Cosas estúpidas que hace la gente blanca.

Estos días hemos sido testigos de un simiesco espectáculo que la prensa se empecina en mostrar como una hazaña. El paracaidista austríaco Felix Baumgartner ha batido el récord mundial de salto al arrojarse al vacío desde la friolera de 39.000 metros de altura. Los periodistas no dudan en calificarlo de héroe.

Pero yo me pregunto: ¿Qué tiene esto de heroísmo? ¿Qué de prodigioso? ¿No es más bien una solemne memez? ¿No hay que estar un poco tocado del ala para atreverse a hacer semejante salvajada? ¿Qué provecho trae esto a la sociedad? ¿Ha descubierto Felix Baumgartner la penicilina? ¿Ha curado el parkinson tal vez?

No, no ha valido para nada más que para obtener sus quince minutos de fama y para entrar en el Libro Guinness de los Récords, donde figuran otras proezas como la plusmarca de mayor cantidad de huevos aplastados en la cara durante un minuto, pedalear hacia atrás con un violín o recibir la patada más fuerte en las bolas.

Alpinismo, paracaidismo, puentismo o ala delta, entre otras, son formas estúpidas de jugarse la vida. Entiendo al piloto de carreras que la arriesga porque algo le puede compensar (dinero, prestigio, un campeonato…) pero ¿en qué piensa un tío que escala una montaña de 8.000 metros sólo para que, acto seguido, vuelva a bajarla?

Yo no siento en absoluto ninguna tristeza por un alpinista que muere en la montaña, ni por ese paracaidista que se espachurra contra el suelo porque no se abrió el paracaidas ni por el choni que se mata en la carretera por conducir a 200 kilómetros por hora… Porque no han muerto sino que ellos mismos se han matado.

Mi mujer, que es negra, me dice que en África la gente es incapaz de comprender por qué los blancos arriesgan sus vidas estúpidamente. En África la picadura de un mosquito puede suponer un contagio de malaria y no tener dinero para una operación de apendicitis, la muerte. Defínitivamente allí valoran la vida más que aquí.

No veo a los negros, a los amarillos o a los amerindios arriesgar sus vidas sin una razón de peso. Esto es más bien propio de gente blanca. Y me pregunto por qué. Para mí la vida es un don, un regalo que Dios nos concede, algo demasiado sagrado, demasiado valioso como para ponerla en juego por quince minutos de fama.

Yugoslavia: el fracaso de la multiculturalidad.

De las cenizas de la Primera Guerra Mundial nació en 1918 el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que luego se denominaría Yugoslavia. Era un estado artificial creado de la noche a la mañana bajo el liderazgo de Belgrado; un puzzle de razas, etnias, lenguas, culturas y religiones forjado bajo el lema de que la unión hace la fuerza.

Pero las tensiones afloraron pronto. En la Segunda Guerra Mundial los croatas se aliaron con los nazis y asesinaron 700.000 serbios. Después, con la llegada del mariscal Josip Broz Tito y el advenimiento de la dictadura comunista, el país se mantuvo unido y las diferencias culturales y resentimientos aparcados por un tiempo.

Yugoslavia llegó a tener 25 millones de habitantes. Era la locomotora económica de la Europa Suroriental y lideraba a los países no alineados.  Su selección de baloncesto fue campeona europea, mundial y olímpica. El país era mostrado como un ejemplo de convivencia. Pero todo eso era sólo un espejismo que duraría poco.

La Guerra Civil Yugoslava (1991-1995) desintegró esta patria tras un mar de genocidios. El centralismo promovido por el nacionalista serbio Slobodan Milosevic provocó la secesión de Eslovenia, Croacia, Macedonia (1991) y Bosnia-Herzegovina (1992). Sólo Montenegro se quedó junto a Serbia en una Yugoslavia menor.

En 1999 la OTAN declaró la guerra a Milosevic por sus crímenes contra los kosovares. Montenegro acabó abandonando a Serbia en 2006, poniendo fin a Yugoslavia. La independencia de Kosovo respecto de Serbia en 2009 fue el epílogo a una historia teñida de sangre e independentismos que acuñó un nuevo verbo: balcanizar.

