En defensa de la familia.

Frente a la acuciante política de acoso y derribo que padece la institución de la familia y el terrorífico auge de la cultura de la muerte, propongo un desarrollo legislativo que incluya una reforma constitucional y estatutaria que garantice los siguientes puntos:

1. El reconocimiento y protección de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Considerar el derecho a la vida como un valor supremo en nuestra sociedad y como prevalente en caso de colisión con otros derechos civiles.

2. La dignidad de todos los seres humanos.

3. La prohibición de abominaciones como el aborto, el uso de embriones y células madre embrionarias para cualquier fin que pueda costarles la vida o menoscabar su dignidad, la clonación humana, la eutanasia o la pena de muerte.

4. Reconocimiento del matrimonio exclusivamente como la unión de un hombre con una mujer.

5. Una política activa a favor del matrimonio y la familia. Facilitar el acceso a la vivienda, promover guarderias, ayudas económicas para el fomento de la natalidad, playas familiares, residencias para la tercera edad, erradicación de la telebasura…

6. El Estado del bienestar. Especial énfasis en garantizar una sanidad, educación y transporte públicos y de calidad.

7. El reconocimiento de la importancia de las raíces cristianas en la historia y cultura de Europa.

8. La libertad religiosa y de culto. El respeto a las creencias religiosas, a su participación en la vida pública y a la objeción de conciencia por motivos religiosos.

9. Prohibición de la blasfemia. Será considerada un delito, como lo son la injuria o la calumnia.

10. El retorno a las buenas costumbres, los valores y la moral.

Gaymonio y lesbimonio son obra del demonio.

“Hay camino que al hombre le parece derecho, pero es camino que lleva a la muerte” (Proverbios 16:25).

La fuerza del relativismo moral es tan grande que empuja a millones de personas en el mundo a llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno (Isaías 5:20). Una vez descartamos a Dios, ya no existe la verdad sino que cada uno tiene su verdad. Cada uno hace de su capa un sayo, cada uno obra según su propio entendimiento y no según la voluntad perfecta de Dios. El problema radica en que el hombre sigue caminos que según su opinión son rectos (Proverbios 16:2) pero la Biblia advierte que no debemos confiar en nuestro propio entendimiento (Proverbios 3:5-8), que a menudo erra, ni en nuestro corazón que es engañoso (Jeremías 17:9) sino en el Señor. Hace  años yo mismo cometí la equivocación de, desde mi ignorancia, defender el gaymonio y lesbimonio hasta que a la luz de la Palabra me di cuenta de que la homosexualidad es “abominación” a los ojos de Dios (Levítico 18:22).

Es tan habitual escuchar en estos días: “Pero si dos hombres se aman ¿qué tiene de malo que se casen? No hacen daño a nadie”. Con ese argumento podemos dar entrada a todo tipo de perversiones e inmoralidades… Si la unión de dos hombres es un matrimonio ¿quién negará a los musulmanes europeos su “derecho” a la poligamia? Total, si un hombre y cuatro mujeres se aman ¿por qué no ha de ser eso un matrimonio? ¿Y por qué no puede serlo un trío? Mi novia, mi novio y yo nos queremos mucho, somos ciudadanos honestos que pagan sus impuestos así que ¿por qué no podemos contraer un matrimonio los tres juntos? Es más, si una niña que ni siquiera ovula y yo nos amamos… ¿quién es el Estado para impedir nuestra boda? Si una figura histórica como el falso profeta Mahoma se casó con una niña de 9 años ¿quién es nadie para negarme a mí hacer lo mismo?

