Falacia atea: Si Dios existiera haría milagros gigantescos para que todos creyéramos en Él.

Los ateos y los escépticos en general se quejan de que Dios no da señales de vida. En los tiempos bíblicos hacía milagros espectaculares pero hoy no los vemos. Si en aquella época la gente necesitaba de fenómenos sobrenaturales para creer en una realidad sobrenatural, también lo necesitamos en la actualidad. Y a mí no me cabe ninguna duda de que si viéramos milagros gigantescos hoy, esto convertiría a algunos incrédulos, pero es una falacia muy común pensar que los convencería a todos.

La fe de las personas, aun de las creyentes, es muy pequeña. Hace miles de años Dios abrió el Mar Rojo para que los judíos lo atravesaran… pero cuando Moisés se retiró al desierto 40 días, pensaron que había desaparecido, se olvidaron del Dios que les salvó de los egipcios y construyeron un becerro de oro. Habían visto cómo Yahveh estaba de su lado y era capaz de abrir el mar pero en cuanto saltó la mínima duda del paradero de Moisés ¡toda la fe de los judíos se derrumbó en un instante!

Dios les protegió en su travesía por el desierto, los alimentó con maná caído del cielo y les condujo a la tierra prometida… pero como estaba habitada por pueblos poderosos ¡tuvieron miedo y dijeron que era preferible dar la vuelta para volver a ser esclavos de Egipto! Vieron milagros portentosos en vivo y en directo pero ¡pensaban que Dios no podía derrotar a los lugareños de la región! ¿Podrá Dios abrir el mar y a la vez ser incapaz de vencer a un país diminuto? Así lo creían los judíos.

¿Y qué me dices de los apóstoles? Conocieron en persona a Jesús, predicaron codo a codo con Él, le acompañaban a todas partes, vivían con Él. Vieron con sus propios ojos cómo curaba ciegos, sanaba leprosos, hacía andar a los paralíticos y hasta resucitaba muertos… pero cuando fueron a crucificarlo, todos menos Juan corrieron como gallinas a esconderse. Estaban desmoralizados por su muerte. Y Tomás no creyó que hubiese resucitado. Seguramente a mí me habría pasado igual.

Da igual que Dios abra el Mar Rojo una vez o doscientas. Da igual que resucite a un muerto o a mil. Podrías estar al lado del mismísimo Dios, ser testigo de primera mano de milagros gigantescos y aún así… al mínimo contratiempo, dudar y tener miedo. Porque le pasó a los judíos. Porque le pasó a los apóstoles. Porque los seres humanos somos así. No tenemos remedio. Dios quiere que creamos para ver, y nosotros queremos ver para creer. Y a veces, ni aún así creemos, que es lo más triste.

Si un ateo es testigo de un milagro pequeño, buscará una explicación científica. Si es testigo de un milagro gigante para el que no hay explicación posible, entonces negará lo sucedido y dirá que ha sido un fraude, un sueño o una alucinación. Por eso es falso pensar que si Dios se sacara conejos, jirafas o incluso elefantes de su chistera, a la humanidad no le quedaría más remedio que creer. Siempre habría quien lo rechazara, porque el Señor no fuerza a nadie a creer. No obliga. Somos libres.

Ciertamente, Dios podría dar señales incontestables de su presencia. Podría escribir en el cielo con letras gigantes: “Soy Dios. Arrepentíos o pereceréis”. Pero la historia dice que cree en Él solamente quién de verdad quiere creer. Y que más que una revelación externa, Dios se hace presente en las vidas de las personas con una revelación interna. Es decir,  a aquella persona que realmente desee con honestidad, con sinceridad, conocerle, el Señor se va a revelar en su corazón sí o sí.

Siria: el sueño nostálgico del panarabismo.

La República de Siria es la nación heredera del histórico Reino de Damasco. Damasco es una de las ciudades más antiguas del mundo. Allí vivió el patriarca Abraham y allí se dirigía Saulo cuando el Mesías se le apareció. En torno a esta ciudad milenaria orbita la actual Siria, un actor clave en el mapa de Oriente Próximo.

