de genes y ambiente.

    Ahora bien, ¿como podemos medir la inteligencia? Esta es una pregunta que se lleva discutiendo durante décadas, sin que hayamos conseguido alcanzar todavía un acuerdo razonable. Algunas tentativas, incluso muy populares como la medición del Cociente de Inteligencia mediante test psicológicos son puestas en duda por gran parte de la comunidad científica especializada en temas cognitivos. Y si la consiguiéramos medir, ¿cómo saber si estamos midiendo la inteligencia innata o la inteligencia adquirida por nuestra interacción con el medio ambiente? Hoy por hoy, siguen siendo preguntas sin respuesta.

    No obstante, imaginemos por un momento que descubrimos los genes que predisponen a una mayor inteligencia. Imaginemos que podemos detectarlos mediante un sencillo análisis en la infancia y, gracias a ello, saber que niños tienen una mayor potencialidad, facilitarles el acceso a escuelas de calidad, becas y todo tipo de educación de alto nivel para aprovechar su fortuna genética. Todos sabemos como se llama eso: eugenesia; y eugenesia de la mala.

    Conocer la predisposición genética a determinados eventos vitales puede ser muy útil como remedio para solucionar o minimizar los problemas de una persona y conseguir para ella una mejor calidad de vida; nunca para seleccionar a los más aptos y cubrirlos de parabienes mientras los menos afortunados en el sorteo nucleótido quedan relegados. Que algo sea posible no significa que debamos hacerlo, ni mucho menos que sea ético (aunque a muchos les cueste comprenderlo, que la naturaleza se rija por una selección darwiniana no hace que los biólogos evolutivos tengamos que ser darwinistas sociales).

    También está fuera de toda duda el que no todos los estudiantes sirven para todo. Alguien puede tener especial torpeza para las matemáticas, peor “oido” para la música o insuficiente concentración y pulso para la cirugía. Sin embargo, una sociedad que se precie de serlo debe ofrecer alternativas para todas las capacidades y no establecer una criba social basada en las diferentes aptitudes. Una sociedad digna de ese nombre debe conseguir que cada ciudadano tenga las mismas oportunidades para elegir, basándose en sus preferencias y capacidad, ocupaciones igualmente dignas y útiles, independientemente del “nivel académico” que tanto se abandera como éxito social.

    Así pues, pretender basar un sistema educativo en la predisposición genética no sólo es una perversión ética, sino una verdadera barrera para alcanzar una sociedad justa y solidaria.

    Y es que de esto va el tema: de justicia, de solidaridad y de pasta. Por eso la CEOE se mete en tales berenjenales; es una cuestión de pasta. Si solamente tenemos que educar a los hijos de familias “inteligentes”, en realidad estaremos educando a los hijos de familias acomodadas, donde las condiciones socioculturales (el entorno) permiten obtener unos buenos resultados en los dudosos “test de inteligencia”. Por mucha base genética positiva de la que disponga, difícilmente una familia pobre y sin formación podrá competir con los retoños del Liceo Francés, por cruzados que lleven los genes.

    La inversión pública, la competencia y el cheque escolar

    Lo que se desprende del resto del dicurso es clásico en cualquier argumento segregacionista: es inútil invertir cifras millonarias en intentar educar a tontos; es contraproducente mezclar torpes y listos (o pobres y ricos, mejor dicho) en las mismas aulas. Lo más óptimo es establecer centros elitistas para los buenos y corrales ocupacionales para los malos. Y que mejor forma que el cheque escolar: paguemos de las arcas del estado a los colegios privados, para que con nuestro dinero puedan establecer unos criterios selectivos para continuar la casta. Eso sí, para pagar impuestos, los tontos si son útiles.

    De nuevo, se trata de otra falacia que únicamente puede mantener alguien empeñado en conseguir una sociedad clasista, donde la cultura y la consecuente libertad esté reservada a la élite (económica). Lo importante en una sociedad es el nivel de todos sus ciudadanos, no el de un equipo escogido y nada representativo. Por mucho campeón que tengamos en las olimpiadas, no seremos una comunidad deportista si el deporte no se encuentra en la calle. De igual forma, no seremos una sociedad culta y libre por tener un premio Nobel, sino por poder hablar de literatura francesa con el panadero.

    Por otro lado, tampoco está nada claro que una educación selectiva y elitista obtenga mejores rendimientos para la sociedad. En los tiempos que corren, hacen más veinte equipos de investigación normalitos que un genio sólo y bien subvencionado.

    Y solo los listos, nada de listas

    Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y sentido de la justicia analizaría el caso de la mujer trabajadora de una forma muy clara: la mujer se ha ganado a pulso el derecho a trabajar… el doble.

    A pesar de unos tímidos inicios de mejoría, la mujer es la que sigue llevando como norma general la organización de la casa y el cuidado de los hijos. Legiones de mujeres trabajadoras vuelven al hogar para enfrentarse a la lavadora, a la cena y al baño de los niños, cuando no ha debido llevarlos y recogerlos del colegio, hablar con los profesores y acompañarlos a un par de actividades extraescolares. Para colmo, y aunque pueda compartirse el permiso post-parto, el embarazo sigue siendo carga exclusiva del sexo femenino, esta vez por motivos biológicos. Y del machismo imperante en el mundo laboral, mejor ni hablamos.

    Pues bien, ante tal tesitura, la CEOE concluye que son las mujeres la causa de la baja calidad docente de nuestro sistema educativo. Se piden demasiadas bajas, reducen la jornada y la agrupan, obligando a otras mujeres (la CEOE debe suponer que el hombre debe estar viendo el fútbol) a alterar sus horarios porque no coinciden con la “holgada” jornada de las maestras. Curioso, por cierto, que bajas y reducciones de jornadas solo afecten a las educadoras, y no al resto de madres trabajadoras que no saben que hacer con sus hijos.

    El transfondo, velado ante datos supuestamente objetivos, al menos a mí me queda bastante claro.

    Resumiendo: la pasta para los de siempre, o la continuidad del desequilibrio

    Como la Iglesia, los grandes empresarios saben muy bien donde está el peligro: en la igualdad de opciones y en la libertad de elección o, al fin y al cabo, en la igualdad y la libertad a secas. Y también saben muy bien cuáles son las mejores herramientas para conseguirlo: una educación de calidad sin distinción y sin desigualdades que forme un pueblo capaz de pensar racionalmente.

    Como decía el Dr. Sagan: “El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios de aspirinas y los profetas. Quizá empezarán a hacer preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces?”

    (No lo escribi yo, este maravilloso texto es propiedad de http://cnho.wordpress.com/2011/06/23/%C2%A1el-hijo-del-pudiente-a-la-universidad/)

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  2. J.Ferrer
    Jun 24, 2011 @ 19:08:19

    Para que tú veas que clase de empresaurios hay en España.

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  3. Marwi
    Jun 25, 2011 @ 05:07:52

    La educacion es tambien, saber vestir al laumnado, Como que faldas cortas?, asi las alumnas estan mal orientas

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  4. Alba
    May 03, 2012 @ 21:16:35

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  5. El Yeti
    Dic 16, 2013 @ 03:09:03

    Pues en mi ciudad, que no es pequeña precisamente, a los colegios concertados religosos va gente de clase media-baja y bastantes inmigrantes.
    Donde no hay inmigrantes es en los colegios privados, pero hombre, tampoco hay españoles de clase media y trabajadora.

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