Definamos fracaso escolar.

Mucho se habla de fracaso escolar pero ¿qué es eso? Llamamos fracaso escolar a cuando un niño no es capaz de alcanzar el nivel de rendimiento medio esperado para su edad y nivel pedagógico. Dado que el único criterio para evaluar el éxito o el fracaso de los niños son las calificaciones, el fracaso se traduce en suspensos masivos y en la desesperación de los padres, que ya no saben qué hacer con ese niño.

Eso en teoría. Pero en la práctica el nivel académico ha descendido tanto en los últimos años, y los aprobados se regalan con tanta facilidad, que, a menos que el alumno atraviese una situación excepcional (un retraso mental, graves problemas familiares, desconocimiento del idioma…) lo habitual es que el alumno suspenda, es decir, que fracase escolarmente, porque no estudia nada y se dedica a hacer el vago.

Llamarle a esto fracaso escolar es como decir que yo soy un fracasado en el tenis. ¡Hombre, si no he cogido una raqueta en mi vida es difícil que pueda ganar la Copa Davis! Otra cosa distinta sería que yo entrenase todos los días, compitiese, me esforzase… y aún así no lograra los objetivos marcados. Eso sí sería realmente un fracaso, pero si no estudias nada y suspendes… pues entiendo que es lo normal.

Para mí el auténtico fracaso consiste en que los alumnos se saquen el graduado de la ESO sin casi estudiar. Y eso pasa muy a menudo. Al final resulta que los vagos obtienen la misma recompensa que los trabajadores, y los tontos la misma que los inteligentes. Eso sí que es un fracaso sin paliativos, porque lo que hace es fomentar la vagancia en lugar del esfuerzo. Y de ahí al Tercer Mundo hay un paso.

Aquí no se trata de que apruebe todo el mundo sino solamente los que realmente se lo merecen. Porque si consideramos fracaso escolar únicamente que los alumnos suspendan (sin tener en cuenta su capacidad intelectual o su esfuerzo), entonces pongamos un diez a todo el mundo y podremos presumir en las estadísticas de que en España tenemos a los alumnos más inteligentes del planeta.

Creo que una parte importante del llamado fracaso escolar la tienen los padres, que hacen una total dejación de funciones en sus hogares y encima pretenden que los profesores hagamos de papás. Por ejemplo, antes eran los padres los que motivaban a sus hijos para estudiar: si apruebas todo te regalaré esto o aquello, si suspendes te castigaré sin internet y no saldrás con tus amigos el fin de semana, etc.

Pero ahora le regalan la videoconsola a su hijo que ha traído once suspensos a casa y nos dicen que la culpa la tenemos los docentes, que no sabemos cómo motivar a los chicos. Mire, yo no soy el payaso del McDonald’s… yo estoy para dar clase. Y punto. Con severidad, con sentido del humor o con la técnica que haga falta. Pero motivarlo, mejor motive usted a su hijo que para algo lo trajo al mundo.

Padres cabreados; profesores acojonados.

En estos días se están llevando a cabo sesiones de evaluación en los centros docentes de todo el Estado Español. Me llama poderosamente la atención que los aprobados prácticamente se regalan, sin apenas necesidad de esfuerzo por parte de los estudiantes. Ha habido una transformación realmente radical en el sistema educativo: antes los alumnos se preocupaban por qué debían hacer para que los profesores les aprobaran. Pero ahora son los profesores los que se preocupan por qué deben hacer ellos para que sus alumnos les aprueben. Es el mundo al revés, oigan.

Cuando voy a una sesión de evaluación veo profesores totalmente acojonados. Les tiembla el pulso para suspender a la peña porque piensan que si suspenden mucho luego van a tener problemas. Yo me he llegado a cargar al 80, 90 y hasta 100% de los integrantes de algunos cursos que no pegaban ni un palo al agua y nunca me ha pasado nada. Pero la gran mayoría de docentes opta por dar la patada hacia arriba… es decir, yo los apruebo aunque no tengan ni idea y ya se comerá el marrón quien les dé clases el año que viene. Y así de paso me evito broncas.