Los estados multiculturales suelen fracasar. La convivencia pacífica de distintas religiones, lenguas y culturas es sólo posible bajo el puño de hierro de un dictador. No habría separatistas si no hubiese separadores. Los estados artificiales están condenados a desaparecer… Son las lecciones de la extinta Yugoslavia para la historia.

Es su cultura y hay que respetarla.

El otro día fui testigo de un espectáculo digno del vertedero multicultural en el que vivo. Estaba en una imprenta esperando mi turno para hacer unas fotocopias. Delante de mí había un matrimonio gitano rumano que también esperaba. Cuando por fin llegó su turno la mujer se sacó unos papeles de la teta y su marido se sacó el pasaporte de dentro de los calzoncillos. No contento con haber restregado por los cojones el documento, se dio cuenta de que la foto no debía estar muy nítida con lo que escupió a la fotografía para limpiarla un poco y luego la secó con la manga de la camisa. Y, como si tal  cosa, se la ofreció al dueño del local para que la fotocopiara. Todos los presentes en la sala nos quedamos flipando. El imprentista les advirtió de que no pensaba tocar aquella asquerosidad y les exigió a aquellos descerebrados que se marcharan inmediatamente  por guarros. Los gitanos acusaron de “racista” al tipo y se fueron refunfuñando del lugar.

A los gitanos rumanos no los quiere nadie. No por gitanos ni por rumanos, sino porque son unos cafres que están por civilizar. Sólo ellos son capaces de hacer cosas así con toda naturalidad. Es el analfabetismo, la falta de educación. Yo me pregunto qué clase de inmigración estamos recibiendo en Valencia. Me pregunto si es que esta gente se ha criado en la selva o si en su país cagan en la pradera y se limpian el culo con una piedra. Individuos de esta clase antes de instalarse aquí o en cualquier otro lugar, primero deberían subirse a las ramas de un árbol y quedarse allí una temporada. Y cuando terminen de evolucionar que bajen y que se relacionen con el resto de personas. Porque cuando uno está en una casa que no es la suya debe comportarse. Porque a mí me puede gustar estar en calzoncillos en mi casa pero no por eso me voy a quitar los pantalones cuando estoy en casa ajena. Sólo queremos un poquito de integración, respeto y civismo ¿es demasiado pedir?

Me pregunto también en qué mundo viven todos los pijoprogres y multicultis que defienden lo indefendible. “Es su cultura y hay que respetarla” -dicen-. Yo creo que más valdría que si estamos nosotros en nuestra tierra sean ellos los que comiencen por respetar nuestra cultura. Si nunca consentiríamos un comportamiento tan cafre a un autóctono ¿por qué debemos consentirlo en un extranjero? ¿Somos racistas y xenófobos por pedir a los extranjeros que cumplan con las mismas normas de urbanidad que exigimos a los autóctonos? Yo no creo en la multiculturalidad. El que vaya a vivir a un sitio, que se adapte. Si no quiere hacerlo, entonces que no vaya. Harto estoy de tratar con andaluces que tras vivir 40 años en Valencia son incapaces de mantener una conversación de cinco minutos en valenciano o de musulmanes que quieren vivir en Valencia con las mismas costumbres que tenían en Pakistán. Compórtate o lárgate. Es bien sencillo.

Veo este tipo de movidas a la vez que leo que el 20% de los nuevos licenciados universitarios valencianos se marcha al extranjero. Hay un auténtico éxodo de médicos, enfermeras, informáticos, arquitectos, ingenieros, filólogos y otros profesionales de alta cualificación que ya están hasta los huevos de contratos basura, sueldos miserables y paro crónico. Y esto no es por la crisis. La desbandada comenzó hace más de diez años. ¿Qué clase de país tenemos en que los neurocirujanos se marchan y en su lugar vienen cavernícolas que no saben distinguir su cabeza de su culo? Jóvenes: formáos bien, estudiad inglés y huid de este país de pandereta rumbo al Primer Mundo. España  es la cloaca de Europa. Nuestros políticos y empresaurios no quieren ni oír hablar de educación, ciencia o tecnología. No, lo suyo es la mano de obra barata. Al final sólo se van a quedar a vivir aquí ellos junto con un montón de analfaburros procedentes del Tercer Mundo.