El sirio es un estado inestable y convulso, donde falta un proyecto nacional que cohesione el país. Ha tenido monarquía, república y dictadura y con los tres modelos ha funcionado mal. Ha padecido infinitud de gobiernos volátiles y golpes de estado, también guerras con Israel así como el colonialismo de Turquía y Francia.

Los sirios se sienten más árabes que sirios y sueñan con el panarabismo. De hecho, Siria se fusionó con Egipto y ambos crearon la República Árabe Unida, que duró de 1958 a 1961 (y cuya bandera aún conserva como propia Siria). Con posterioridad, se planteó fusionarse con Egipto e Irak pero nuevamente el intento fracasó.

En los últimos decenios ha proliferado, no obstante, un creciente nacionalismo expansionista que habla de la Gran Siria, que incluiría la anexión de Líbano. Los sirios apoyaron al bando musulmán que finalmente venció la Guerra Civil Libanesa (1975-1990) y que transformó la “Suiza mediterránea” en un satélite sirio.

Desde 1963 el Partido Baas ha gobernado el país bajo la declaración del estado de emergencia y desde 1973 el presidente de Siria ha pertenecido a la familia Assad, que controla la nación como si de su cortijo privado se tratase. Es una feroz autocracia islamosocialista donde la represión y la falta de libertades son la norma.

Siria es una dictadura de opereta, un país medieval cuya economía se basa en la agricultura y en una modesta extracción petrolera y gasística. A su vez, es un foco de tensión porque financia el terrorismo, interviene en asuntos libaneses y forma junto con Irán y Líbano un triunvirato que sueña con un Oriente Próximo sin Israel.

Egipto: el país de los faraones.

Hablar de Egipto es hablar de una de las civilizaciones más antiguas y sobresalientes de la historia de  la humanidad. Son mundialmente famosas sus pirámides, esfinges y obeliscos, y aún hoy sigue siendo un misterio cómo pudieron construirse con tal nivel de precisión con la rudimentaria técnica de hace miles de años.

Antes de Cristo, Egipto disputó la hegemonía mundial a romanos, macedonios y persas. En el siglo VII, los árabes conquistaron la nación, ya decadente, a la que llevaron su lengua y religión. A lo largo de su extensísima historia, un Egipto débil ha sufrido las invasiones de mongoles, otomanos, franceses,  británicos, israelíes, etc.

Egipto fue la primera colonia africana en independizarse del Imperio Británico (1922). Hoy es una dictadura islamosocialista que persigue a los cristianos coptos. No obstante el ejército -el auténtico poder allí- ha impedido el ascenso de los integristas, que acabarían con el turismo y de paso, con el cuello de los altos mandos.

El país tiene ochenta millones de habitantes, casi todos en las fértiles tierras del delta del Nilo. El Cairo es la ciudad  más grande de África y Alejandría una de las más importantes. El desierto del Sáhara actúa como una defensa natural frente a ataques por el oeste y sur. Y Egipto posee el canal de Suez, el más importante del globo.

La empobrecida población sufre desde hace décadas a corruptos faraones que saquean las arcas públicas, como Faruk I, Gemal Abdel Nasser, Anwar el-Sadat o Hosni Mubarak. Este último fue derrocado en febrero de 2011 tras unas fuertes revueltas populares inspiradas en la revolución de los jazmines de Túnez.

Egipto es un pueblo con mucho pasado, poco presente y ningún futuro. Es una gran nación con una historia legendaria pero arrastra 2000 años de decadencia. Es una potencia en África pero la sombra del país glorioso que un día fue. La caída de Mubarak abre las puertas a múltiples escenarios, pero todos sombríos e inciertos.

La caída de Mubarak y el fantasma de Irán.

Asistimos estos días a una revolución en Oriente cuyas futuras consecuencias pueden ser letales para nuestra civilización. En Occidente, la población contempla las revueltas populares en el mundo árabe con simpatía, sin percatarse de que de ellas puede emerger el islamofascismo que sueña con conquistar el mundo para Alá.