Existe la idea generalizada de que si en un curso suspende mucha gente es porque el profesor explica mal y los chavales no le entienden (lo cual es rigurosamente cierto si se tiene un curso normal), pero hay ocasiones en que te toca dar clase a un grupo que está tocándose los cojones durante nueve meses. Bueno, pues aún así, lo profesores les aprueban. En la concertada porque el alumno es el cliente y el cliente siempre tiene la razón (y si suspendes a demasiados clientes, te pueden echar del trabajo) y en la pública porque no quieren tener problemas con los padres.

Ya se sabe que los profesores tenemos poquísima autoridad (en una pirámide de mando en un centro docente en la cúspide se encuentra el conserje y en la base, en lo último de todo, el profesor, por debajo de padres, alumnos y hasta de la señora de la limpieza). Así que si los padres vienen a pedirte cuentas de por qué has suspendido al vago de su hijo (e incluso a amenazar con denuncias) lo normal es que al profesor le caiga la mierda por los bajos del pantalón (porque sabe que contra los padres probablemente no le apoyará ni el jefe de estudios ni nadie).

También hay mentores que regalan el aprobado por interés estratégico. Por ejemplo, en las asignaturas optativas (Religión, Griego, Referentes Clásicos…) el número de alumnos-clientes es escaso y por tanto la única forma de atraer gente es regalar dieces. Yo he visto asignaturas donde el 80% de alumnos sacaba 10. Y es que si pones un mínimo nivel de exigencia, la gente no se apunta a tu optativa y se matricula en otra (con lo que peligra el pan de tus hijos). Total, que  en este país de mierda cualquier subnormal llega a la Universidad. O lo que es peor, a presidente.

Educación pública o la ley de la selva.

El otro día estaba charlando con unos compañeros en el instituto en el que imparto clase. Debatíamos sobre qué sistema educativo funciona mejor: el público o el privado concertado. Mi compañero -profesor, como yo- defendía que si la educación concertada tiene más prestigio es porque es más elitista y selecciona a los alumnos. Es decir, que se queda con los niños de familias ricas mientras que las de clase social baja e inmigrantes van a la pública (con el consiguiente bajón de nivel académico que por lo general ello comporta). Afirmaba que si en la pública se hiciera igual y  sólo nos quedáramos con alumnos buenos, se podría lograr lo mismo (a pesar de ello la pública obtiene los mejores resultados en el selectivo).

Yo le di la razón parcialmente. Es innegable que por lo general la concertada no acepta alumnos problemáticos (lo cual es injusto, porque se nutre de subvenciones que pagamos entre todos) pero ahí no radica el quid de la cuestión. Yo he tenido la inmensa suerte de trabajar en la educación privada concertada y en la pública y puedo compararlas. Mi experiencia me indica que el éxito de la concertada está no tanto en la selección del alumnado, que también, como más bien en una férrea disciplina por parte de la directiva. He tenido la oportunidad de trabajar en dos concertados. Uno católico y de prestigio con alumnado de clase media alta. Otro laico y de integración que escolarizaba sobre todo a pobres. Los dos funcionaban bien.

En el primero vi que es un mito pensar que a un concertado sólo van los hijos de los ricos (es mentira, porque va la clase media, los ricos van a la privada). Mi impresión fue muy buena: organización, preocupación por parte de las familias, cultura de esfuerzo, buen nivel… Funcionaba todo como la seda. En el segundo, nuestro alumnado provenía de capas sociales bajas y el 90% era inmigrante. Allí, los resultados académicos eran un desastre debido al nulo interés de muchachos y familias, pero aún así había algo que echo en falta en la pública: la disciplina. Incluso con un alumnado conflictivo los pupilos no faltaban al respeto a sus profesores y si lo hacían eran castigados. Pero un instituto público es ciudad sin ley.