Tengo amigos latinoamericanos con carrera universitaria que están pensando en emigrar a España. No lo hagáis, os sentiréis terriblemente frustrados. Aquí un barrendero gana más que un abogado y un albañil más que un ingeniero electrónico. Tengo varios conocidos que viven en Europa. Recuerdo el caso de una chica de Algemesí. Ella es informática. Cuando vivía en Valencia le pagaban 700 euros al mes y no podía ni siquiera alquilarse un piso para salir de casa de sus padres. Como sabía inglés, se fue a Holanda. Allí trabaja de lo suyo y con el sueldo que gana tiene un piso de alquiler en Amsterdam, se ha comprado otro en Algemesí y aún le sobra dinero a final de mes. Ésta es la única salida que queda. Hacer las maletas. Como las hicieron nuestros padres. Inglaterra, Dinamarca, Estados Unidos, Suecia, Finlandia, Alemania, Suiza, Canadá, Australia… Por suerte, todavía hay lugares en el mundo donde la inteligencia es recibida con gozo.

Papúa-Nueva Guinea: el país con más idiomas del mundo.

Si la Torre de Babel cobra algún significado en la actualidad es, sin duda, en el Estado de Papúa-Nueva Guinea. Aunque cuenta solamente con apenas siete millones de habitantes, habla más de 800 idiomas, el 10% de lenguas de todo el mundo. Una espectacular macedonia de etnias que sólo tiene en común el idioma inglés.

Es un país megadiverso, un estado multicultural y plurinacional donde existen cientos de tribus cada una con su propio idioma, cultura, religión y costumbres. En muchos casos un idioma se limita a una sola aldea. Se debe a que el país es extenso y muchas comunidades hayan vivido aisladas sin mantener contacto con otras.

Desde el punto de vista lingüístico, sociológico y antropológico, Papúa-Nueva Guinea es el laboratorio de investigación más grande del mundo. Y esto se debe a que los colonos holandeses, alemanes, británicos y australianos no mostraron un especial interés en imponer la cultura occidental sobre el estilo de vida y tradición locales.

La isla de Papúa está dividida en dos mitades. Está la Papúa libre, un reino con Isabel II como jefa de estado cuya independencia nadie discute. Y la Papúa ocupada, antigua colonia holandesa conquistada por Indonesia en 1963. Desde entonces los indonesios cometen un genocidio contra el pueblo papú que ansía ser libre.

Hablar de que Papúa es una nación propiamente dicha cuando sus habitantes son incapaces de entenderse los unos con los otros es ridículo. Sin embargo, existe un clamor por la autodeterminación para unificar las dos Papúas y así poner fin de una vez por todas a una era de colonialismo, opresión y derramamiento de sangre.

Los papús nunca destacarán en nada importante. Nunca serán una potencia industrial o un gran imperio. Sólo un conglomerado de tribus que todavía vive en la Edad de Piedra. Pero no es justo que sean masacrados por el solo hecho de ser débiles. Son seres humanos. Los pueblos de Papúa merecen ser libres y vivir en paz.

Añorando una izquierda que ya no existe.

ANUNCIO IMPORTANTE:

Acto: Conferencia El ateísmo: la gran mentira del siglo XXI.

Día: 27 de noviembre de 2010 a las 19:00 horas.

Lugar: Escuela de Música Julián Romano en Plaza Coronación 1 en Estella (Navarra).

Entrada: gratuita.

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Nací en el seno de una familia trabajadora. Mi madre era ama de casa. Antes de eso, iba a limpiar escaleras. Mi padre no vestía con traje de corbata sino con un mono azul lleno de grasa y suciedad. Sé lo que es vivir en una familia que discute todos los días porque no llega nunca a final de mes. He crecido en un barrio obrero y conozco de sobras los problemas del proletariado… Los llevo a flor de piel.

