Baréin: el vigilante de Ormuz.

Baréin es el país más pequeño del Golfo Pérsico, con alrededor de un millón de habitantes, pero su importancia estratégica excede con creces su tamaño. Su privilegiada posición geográfica no ha pasado desapercibida para las grandes potencias. Ayer los británicos y hoy los americanos mantienen allí un gran flota naval.

Sus reservas petrolíferas son limitadas pero desde allí se puede vigilar el estrecho de Ormuz, entre Irán y Omán, por donde pasa el 33% del petróleo del planeta. Baréin es aliado de Washington desde la Guerra del Golfo de 1991. El reino hace de portaaviones yanqui en la región y a cambio Estados Unidos garantiza su defensa.

Baréin es un país diminuto (678 km2) y ha optado por aliarse con Occidente para preservar su existencia nacional. No pocos árabes lo consideran un traidor vendido al Satán occidental, pero lo cierto es que sin el respaldo militar americano el minúsculo reino quedaría a merced de los sueños expansionistas de Teherán y Riad.

El 70% de la población es chiíta y vive sometida a una monarquía sunita. Los chiítas están discriminados, sin acceso a la riqueza en un país petrolero. No pueden acceder a cargos públicos e incluso muchos efectivos de la policía son suníes traídos de Pakistán y Siria, a los que se les otorga la ciudadanía sin casi trámites.

A este apartheid se suma la falta de libertades en una nación medieval gobernada con puño de hierro por una monarquía absolutista. Tiene apenas 700.000 habitantes de los cuales el 40% son inmigrantes. Como en todos los países del Golfo, todavía se practica el esclavismo en condiciones dignas de un régimen feudal.

A Baréin le gusta ir por libre. En 1971 se separó de la Federación de los Emiratos Árabes del Golfo Pérsico y del Reino Unido. No aceptan la tutela de Irán ni de Arabia Saudita. Prefieren un estado propio a ser una simple región de un país más grande, ser cabeza de ratón antes que cola de león. Baréin es el vigilante de Ormuz.

Qatar: la multinacional del gas.

Bajo el sol abrasador del Golfo Pérsico, y en medio de un desierto cruel se erige una pequeña península del tamaño de Jamaica que acapara la atención del mundo. Un liliputiense estado deslumbra a Occidente con su musculatura económica y es un referente en el mundo árabe por su prestigiosa televisión Al-Yazira.

Qatar es una monarquía absolutista sin partidos políticos ni elecciones, aunque algo menos represora que sus vecinos del Golfo Pérsico. Desde 1995, el emir Hamad Al Thani gobierna Qatar, tras arrebatar, de forma incruenta, el poder a su padre, Khalifa Al Thani, mientras éste estaba pasando sus vacaciones en Suiza.

Muchos comparan a Qatar con una plataforma petrolífera o una multinacional del gas. Y es que el 80% de la población del pequeño emirato es inmigrante (y suele trabajar en régimen de semiesclavitud, como sucede en todo el Golfo).  La explotación laboral alcanza unas cotas medievales, al amparo del feudalismo islámico.

Como a todas las naciones pequeñas, a Qatar siempre han tratado de convencerle de que no tendría ningún futuro como estado independiente, que lo mejor sería conformarse con ser la región de un país muy poblado y grande. Así omeyas, abasidas, persas, otomanos, bareníes y británicos trataron de engullir al pequeño emirato.

El emirato se convirtió en un protectorado británico en 1916. En 1968 ingresó en los Emiratos Árabes del Golfo Pérsico (lo que hoy se conoce como Emiratos Árabes Unidos), de los cuales se retiró en 1971 para proclamarse estado soberano. Firmó un tratado de amistad con los británicos, ingresó en la Liga Árabe y también en la ONU.

Qatar es uno de esos ejemplos de que la independencia sienta bien. Pese a ser un país de Liliput, es el tercer estado del globo en reservas de gas natural (el 14% mundial)  y uno de los primeros productores de petróleo. Tercero del mundo en renta per cápita, el país disfruta de una economía en expansión y superávit comercial.

Arabia Saudita: la cuna del islam.

Para los occidentales, Arabia Saudí es un inmenso desierto bajo cuya arena se esconde un más inmenso todavía oceano de petróleo. Este país del Golfo Pérsico es el que tiene más petróleo del planeta, y es uno de los primeros en gas natural, lo cual hace que los gobernantes de todo el mundo rindan pleitesía a su despótico rey.