Túnez, Egipto, Jordania, Yemen… La rebelión popular que derrocó al dictador Zine Ben Alí hace un mes en Túnez prende como el fuego por el mundo árabe. La segunda víctima ha sido el dictador egipcio Hosni Mubarak, que hoy mismo ha renunciado al poder, tras llevarse consigo, como Ben Alí, el correspondiente botín.

Los medios de comunicación occidentales están alborozados por las revueltas democráticas que tienen lugar en El Cairo. Muchos ateos, con tal de ir contra el cristianismo, las apoyan. Y muchos izquierdistas hacen igual, sin darse cuenta de que de tales revueltas puede emerger la extrema derecha más reaccionaria y facha.

Ben Alí y Mubarak eran dictadores repugnantes, opresores y extremadamente corruptos. No obstante, siento terror ante lo que puede venir después. Nada me haría más feliz que ver a las naciones árabes salir de las autocracias en las que viven y dirigirse hacia democracias plenas. Ahora bien ¿es democracia lo que quieren?

El 2 de diciembre de 2010, Foro Pew publicó los resultados de su encuesta en Egipto, Turquía, Líbano, Jordania, Pakistán, Indonesia y Nigeria. Se preguntó sobre democracia, la relación con el islamismo, y su visión de distintos grupos terroristas. Los detalles de la encuesta puede verlos con calma en la web del Foro Pew.

Según la encuesta, un 59 % de los egipcios considera la democracia el mejor sistema. Es la mayoría de la sociedad. Ahora bien ¿qué tipo de democracia quieren los egipcios? O mejor aún, ¿qué entienden por democracia los egipcios? El estudio arroja resultados sobrecogedores sobre el tipo de país que prefieren para ellos.

El 84% de los egipcios considera que la pena por apostasía, por abandonar el islam, debe ser la muerte (¿dónde queda la libertad de culto entonces?). El 82% de los egipcios está a favor de que a las adúlteras se las castigue a bastonazos en público. El 77% de los egipcios considera que al ladrón se le debe amputar las manos.

El 95% considera que es bueno que el islam desempeñe un papel importante en la política y sólo un 2% lo ve como algo malo. A la frase “La influencia del islam en política es…” un 85% contestó “positiva” y un 2% “negativa”. Evidentemente, la separación iglesia-estado simplemente no podría existir en semejante proyecto de país.

Y es que el 59 % de los egipcios prefiere a los fundamentalistas islámicos frente a un 27% que opta por los modernizadores. Tampoco están a favor de la igualdad de sexos en derechos, deberes y oportunidades. De hecho, el 54 % de egipcios opina que las mujeres y los hombres no deben convivir en el mismo lugar de trabajo.

Preguntados sobre terrorismo, el 49% de los egipcios se dicen simpatizantes de Hamás, el 30% de Hezbolá y el 20 % de Al Qaeda. El 20% de la población aprueba a los terroristas suicidas (frente al 15% de 2009). Posiblemente, incluso todavía exista mucha más gente a favor del terrorismo aunque por prudencia opte por callar.

Con semejante panorama cuesta creer que de ahí pueda salir una auténtica democracia. Comprendo perfectamente que los árabes estén hartos de déspotas corruptos que son títeres de Estados Unidos. Lo que me parece asombroso es que en lugar de una auténtica libertad quieran pasar de una dictablanda a una dictadura.

Los musulmanes son así. Si les das la opción de votar libremente, eligen al candidato más cafre y radical. Ojalá que llegue una auténtica democracia a Egipto pero o mucho me equivoco o corremos el riesgo de que Egipto se convierta en un nuevo Irán, ansioso por exterminar a Israel y por declarar la yihad contra el mundo.

Líbano está gobernado por terroristas. Irán es una feroz teocracia comandada por místicos, locos y asesinos. Pakistán dispone de armas atómicas.  ¿Qué puede ocurrir si los islamistas toman el poder en un Egipto de más de ochenta millones de almas? Sería la mayor amenaza a la libertad desde el auge nazi en el pasado siglo.