Voy a poner un ejemplo: en un centro en que trabajé (es público) un chico, tras una rabieta, rompió la puerta del aula de un portazo. ¿El castigo? Tres días de expulsión. Eso mismo lo llega  a hacer en un concertado y la expulsión es de un mes y además su padre paga la reparación de la puerta. Pues eso, que ahí está la diferencia. En la pública, el alumno tiene la sensación de que hay impunidad para sus actos (lo cual es cierto) mientras que en la concertada hay reglas y se cumplen, por eso todo el mundo va más recto que un soldado (aunque tengas un 90% de inmigrantes). Pero si un chaval rompe una puerta y aquí no ha pasao ná ¿qué autoridad tengo yo como docente para decirle que calle o que salga de clase?

Estudiar, una pérdida de tiempo.

Es francamente demoledor ver que hay un 43% de paro juvenil y la juventud no sale a protestar a las calles. En España tenemos la generación más preparada de la historia y sin embargo, es una generación perdida. Hoy estudiar una carrera sirve para ir al paro o para ser un becario eterno que encadena contratos precarios uno tras otro hasta que se cansa de ser mileurista y prepara unas oposiciones. Es triste ver a jóvenes con una carrera, un master y cuatro idiomas cobrando menos que un barrendero. Es triste que un doctorado no sirva para nada.

Esta sociedad de imbéciles desprecia el conocimiento. Informáticos mileuristas. Periodistas que trabajan de sol a sol por 500 euros al mes y en negro. Abogados que curran por 600 euros al mes con un solo día de descanso a la semana. Médicos que están hasta las pelotas de contratos basura y deciden emigrar. Investigadores que trabajan en calidad de becarios eternos por 8.000 euros al año. Hasta conozco un ingeniero químico que harto de cobrar 500 euros al mes de lo suyo, ahora trabaja de mozo de playa poniendo tumbonas (y cobra mucho más).

El objetivo prioritario de ir a la Universidad es poder obtener un empleo bien remunerado para vivir bien. Desde ese punto de vista, hoy cursar una carrera no vale la pena y esto no es por la crisis, porque todos los ejemplos reales que he puesto son de la época de supuesta bonanza. Mis padres siempre me insistieron en que estudiara para que no fuera un pringado como ellos pero hoy tener un título no garantiza nada. Yo soy profesor y a mis alumnos no les vendo la moto que me vendieron mis padres, porque hasta cierto punto me sentiría como si les estafara.

Hay otros países como Irlanda, Islandia o Finlandia que eran paupérrimos hace décadas y hoy, con crisis y todo, siguen siendo de los más prósperos del mundo. Allí no tenían oro ni diamantes para vender, así que decidieron invertir en lo único en que podían: en educación. Cuando una nación hace esta apuesta, al cabo de unas décadas cosecha excelentes informáticos, ingenieros y científicos, con lo cual, las empresas de alta tecnología tienden a instalarse allí (porque  necesitan personal muy cualificado, y eso lógicamente no se encuentra en El Congo).

Por desgracia, aquí la educación no es contemplada como un trampolín que hace que un país pase de pobre a rico al cabo de medio siglo. No, aquí la educación se ve como una especie de guardería; donde los padres llevan a sus hijos para que incordien al profesor y les dejen tranquilos a ellos un rato. Y nuestros empresaurios no quieren ni oír hablar  de ciencia, de tecnología o investigación y desarrollo porque siguen anclados en un modelo de mano de obra barata por el cual el mejor empleado siempre es el que cobra menos. Como en el Tercer Mundo, vamos.

Ni para los políticos  ni para los votantes la educación es una prioridad. Es fácil encontrar alumnos que estudian en barracones; institutos tan deteriorados que parecen salidos de la Unión Soviética más decadente o bajas de profesores que  no se cubren por nadie durante semanas porque así la administración se ahorra un dinerillo. También hay padres que protestan por la enseñanza de otras lenguas oficiales, en ese paletismo tan español de negarse en rotundo a hablar ningún idioma distinto del castellano. Como si aprender gallego o euskera fuera pillar un cáncer.

Si te haces trabajador te pagan una miseria porque aquí lo que prima es la mano de obra barata. Si tienes la temeridad de hacerte empresario, las trabas burocráticas y los impuestos asfixiantes pesarán sobre ti como una losa. No es por casualidad que aquí todo el mundo quiera presentarse a unas oposiciones, ya que no queda ninguna otra alternativa. Pero si hasta a los funcionarios les recortan el sueldo y no arreglan ninguna de las dos opciones anteriores, al final la única salida para  la gente joven será aprender inglés y hacer la maleta rumbo a un país serio.