Pero para los mahometanos Arabia es lo que el Vaticano para los católicos. La Meca es su centro espiritual, una ciudad a la que acuden cada año millones de peregrinos para cumplir con uno de los cinco pilares básicos del islam. Allí nació el profeta Mahoma, que luego habría de expandir el islam y el árabe por el mundo.

Este reino es el referente de los suníes, que son el 90% de musulmanes, y tiene su principal contrapoder en Irán, la tierra del chiismo. Desde Arabia Saudita se financia la construcción de mezquitas y madrasas por todo Occidente, que propagan la doctrina salafista, una de las más integristas de la secta de la media luna.

Arabia Saudita es una teocracia medieval donde el Corán hace de Constitución y la Sharia es la ley fundamental. En esta monarquía absolutista no hay elecciones, derechos humanos o partidos políticos. La familia Saud gobierna esta nación como si fuese su cortijo, hasta el punto de añadir su propio apellido al nombre del país.

La familia real (en teoría descendiente de Mahoma) está compuesta por más de 7.000 miembros, convenientemente mantenidos y remunerados; cuenta con un monarca todopoderoso y centenares de príncipes. El rey dispone de su propio harén y gobierna con mano de hierro. Arabia se independizó de Gran Bretaña en 1926.

El alcohol y el cerdo están prohibidos. También los cines y teatros. A la hora de los rezos se cierran tiendas y programas de TV. Las mujeres no conducen. Existe una policía que vela por la moral. Cristianos y judíos son expulsados del país incluso por rezar en la intimidad de sus hogares… Arabia Saudí es el auténtico rostro del islam.

Eurabia acomplejada.

Estos días circula por internet un video vergonzoso. Es la noticia de un varón musulmán somalí de 25 años, refugiado político, que eludió la vigilancia en la Catedral de Florencia y se puso a bailar subido en el altar de la Catedral frente a los turistas y fieles presentes. Lo más curioso es que estuvo bailando durante un buen rato, con total impunidad, ante la mirada perpleja de los católicos que no movieron ni un dedo. Tras el incidente, el impresentable fue conducido al cuartel del comando provincial de la policia, en donde se determinó que no hablaba italiano (pero oraba en árabe mientras estuvo retenido) y que residía en un país de la península escandinava. El hombre en cuestión no fue acusado de ningún delito.

No sé qué me molesta más, si el hecho de que un musulmán profane un templo cristiano o que los propios cristianos allí presentes no lo hubieran sacado de allí a hostias. Porque eso es lo que Jesucristo hizo con los mercaderes y eso es lo que deberíamos hacer nosotros con cualquiera que se atreva a cometer un sacrilegio en la casa de Dios. Un cristiano que entrase a una mezquita e hiciese lo mismo no habría salido vivo de allí. Pero Europa está demasiado acomplejada de sí misma. Hasta el punto de acusar de racista a cualquiera que  crea que el islam es una amenaza mientras que mira a otro lado cuando en Arabia Saudita se asesinan cristianos por el solo hecho de serlo. Mientras, el islamofascismo desembarca en Europa.

El Viejo Continente tiene miedo del islam. Como lo tenía del nazismo. Y tiene miedo de decir la verdad. Está demasiado preocupado por el que dirán como para hacer frente al totalitarismo. Parece como si tuviéramos que pedir perdón por ser europeos, por ser occidentales, por ser cristianos, por ser superiores. Superiores sí, porque la civilización occidental, básicamente judeocristiana y grecolatina, es, con todos sus defectos, la mejor del mundo. No hay más que comparar la nómina de inventores, artistas y literatos de unos y de otros para darse cuenta. No tenemos que pedir perdón a nadie. No tenemos la culpa de que el islam sea una religión atrasada y bárbara que todavía sigue anclada en la Edad Media.

Occidente está cavando su tumba. Da empleo, residencia y  hasta refugio político a auténticos cavernícolas que odian nuestras creencias, nuestro Dios, nuestra civilización y estilo de vida. Los musulmanes odian Occidente. Quieren aniquilar la democracia para sustituirla por una teocracia medieval donde no haya cabida para los infieles. Y nosotros estamos abriendo las puertas a esta invasión, dando la bienvenida a este caballo de Troya que es la inmigración, a esos quintacolumnistas de la media luna. No se puede ser tolerante con los intolerantes. Si ahora que ellos son una minoría en Europa nos insultan en nuestra propias iglesias, que no le quepa ninguna duda a nadie de que cuando sean mayoría vendrán a matarnos a todos.

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