Estos días siento nostalgia de una izquierda que ya no existe. Me siento cercano a esa vieja izquierda, socialista y democrática, obrera, que se preocupaba por mejorar los sueldos de los trabajadores, por lograr una sanidad y educación públicas de calidad, que luchaba por la justicia social, por la igualdad de oportunidades para todas las personas, también para las de un sustrato social bajo.

Pero todo eso ya ha pasado a la historia. Hoy nadie, absolutamente nadie, se acuerda de los trabajadores. Los sindicatos están apesebrados, la juventud alcoholizada, los intelectuales son de subvención y pandereta y la vieja izquierda, ésa que defendía los derechos de los obreros, ha sido sustituída por una izquierda pijoprogre y megaguay que va de moderna por la vida y que vive en los mundos de Yupi.

Así, la nueva izquierda se preocupa por fomentar el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el islam, el anticristianismo, el papeles para todos, la multiculturalidad, el guerracivilismo y tantas otras ensoñaciones cuyo supuesto progreso es más que discutible y más que discutido. Y mientras, los colegios, hospitales y barrios de los trabajadores se desmoronan a la misma velocidad que sus sueldos. Que asco de mundo.

El islam y su guerra contra Occidente.

La libertad de la que gozamos en día, la de usted y la mía, es el resultado de una guerra. Hoy tenemos democracia, libertad de expresión y derechos humanos gracias a que Occidente le ganó la Segunda Guerra Mundial a Alemania y la Guerra Fría a la Unión Soviética. Las guerras son un mal necesario. ¿Qué hubiera pasado si hubiéramos hecho caso a cobardes como el primer ministro británico Neville Chamberlain y no nos hubiéramos alzado en armas contra el dictador alemán Adolf Hitler? ¿Qué hubiera pasado si hubiésemos hecho caso a los pacifistas de salón cuando el dictador soviético Josip Stalin quería adueñarse del mundo? Mucha gente abomina los ejércitos pero al final la civilización siempre se mantiene en pie gracias al coraje de un puñado de soldados armados con un fusil.

Sucede que a veces para defender la vida, la paz, la democracia, la libertad y la civilización es necesario hacer una guerra. Hacerla y ganarla. Normalmente, la amenaza totalitaria no desaparece porque te dirijas al dictador de turno y le regales un pastel y le hables con buenas palabras. No, hace falta una demostración de fuerza incontestable para que se dé cuenta de quién es él y de quienes somos nosotros. Porque ése es el lenguaje que entienden los monstruos. Ojalá todo en esta vida se pudiera resolver por las buenas. Sería idílico. Pero no vivimos en los mundos de Yupi. Mientras existan ideologías expansionistas, gobiernos que confíen en la fuerza para imponer sus intereses o naciones que amenacen nuestro sistema de valores y estilo de vida, será necesario marchar a la guerra.

Hoy Occidente se encuentra más amenazado que nunca. Se cierne sobre nuestras cabezas un peligro más grande que el fascismo, el nazismo, el comunismo o la inquisición. El islam. Nos enfrentamos a una invasión silenciosa. Los musulmanes quieren conquistar nuestra tierra, no por medios militares convencionales sino con los vientres de sus mujeres. Su altísima tasa reproductiva les asegura que, de seguir así, un día pueden llegar a ser la mayoría social en Europa. Y ya sabemos qué es lo que el islam trae siempre de la mano: la dictadura. Ya sabemos cómo tratan en los países musulmanes a quienes no lo son: con la persecución y el martirio. Ya sabemos cuál es el castigo que merece apostatar del islam: la muerte. ¿Cuánto tiempo más criaremos cuervos en Europa antes de que nos saquen los ojos?

Ellos en sus países queman iglesias, violan monjas, asesinan judíos, ahorcan homosexuales, lapidan adúlteras, fusilan ateos. Persiguen hasta la muerte a cualquiera que no comparta sus creencias. Y mientras, en Europa se subvenciona la construcción de mezquitas para facilitarles que algún día ellos nos puedan hacer lo mismo. Esa falsa religión de paz que es el islam nos ha declarado la guerra y algunos todavía no se han enterado. Hoy en día hacen falta hombres valientes. Como Joanot Martorell. Como Winston Churchill. Defender la libertad cuesta sangre, sudor y lágrimas. El islam quiere destruir la democracia. Estamos en guerra y hay que escoger bando: civilización o barbarie, libertad o tiranía. Aquel que no quiera enfrentarse al islam, que se prepare para vivir de rodillas.