El Estado Español: éste es el país de caspa y pandereta que hemos creado. Muchos años en los que cualquier idiota de dientes podridos y aliento cebollil se reía de los que estudiaban. Muchos años pagando más a un fontanero que al ingeniero, más al albañil que al arquitecto, más al carpintero que al cirujano. ¿Igualdad? ¿Cómo va a ser igual un paleta de la construcción que un Premio Nobel? La igualdad no existe. Es una idiotez metida en las cabezas de los idiotas para conseguir un comunismo real en los sueldos: que todo el mundo cobre lo mismo.

Si quieres quedarte a vivir en España, estudiar no vale la pena.  En una sociedad en la que no se premia el esfuerzo, la superación y la creación, como ha sido la nuestra en los años del ladrillo, ¿quién va a esforzarse por superarse y hacer progresar al estado? Ahora queda lo peor, el cataclismo final: los ingenieros, los emprendedores y los cirujanos se marchan al extranjero, y aquí se quedan los descerebrados que sólo aspiran a tener un coche tuneado, bajar las ventanillas y que el barrio entero escuche el bakalao mientras conducen a todo gas. País de mierda.

Ser carcelero y no llevar ni porra.


Imagine por un momento que usted es funcionario de penitenciaría y que tiene que conseguir que los reclusos, tras haberse duchado, regresen dentro de su prisión. Imagine que ni usted ni el resto de carceleros lleva pistola ni porra y que es más; que ni tan siquiera puede acompañar suavemente con la mano a los prisioneros porque al más mínimo roce te sueltan: “No me toques que te denuncio”. Al final no quedaría más remedio que pedir por favor, o hasta suplicar al reo que obedeciera. ¿Verdad que una cárcel así sería un auténtico disparate? Pues en eso mismo se han convertido las aulas.

Desgraciadamente, hoy los menores de edad están sobreprotegidos (por la ley, por sus padres y por la sociedad). Poco puede hacer un profesor aparte de dar un chillido y pegar un puñetazo en la mesa. Si a un alumno le dices: “Te pongo un parte” te contesta: “Ponme dos”. Si le dices: “Vete de clase” se irá… si le da gana irse, claro. Siempre queda la amenaza de suspenderle pero a muchos chicos, que vienen a clase obligados por la ley, les da absolutamente igual la nota. Dicho de otro modo: al profesor se le ha restado la autoridad, no puede hacer nada y lo peor de todo: el alumno lo sabe.

Conozco casos de estudiantes que le preguntan a los profesores: “¿Para qué sirven los partes? ¿Cuántos hacen falta para que te expulsen? Es que a mí me han puesto más de 30 y no me ha pasado nada”. ¿Qué ocurriría si a un ciudadano le pusieran 30 multas y no pasara nada? ¿Que ni viniera la grúa ni le embargaran la nómina ni nada de nada? Seguramente, la población haría lo que le viniese en gana, y cuando un agente fuera a ponerles una multa por haber aparcado en doble fila, le responderían: “Anda majo, ponme dos”. Ésta es la educación que le estamos dando a nuestros hijos.

Frente a la competitividad, solidaridad.

El otro día estaba instruyendo a mis alumnos acerca del consumo responsable. Les expliqué que algunas multinacionales se instalan en el Tercer  Mundo y allí contratan en régimen de semiesclavitud a niños pequeños que en lugar de ir a la escuela se pasan maratonianas jornadas laborales en una lóbrega fábrica cosiendo zapatillas o balones por un sueldo miserable. Y les puse como ejemplo a la tantas veces denunciada en la prensa factoría Nike.

Cuando les pregunté si ellos están dispuestos a comprar productos que saben que están fabricados por esclavos, su respuesta me heló la sangre. Me dijeron que sí, que sin ningún problema. “¿Incluso a pesar de que así estáis contribuyendo a fomentar la esclavitud en el mundo?” -repliqué-. Y nuevamente me respondieron que sí, que mientras a ellos les guste una cosa se la comprarán sin problemas pues no les importa cómo la hayan hecho.