Los Hermanos Musulmanes de Egipto ya avisan de que quieren cerrar el canal de Suez y declarar la guerra a Israel. En su día, Estados Unidos dejó caer al Sha de Persia y llegaron los ayatolás. De Guatemala a Guatepeor. Si Occidente no reacciona, se puede repetir la historia. Hay revoluciones que pueden parir monstruos.

¿De que manera gana el demonio el espíritu de las personas?

¿De que manera gana el demonio el espíritu de una persona? ¿Cómo conquista su alma? De una manera muy semejante a cómo se cocina una rana. Cuando tú quieres cocinar una rana viva, si la lanzas a una olla con agua muy caliente el anfibio se quema, da un salto y escapa de la olla. Así pues, lo que se hace es poner a la rana en una cacerola con agua a temperatura ambiente. Como no se quema, la rana está a gusto y no salta. Al contrario, nada en el agua y se acostumbra a ella. Una vez se ha habituado, se enciende el fuego y se calienta el agua solamente un poquito. Como la temperatura del agua sube solamente unos grados, la rana no se asusta y nuevamente se acostumbra. Una vez habituada al calor, se vuelve a subir el fuego otro poquito. La rana sigue sin percibir la crecida de temperatura, así que sigue nadando en un agua cada vez más caliente. Este proceso se repite sucesivas veces hasta que el líquido está tan sumamente caliente que la rana se ha muerto en la olla. Pero lo más curioso es que el batracio ha fallecido feliz, contento, sin ni siquiera sospechar que había caído en una sutil trampa.

Con las personas pasa igual. Pregúntale a cualquier cocainómano cómo empezó en las drogas. Te dirá que con un cigarrillo. Un día unos amigos le ofrecieron un cigarrillo y probó. Una vez acostumbrado, se enganchó al tabaco. Después vino probar los porros. Se acostumbró. Luego la cocaína. Y al final acabó en la cárcel con el culo roto y con el SIDA. Y todo comenzó con un pitillo. Ningún político se hace corrupto de la noche a la mañana. De jóvenes luchan por unos principios y por una ideología. Luego ven que algunos de sus compañeros de partido roban dinero público. Y les parece mal, pero como es poco dinero el que roban y además son compañeros, no los quieren delatar. Se habitúan. Al cabo de un tiempo, han aumentado sus gastos personales y necesitan más dinero y se convencen a sí mismos de que no es grave robar un poco. Se vuelven a acostumbrar. Cuando han pasado unos años ya han olvidado los ideales por los que entraron en la política y se han entregado en cuerpo y alma a una orgía de corrupción, a un ansia por robar que es más fuerte que ellos.

Así somos las personas. Como ranas. Al principio rechazamos una cosa mala. Nos repugna. Pero luego, de tanto verla hacer a los demás, nos acostumbramos. La acabamos viendo como algo normal. Y una vez te has acostumbrado al pecado, cada vez es peor. Cada vez te acostumbras a cosas peores y al final te pasa como a la rana… Acabas muerto. Satanás ha conquistado tu espíritu y no te has dado ni cuenta. El demonio es muy inteligente y puede engañarte a ti, a mí o a cualquiera. Por eso hay que tener mucho cuidado con las cosas que vemos, que oímos, que tocamos, con los lugares o personas que frecuentamos. Porque una vez te acostumbras al pecado es difícil dar marcha atrás. Dice la Biblia que Dios envió a Egipto una plaga que convirtió el agua del río en sangre y otra que llenó el país de ranas que salían de ríos, arroyos y estanques. Moisés le dijo al faraón cuándo deseaba que orara por él para que se marchara la plaga. Y el faraón, pudiendo responder “ahora”, dijo: “Mañana” (Éxodo 8:9-10). El faraón ya se había acostumbrado a vivir entre la porquería. Que no te pase a ti.

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