Eurabia acomplejada.

Estos días circula por internet un video vergonzoso. Es la noticia de un varón musulmán somalí de 25 años, refugiado político, que eludió la vigilancia en la Catedral de Florencia y se puso a bailar subido en el altar de la Catedral frente a los turistas y fieles presentes. Lo más curioso es que estuvo bailando durante un buen rato, con total impunidad, ante la mirada perpleja de los católicos que no movieron ni un dedo. Tras el incidente, el impresentable fue conducido al cuartel del comando provincial de la policia, en donde se determinó que no hablaba italiano (pero oraba en árabe mientras estuvo retenido) y que residía en un país de la península escandinava. El hombre en cuestión no fue acusado de ningún delito.

No sé qué me molesta más, si el hecho de que un musulmán profane un templo cristiano o que los propios cristianos allí presentes no lo hubieran sacado de allí a hostias. Porque eso es lo que Jesucristo hizo con los mercaderes y eso es lo que deberíamos hacer nosotros con cualquiera que se atreva a cometer un sacrilegio en la casa de Dios. Un cristiano que entrase a una mezquita e hiciese lo mismo no habría salido vivo de allí. Pero Europa está demasiado acomplejada de sí misma. Hasta el punto de acusar de racista a cualquiera que  crea que el islam es una amenaza mientras que mira a otro lado cuando en Arabia Saudita se asesinan cristianos por el solo hecho de serlo. Mientras, el islamofascismo desembarca en Europa.

El Viejo Continente tiene miedo del islam. Como lo tenía del nazismo. Y tiene miedo de decir la verdad. Está demasiado preocupado por el que dirán como para hacer frente al totalitarismo. Parece como si tuviéramos que pedir perdón por ser europeos, por ser occidentales, por ser cristianos, por ser superiores. Superiores sí, porque la civilización occidental, básicamente judeocristiana y grecolatina, es, con todos sus defectos, la mejor del mundo. No hay más que comparar la nómina de inventores, artistas y literatos de unos y de otros para darse cuenta. No tenemos que pedir perdón a nadie. No tenemos la culpa de que el islam sea una religión atrasada y bárbara que todavía sigue anclada en la Edad Media.

Occidente está cavando su tumba. Da empleo, residencia y  hasta refugio político a auténticos cavernícolas que odian nuestras creencias, nuestro Dios, nuestra civilización y estilo de vida. Los musulmanes odian Occidente. Quieren aniquilar la democracia para sustituirla por una teocracia medieval donde no haya cabida para los infieles. Y nosotros estamos abriendo las puertas a esta invasión, dando la bienvenida a este caballo de Troya que es la inmigración, a esos quintacolumnistas de la media luna. No se puede ser tolerante con los intolerantes. Si ahora que ellos son una minoría en Europa nos insultan en nuestra propias iglesias, que no le quepa ninguna duda a nadie de que cuando sean mayoría vendrán a matarnos a todos.

España, la cloaca de Europa.


Dicen que en España las grandes mentes sólo tienen tres salidas: por tierra, por mar  y por aire. En efecto, en su intento por suicidarse, España le hace la vida imposible a su materia gris y la echa a patadas del estado. Hartos de sueldos de risa, contratos basura y precariedad laboral, los mejores ingenieros, científicos, médicos y emprendedores huyen despavoridos del país. Muchos jóvenes están hartos de tener un doctorado, hablar cinco idiomas y cobrar menos que un barrendero, por lo que, muy inteligentemente, hacen las maletas para nunca más volver.

Lo más divertido es que, para sustituir a estos profesionales, importamos lo mejorcito de cada casa: narcos colombianos, Latin Kings ecuatorianos, mafia rusa y siciliana, terroristas magrebíes, fanáticos islámicos, asaltantes albanokosovares, mendigos rumanos, gorrillas búlgaros, africanos analfabetos y otros prodigios de la multiculturalidad. ¡Delincuentes del mundo, bienvenidos a España! Ésta es vuestra casa, un paraíso penal donde no sólo podréis delinquir impunemente sino que además recibiréis todo tipo de ayudas sociales y subvenciones para quedaros a vivir.