Me quedé de piedra al ver que ni uno solo de mis estudiantes sintió un mínimo de solidaridad con aquellos niños explotados de India y China. Más sobrecogedor todavía fue ver  que aquella era la mejor clase en cuanto a resultados académicos, la de los más inteligentes. Pensé aterrorizado: “Si esto es representativo de los futuros líderes que vamos a tener en la nación, menuda pandilla de monstruos carentes de escrúpulos va a dirigir nuestros destinos”.

Lo más paradójico es que en unos pocos años estos chicos saldrán al mercado laboral y comprobarán como, tras estudiar una dura carrera de cuatro años en la Universidad, lo único que les aguardará será un empleo basura con un sueldo inferior al de un barrendero. Y todo porque los empresarios dicen que toca abaratar costes para poder competir contra esos mismos niños indios y chinos por los que mis alumnos no sienten ninguna compasión.

La ESO: para mear y no echar gota.

Tengo un alumno que es una pesadilla. Incordia a diario todo lo que puede. A pesar de contar con más de 80 amonestaciones no ha sido expulsado del instituto ni una sola vez en lo que va de curso. Parece que, salvo que me pegue, no puede ser expulsado. Como el alumno ve que no hay castigo alguno a sus fechorías, cada vez las hace más gordas. El chico ha desarrollado una curiosa habilidad: puede abrir  la puerta de clase propinando un certero golpe de tacón a la manivela. Al principio le llamaba la atención pero, visto que la ley le ampara y puede actuar con impunidad, ya no le digo nada. Es más, me he dado cuenta de que  se trata de un alma sensible y de que si le regaño puede quedar traumatizado para toda la vida, así que ya no me importa si pega puntapiés en la puerta. El día que la rompa, el contribuyente que pague una nueva.

Un alumno quiere orinar y el conserje le dice que ahora no puede, que se espere cinco minutos. Ni corto ni perezoso se saca el pene y se pone a mear en la puerta de entrada al instituto. Su padre, en vez de soltarle dos hostias, amenaza con denunciar al centro por no dejar mear a su hijo cuando a él le salga de los huevos. Podría ser peor: el año pasado otro estudiante pensó que era  divertido hacer de vientre en una papelera. Su mamaíta, lejos de castigarle, aún disculpó y defendió la acción de su niño. En otro centro, un profesor de Física y Química es interrumpido por un alumno al que le apetece tocar la flauta. El docente le ordena guardar el instrumento pero al alumno no le da la gana. Le ordena salir de clase, pero no obedece. Como el profesor no puede tocarle ni hacerle nada opta por seguir dando la clase con la melodía de fondo.

En otro lugar, un chico empieza a darle martillazos a la puerta de un aula, hasta hacerle más de 30 agujeros. Cuando descubren quién ha sido, el chaval se disculpa alegando que fue sin querer. Su padre se presta a pagar la reparación pero cuando llega la factura del carpintero, la considera cara y decide no pagarla. Al final, ni el tipo paga ni su hijo es castigado…  A veces, la gente se sorprende cuando un menor de edad viola y asesina a otra menor. “¡¿Un asesino de 13 años?! ¡¿Cómo es posible?!” -se preguntan-.  Es posible porque los adolescentes crecen actuando con total impunidad, sus tutores no les corrigen ni les enseñan a diferenciar el bien del mal y los docentes están atados de pies y manos. La educación que le estamos dando a nuestros hijos es una escalofriante bomba de relojería que nos va a estallar en la cara.

Primero fue el velo, luego la cruz, después la dictadura.

Mucho se está hablando en estos días de la conveniencia o no de que las alumnas musulmanas acudan a clase con el velo islámico. Incluso hay voces que piden regular (entiéndase prohibir) la presencia del famoso hiyab o pañuelo de la mujer árabe en las escuelas de Europa. Ante lo cual yo me pregunto ¿tan terrible es llevar un pañuelo en la cabeza por voluntad propia y de forma libre?