Ese “¿Y por qué no?”, ese “No tiene nada de malo”, ese “No hacemos daño a nadie” son ideas perversas que Satanás pone en el corazón de las personas para confundirlas y  torcer los caminos rectos de Dios. Lo cierto es que el gaymonio y el lesbimonio son un ataque frontal a la institución más antigua del mundo (la familia)  y un peligroso precedente para la legalización de otro tipo  de uniones que no tienen más propósito que el de empujar los valores morales tradicionales, verdaderos cimientos de la civilización occidental, por el barranco de la historia. Su aceptación social no los hace en absoluto buenos, ya que una cosa mala, porque esté bien vista, no deja de ser mala. Al contrario: que la maldad se expanda sin remisión es claro síntoma del acelerado proceso de podredumbre y descomposición que vive Occidente y el preludio de los tiempos lóbregos que aún están por venir.

¿Es la homosexualidad una perversión abominable?

En los últimos tiempos la homosexualidad ha tenido una creciente aceptación social. Sin embargo, si hacemos un ligero repaso a la Biblia veremos que Dios la considera un acto abominable; un pecado de suma gravedad, no un estilo de vida como ahora los grupos de presión homosexuales quieren hacer ver.

1) La homosexualidad en el Antiguo Testamento.

La Biblia es muy clara al respecto: la homosexualidad es abominación a los ojos de Dios hasta el punto de que, en el Antiguo Testamento, era castigada con la muerte: “No te echarás con varón como con mujer; es abominación” (Levítico 18:22). Veamos otro  pasaje: “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron: ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre” (Levítico 20:13).

Conocida es la historia de Sodoma y Gomorra (puede leerla en Génesis 19); unas ciudades donde el homosexualismo estaba extendido entre todos los hombres, del más anciano al más joven (Génesis 19:4); tal fue su perversión que Dios decidió destruirlas enviando fuego y azufre.

Dios condena también la perversión del travestismo: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace (Deuteronomio 22:5). Y advierte también sobre la sodomía: “No haya ramera entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel. No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abominación es a Jehová tu Dios tanto lo uno como lo otro” (Deuteronomio 23:17-18).

2) La homosexualidad en el Nuevo Testamento.

¿Podría ser  que la homosexualidad fuese considerada un pecado en la antigüedad y que ya no lo fuese actualmente, debido a que vivimos en tiempos modernos y nuestra sociedad del siglo XXI ya no es la de hace miles de años? Me inclino a pensar que para el Señor la pecaminosidad de este acto continua vigente hoy. Pensemos que no solamente se repudia en el Antiguo Testamento, sino también en el Nuevo. Veamos qué le decía el apóstol Pablo a los romanos:

“Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complace con los que las practican” (Romanos 1:24-32).

También Pablo, en su epístola a Timoteo, insiste: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino  para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y  para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado” (1 Timoteo 1:9-11).

Pablo advierte también a los corintios sobre el pecado sodomita: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:9-11).

No solamente Pablo, también el apóstol Judas recuerda la gravedad de este pecado: “También Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra la naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno” (Judas 7).

3) ¿Cuál es la verdadera voluntad de Dios?

El Señor Jesús siempre abogó por el matrimonio heterosexual como creado por Dios al principio, y nunca por el gaymonio y lesbimonio. Leámoslo: “Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne: lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:4-6).

4) Conclusión.

La homosexualidad es abominación a los ojos de Dios. Su verdadera voluntad es que el hombre se uniera con la mujer y viceversa, no que sigan orientaciones sexuales que van contra natura. Pero ojo, Dios odia el pecado pero ama al pecador. Su voluntad es que el sodomita se arrepienta y abandone su desviación. A menudo el homosexual es una persona que sufre y mucho a causa de su condición; por tanto debemos tratarle con respeto y comprensión. Y muy importante: que nadie heterosexual se atreva a considerarse mejor que un homosexual por el solo hecho de no serlo. Todos los seres humanos sin excepción somos pecadores (Romanos 3:23) y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra (Juan 8:7). La idea de este artículo no es apuntar con el dedo acusador a nadie, tan sólo constatar que la práctica homosexual es, con la Biblia en la mano, un pecado muy grave, no un estilo de vida moralmente aceptable por muy de moda que ahora pueda estar. No frente a los ojos de Dios.

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