A España llegan los parásitos: la chusma que Francia, Italia o  Rumanía expulsa a patadas por indeseable y problemática es recibida aquí con los brazos abiertos. Y que nadie proteste porque le dirán racista. Es mucho mejor seguir gritando a viva voz que vienen a trabajar y a pagarnos las pensiones, aunque veamos con nuestros propios ojos cómo mendigan y roban. España se ha convertido en el basurero de Europa, en una inmunda cloaca donde va a parar lo que nadie más quiere, en un parque temático de la criminalidad que expulsa neurocrirujanos e importa granujas.

Mandan gitanos rumanos a la cámara de gas.

Empezaron por echarlos a patadas de sus países, Rumanía y Bulgaria. Después los expulsaron de Italia. Luego Francia. Ahora se suman Alemania, Dinamarca y Suecia. En ningún rincón de toda Europa quieren a los gitanos búlgaros y rumanos.

En estos días se leen en la prensa exabruptos increíbles por parte de algunos políticos, oenejetas y progres de salón. “Fascismo”, “racismo”, “xenofobia”, “vergüenza”, “retorno a los años 40″ y “lo nunca visto desde la Segunda Guerra Mundial”.

Alguien que hubiera estado en coma en los últimos dos años, despertase ahora y leyese los periódicos pensaría que están mandando gitanos en el tren de la muerte rumbo a la cámara de gas. Pero solamente están devolviendo rumanos a Rumanía.

Y ojo, que no los están deportando por ser gitanos ni por ser rumanos sino por vivir de la mendicidad, el hurto y el trapicheo. No son honrados inmigrantes que vienen a trabajar y pagarnos las pensiones sino escoria que viene a mendigar y robar.

Aquí hay mucha hipocresía. Hay miedo a llamar gentuza a la gentuza. Parece como si tuviéramos que aceptar que nuestros barrios se llenen de delincuentes y de chusma y encima guardar silencio. No sea cosa que nos vayan a llamar racistas.

Pues mire, yo prefiero que me llamen racista a que me llamen gilipollas. Porque hay que ser muy gilipollas para dejar que tu barrio se llene de mangantes y cruzarse de brazos sin hacer nada. O para pretender convertir a carteristas en las víctimas.

Los gitanos rumanos van sucios, no se lavan ni asean, apestan, mendigan, educan en sus absurdas y analfabetas costumbres a sus niños impidiéndoles la escuela, oprimen a sus niñas con su machismo, mandan a sus hijos a robar carteras y bolsos…

Acampan donde les da la gana, degradan las zonas céntricas de las ciudades con su sola presencia, molestan y mucho, provocan ruidos y suciedades, escarban en la basura, crean mafias, copan ayudas sociales, no trabajan ni pagan impuestos…. ¿Sigo?

Éstas son las auténticas razones por las que los expulsan y por las que nadie los quiere. Todo lo demás es hipocresía y demagogia barata. Es como si una mujer comete un crimen, la llevan a prisión y ella alega que “la discriminan por ser mujer”.

Hoy en día está de moda quedar bien de cara a la galería. Pero sólo de cara a la galería, ojo. Porque todos esos solidarios de boquilla que tanto defienden a los gitanos rumanos no los aguantarían como vecinos suyos ni tan siquiera una semanita.

Los gitanos rumanos lo tienen bien fácil: si no están dispuestos a cumplir con las normas de convivencia europeas, existen otros continentes donde pueden ir a vivir: América, África, Asia, Antártida y Oceanía. Compórtate o lárgate. Es así de sencillo.

La superioridad de la mentalidad anglosajona.

Se mire por donde se mire, éste es un mundo dominado por hombres blancos, anglosajones y protestantes. En el aspecto político, comercial, económico, financiero, científico, tecnológico, cultural, audiovisual… son los anglosajones los que controlan el sistema. Es más; ellos son el sistema. La cuestión es ¿por qué?  ¿Qué les diferencia del resto? ¿Por qué tienen éxito donde otros no?