Recuerdo que en la Facultad una compañera de carrera llevaba siempre un pañuelo en la cabeza. Nunca nadie se quejó ni se formó polémica alguna. Hay que aclarar, eso sí, que la chica era alicantina, blanca y atea. Si, en lugar de eso, hubiese sido marroquí, árabe y musulmana, un alud de feminazis hubiese clamado que aquello era un símbolo de sumisión de la mujer y no sé cuantas tonterías más. Pero como era atea, ni una protesta, oigan.

Yo defiendo el hiyab porque defiendo la libertad religiosa. Y aquí lo que hay de trasfondo es la actitud fascista de un puñado de ateos resentidos e intolerantes que pretende borrar del espacio público cualquier distintivo religioso. Porque los que quieren prohibir el velo, quieren prohibir también que los alumnos católicos puedan llevar una cruz colgando del cuello o que los estudiantes evangélicos puedan llevar en el dedo un anillo de pureza.

Actualmente, los adolescentes pueden acudir a clase exhibiendo los calzoncillos y las bragas; pueden acudir con un logo del conejo del Playboy (que es un símbolo pornográfico) o con una camiseta de la marihuana (droga hoy por hoy ilegal) o con la hoz y el martillo (ideología que esconde más de 100 millones de muertos en el siglo XX). Y nadie se queja. Nadie dice nada. Pero si alguien lleva un pañuelo o un crucifijo, entonces los hipócritas montan en cólera.

Mientras no haya uniforme en las aulas, y conste que yo soy defensor del uniforme, cada uno es libre de vestir como prefiera. Pero ¡oh, casualidad! los únicos atuendos que parecen molestar son los que tienen connotaciones religiosas. Y yo siempre defenderé la libertad religiosa… Porque si es suprimida, todas las demás van a ir detrás. Primero prohíben el velo, luego prohíben la cruz y después te prohíben votar. Esta historia ya la he visto antes.

La (dura) vida del estudiante.

Constantemente dicen las personas mayores que no hay nada como la vida de estudiante de tan cómoda y fácil como es. Dicen que el trabajo sí que es duro, que estás esclavizado, que debes aguantar al jefe y que tienes muchos problemas. No creo yo que la vida de estudiante sea tan fácil. Cuando trabajas cumples con tu jornada laboral, cobras por hacerla y cuando sales del trabajo te olvidas; ya puedes descansar o preocuparte por tu vida social. Cuando estudias, por el contrario, pasas unas cuantas horas en el centro docente, pagas por estudiar (libros, materiales…) y cuando llegas a casa tienes que hacer los deberes o estudiar para los exámenes. Y todo eso sin cobrar ni un duro. O mejor dicho, ni un euro.

Es cierto que tenemos muchas vacaciones, pero la mayor parte de ellas sirven para organizarnos la faena y estudiar. Hablo, por supuesto, de los buenos estudiantes. Aquel alumno que no da ni golpe en todo el año para mí no es estudiante como supongo que tampoco es trabajador aquel que en horas de trabajo se dedica a jugar al truque. Los mayores hablan de aguantar al jefe que a menudo es un doberman, pero ¿qué sucede cuando discutes con un profesor que te ha suspendido el examen porque no le caes bien cuando sabes perfectamente que le ha puesto matrícula de honor a una compañera sólo porque ella se la chupa en su casa o en el despacho? Eso es la Universidad, amigo mío.

Dicen que en los Países Bajos los estudiantes cobran un salario por estudiar. Yo no lo sé, la verdad, pero todo lo que me digan de ese pequeño gran país centroeuropeo que es Holanda me lo creo. Son muchas horas y el dinero que emplea un estudiante en su formación. En otros países los libros son gratuitos. Aquí, la única ayuda dirigida a los alumnos consiste en reducir las becas. Es lastimoso desperdiciar cinco años de tu vida en unas aulas donde no aprendes nada para contar el día de mañana con una licenciatura que te sitúe bien y al final descubrir que lo que te espera es lo mismo que a la gente que nunca ha cursado una carrera: trabajo precario, inestable, mal pagado, indigno, etc.

Si transportáramos con una máquina del tiempo a un ciudadano del Imperio de Roma a la actualidad se sorprendería de todas las cosas nuevas que tenemos pero habría algo que le resultaría familiar: el sistema educativo basado en exámenes que continúa siendo el mismo que el de hace 2.000 años. Yo sustituiría (al menos en las Universidades) los tests y exámenes por trabajos al estilo de minitesis donde los alumnos pudieran razonar y aportar algo de sí mismos. Creo que uno siempre aprende más razonando que aprendiéndose de memoria un temario para repetirlo como un loro en la prueba. Eso no sirve para nada pues a los quince minutos de acabar el examen el pupilo no se acuerda de nada.

No hablemos ya de tener escolarizados hasta los 16 años por obligación a un montón de adolescentes a los cuales no les interesa la clase y que preferirían estar trabajando en un almacén. ¿Cómo puede un profesor convencer para que estudie inglés a un alumno que le dice a la cara que él ha de irse a trabajar con su padre? No hablemos ya de un sistema educativo que permite a los bachilleres suspender todas las asignaturas y pasar de curso. ¿Qué estímulo puede tener un alumno de Secundaria para esforzarse y aprender si sabe que no hay ninguna recompensa por hacerlo? Deberían hacer cursos de dos velocidades: en una clase quien tenga ganas de estudiar. En otra quien pretenda incordiar.

Y si al hecho de que a los estudiantes de Secundaria provengan de un sistema que en lugar de culturizarlos los convierte en analfabetos funcionales, le añadimos el hecho de que en la Universidad han de pasarse la mitad de tiempo haciendo cursillos y seminarios estúpidos que solamente son un insulto a la inteligencia y al bolsillo para obtener créditos en lugar de estudiar la carrera, podemos apostar a que las casas que construyan los arquitectos en el futuro serán tan estables como los castillos de naipes. La vida del estudiante es como la del ama de casa; trabajas muchísimo pero como no tienes nómina nadie lo valora. Y dicen que es fácil la vida del estudiante… Quien diga eso es que no ha estudiado nunca.

De la (verdadera) riqueza.

Uno de los alumnos del gran pensador Sócrates fue Anístenes, quien fundó la escuela filosófica de los cínicos. Ellos creían que la verdadera felicidad no depende de cosas externas como el lujo, el poder político o incluso la salud. Más o menos venían a pensar eso de que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Hay una anécdota sobre Diógenes de Sínope, quien fue el más famoso de todos los cínicos. Vivía dentro de un tonel y según decían no tenía más posesiones materiales que una capa, un bastón y una bolsa de pan. Una vez, tomando el sol delante de un tonel, recibió la visita inesperada del emperador Alejandro Magno quien le dijo que si deseaba algo él se lo concedería. Diógenes respondió: “Quiero que te apartes pues me estás tapando el sol”. El sabio le demostró así que él era más rico y más feliz que el emperador con todo su poder. El emperador de Macedonia se quedó impresionado: “Si no fuera Alejandro Magno, me gustaría ser Diógenes” dijo él.

En otra ocasión cuentan que Diógenes caminaba por toda Atenas a plena luz del mediodía con una lámpara encendida pues buscaba un hombre honesto y decía que encontraba ninguno. Considero a Diógenes uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos, aunque nunca escribiera ningún libro y apostara por una sabiduría práctica como Sócrates. Me gustan esos filósofos que como Sócrates, Luis Vives o Diógenes son capaces de acercar algo en principio tan lejano y abstracto como la filosofía a las pequeñas cosas caseras del día a día. Me gustan esos seres capaces de dar una lección de humildad incluso a los más poderosos. Me gustan las personas que piensan que la auténtica riqueza es la del corazón y no se dejan deslumbrar por la fiebre del oro. Decía mi profesor de Literatura, Miguel Herráez, que lo único verdaderamente importante en la vida, lo único que cuenta de verdad es ser feliz. Las cosas importantes de la vida no se compran con dinero. Diógenes sabía eso.

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