No creo en la superioridad de unas razas frente a otras, pero sí en el de unas civilizaciones frente a otras. Es mentira que todas las culturas sean igual de valiosas porque si así fuera tendrían todas un idéntico nivel de desarrollo. Los anglosajones dominan el mundo entero porque son un pueblo con una mentalidad victoriosa orientada al éxito. Su pensamiento se basa en cuatro pilares.

1) Democracia. Mientras que en Europa y Latinoamérica la gente estaba entusiasmada con la idea de una dictadura, en las naciones angloparlantes siempre ha imperado una fuerte tradición democrática. Dictadores como Francisco Franco o Fidel Castro jamás hubiesen podido tener éxito en Canadá o Nueva Zelanda porque en un país anglosajón habrían carecido de apoyo social.

En la actualidad, es fácil comprobar que todos los países que son dictaduras del signo que sea, todos sin excepción, son estados del Tercer Mundo. Por contra, las naciones más avanzadas de la Tierra son democracias sólidas y saneadas. A mayor nivel de democracia, de libertad en definitiva, más prosperidad, más desarrollo. Y los anglosajones creen en ello de forma sumamente firme.

2) Liberalismo. En el mundo anglosajón existe un gran respeto por los derechos individuales y la propiedad privada. Se entiende que los ciudadanos son titulares de derechos inalienables que el Estado deberá respetar. Por contra, en otras culturas se entiende que es el Estado el que graciosamente otorga derechos a la gente. Lógicamente, los abusos del poder son mucho mayores en un país así.

En una patria angloparlante la soberanía recae en el pueblo. No en el Estado, ni en la Corona ni en la República. No, en el pueblo. Y por lo tanto todas las instituciones jurídicas y estatales deben ir dirigidas a respetar la soberanía popular. Existe una fuerte tradición liberal de respeto a la ciudadanía que ningún gobernante se atreve a cuestionar porque allí la libertad no se negocia.

3) Protestantismo. A partir de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica del siglo XVI se dibujaron un norte de Europa protestante  y rico frente a un sur católico y pobre. En América ocurre igual. El protestantismo es más democrático y liberal, no apoya dictaduras como hace el catolicismo y respeta más al ciudadano. En consecuencia, forma un país más avanzado y rico.

El protestantismo ofrece una visión de la vida radicalmente distinta del catolicismo. Por ejemplo, frente al problema de la pobreza el catolicismo promueve dar de comer al hambriento mientras que el protestantismo defiende más que dar un pescado dar una caña al pobre y enseñarle a pescar. Es una mentalidad mucho más autónoma, más individualista, menos dependiente del poder.

4) Capitalismo. No es por casualidad que el comunismo haya sido un fracaso absoluto en las naciones anglosajones. Inglaterra fue la inventora del capitalismo moderno. Desde entonces los pueblos angloparlantes se han caracterizado por tener una mentalidad capitalista, orientada a la creación de riqueza, avalada por el derecho anglosajón y por unos estados con instituciones serias y fiables.

En Estados Unidos la mentalidad de un universitario es la de formar una empresa, trabajar para sí mismo y  hacerse rico. En España ese universitario se conforma con ser un trabajador asalariado o como mucho opositar. Mientras en Extremadura o Andalucía se fomenta la mentalidad limosnera de vivir de subvenciones, en Ohio o Arkansas uno lo que quiere es hacerse rico.

Conclusión. No es por casualidad que sea un conjunto de cinco naciones blancas, anglosajonas y protestantes (Canadá, Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda) el que lidere el mundo. Todas ellas son potencias en sus respectivos continentes, a excepción de los Estados Unidos, que es la superpotencia mundial. Todas tienen una mentalidad victoriosa orientada al triunfo.

Ciertamente habrá quien diga que el inglés también se habla en numerosas naciones subdesarrolladas (fundamentalmente en África y  Asia), pero lo cierto es que generalmente se trata de un idioma inglés corrupto (criollo) que  además en la mayoría de casos ni siquiera es usado por los hablantes locales como lengua materna. Es por ello que no les puedo considerar anglosajones de verdad.

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